La gastronomía mortal de la ‘Honorable Sociedad’: «La Mafia se sienta a la mesa», de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei

Pocos saben que los «padrinos» de la Mafia preparan los menús de sus ágapes con el mismo esmero que sus crímenes. Ya desde sus comienzos, la Honorable Sociedad se ha reunido en torno a los manteles para festejar aniversarios o éxitos, urdir estrategias o poner fin a los días de algún miembro de la Familia. En «La Mafia se sienta a la mesa», escrito por Jacques Kermoal y Martine Bartolomei, se describen las comidas que ocupan un lugar preeminente en la gastronomía mafiosa, como la organizada para preparar el desembarco de Garibaldi en Marsella en 1860 o la que celebraba la «toma» del Bronx por Maranzano. Así, entre bocado y bocado, los nombres de Mussolini, Roosevelt, Churchill y Sinatra se mezclan con los de Don Vito, Calogero Vizzini o Lucky Luciano en este suculento libro que, para satisfacción de los gourmets, ofrece los menús, las recetas y los vinos de los festines mafiosos más relevantes.

«La Mafia se sienta a la mesa», de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei, un libro que deleita por igual a gourmets y amantes de la historia de la ‘Honorable Sociedad’.

Aquí te compartimos algunos de sus párrafos iniciales:

«Garibaldi, los tíos y el banquete de Messina (1860)

A principios de la primavera de 1860, Palermo estaba en ebullición. La tempestad nacionalista se desencadenaba de norte a sur y envolvía en los pliegues de la bandera verde-blanca-roja, con el escudo de la Casa de Saboya, al Piamonte, Lombardía, Venecia e Italia central, incluidas la Toscana y Emilia. En los salones de la capital siciliana, donde los bailes y las recepciones se habían reanudado como cada año con la vuelta del buen tiempo, sólo se hablaba de cómo ese mercenario barbudo que había pasado de comerciar con animales a participar en la revuelta romana contra el Papa en 1848 acababa de poner su espada al servicio de Víctor Manuel, antiguo rey del Piamonte y nuevo rey de Italia. Estos vientos de cambio recibían el nombre de Risorgimento, es decir, resurrección, y su demiurgo era Giuseppe Garibaldi. En Palermo eran conscientes de que al líder de la causa nacionalista se le había metido entre ceja y ceja desembarcar en la costa de Sicilia, y de que el Borbón que reinaba en el reino de Nápoles y de las Dos Sicilias no tardaría en hacer sus maletas y abandonar la corte napolitana para volver a la España de sus ancestros. Por otra parte, el tal Francisco era un rey fantasma. Hacía mucho tiempo, casi cinco años por lo menos, que sus recaudadores de impuestos y sus funcionarios eran encontrados degollados en los fosos de los bastiones de la Casbah o en las encrucijadas, con los cuerpos decapitados apoyados contra los pedestales de los crucifijos seculares.

Sólo algunos príncipes, duques o barones encanecidos, envejecidos al servicio de los Borbones, seguían atreviéndose a declararse partidarios de ese pequeño bufón español, por temor a perder los desmedidos privilegios que el Tratado de Viena de 1738 les había concedido. Sin embargo, para la mayoría de la gente lo único que de sicilianos tenían esos príncipes envejecidos y esos carcamales eran sus blasones y los palacios donde, algunas veces al año, daban suntuosas fiestas. Los príncipes Lampedusa y Alliata, el duque Paterno di Carcari, los barones Tasca, La Motta y Cammerata sabían perfectamente que ese año se quemarían en sus fiestas las últimas salvas de esos felices tiempos en que la pequeña burguesía venía a besarles las botas en lugar de dirigir, en calidad de generales, un ejército de desarrapados que gritaban <<¡Viva Italia!>>»

Disponible en librerías y tiendas en línea a mediados de septiembre de 2016.

PORTADA La mafia se sienta a la mesa

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Un libro que deleita por igual a gourmets y amantes de la historia de la «Honorable Sociedad».

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