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Haruki Murakami sabe que ha llegado la hora de subirse al tren; “Los años de peregrinación del chico sin color”

Cuando Tsukuru Tazaki era adolescente, le gustaba sentarse en las estaciones a ver pasar los trenes. Ahora, con treinta y seis años, es un ingeniero que diseña y construye estaciones de tren, pero en el fondo no ha dejado de ver pasar los trenes. Lleva una vida holgada, tranquila, tal vez demasiado solitaria. Cuando conoce a Sara, algo se remueve en lo más profundo de su ser. Y revive, en particular, un episodio de su juventud: dieciséis años atrás, cuando iba a la universidad, el que había sido su grupo de amigos desde la adolescencia cortó, sin dar explicaciones, toda relación con él. Así empezó la peor época de su vida, hasta el punto de que acarició la idea del suicidio. ¿Ha acabado esa época? ¿Es posible que aquello le marcara más de lo que él cree? Tsukuru decide entonces ir en busca de cada uno de los miembros del grupo para averiguar la verdad. Con la pieza de Liszt titulada Los años de peregrinación como leit-motif, comenzará esa búsqueda, que le llevará a lugares tan dispares como la ciudad de Nagoya o Finlandia, o tan recónditos como algunos sentimientos. Decididamente, a Tsukuru le ha llegado la hora de subirse a un tren.

“Los años de peregrinación del chico sin color” es una entrañable novela escrita por Haruki Murakami que trata sobre la amistad, el amor y la soledad de aquellos que todavía no han encontrado su lugar en el mundo.

Lee a continuación un pequeño fragmento de sus páginas iniciales:

“1

Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. Entretanto, cumplió veinte años, pero esa muesca en el tiempo no significó nada para él. Durante esos meses, la idea de acabar con su vida le parecía de lo más natural y legítima. Todavía ahora, mucho tiempo después, ignoraba la razón por la que no había dado ese último paso, a pesar de que, en aquel entonces, franquear el umbral que separaba la vida de la muerte le habría resultado más fácil que tragarse un huevo crudo.

Si Tsukuru no llegó a consumar el suicidio fue quizá porque su fijación con la muerte era tan pura e intensa que el modo en que podría suicidarse no se asociaba en su mente a una imagen concreta. En su caso, la concreción era más bien un aspecto secundario. De haber tenido a su alcance una puerta que condujese a la muerte, la habría abierto sin titubear, sin pensárselo dos veces, como una prolongación de su día a día, por así decirlo. Pero, por fortuna o por desgracia, no encontró a mano esa puerta.

Ahora, Tsukuru Tazaki se decía a menudo que tal vez hubiera sido mejor haber muerto entonces. Así, este mundo habría dejado de existir. La idea le seducía: este mundo no existiría y lo que él tenía por realidad ya no sería real. Del mismo modo que para este mundo él ya no existiría, el mundo tampoco existiría para él.

Y sin embargo, al mismo tiempo, no comprendía por qué, en aquella época, había estado tan cerca de la muerte. Y aunque hubiera habido una razón concreta, ¿cómo era posible que ese anhelo por morir hubiese adquirido tanta fuerza como para adueñarse de él y engullirlo? Engullirlo, sí, ésa era la palabra. Al igual que el personaje bíblico que sobrevivió en el vientre de una ballena gigante, Tsukuru cayó en las entrañas de la muerte y pasó aquellos días interminables en una oscura y turbia cavidad”.

Disfruta también su Book trailer:

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Una entrañable novela sobre la amistad, el amor y la soledad de aquellos que todavía no han encontrado su lugar en el mundo.

El lado oscuro del ser humano mostrado a través del absurdo; “El arrancacorazones” de Boris Vian

Los inolvidables personajes de Joël y Citroën fueron creados por Boris Vian a la medida del estremecedor delirio al que él cree que suelen conducir por un lado la dominación materna y, por el otro, el inevitable conflicto entre la vida autónoma, secreta de la infancia y la tiranía de la familia y la presión social. También se sirve del siniestro Jacquemort, un psicoanalista en busca de pacientes, para satirizar tanto el enloquecido mundo de los llamados cuerdos como el psicoanálisis y el comportamiento existencialista, tan en boga en aquellos años. Es precisamente en el ciclo de novelas escritas entre 1947 y 1953, al que pertenece “El arrancacorazones”, en el que Vian parece haberse asentado en un universo que le es finalmente propio, en un mundo de fábula poética cargada de fantasía, pero también de tensión y violencia, en la que la experiencia de los niños desafía los valores de los adultos.

Esta novela del clásico Boris Vian es una mezcla de realidad, sueño y delirio donde el absurdo se abre paso para mostrar el lado oscuro del ser humano.

Aquí te compartimos un extracto de su ‘Primera parte’:

“1

El camino seguía el borde del acantilado. A ambos lados crecían calaminas en flor y liosas ya marchitas, con los pétalos ennegrecidos esparcidos por el suelo. Unos insectos puntiagudos habían perforado la tierra con millares de pequeños agujeros; bajo los pies, era como una esponja muerta de frío.

Jacquemort avanzaba sin prisas, contemplando cómo el corazón rojo oscuro de las calaminas latía bajo la luz del sol. A cada pálpito se elevaba una nube de polen, que volvía a caer enseguida sobre las hojas agitadas por un lento temblor. Las abejas, distraídas, se tomaban un descanso.

Del pie del acantilado se elevaba el rumor ronco y suave de las olas. Jacquemort se detuvo y se inclinó sobre el estrecho reborde que lo separaba del vacío. Abajo, al fondo del abismo, todo estaba muy lejos, y en los huecos de las rocas la espuma temblaba como gelatina en verano. Olía a algas calcinadas. Presa de vértigo, Jacquemort se arrodilló en la hierba terrosa del estío, apoyó en el suelo sus dos manos extendidas y, al hacer este gesto, se encontró con cagarrutas de cabra de contornos extrañamente irregulares, lo que le permitió llegar a la conclusión de que entre estos animales se encontraba un
cabrón de Sodoma, especie que hasta el momento había creído extinguida.

Ahora ya no tenía tanto miedo, y se atrevió a inclinarse de nuevo sobre el acantilado. Los enormes paredones de roca roja se hundían verticalmente en el agua poco profunda y resurgían casi de inmediato para formar el acantilado rojo en cuya cresta Jacquemort, de rodillas, se asomaba.

Arrecifes negros, lubricados por la resaca y coronados de un anillo de vapor, emergían aquí y allí. El sol corroía la superficie del mar y la ensuciaba con pintadas obscenas.

Jacquemort se incorporó, reemprendió la marcha. Había una curva en el camino. A la izquierda vio helechos ya teñidos de orín y brezos en flor. Sobre las rocas desnudas brillaban los cristales de sal que depositaba la marea. El terreno, hacia el interior, se elevaba en una escarpada pendiente. El camino contorneaba enormes masas
de granito negro, y lo jalonaban de vez en cuando nuevas cagarrutas de cabra. De cabra, ni una. Los aduaneros las mataban, por las cagarrutas.

Apresuró el paso, y de pronto se encontró en la sombra, puesto que los rayos del sol ya no alcanzaban a seguirlo. Aliviado por el frescor, aceleró aún más la marcha. Y las flores de calamina pasaban ante sus ojos como una cinta de fuego continuo.

Se dio cuenta, a la vista de ciertos indicios, de que se estaba acercando, y tuvo buen cuidado en alisarse la barba roja y puntiaguda. Tras lo cual reemprendió alegremente el camino. Por un instante, pudo ver la casa entera, entre dos pilones de granito, tallados por la erosión en forma de pirulí, que parecían pilares de una gigantesca poterna. Pero volvió a perderla de vista al primer recodo. Estaba situada bastante lejos del acantilado, muy en alto. Y luego, cuando hubo pasado entre los dos bloques sombríos, se le descubrió otra vez por completo, muy blanca, rodeada de árboles insólitos. Del portón arrancaba una línea blanquecina que serpenteaba perezosamente ladera abajo y al final desembocaba en el camino. Jacquemort se encaminó en esa dirección. Ya a punto de coronar la cuesta, echó a correr a escuchar los gritos.

Desde el pórtico abierto de par en par a la escalera, una mano previsora había tendido una cinta de seda roja. La cinta subía por la escalera y terminaba en la habitación. Jacquemort la siguió. La madre descansaba en su cama, presa de los ciento trece dolores del parto. Jacquemort soltó su maletín de cuero, se subió las mangas y se enjabonó las manos en una pileta de lava en bruto”.

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Es una mezcla de realidad, sueño y delirio donde el absurdo se abre paso para mostrar, el lado oscuro del ser humano.

Cristina Rivera Garza y sus asesinatos poéticos en pleno sexo: “La muerte me da”

Una mujer que se hace llamar Cristina Rivera Garza descubre el cadáver de un joven, acompañado de unos versos de la poeta Alejandra Pizarnik. Cuando la mujer notifica su hallazgo a la policía se ve obligada a explicar qué podrían significar tales versos. Y a medida que aparecen más jóvenes asesinados en las mismas condiciones, la Periodista de Nota Roja y la infatigable Detective del Departamento de Investigación de Homicidios se obsesionan también por resolver un caso que cuestiona la violencia a la mexicana, la manera habitual de contarla a través de la novela negra y aquello que entendemos por realidad.

“La muerte me da (en pleno sexo)”, una novela negra a la mexicana con venas poéticas interpuestas en su historia escrita por Cristina Rivera Garza, es un magnífico thriller literario, un laberinto hecho de sorpresas donde la única vía para llegar a la verdad es el asombro constante.

Disfruta la lectura de este extracto, el cual forma parte de su capítulo I.1 ‘Los hombres castrados; Lo que creí decir’:

“Los hombres castrados (I)

Lo que creí decir

1

–Pero si es un cuerpo –farfullé para nadie o para alguien dentro de mí o para nada. Al inicio no reconocí las palabras. Dije algo. Y eso que dije o creí decir era para nadie o para nada o era para mí que me escuchaba desde lejos, desde ese lugar interno y hondo a donde no llegaban nunca el aire o la luz; ahí donde se iniciaba, hostil y avorazado, el murmullo, el atropellado aliento sin voz. Un pasadizo. Un bosque. Lo dije después del azoro; después de la incredulidad. Lo dije cuando el ojo pudo descansar. Luego de ese largo rato que me tomó volverlo forma (algo visible) (algo enunciable). No lo dije: salió de mi boca. La voz baja. El tono del espanto o de la intimidad.

—Sí, es un cuerpo -debí decir y, en el acto, cerré los ojos. Luego, casi de inmediato, los abrí otra vez. Debí decirlo. No sé por qué. Para qué. Pero levanté los párpados y, como estaba expuesta, caí. Pocas veces las rodillas. Las rodillas cedieron al peso del cuerpo y el vaho
de la respiración entrecortada me nubló la vista. Trémula. Hay hojas trémulas y cuerpos. Pocas veces el tronar de los huesos. Cric. Sobre el pavimento, a un lado del charco de sangre, ahí. Crac. Las piernas dobladas, los empeines al revés, las palmas de las manos. El pavimento se conforma de rocas pequeñísimas.

—Es un cuerpo —dije o debí decir, balbucir apenas, para nadie o para mí que no podía creerlo, que me negaba a creer, que nunca creí. Los ojos abiertos, desmesuradamente. El llanto. Pocas veces el llanto. Esa invocación. Ese crudo rezo. Lo estaba observando. No había escapatoria o cura. No tenía nada adentro y, alrededor de mí, sólo estaba el cuerpo. Lo que creí decir. Una colección de ángulos imposibles. Una piel, la piel. Cosa sobre el asfalto. Rodilla. Hombro. Nariz. Algo roto. Algo desarticulado. Oreja. Pie. Sexo. Cosa roja y abierta. Un contexto. Un punto de ebullición. Algo deshecho.

—Un cuerpo –creí decir o farfullar apenas para nadie o para mí que me volvía bosque o pasadizo, orificio de entrada. Negrura. Creí que dije. Pocas veces los labios que se niegan a cerrarse. La vergüenza. Su último minuto. Su última imagen. Su última frase completa. La nostalgia por todo eso. Pocas veces. Quedarse quieta.

Cuando volví a decir lo que creí que dije, cuando dije para mí, que era la única que me escuchaba desde ese lugar interno y lejano donde se generaba y se consumía el aire o la luz, fue ya demasiado tarde: había hecho las llamadas correspondientes y, como yo lo había encontrado, me había convertido ya en la Informante”.

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Un magnífico thriller literario, un laberinto hecho de sorpresas donde la única vía para llegar a la verdad es el asombro constante.

La superioridad de los Ilyrios aún controla el “Imperio”; regresan las crónicas de los invasores de John Connolly y Jennifer Ridyard

Aunque la reconquista de la Tierra parece perdida, la Resistencia sigue luchando contra los Ilyrios, una raza alienígena que posee una tecnología y fuerza militar muy superiores. Paul Kerr, uno de los jovencísimos protagonistas de la trepidante aventura que empezó en el volumen “Conquista”, está ahora no sólo muy lejos de su casa, capturado por los Ilyrios, sino también de su amada Syl Hellais, la primera Ilyria nacida en la Tierra. Porque ambos han sido condenados al exilio. Sin embargo, la invasión de la Tierra no es lo que parece a simple vista. Y es que hay otra especie, la de los Otros, y los Ilyrios matarían por mantener su existencia en secreto. Syl y Paul, separados por distancias insalvables, harán lo imposible por revelar a todos la horrible verdad que se esconde tras el Imperio. Pero antes tendrán que sobrevivir y superar muchas pruebas si quieren volver a reunirse.

Esto que acabas de leer fue una pequeña sinopsis del segundo volumen de la saga literaria ‘Las crónicas de los invasores’, el cual lleva por título “Imperio; las crónicas de los invasores II”, escrito por John Connolly y Jennifer Ridyard; a continuación, te compartimos un fragmento de ‘Separados’, su capítulo inicial.

“Separados

Las depredadoras daban vueltas a su alrededor y se turnaban para gruñirle, unas con mayor ferocidad que otras, pero todas resueltas a llevarse su pedazo de carne.

—-Estúpida andrajosa.

—-Y es que nunca aprende.

-——Es demasiado estúpida para aprender.

-—-¿Qué haces aquí?

—-Éste no es tu territorio.

—¿Por qué existes siquiera?

—-Elda… Si hasta tu nombre es feo.

—iMírate!

——No puede. Rehuye los espejos. Le da miedo que se resquebrajen al reflejarla.

Y entonces la líder, la joven alfa, se acercó para morder. La jauría se separó, haciéndole sitio; con la cara inclinada hacia ella, la admiraban, mientras sus ojos reflejaban el fulgor que desprendía.

La líder era Tanit, la joven y hermosa Tanit: cruel, y algo todavía peor que cruel.

—-No, no es eso —dijo Tanit—. No se acerca a los espejos porque no hay nada que ver. Es tan insignificante que apenas si existe.

Era esa forma de hablar, las palabras vomitadas descuidadamente, coma si el objeto de su desdén ni siquiera mereciera el esfuerzo que requería aplastarlo. Bajó la mirada hacia Elda —Tanit era alta, incluso para una ilyria; en eso radicaba parte de su poder—, extendió una mano y la dejó deslizarse por la melena oscura de esta Novicia inferior, cuyos mechones se enredaron entre sus dedos.

–Nada –dijo Tanit—. No siento nada.

Su víctima mantenía la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo; así era mejor, más fácil: quizá Tanit y las demás se aburrirían y se marcharían en busca de otra presa a la que atormentar.

Pero no, esta vez no funcionó. Elda sintió un hormigueo en la piel. Empezó por las mejillas, luego se propagó lentamente a la nariz, la frente, las orejas y el cuello. La calidez se transformó en calor; el calor, en un dolor abrasador. Lo que estaba haciéndole Tanit iba contra las normas, pero Tanit y sus secuaces se saltaban todas las normas; después de todo, para ellas esto no era más que un ejercicio práctico. Eran como niñas perturbadas a las que se anima a torturar insectos y roedores para que no titubeen cuando se les ordene infligir dolor a los de su propia especie.

Y no tenían miedo de que las descubrieran. Estaban en la Marca, la antigua guarida de la Hermandad de Nairene, y no faltaban los espacios en los que las fuertes podían abusar de las débiles.

La quemazón se volvió más intensa. Elda sintió que se iban formando ampollas, que la piel se le levantaba y burbujeaba. Se cubrió la cara con la mano en un vano intento de protegerse, pero la palma también se le empezó a ampollar al instante y la apartó, aterrada. Se derrumbó en el suelo. Intentó no gritar, resuelta a no concederles esa satisfacción, pero apenas podía soportar el dolor. Abrió la boca, pero fue la voz de otra la que habló:

—iDejadla en paz!

Tanit perdió la concentración. Al instante empezó a disminuir el dolor de Elda. No Ie quedarían cicatrices. Ya era algo.

La Novicia alzó la mirada. Syl Hellais se abrió paso entre la jauría: un codo bien metido aquí, una rodilla allí. Algunas se resistían, pero sólo pasivamente. Crecieron los murmullos y la confusión, pero Tanit se limitó a mirar y a reírse mientras cruzaba los brazos delante del pecho, como si se pusiera cómoda para ver qué pretendía hacer Syl”.

Imperio John Connolly (1)

 

 

Tijuana neón y sus sabaditos en la noche: “Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite

Tijuana es el centro del mundo cada sabadito por la noche, con su desfile de cantinas, farmacias, hoteles, prostíbulos y restaurantes dispuestos a lo largo de la línea. La única manera de registrar semejante intensidad son estos magistrales relatos cortos de un escritor capaz de mostrar tanto el desencuentro entre México y Estados Unidos como las vidas, amores y altas pasiones de quienes habitan cada una de estas historias binacionales, en las que no escasean policías sin interés en distinguir culpables de inocentes. Si cruzar la frontera es un reto, narrarla es un arte mayor: uno en el que es necesario abordar la aduana más transitada de la Tierra como si fuera el mayor laboratorio existencial de este planeta.

“Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite, son una serie de relatos urbano-fronterizos contemplados como una imagen de lo que sucede entre dos países vecinos: México y Estados Unidos.

Te presentamos un pequeño extracto de su primer capítulo titulado ‘Sabaditos en la noche’:

“Sabaditos en la noche

Hey, hey, aquí nomás mirando pasar a las beibis. Todos los sábados me encuentras sentadito en esta esquina, tripeando, agarrando mi cura. ¿Ya viste aquella morra? Por eso estoy aquí, mirando mirando. Qué quieres que haga. Toda la semana en el trabajo, aguantando al pinche gringo, its tu mach. Éste es mi único desahogo. Para qué quiero otra cosa. Tuve muchas ondas en mi vida, tuve mi esposa, tuve mi hija, tuve mi casonona y mi carrotote. Eso ya pasó, carnal, ya es pretérito. Cómo te diré. No sé
si me explico: yo no soy como cualquier imbécil que se la pasa guachando a las beibis, nel, soy un imbécil especial, al tiro. ¿Me entiendes? Ya recorrí
el mundo, ya nadie me cuenta lo que es bueno y lo que es malo. Yo escogí los caminos y escogí también que mis sábados pasen en esta esquina.

Cuando me canso, entro a un bar, me echo unas cervezas y ya estuvo, laik brand niu. De vez en cuando pasa una beibi que le gusta que yo la esté mirando, una de ésas que aguanta que le diga cosas locas y después no se enoja. Las detecto como florecitas campiranas y voy tras ellas para arrancarlas del suelo y oler sus raíces.

Primero camino de lejos, así, tanteando tanteando, le doy muchísimas oportunidades de que me vea, de que me barra con la mirada, saque sus conclusiones y se decida. En sus ojitos se nota la conclusión. Ahí voy acercándome, despacio, casi la toco con el brazo cuando le digo «Guasumara, beibi, du yu fil laik ay du?» La morra responde «Yo no te conozco, sácate, viejo cochino». «Uyuyuy», le digo, «se me hace que me confundí», y como que me voy, ¿ves?, meto las manos en los bolsillos y de reversa. La beibi puede ser muy orgullosa y de regreso me voy hasta mi esquina, ni modo, buenas noches; pero muchas alcanzan a decirme «Ya me acordé de ti, ¿no eres el tío del Creizi?»

—Órale, pensé que no te ibas acordar, mija.
—Simón, ya sé. ¿Qué andas haciendo por aquí?
–Tripiando tripiando. ¿Y tú?

–Estoy esperando a una prima, la Priscila.
–Órale, simón. Creo que la vi por allá, no sabía que la buscabas, si no le hubiera dicho que aquí mero.

–¿Por dónde la viste?

–Si quieres te digo dónde.

–Sobres.

Y le caminamos para allá, para acá, para acuyá, entramos a un barecito oscuro en la Calle Cuarta, nos echamos un pisto, dos pistos. Ella empieza con una cocacola, tarde o temprano le sigue con una cuba y al final ya estamos tequileando. La mentada prima ni sus luces y la verdad es que yo creo que no tiene ninguna prima Priscila. Yo tampoco tengo sobrinos así que es un buen contrato éste que firmamos: el uno para el otro, meid for ich óder, ¿no crees?”.

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Estrella de la calle sexta es una imagen de lo que sucede entre dos países vecino: México y Estados Unidos.

Relato y poesía en el origen del antiguo Monterrey: “Barrio de Catedral”, de Felipe Montes

Tomando como centro del mundo el barrio antiguo de Monterrey, Felipe Montes cuenta en su libro “Barrio de Catedral” la fundación de una ciudad mexicana edificada entre montañas, enfrentada a las inclemencias del tiempo y al asedio de guerreros indios o sanguinarios criminales, y le da un giro inusual: incluye el papel que ángeles y demonios han tenido en algunos momentos clave de la historia de esta región, haciendo uso de una prosa inconfundible en la que mezcla magistralmente el relato y la poesía, abordando lo terrestre y majestuoso a la vez.

Aquí te dejamos un extracto de su primer capítulo:

“Diego

Aquellas Nubes arrastran sus panzas contra Las Mandíbulas
De Roca. Sus láminas de hueso se intrincan, se cortan, Les
rellenan con Su Agua a Estos Cañones Las Gargantas.

Se vierte Su Llovizna sobre ese techo de cenizas del Saltillo.

Metidos entre estos muros claros, don Diego, su hija Estefanía, y los hijos de ella, Miguel y Diego, miran al suelo.

Diego se mesa las barbas. Una mosca.

Estefanía cabecea.

Se miran.

Y, desde las vigas de encino, dos demonios los contemplan;
se sujetan con sus garras, cuelgan sus ojos de piedra.

Y Aquella Agua Se espesa entre Las Montañas, y Su Goteo Se cuela por las fisuras de este techo, por el marco de esta ventana.

Los Montemayor duermen.

Bajos las camas se abrazan dos ángeles; se acarician sus
cabellos de hielo.

Los zancudos acumulan sus pedregales sobre las sábanas;
acarician narices y orejas de saltillenses bajo las goteras. Afuera,
unas piedras se golpean sobre tiernos arroyos que brotan entre
otras piedras.

Las Nubes Se quiebran.

Los Charcos elevan Sus Plumas que Se pegan en las saltillenses pieles. Encima, condensan sus esquirlas entre las cabezas.

Plateados bajo el macizo torrente de luz, don Diego, Estefanía, Miguel y Diego, se miran.

Se levanta don Diego; seis moscas despegan del terso pus de
sus muñones. Se rasca.

Sale.

Estefanía lo mira. Baja la cabeza.

Don Diego camina entre aquellos nogales.

Ahí va Diego, solo, sobre Esas Piedras.

Ante la Piedra del Diablo, Diego pone su mano en la empuñadura de su espada.

Y avanza.

Avanza.

Ahí están Manuel de Mederos, Juan Pérez de los Ríos y Diego
Díaz de Berlanga, con otros.

¿A dónde vas, Diego?

Y los hombres lo siguen.

Y llegan al maizal, y caminan entre las altas mazorcas que azotan sus granos contra El Aire.

Miguel sale; anda entre las casas; trepa bardas de piedra, brinca. Mira al suelo.

Miguel: diluyen tus ojos de miel las Nubes arriba de ti.

Niño solo, don Miguel, Pardos Cabellos Que El Viento Levanta; ¿dónde está Tu Padre? ¿Yace en esos prados del Saltillo
con Tu Abuela?

Tu piel de cuarzo, niño cristalino, se vierte, bajo la Oscuridad, sobre la hierba.

Miguel corre sobre el pasto; un tronco hueco, con hongos
en su corteza, se le atraviesa.

Miguel brinca.

Sube al árbol, le sopla a una telaraña. Patas que se abren,
rocío que se suelta.

Esas Nubes que Se Fugan te acarician la nuca, Miguel”.

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Barrio de Catedral nos muestra a un autor capaz de mezclar relato y poesía a fin de  mejor preguntarse por los seres que habitan esa gran urbe.

Desdichas extravagantes y sexo contundente en la “Avenida de los misterios”, de John Irving

Un Irving inolvidable; una novela repleta de ternura y humor sobre la infancia, el destino y la memoria, la cual aborda los temas favoritos del autor con gran sutileza: catolicismo, sexo, muerte.

Juan Diego, un maduro y exitoso escritor de origen mexicano que reside en Iowa, acepta una invitación a viajar a Filipinas para hablar de sus novelas. En el curso del viaje, lleno de peripecias y mujeres insinuantes, sus sueños y recuerdos, no se sabe si por efecto (o falta) de la medicación que debe tomar, le retrotraen a su infancia: Juan Diego fue uno de los llamados «niños de la basura», crecido en un inmenso vertedero de Oaxaca. Si él leía con pasión los libros que rescataba entre la inmundicia, a su vez su hermanastra Lupe, una niña muy peculiar, era capaz de leer —peligrosamente— la mente de quienes la rodeaban y entrever su futuro. Hijos de una prostituta, ambos sobrevivieron gracias a la protección de uno de los capos del vertedero, hasta que, cuando Juan Diego tenía ya catorce años, sufrió un accidente que cambió su destino para siempre.

A continuación, te compartimos un fragmento de uno de los capítulos iniciales (8) de “Avenida de los misterios”, una novela de John Irving.

“Dos condones

8

¿Qué puede creerse de los sueños de un literato? Juan Diego, en sus sueños, obviamente imaginaba a su antojo las reflexiones y sentimientos del hermano Pepe. Pero ¿desde qué punto de vista se narraban los sueños de Juan Diego? (No el de Pepe.)

Juan Diego habría hablado con mucho gusto de esto y de otros aspectos de su renacida vida onírica, pero le pareció que ése no era el momento. Dorothy jugueteaba con su pene; como el novelista había observado, la joven se abstraía en el juego poscoital con la misma concentración inalterable que acostumbraba a dedicar a su teléfono móvil y su portátil. Y Juan Diego no era muy propenso a las fantasías masculinas, ni siquiera como literato.

–Creo que puedes volver a hacerlo –decía la chica, desnuda–. Bueno…, quizá no inmediatamente, pero sí dentro de poco. ¡Tú fíjate en este muchacho! –exclamó. Tampoco la primera vez había pecado de tímida.

Juan Diego, a su edad, no se miraba mucho el pene, pero Dorothy sí lo miraba…, desde el principio.

¿Qué ha sido del juego previo?, se había preguntado Juan Diego. (No es que él tuviera mucha experiencia en cuestiones de juego previo, o de juego posterior.) Había estado intentando explicar a Dorothy la glorificación de Nuestra Señora de Guadalupe. Mientras se hallaban acurrucados en la cama tenuemente iluminada de Juan Diego, donde oían apenas la radio sin sonido –como desde un planeta lejano–, la chica, con todo su descaro, había apartado la sábana y echado un vistazo a su erección cargada de adrenalina y potenciada con Viagra.

–El problema empezó con Cortés, que conquistó el imperio azteca en 1521: Cortés era muy católico –decía Juan Diego a la joven. Dorothy, con el rostro cálido recostado en el abdomen de él, mantenía la mirada fija en su pene–. Cortés era extremeño; la Guadalupe de Extremadura, me refiero a una imagen de la Virgen, fue tallada presuntamente por san Lucas, el evangelista. Se descubrió en el siglo XIV –prosiguió  Juan Diego– cuando la Virgen se descolgó con una de sus hábiles apariciones; ya me entiendes, una de esas apariciones ante el típico pastor humilde. Le mandó que cavara allí donde ella había aparecido; el pastor encontró el icono  en ese lugar.

–Esto no es el pene de un viejo; esto que tienes aquí es un muchacho bien alerta –declaró Dorothy, una observación del todo ajena al tema de Guadalupe. Así había empezado; Dorothy no perdía el tiempo. Juan Diego procuró permanecer impasible”.

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Un Irving inolvidable. Una novela repleta de ternura y humor sobre la infancia, el destino y la memoria.

Una mezcla sabrosa y divertida del arte, la ciencia y la tecnología: “El Universo en un puñado de átomos”, de Carlos Chimal

De los ‘quarks’ a las ondas gravitacionales.

En forma de ensayo, “El Universo en un puñado de átomos”, de Carlos Chimal, es al mismo tiempo una crónica viva de una disciplina científica fascinante: la física de las altas energías, la cual se propone estudiar lo infinitamente pequeño, en los niveles cuánticos del átomo, y lo inimaginablemente grande, los confines del Universo y la pregunta por su origen.

Disfruta este extracto de ‘La Ciudad Escéptica en peligro’, su primer capítulo.

“La Ciudad Escéptica en peligro

El trece de septiembre de 2008, tres días después de haberse puesto en marcha el Gran Colisionador de Hadrones, su red informática fue atacada por un grupo autodenominado Greek Security Team, quienes demostraron, como buenos hackers, que no existe código de seguridad inviolable. Por fortuna declararon que no era su propósito dañar los experimentos. Gracias, amigos. En los lugares de encuentro como la cafetería central se pide que ya no sea uno tan relajado con las computadoras portátiles, pues las ondas de internet viajan por el aire y los fisgones pueden estar haciendo su trabajo. El sitio donde se está gestando la siguiente revolución en redes computacionales ha sido golpeado por los cibernéticos rompetodo. Los astutos cazadores de partículas se vieron atrapados en su propio enjambre.

Ante la crisis hay quienes se hacen eco de las actitudes timoratas y piden invertir mejor en investigaciones pequeñas, <<de mesa>>, que en megaproyectos como los del CERN. Según los defensores de esta física, su falta de visión no les permite entender que un proyecto de mesa genera un resultado, mientras que proyectos complejos como el LHC ayudan a esclarecer enigmas del Universo y, al mismo tiempo, ofrecen una derrama tecnológica que se traduce en la ya mencionada Web, en cámaras de alambres que toman imágenes médicas, como el PET para diagnóstico y estudio de la fisiología del cuerpo humano, en la GRID que permite monitorear la diseminación del cáncer de mama en Europa, en los aceleradores de protones que ayudan a tratar diversos cánceres de manera eficiente, así como en innumerables dispositivos que conservan mejor la temperatura y que resisten mejor la radiación.

Y, para colmo, en octubre del mismo 2008 un investigador francés de origen argelino, que alguna vez ha venido al CERN a hacer investigación teórica, fue detenido por la policía de su país acusado él y su hermano de pertenecer a una rama de Al Qaeda. Algo similar se vivió en septiembre de 2014, quizá más dramático por la silenciosa insurrección que culminó en la regularización del ejército del Estado Islámico, plagada de europeos, algunos de ellos ciudadanos suizos y franceses. John Jihad degüella a un montañista francés secuestrado en Argelia frente a una cámara de video que algunos medios del mundo reproducen para las pantallas del público. Los pasos fronterizos entre Saint-Genis, Ferney-Voltaire y Ginebra se cerraron, los controles de pasaportes y documentos de identidad se volvieron estrictos como nunca se había visto desde la Segunda Guerra Mundial. En la estación de gasolina frente a la entrada principal de CERN se apostaron agentes de seguridad, tanto uniformados como civiles, y en los autobuses detenían sobre todo a gente de piel morena y negra. Al mismo tiempo en México sucedió un asesinato masivo que no era el primero ni sería, por desgracia, el último, pero que se convirtió en símbolo de la indignación generalizada por el estado de fascismo corriente, sin ideología, que impera en el país y cuyos sicarios asesinan con la mayor crueldad animados por su estrecho coto de poder. Una versión perversa y recargada de Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno.

Regresemos a 2012, al momento en que faltaban pocos días para que volviera a arrancar la máquina LHC. Todo mundo está en lo suyo, repasando el peor de los escenarios posible porque confían en que todo saldrá a pedir de boca. Mientras algunos sacan la leche del refrigerador en la cocina común del hostal y alguien muele café para entender de qué está hecha la materia oscura equivalente al 96% del Universo. Un par de huevos revueltos con espárragos cuando uno desea preguntarse por qué un 4% restante es luminosa como nosotros. Jugo de frutas si quieres entender la causa de que existan más dimensiones que las cuatro que conocemos. Más café y nos pondremos en el camino de saber por qué el mundo está hecho de materia y no de antimateria. La señora que hace la limpieza pide a los que seguimos discutiendo cómo era el Universo a los microsegundos de su existencia seguir la trascendental charla en otra parte. En una pared a la entrada de ATLAS hay un cartel que anuncia: <<2012: ¡El fin se acerca!>>. En efecto, es el fin de una larga espera para los cazadores de partículas”.

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El Universo en un puñado de átomos es un ensayo sabroso y divertido sobre la necesidad de mezclar el arte y la ciencia.

Los miedos, amores y aficiones de Adolfo Bioy Casares: “Bioygrafía”, de Silvia Renée Arias

En este apasionante libro biográfico “Bioygrafía: Vida y obra de Adolfo Bioy Casares”, su autora Silvia Renée Arias cuenta el origen y la historia familiar de Adolfo Bioy Casares, uno de los más importantes escritores del siglo XX en lengua hispana.

Los miedos y deseos de su niñez, su pasión por los caballos y los perros, los desafíos de su juventud, sus primeros textos, la amistad que sostenía con Jorge Luis Borges y sus trabajos en colaboración, su vida entre el campo y la ciudad, la afición que tenía por los deportes, las lecturas, los amigos, las mujeres, el vínculo que establecía con otros escritores, así como su amor con Silvana Ocampo al igual que el romance que mantenía con Elena Garro; sus hijos, las pérdidas afectivas y los triunfos literarios: esto y más vivencias personales del literato argentino oriundo de Recoleta es lo que descubrirás en las 360 páginas que conforman esta imprescindible obra.

Aquí te dejamos un extracto de su ‘Capítulo I (1914-1926)’.

“Un miedo muy profundo

Después de vivir un tiempo con sus padres en casa de su abuela, en Uruguay 1490 –desde cuyo balcón Adolfito le tiraba monedas al Negro Raúl, un personaje que gesticulaba y bailaba en la calle–, los Bioy se mudaron a otra, ubicada en la que supo ser la Calle Larga, la que conducía al cementerio, que era, en realidad, una huerta del antiguo convento Miserere que dio nombre al camposanto y ahora se llamaba del Norte, de la Recoleta. Empedrada desde 1835, esa vía se había convertido en un aristocrático bulevar denominado avenida Quintana. Allí, en el 174, los Bioy establecieron su domicilio, junto a las familias Menditeguy, Balcarce, Saavedra Lamas, Navarro Viola, Elizalde y Bermejo, entre otras. En sus ‘Memorias’, Bioy cuenta que en aquellos tiempos, debido a que cerca de allí se había instalado un tambo, por la calle Quintana pasaba, <<seguida de boyero y ternero, una vaca que recorría el barrio para que la ordeñaran si alguien pedía leche fresca>>.

La casa de los Bioy –actual sede de la Fundación Navarro Viola– imita a los viejos pabellones de caza franceses. Tiene tres pisos –el tercero en buhardilla–, con techo de pizarra. Al frente, en el jardín, supieron florecer una magnolia y dos vigorosas plantas de palta que siguen allí (su madre le hacía comer a Adolfito una todos los días, a las once de la mañana), y al fondo un jacarandá muy alto. Sobre el techo del garaje, estaba edificado el cuarto de los juguetes, en el futuro su cuarto de estudio. Una de las puertas laterales, del siglo XVI, fue traída por sus padres de Francia. La chimenea del pequeño hall era obra del escultor argentino César Sforza, y en el vestíbulo los elementos decorativos eran siimples. Con un amplio comedor, desde uno de los rincones de la sala se tenía una perspectiva de la biblioteca, que a Adolfito le gustaba mucho, ubicada en una especie de sobrepiso. Los muros estaban cubiertos de libros. En su interior, armonizaban <<lo antiguo y lo moderno, en buena medida fruto del gusto y la imaginación creadora>> de Marta  Casares, y cada pieza artística (una pintura, un bronce, un gobelino) contribuía <<a la composición de una atmósfera serena que respondía a su sensibilidad>>.

Pero a raíz de las asiduas reuniones y bailes que sus padres organizaban en esta casa, y que consistían en una mesa de buffet con tulipanes rojos combinados con piezas de plata, muchas veces Adolfito se encontraba solo en su cuarto, en camisón, asustado por los ecos de la música que ejecutaba una orquesta y de las muchas risas de las señoras invitadas. Entonces se acostaba y se tapaba hasta la coronilla. Y aparecían las preguntas. ¿Qué era el universo, qué forma tenía? ¿Qué había más allá? ¿A dónde iban a parar las estrellas? ¿El espacio tenía fin? Muchas veces, cuando iban visitas a la casa, personas grandes o chicos, y él estaba en su cuarto y lo llamaban para que se presentara, sentía que debía vencer una especie de temor. Pero había todavía otro miedo, más profundo.

Cuando a sus trece años le preguntaban a Marcel Proust cuál le parecía el colmo de la desgracia, contestaba que estar separado de su madre. Adolfito podía suscribir a estas palabras. Sus padres salían de noche, asistían a lo que por entonces se denominaba ‘coctel party’ y ‘diner’, bodas de gran resonancia, comidas, recepciones, brillantes fiestas donde se destacaba el don inapreciable de su madre para comunicar su gracia. Y a menudo, por generosa vocación de servir a causas nobles, colaboraba con entusiasmo en actos culturales y artísticos. Adolfito sentía entonces el temor a que no regresaran; sobre todo, a que su madre no lo hiciera. Ella, que se fijaba en las horas que él dormía para que no se debilitara y le ponía bolsitas de alucemas en la ropa, que a él tanto le gustaban; ella, que nunca tenía una palabra de queja aunque tuviera motivos para ello… Bioy refería a menudo que un día, al cabo de un almuerzo, después de que se fueran unos invitados, su madre comentó que se había quemado con un enchufe. No había dicho nada para no importunar. Así era ella. En cualquier caso, con el transcurso del tiempo, este terror a perderla le indicaría a Adolfito que debía estar <<un poco loco>>. Aludiría a este sentimiento en uno de sus cuentos –<<Incesantes naves>>–, donde el narrador despierta y esa ausencia le hace percibir en la casa <<ese aspecto de crujientes, incesantes naves del tiempo que asumen las casas cuando alguien se muere>>”.

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Un libro apasionante sobre uno de los más importantes escritores del siglo XX en lengua hispana.

Sorprendentes historias sobre la capacidad intelectual de los animales en “¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales?”, de Frans de Waal

A través de estas páginas, hallarás conmovedoras historias de cooperación y empatía entre delfines, divertidísimos ejemplos sobre la memoria visual de algunas aves o asombrosos relatos sobre un incipiente sentido del bien y del mal en los primates superiores y su capacidad para anticiparse al futuro.

Te compartimos un extracto de Pozos Mágicos, primer capítulo de “¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales?”, autoría del renombrado primatólogo y etólogo Frans de Waal.

“Pozos Mágicos

Convertirse en un bicho

Al abrir los ojos, Gregor Samsa se despertó dentro del cuerpo de un animal sin especificar. Provisto de un exoesqueleto duro, la ‘horrible sabandija’ se escondía bajo el sofá, reptaba arriba y abajo por las paredes y el techo, y le encantaba la comida podrida. La transformación del pobre Gregor incomodó y disgustó tanto a su familia que su muerte fue un alivio para todos.

‘La metamorfosis’ de Franz Kafka, publicada en 1915, fue una singular salva de apertura de un siglo menos antropocéntrico. Al elegir una criatura repulsiva para mayor efecto metafórico, el autor nos fuerza desde la primera página a meternos en la piel de un bicho. Hacia la misma época, Jakob von Uexküll, un biólogo alemán, llamó la atención sobre el punto de vista del animal, el Umwelt (que en alemán significa ‘mundo circundante’). Para ilustrar este nuevo concepto, Uexküll nos invitó a dar un paseo por diversos mundos, con objeto de hacernos ver que cada organismo percibe el entorno a su manera. Su primer ejemplo era la garrapata, que no tiene ojos y trepa a un tallo de hierba a la espera de oler el ácido butírico que emana de la piel de los mamíferos. Puesto que los experimentos han evidenciado que este arácnido puede pasarse hasta dieciocho años sin alimentarse, la garrapata tiene tiempo de sobra para encontrarse con un mamífero, caer sobre su víctima y atiborrarse de sangre caliente, después de lo cual ya puede poner sus huevos y morir. ¿Podemos entender el Umwelt de la garrapata? Parece una visión del mundo increíblemente pobre en comparación con la nuestra, pero Uexküll contemplaba esta simplicidad como una ventaja: el objetivo de la garrapata en esta vida está bien definido, y pocas cosas la distraen.

Uexküll examinó otros ejemplos para mostrar que un mismo entorno ofrece cientos de realidades propias de cada especie. Esto es muy diferente de la noción de ‘nicho ecológico’, que concierne al hábitat necesario para la supervivencia. El Umwelt se refiere al mundo subjetivo centrado en el propio organismo, que representa sólo una pequeña fracción de todos los mundos perceptibles. Según Uexküll, los diversos mundos subjetivos no son comprensibles ni discernibles para todas las especies que los construyen. Algunos animales perciben la luz ultravioleta, mientras que otros viven en un mundo de olores, o tantean su camino bajo tierra, como el topo estrellado. Unos se sientan en las ramas de un roble, otros viven bajo su corteza, mientras que una familia de zorros excava una  madriguera entre sus raíces. Cada uno de estos animales percibe el mismo árbol de manera diferente.

Nosotros, que somos una especie altamente visual, compramos aplicaciones para teléfonos móviles que convierten imágenes en color en lo que perciben las personas sin visión del color. También nos vendamos los ojos para simular el Umwelt de los invidentes y así aumentar nuestra empatía. Pero mi experiencia más memorable con un mundo ajeno fue criando grajillas (parientes pequeñas de los cuervos). Dos de ellas vivían justo debajo de mi ventana del cuarto piso de una residencia de estudiantes, así que podía verlas ir y venir. Cuando eran jóvenes e inexpertas las seguía con gran apuro, como cualquier buen padre. Solemos pensar que el vuelo es algo que surge de manera natural en las aves, pero lo cierto es que es una habilidad que debe aprenderse.  El aterrizaje es lo más difícil, y siempre temía que se estrellaran contra algún vehículo. Comencé a pensar como un ave, construyendo un mapa mental del entorno como si buscara el sitio perfecto para aterrizar, y evaluando cada objeto distante (una rama, un balcón) con este objetivo en mente. Tras un aterrizaje exitoso, mis grajillas expresaban su contento con un ‘caw-caw’. Luego yo las llamaba para que volvieran, y vuelta a empezar. Cuando ya se habían convertido en voladoras expertas, me deleitaba con sus juguetonas cabriolas en el aire como si estuviera volando con ellas. Me había metido en el  Umwelt de mis pájaros, aunque fuera de manera imperfecta”.

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Una obra sorprendente y polémica sobre la capacidad intelectual de los animales.