Enrique Krauze hace un recuento de los héroes y antihéroes mexicanos en su libro “Siglo de Caudillos”

Sinopsis: Siglos de Caudillos es una biografía política del siglo XIX mexicano. Su tema de fondo es la tensión entre dos impulsos históricos fundamentales: la conservación del pasado y el llamado ineludible del futuro. Están aquí Hidalgo, arrojado a su frenética revolución. Morelos, encarnación de los sentimientos de la futura nación. Las imposibilidades paralelas (una imperial, otra republicana) de Iturbide y Guerrero. El seductor y contradictorio general Santa Anna. Y la sutil convergencia de dos proyectos de integración liberal; Juarez y Diaz.

El siglo XIX mexicano definió muchas cosas que aún repercuten en nuestra vida diaria y en el acontecer geopolítico del país. Aquí un extracto de “Siglo de Caudillos: De Miguel Hidalgo a Porfirio Díaz”.

Septiembre de 1910. México está doblemente de fiesta: la nación conmemora el centenario de su guerra de Independencia y el presidente Porfirio Díaz <<héroe de la paz, el orden y el progreso>>, sus ochenta años. Por las mañanas, la capital del país y varias ciudades de la provincia fueron escenarios de banquetes, ceremonias cívicas, garden parties, kermesses, desfiles de carros alegóricos. Por las noches, en los edificios coloniales iluminados con motivos patrióticos, se dieron suntuosos bailes y recepciones, veladas literarias y representaciones teatrales. Era la belle époque mexicana en su momento de mayor esplendor.

A aquella fastuosa celebración acudieron embajadores especiales de la mayoría de los países del orbe con los que México tenía relaciones. Día tras día se inauguraban obras materiales y de beneficencia cuyo objeto era dar testimonio del progreso que por fin, luego de un retraso de siglos, caracterizaba a la vida mexicana. Apenas desembarcaban en el puerto de Veracruz o se apearan del tren en la frontera norte, los viajeros podían atestiguar la sólida infraestructura que <<don Porfirio>>- como (casi) todo México, reverencialmente, le decía- había dado al país desde su lejano ascenso al poder en 1876: obras portuarias, excelentes vías férreas, teléfonos, telégrafos, correos. Ya en la ciudad de México, asistirían a la puesta en marcha de escuelas, hospicios, hospitales, el manicomio y la penitenciaría, todos provistos de los más modernos servicios. Entre las obras de ingeniería, nada desdeñables para su tiempo, que se concluyeron durante las fiestas, estaban la Estación Sismológica y el Canal de Desagüe. La primera permitía detectar y estudiar mejor los temblores de tierra, casi frecuentes y mortíferos en México como los terremotos sociales del siglo XIX. El segundo resolvía, mediante costosísima red de túneles y canales, el principal problema de la capital desde que en 1521, el conquistador Hernán Cortés, decidió erigirla sobre la ciudad lacustre de los aztecas: las inundaciones.

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