“El libro de la risa y el olvido” Una novela ya clásica en torno al olvido, el erotismo y el humor.

Lee un extracto del primer capítulo del libro de Milan Kundera “El libro de la risa y el olvido”.

Primera parte.

“Las cartas perdidas.

En febrero de 1948, el líder comunista Klement Gottwald salió al balcón de un palacio barroco de Praga para dirigirse a los cientos de miles de ciudadanos que llenaban la plaza de la Ciudad Vieja. Aquél fue un momento crucial en la historia de Bohemia. Un momento fatidico.

Gottwald estaba rodeado por sus camaradas y justo a su lado estaba Clementis. La nieve revoloteaba, hacía frío y Gottwald tenía la cabeza descubierta. Clementis, siempre tan atento, se quitó su gorro de pieles y se lo colocó en la cabeza a Gottwald.

El departamento de propaganda difundió en cientos de miles de ejemplares la fotografía del balcón desde el que Gottwald, con el gorro en la cabeza y los camaradas a su lado, habla al pueblo. En ese balcón comenzó la historia de la Bohemia comunista. Hasta el último niño conocía aquella fotografía por haberla visto en los carteles de propaganda, en los manuales escolares o en los museos.

Cuatro años más tarde a Clementis lo acusaron de traición y lo colgaron. El departamento de propaganda lo borró inmediatamente de la historia y, por supuesto, de todas las fotografías. Desde entonces Gottwald está solo en el balcón. En el sitio en que estaba Clementis aparece solo la pared vacía del palacio. Lo único que quedó de Clementis fue el gorro en la cabeza de Gottwald.

Estamos en 1971 y Mirek dice: La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

Quiere justificar así lo que sus amigos llaman imprudencia: lleva cuidadosamente su diario, guarda la correspondencia, toma notas de todas las reuniones en las que analizan la situación y discuten sobre lo que se puede hacer. Les explica: No hago nada que esté en contra de la Constitución. Esconderse y sentirse culpable sería el comienzo de la derrota.

Hace una semana, cuando trabajaba con su cuadrilla en el techo de un edifico en construcción, miró hacía abajo y le dio un mareo. Se tambaleó y se cogió de una viga que estaba suelta. La viga se desprendió y le cayó encima. En un primer momento la herida parecía terrible, pero cuando comprobó que se trataba de una simple rotura de brazo pensó con satisfacción que iba a tener un par de semanas de descanso y que por fin iba a poder ocuparse de las cosas para las que hasta el momento no había tenido tiempo.

Por fin les dio la razón a los compañeros más prudentes. Es verdad que la constitución garantiza la libertad de expresión, pero las leyes castigan todo lo que pueda ser definido como atentado contra la seguridad del Estado.

Uno nunca sabe cuándo va a empezar a gritar el Estado que tal o cual palabra atenta contra su seguridad. Por eso se decidió, finalmente, a llevar los escritos comprometedores a un lugar más seguro.

Pero antes quiere arreglar el asunto de Zdena. Lo llamó a la ciudad donde vive , a unos cientos de kilómetros de Praga, pero no consiguió comunicarse. Así perdió cuatro días. Ayer por fin logró hablar con ella. Le prometió que hoy por la tarde lo esperaría.

El hijo de Mirek, que tiene diecisiete años, se opuso a que Mirek condujese con el brazo escayolado. Y, efectivamente, no fue fácil conducir. El brazo herido, en cabestrillo, se balanceaba delante de su pecho, impotente e inservible. Para cambiar las velocidades, tenía que soltar por un momento el volante.

Tuvo relaciones con Zdena hace veinticinco años y solo le quedaron de ella, de aquella época, algunos recuerdos.

Una vez ella llegó a la cita sécandose las lagrimas con un pañuelo y lloriqueando. Él le preguntó qué le pasaba. Le explico que la noche anterior había muerto una gran personalidad rusa. Un tal Zhdanov, Arbuzov o Masturbov.

Considerando la cantidad de lágrimas, la muerte de Maturbov le había afectado más que la muerte de su propio padre.

¿Es posible que aquello hubiera ocurrido? ¿No será el llanto por Masturbov solo un invento de su rencor actual? No, seguro que ocurrió. Claro que las circunstancias inmediatas que hacían entonces de su llanto un llanto creíble y real, ahora ya se le escapaban y el recuerdo se había convertido en algo tan improbable como una caricatura.

Todos los recuerdos que tenía de ella eran del mismo tipo. Volvían una vez en tranvía de la casa en que por primera vez habían hecho el amor (Mirek comprobaba con especial satisfacción que había olvidado por completo  aquellas escenas amorosas y que era incapaz de rememorar ni siquiera un solo segundo). Más robusta, más grande que él (él era pequeño y frágil), estaba sentada en una esquina del asiento, el tranvía traqueteaba y su cara estaba como ensombrecida, ensimismada, curiosamente envejecida. Cuando le preguntó por qué estaba tan callada se enteró de que no había quedado satisfecha con la forma en que le había hecho el amor,. Le dijo que le había hecho el amor como un intelectual.

Intelectual era, en el lenguaje político de aquella época, un insulto. Designaba a las personas que no comprendían el sentido de la vida y estaban alejados del pueblo.

Todos los comunistas que por entonces fueron colgados por otros comunistas se vieron obsequiados con este insulto. A diferencia de aquellos que estaban firmes sobre la tierra, éstos, al parecer, flotaban por los aires. Por eso fue en cierto modo justo que los castigasen quitándoles definitivamente la tierra de debajo de los pies y que quedasen colgando un poco por encima de ella.

Pero ¿qué era lo que quería decir Zdena cuando lo acusaba de que hacía el amor como un intelectual?

En cualquier caso, no había quedado satisfecha de él, y de la misma manera en que era capaz de colmar la relación más abstracta (su relación con el desconocido Masturbov) con el sentimiento más concreto (materializado en forma de lágrimas), sabía también dar significado abstracto al acto más concreto y dar a su insatisfacción una denominación política.

Mira por el espejo retrovisor y se da cuenta de que tiene detrás siempre el mismo coche. Nunca dudó de que lo seguían, pero hasta ahora lo habían hecho con una discreción perfecta. Hoy ha habido un cambio sustancial: quieren que sepa que lo siguen.

A unos veinte kilómetros de Praga hay una gran valla en medio del campo y detrás de la valla un taller mecánico. Tiene allí un amigo y quiere que le cambie el arranque, que funciona mal. Detuvo el coche frente a la entrada, cerrada por una barrera a rayas rojas y blancas. Junto a la barrera estaba una vieja gorda. Mirek pensó que iba a abrir la barrera, pero ella se quedó mirándole, sin hacer el menor movimiento. Tocó  el claxon, pero sin resultado. Sacó la cabeza por la ventanilla. La vieja dijo:

-¿Aún no lo han metido en la carcel?

-No, aún no me han metido en la cárcel -contestó Mirek-. ¿Podría levantar la barrera?

Se quedó mirándolo impasible durante unos largos segundos y luego bostezó y se metió en la portería. Se aposentó detrás de la mesa y ya no volvió a mirarlo.

Bajó del coche, pasó junto a la barrera y entró en el taller a buscar a su amigo el mecánico. Éste le acompañó y levantó la barrera (la vieja seguía impasible en la portería con la misma mirada ausente) para que pudiera entrar con el coche en el patio.

-¿Ves?, eso te pasa por haber salido tanto en televisión -dijo el mecánico-. Todas las viejas te conocen de vista.

.¿Y quién es? -pregunto Mirek, y se enteró de que la invasión del ejército ruso, que había ocupado Bohemia e imponía su influencia en todas partes, había despertado en ella una vitalidad poco corriente. Vio a personas que estaban situadas por encima de ella (y todo el mundo estaba situado por encima de ella) a las que la menor acusación les quitaba el poder, la posición, el empleo y hasta el pan, y eso la excitó: empezó a delatar por su cuenta.

-¿Y cómo es que sigue de portera? ¿Ni siquiera la ascendieron?

El mecánico se sonrió:

-No sabe contar hasta diez. No la pueden ascender. Lo único que pueden es confirmarle su derecho a denunciar. Ésa es toda la retribución  -levantó el capó y se puso a revisar el motor.

En ese momento Mirek se dio cuenta de que a su lado, a dos pasos de distancia, había un hombre. Se volvió hacía él: llevaba puesta una chaqueta gris, una camisa blanca con corbata y pantalones marrones. Sobre el cuello grueso y la cara hinchada se rizaba el pelo canoso ondulado de permanente. Estaba de pie mirando al mecánico agachado bajo el capó.

Al cabo de un rato el mecánico  se dio cuenta de su presencia, se levantó y dijo:

-¿Busca a alguien?

El hombre del cuello grueso y la cara hinchada contestó:

-No. No busco a nadie.

El mecánico volvió a agacharse sobre el motor y dijo:

-En la plaza de Wenceslao. en Praga, hay un hombre vomitando. Otro hombre pasa a su lado, lo mira y hace un triste gesto afirmativo con la cabeza: <<Le acompaño en el sentimiento…>>.

El asesinato de Allende eclipsó rápidamente el recuerdo de la invasión de Bohemia por los rusos, la sangrienta masacre de Bangladesh hizo olvidar a Allende, el estruendo de la guerra del Sinaí, etcétera, etcétera, etcétera, hasta el más completo olvido de todo por todos.

En las épocas en las que la historia avanzaba aún lentamente, los escasos acontecimientos eran fáciles de recordar y formaban un escenario bien conocido, delante del cual se desarrollaba el palpitante teatro de las aventuras privadas de cada cual. Hoy el tiempo va a paso ligero. Un acontecimiento histórico, que cayó en el olvido al cabo de la noche, resplandece a la mañana siguiente con el rocío de la novedad, de modo que no constituye en la versión del narrador un escenario, sino una sorprendente aventura que se desarrolla en el segundo plano de la bien conocida banalidad de la vida privada de la gente.

La historia se evapora de la memoria y tengo que relatar hechos que sucedieron hace unos pocos años como si hubieran transcurrido hace más de mil: en el año 1939, el ejército alemán, entró en Bohemia y el Estados de los checos dejó de existir. En el año 1945 entró en Bohemia el ejército ruso y el país volvió a llamarse república independiente. La gente estaba entusiasmada con Rusia, que había expulsado del país a los alemanes y como veía en el Partido Comunista checo el fiel aliado de Rusia, le transfirió sus simpatías. Así fue como los comunistas no se apoderaron del gobierno en febrero de 1948 por la sangre y la violencia, sino en medio del júbilo de aproximadamente la mitad de la nación. Y ahora presten atención: aquella mitad que se regocijaba era las más activa, la más lista y la mejor.

Ustedes digan lo que quieran, pero los comunistas eran más listos. Tenían un programa grandioso. Un plan para construir un mundo completamente nuevo en el que todos encontrarían su lugar. Los que estaban contra ellos no tenían ningún sueño grandioso, sino tan solo un par de principios morales, gastados y aburridos, con los que pretendían coser unos remiendos para los pantalones rotos de la situación existente. Por eso no es extraño que los entusiastas y los valientes triunfaran fácilmente sobre los conciliadores y los cautelosos y comenzaran rápidamente a hacer realidad su sueño, aquel idilio justiciero para todos.

Lo subrayo una vez más: idilio y para todos, porque todas las personas desde siempre anhelan lo idílico, anhelan aquel jardín en el que cantan los ruiseñores, el territorio de la armonía en el que el mundo no se yergue como algo extraño contra el hombre ni el hombre contra los demás, en el que por el contrario el mundo y todas las personas están hechos de una misma materia. Todos son allí notas de una maravillosa fuga de Bach, y los que no quieren serlo no son más que puntos negros, inútiles y carentes de sentido, a los que basta con coger y aplastar entre las uñas como una pulga.

Desde el comienzo hubo gente que se dio cuenta de que no servía para el idilio y que quiso irse del país. Pero como la esencia del idilio consiste en ser un mundo para todos, los que quisieron emigrar se mostraron como impugnadores del idilio y en lugar de irse al extranjero acabaron entre rejas. Pronto los siguieron otros miles y decenas de miles y finalmente muchos comunistas, como por ejemplo el ministro de Asuntos Exteriores, Clementis, que le había prestado una vez su gorro a Gottwald. En las pantallas de los cines los tímidos amantes se cogían de la mano, la infidelidad matrimonial se castigaba severamente en los tribunales de honor compuestos por simples ciudadanos, los ruiseñores cantaban y el cuerpo de Clementis se balanceaba como una campana que llama al nuevo amanecer de la humanidad.

Y entonces fue cuando aquella gente joven, lista y radical tuvo de repente la extraña impresión de que sus propios actos se habían ido a recorrer el vasto mundo y habían comenzado a vivir su propia vida, habían dejado de parecerse a la imagen que de ellos tenía aquella gente, sin ocuparse de quienes les habían dado el ser. Aquella gente joven y lista comenzó entonces a gritarle a sus actos, a llamarlos, a reprocharles, a intentar darles caza y a perseguirlos. Si escribiese una novela sobre la generación de aquella gente capaz y radical, le pondría como título La persecución del acto perdido.

El mecánico cerró el capo y Mirek le preguntó cuánto le debía.

-Una mierda -dijo el mecánico.

Mirek se sienta al volante y está conmovido. No tiene la menor gana de seguir su camino. Preferiría quedarse con el mecánico escuchando historias curiosas. Él mecánico se inclinó hacia él y le dio una palmada en el hombro. Después se dirigió a la portería a levantar la barrera.

Cuando Mirek pasó a su lado, el mecánico le señalo con un movimiento de cabeza el coche aparcado frente a la entrada del taller.

Inclinado junto a la puerta abierta del coche estaba el hombre del cuello grueso y el pelo ondulado. Contemplaba a Mirek. El que estaba sentado al volante también los observaba. Los dos lo miraban con descaro y sin el menor asomo de vergüenza y Mirek, al pasar a su lado, se esforzó por mirarlos del mismo modo.

Los adelantó y vio en el espejo retrovisor al hombre entrando en el coche y al coche dando la vuelta para poder seguirlo.

Pensó que debería haberse desecho ya antes de esos papeles tan comprometedores para él y sus amigos. Si lo hubiese hecho el primer día de su accidente y no hubiera esperado a localizar a Zdena. En realidad, hace ya varios años que piensa en eso. Pero en las últimas semanas tiene la sensación de que ya no puede seguir postergándolo, porque su destino se acerca a toda prisa a su fin y hay que hacer todo lo posible por que sea perfecto y hermoso.

En aquellas épocas lejanas en que rompió con ella, lo embriagó una sensación de libertad inmensa y de repente todo empezó a salirle bien. Pronto se casó con una mujer cuya belleza forjo su seguridad en sí mismo. Luego aquella beldad murió y él quedó solo con su hijo en una especie de abandono coqueto que le traía la admiración, el interés y los cuidados de muchas otras mujeres.

Tuvo también mucho éxito como científico y ese éxito lo protegía. El estado lo necesitaba y él podía permitirse ciertos sarcasmos con respecto al Estado en una época en la que casi nadie se atrevía  aún a hacer tal cosa. Poco a poco, a medida que aquellos que iban en persecución de sus propios actos obtenían cada vez más influencia, él aparecía cada vez con mayor frecuencia en la pantalla de televisión, hasta convertirse en una personalidad conocida.

Cuando, tras la llegada de los rusos, se negó a retractarse de sus convicciones, lo echaron del trabajo y lo rodearon de policías de paisano. No se derrumbó. Estaba enamorado de su propio destino y le parecía que incluso su marcha hacia la perdición era sublime y hermosa.

Entiéndame bien, no he dicho que estuviese enamorado de sí mismo, sino de su destino. Se trata de dos cosas bien distintas. Era como si su vida se hubiera independizado y tuviera de repente sus propios intereses, que no eran iguales a los de Mirek. Esto es lo que quiero señalar cuando digo que su vida se convirtió en destino. El destino no tenía la intención de mover un dedo por por Mirek (por su felicidad, su seguridad su buen estado de ánimo y su salud) y en cambio Mirek está preparado para hacer todo lo que haga falta por su destino (por su grandeza, su claridad, su belleza, su estilo y su sentido inteligible).  Él se siente responsable de su destino, pero su destino no se siente responsable por él.

Tenía con respecto a su vida la relación que tiene el escultor con la escultura o el novelista con la novela. Uno de los derechos inalienables del novelista es de reelaborar su novela. Si no le gusta el comienzo, puede cambiarlo o tacharlo. Pero la existencia de Zdena le negaba a Mirek ese derecho de autor. Zdena insistía en quedarse en las primeras páginas de la novela y en no dejarse tachar.

Pero ¿por qué se avergüenza tanto de ella?

La explicación más fácil es la siguiente: Mirek fue desde muy pronto uno de aquellos que salieron a perseguir a sus propios actos, mientras que Zdena sigue siendo fiel al jardín en el que cantan los ruiseñores. Últimamente pertenece incluso a ese dos por ciento  de la nación que dio la bienvenida a los tanques rusos.

Eso es cierto, pero no me parece que esta explicación sea convincente. Si solo se tratase de que les dio la bienvenida a los tanques rusos, Mirek despotricaría contra ella públicamente y en voz alta y no negaría haberla conocido.

Pero Zdena le había hecho algo mucho peor. Era fea.

¿Y qué importancia tenía que fuesé  fea, si hacía más, si hacía más de veinte años que no se había acostado con ella?

Eso era importante: la nariz grande de Zdena proyectaba, aun a distancia, una sombra sobre su vida.

Hace años tuvo una amante guapa. En una ocasión, su amante visitó la ciudad de Zdena y volvió disgustada: <<Por favor. ¿cómo has podido salir con esta tía tan fea?>>.

Él dijo que la había conocido muy superficialmente y negó decididamente que hubieran tenido relaciones intimas.

Y es que el gran secreto de la vida no le era desconocido: las mujeres no buscan hombres hermosos. Las mujeres buscan hombres que han tenido mujeres hermosas. Por eso, tener una amante fea es un error fatal. Mirek intentaba borrar todas las huellas de Zdena y, dado que los partidarios de los ruiseñores lo odiaban cada vez más, tenía la esperanza de que Zdena, que se esforzaba en hacer carrera como funcionaria del partido, se olvidara de él rápidamente y por voluntad propia.

Pero se engañaba. Hablaba de él siempre, en todas partes y en cualquier oportunidad. Cuando por desgracia la encontraba la encontraba en compañía de otra gente, ella se apresuraba a hacer valer, costase lo que costase, algún recuerdo que dejase en evidencia que en otro tiempo lo había conocido íntimamente.

Se ponía furioso.

-Si la odias tanto a la tía esa, dime por qué anduviste con ella -le preguntó una vez un amigo suyo que la conocía.

Mirek comenzó a explicarle que entonces era un niño tonto de veinte años y que ella era mayor que él. ¡Era respetada, admirada, todopoderosa! ¡Conocía a todo el mundo en el comité central del partido! ¡Le ayudaba, lo empujaba hacía delante, le presentaba a gente influyente!

-¡Quería hacer carrera, gilipollas! -gritó-: ¡Por eso me pegué a ella y me dio lo mismo que fuese horrible!

Mirek no dice la verdad. Zdena era de su misma edad.

Pese a que lloraba la muerte de Masturbov, Zdena no tenía entonces ninguna influencia seria y no podía decidir ni su propia carrera política ni la de nadie.

Y entonces, ¿por qué se lo inventa? ¿Por qué miente?

Con una mano sostiene el volante, en el retrovisor ve el coche de los de la social y de repente se sonroja. Se ha a acordado de algo de la forma más imprevista.

Después de la primera vez que hicieron el amor, cuando le dijo que se había comportado como un intelectual, él intentó, al día siguiente, corregir la mala impresión y manifestar una pasión espontánea y desatada. ¡No, no es verdad que se haya olvidado de todas las veces que se acostaron! Esta escena la ve ahora delante de él con absoluta claridad: se movía encima de ella con un salvajismo fingido, emitiendo una especie de gruñido prolongado, como el de un perro de lucha contra la zapatilla de su amo, viéndola (con un cierto asombro) acostada debajo de él, tranquila, callada y casi indiferente.

En el coche resonaba aquel gruñido de hace veinticinco años, el insufrible sonido de su dependencia y su servil empeño, el sonido de su complacencia y su adaptabilidad, de su ridiculez y su miseria.

Así es: Mirek está dispuesto a acusarse de arribista con tal de no aceptar la verdad: estuvo liado con una tía fea porque no se atrevía a intentar ligarse a una guapa. No se creía capaz de conseguir nada mejor que Zdena, Aquella debilidad, aquella miseria, ése era el secreto que ocultaba.

En el coche resonaba el furioso gruñido de la pasión, y aquel sonido era la prueba de que Zdena era solo un retrato mágico contra el que pretendía disparar para destruir en él su propia aborrecida juventud.

Se detuvo delante de la casa de ella. El coche que lo seguía paró también.

Los acontecimientos históricos se imitan, por lo general, con escaso talento unos a otros,  pero me parece que en Bohemia la historia puso en escena un experimento fuera de lo corriente. Allí no se levantó, siguiendo las viejas recetas, un grupo de personas (una clase, una nación) contra otro, sino que unas personas (una generación de hombres y de mujeres) se levantaron contra su propia juventud.

Se esforzaron por dar caza y domar a sus propios actos y por poco lo consiguen. Durante los años sesenta obtuvieron una influencia cada vez mayor y a comienzos de1968 tenían ya casi toda la influencia. A este último periodo se le suele llamar la << Primavera de Praga>>: los guardianes del idilio tuvieron que desmontar los micrófonos de las casas particulares, las fronteras se abrieron  y las notas se escaparon de la partitura de la gran fuga de Bach, cantando cada una por su cuenta. ¡Fue una alegría increíble, fue un carnaval!

Rusia, que escribe la gran fuga para todo el globo terráqueo, no podía permitir que en algún sitio se le escapasen las notas. El 21 de agosto de 1968 mandó mandó a Bohemia medio millón de soldados. Inmediatamente abandonaron el país unos 120.000 checos y, de los que se quedaron, unos 50.000 tuvieron que irse de sus trabajos a talleres perdidos en medio del campo, a las cadenas de producción de las fábricas del interior, a los volantes de los camiones, es decir, a sitios desde los cuales ya nunca nadie oirá su voz.

Y para que ni siquiera una sombra del mal del mal recuerdo pudiese distraer al país de su nuevamente renovado idilio, tanto la Primavera de Praga como la llegada de los tanques rusos, esa mancha en la belleza de la historia, tuvieron que ser convertidas en nada. Por eso hoy nadie se ocupa de recordar en Bohemia el aniversario del 21 de Agosto, y los nombres de las personas que se levantaron contra su propia juventud son borrados cuidadosamente de la memoria del país como un error en los deberes de un colegial.

A Mirek también lo borraron de este modo. Si ahora sube por la escalera hacia la puerta de Zdena, se trata de una mancha blanca, no es más que un trozo delimitado de vacío que asciende por la espiral de la escalera.

Está sentado frente Zdena, el brazo le cuelga del cabestrillo. Zdena mira hacia un lado, evita sus ojos y habla con precipitación:

-No sé por qué has venido. Pero estoy contenta de que estés aquí. He hablado con los camaradas. No tiene sentido que termines tu vida como peón en la construcción. Yo sé que el partido aún no te ha cerrado las puertas. Aún estás a tiempo,

Él preguntó qué era lo que tenia que hacer.

-Tienes que pedir una entrevista. Tú mismo. Tienes que ser tú el que de el primer paso.

Sabía de qué iba la cosa. Le dan a entender que aún le quedan los últimos cinco minutos para declarar públicamente que se retracta de todo lo que dijo e hizo. Conoce este tipo de negocio. Están dispuestos a venderle su futuro a cambio de su pasado. Quieren obligarlo a hablar con voz compungida en televisión y a explicar a la nación que se equivocó al hablar contra Rusia y los ruiseñores. Quieren obligarlo a desechar su vida ya convertirse en una sombra, un hombre sin pasado, un actor sin papel, a convertir también en una sombra de su propia vida desechada, el papel abandonado por el actor. Así, convertido en una sombra, lo dejarían vivir.

Se fija en Zdena: ¿Por qué habla con tanta precipitación y tan insegura? ¿Por qué mira hacía un lado y evita su mirada?

Está todo demasiado claro: le ha tendido una trampa. Habla en nombre del partido o de la policía. Le han encargado que lo convenza para que se rinda.

¡Pero Mirek se equivoca! Nadie le ha encargado a Zdena que negocie con él. No, hoy ya ninguno de los poderosos recibiría a Mirek, por mucho que rogase. Ya es tarde.

Y Zdena le aconseja, sin embargo, que haga algo para su propio bien y afirma que se lo han dicho  los camaradas de la dirección, no en más que un deseo impotente y confuso de ayudarle de algún modo. Y si habla tan apresuradamente y evita su mirada no es porque tenga en las manos un trampa preparada, sino porque tiene las manos completamente vacías.

¿la comprendió alguna vez Mirek? 

Siempre pensó que Zdena era tan furiosamente al partido porque era una fanática.

No era así. Fue fiel al partido porque amaba a Mirek. Cuando el la abandonó, lo único que ella quería era demostrar que la fidelidad es un valor que está por encima de todos los demás. Quería demostrar que él era infiel en todo y ella en todo fiel. Lo que parecía fanatismo político era solo un pretexto una parábola, un manifiesto de fidelidad, el reproche secreto de un amor traicionado.

Me imagino como se despertó una mañana de agosto, con el horrible ruido de de los aviones, Salió corriendo a la calle y la gente excitada le dijo que el ejercito ruso había ocupado Bohemia. ¡Estalló en una risa histérica! Los tanques rusos habían venido a castigar a todos los infieles.

¡Por fin podrá presenciar la perdición de Mirek! ¡Por fin lo verá de rodillas! Por fin podrá inclinarse sobre él -ella, que sabe lo que es la fidelidad- y ayudarle.

Mirek se decidió a interrumpir brutalmente una conversación que iba por mal camino: 

-Hace tiempo te mandé un montó de cartas. Me gustaría llevarmelas.

Levantó la cabeza sorprendida:

-¿Cartas?

-Sí, mis cartas. Tengo que haberte mandado más de cien.

-Sí, tus cartas ya  sé -dice, y de repente ya no rehúye a su mirada y lo mira fijamente a los ojos. Mirek tiene la incómoda sensación de que le ve hasta el fondo del alma y de que sabe perfectamente lo que quiere y por qué lo quiere- . Tus cartas, sí, tus cartas -repite-. no hace mucho que he vuelto a leerlas. Me pregunto cómo es posible que hayas sido capaz de semejante explosión de sentimientos.

Y vuelve a repetir varias veces esas palabras, explosión de sentimientos, y no las dice con rapidez ni precipitación, sino lenta y meditadamente, como si apuntase a un objetivo que no quiere errar, y no le quita los ojos de encima, como si quisiese comprobar si ha dado en el blanco.

Junto al pecho se balancea el brazo escayolado y las mejillas le arden como si hubiera recibido un bofetada.

Si, claro tus cartas han tenido que ser terriblemente sentimentales. ¡Tenía que demostrar a cualquier precio que no era la debilidad y la miseria sino el amor lo que le ataba a ella! Y solo una pasión inmensa podría justificar una relación con una mujer tan fea.

-Me escribiste que era tu compañera de lucha, ¿te acuerdas?

Se pone más colorado aún si cabe. La infinitamente ridícula palabra lucha. ¿Cuál era su lucha? Se pasaban la vida sentados en reuniones interminables, tenían ampollas en el trasero, pero en el momento que se levantaban para manifestar una opinión muy radical (es necesario castigar aún más al enemigo de clase, hay que formular de un modo aún más inflexible tal o cual idea) les daba la impresión de que parecían personajes de escenas heroicas: él cae al suelo, con una pistola en la mano y una herida sangrante en el brazo y ella, con otra pistola en la mano, sigue hacía adelante, hasta donde él no fue capaz de llegar.

Él tenía entonces la piel llena de tardías erupciones puberales y para que no se notase se ponía en la cara la máscara de la rebelión. Les contaba a todos que había roto con su padre, que era un campesino rico. Al parecer, había escupido en la cara a las tradiciones seculares del campo, atadas a la tierra y a la propiedad. Contaba la escena de la disputa y el dramático abandono de la casa. Todo mentira. Cuando hoy mira hacía atrás, no ve más que leyendas y mentiras.

-Entonces eras otro hombre – dice Zdena .

Y él se imagina que se lleva las cartas. Se para junto al cubo de basura más cercano, coge el paquete con prudencia, con dos dedos , como si fuese un papel manchado de mierda, y lo tira a la basura.

-¿Para qué te sirven las cartas? -le preguntó-. ¿Para que las quieres?

No podia decirle que para tirarlas al cubo de la basura,.

Puso una voz melancólica y comenzó a contarle que estaba en la edad de volver la vista hacía atrás.

(Se sintió incomodo al decirlo, le pareció que su fábula era poco convincente y sintió vergüenza.)

Sí, mira hacía atrás, porque ya se ha olvidado de cómo era cuando era joven. Se da cuenta de que ha fracasado . Por eso quisiera saber de dónde salió para comprender mejor en qué punto cometió el error. Por eso quiere volver a su vieja correspondencia, en la cual está el secreto de su juventud, de sus comienzos y de sus raíces.

Ella hizo un gesto negativo con la cabeza:

-No te las daré nunca.

-Solo quiero que me las prestes -mintió.

Ella siguió negando con la cabeza.

En algún sitio de aquella casa, pensó en él, están sus cartas y puede dárselas a leer en cualquier momento a cualquiera. Le resultaba insoportable la idea de que un pedazo de su vida quedara en manos de Zdena y tenía ganas de pegarle en la cabeza con el pesado cenicero cristal que estaba en la mesa en medio de los dos y llevarse las cartas. En lugar de eso le explicó una vez más que quería volver la vista atrás y saber de donde había partido.

Levantó la vista hacía él y lo hizo callar con una mirada :

-Nunca te las daré. Nunca.

Cuando lo acompañó hasta la puerta de la calle, los dos coches estaban aparcados, uno tras otro, frente a la casa de Zdena. Los de la social se paseaban por la acera de enfrente. En ese momento se detuvieron y se quedaron mirándolos.

Se los señaló:

-Esos dos señores me siguen durante todo el camino.

-¿De verdad? -dijo ella con desconfianza y en su voz se notó un tono irónico artificialmente forzado-: ¿Todo el mundo te persigue?

¿Cómo puede ser tan cínica y decirle en la cara que los dos hombres que la observan de forma ostentativa descarada son solo transeúntes casuales?

No hay más que una explicación. Juega al mismo juego que ellos. Un juego que consiste en que todos ponen cara de que la policía secreta no existe y de que no persigue a nadie.

Mientras tanto, los sociales cruzaron la carretera y se sentaron en su coche seguidos por las miradas de Mirek y Zdena.

-Que te vaya bien -dio Mirek , y ya no volvió a mirarla. Se sentó al volante. En el espejo vio el coche de los policías que le seguía. A Zdena no la vio. No quiso verla. No quería verla nunca más.

Por eso no vio que se había quedado en la acera de durante un largo rato, siguiéndolo con la mirada. Tenía cara de susto.

No, no era cinismo el negarse a ver a dos de la social en los hombres de la acera de enfrente. Era miedo ante algo que iba más allá de su alcance. Quiso esconder la verdad ante él y ante sí misma.

Entre su coche y el de los hombres de la social apareció de repente un automóvil deportivo rojo, conducido por un chofer salvaje. Mirek pisó el acelerador. Estaban llegando a una ciudad pequeña. Entraron en una curva. Mirek se dio cuenta de que en ese momento sus perseguidores no lo veían y dobló hacía una calle secundaria. Los frenos chirriaron y un niño que quería cruzar la calle apenas tuvo tiempo de saltar hacía un lado. Por el retrovisor vio pasar por la carretera principal al coche rojo. Pero el coche de los perseguidores todavía no había llegado. Consiguió doblar rápidamente por otra calle y desaparecer así de su vista definitivamente.

Salió de la ciudad por una carretera que iba en una dirección completamente distinta. Miró hacía atrás por el retrovisor . Nadie lo seguía, la carretera estaba vacía.

Se imagino a los pobres de la social buscándolo , con miedo de que el comisario les eche la bronca. Se rió en voz alta. Disminuyó la velocidad y miró el paisaje. Siempre iba a alguna parte a resolver y a discutir algo, de manera que el espacio del mundo se había convertido para él solo en algo negativo, en una pérdida de tiempo, en un obstáculo que frenaba su actividad.

A corta distancia se inclinan lentamente hacía el suelo dos barreras a rayas blancas y rojas. Se detiene.

De repente siente que está inmensamente cansado. ¿Por qué fue a casa de ella? ¿Por qué quería que le devolviese las cartas?

Todo lo absurdo, lo ridículo y lo pueril de su viaje se le viene encima. No lo había hasta allí ningún propósito o un interés práctico, sino tan solo un deseo invencible. El deseo de llegar con la mano hasta muy lejos en el pasado y pegar un puñetazo. El deseo de apuñalar la imagen de su juventud. Un deseo apasionado que era incapaz de controlar y que iba a quedar ya insatisfecho.

Se sentía tremendamente cansado. Probablemente ya no iba a poder sacar de su casa los escritos comprometedores. Todo terminará mal. Le siguen los pasos y ya no lo soltarán. Es tarde. Si, ya es tarde para todo.

A lo lejos oyó el jadeo del tren. Junto a la caseta estaba una mujer con un pañuelo rojo en la cabeza. El tren llegó, un tren lento de pasajeros; a una de las ventanas se asomaba un viejo con una pipa y escupía hacía afuera. Después sonó la campana de la estación y la mujer del pañuelo rojo fue hacía las barreras y dio vueltas a la manivela. Las barreras se levantaron y Mirek puso el coche en marcha. Entró en un pueblo que no era más que una sola calle interminable y al final de la calle estaba la estación: una casa pequeña, baja y blanca, a su lado un cerco de madera a través del cual se veían el anden y las vías.

Las ventanas de la estación están adornadas con tiestos con begonias. Mirek paró el coche. Está sentado al volante mirando la casa, la ventana y las flores rojas. De un remoto tiempo olvidado le llega la imagen de otra casa blanca cuyas cornisas si enrojecían con las flores de las begonias. Es un pequeño hotel en un pueblecito de montaña durante las vacaciones de verano. En la ventana, entre las flores aparece una gran nariz. Y Mirek, Con sus veinte años, mira hacía arriba a esa nariz y siente dentro de sí un amor inmenso.

Quiere apretar rápidamente el acelerador y huir de ese recuerdo. Pero yo no me dejo engañar esta vez y llamo de vuelta a ese recuerdo para retenerlo. Repito: en la ventana, entre las begonias, está la cara de Zdena con su enorme nariz y Mirek siente dentro de sí un amor inmenso.

¿Es posible?

Claro. ¿Por qué no iba a serlo? ¿No puede un chico débil sentir un amor verdadero por una chica fea?

Le cuenta como se rebeló contra el padre reaccionario, ella despotrica contra los intelectuales , tienen ampollas en el trasero y se cogen de la mano. Van a las reuniones denuncian a sus conciudadanos, mienten y se aman. Ella llora la muerte de Masturvob, él gruñe como un perro sobre ella y no pueden vivir el uno sin el otro.

La borró de la fotografía de su vida, no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella, la borró igual que el departamento de propaganda del partido borró a su Clementis del balcón en el que Gottwald pronunció su discurso histórico. Mirek es un corrector de la historia igual que lo es el Partido Comunista, igual que todos los partidos políticos, que todas las naciones, que el hombre.

La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad. El futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro solo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar en el laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.

¿Cuanto tiempo estuvo en aquella estación?

¿Y qué significó aquella parada?

No significo nada.

La borró inmediatamente de su pensamiento, de modo que ahora mismo ya no sabe nada de la casa blanca con las begonias. Cruza el campo a toda velocidad y sin contemplar el paisaje. El espacio del mundo ha vuelto a ser un obstáculo que dificulta su actividad.

El coche cuya vigilancia había logrado escapar estaba aparcado aparcado frente a su casa. Los dos hombres estaban un poco más allá.

Detuvo el coche detrás de ellos y descendió.  Le sonrieron casi con alegría, como si la escapada de Mirek no hubiese sido más que un juego caprichoso para  divertir agradablemente a todos. Cuando pasó frente a ellos, el hombre del cuello grueso y el pelo gris ondulado se rió y le hizo un gesto con la cabeza. Mirek se sintió angustiado por esa familiaridad que prometía que en adelante iban a estar ligados aún más estrechamente.

Impasible, Mirek entró en la casa. Abrió con la llave la puerta del piso. Lo primero que vio fue a su hijo y su mirada llena de emoción contenida .Un desconocido con gafas se acercó a Mirek y le enseñó su credencial.

-¿Quiere ver la autorización judicial para el registro domiciliario?

-Sí -dijo Mirek.

En el piso había otros dos desconocidos. Uno estaba de pie junto a la mesa de escribir, en las que se amontonaban pilas de papeles, cuaderno y libros. Cogía las cosas una tras otra mientras que el otro, sentado a la mesa, escribía lo que esté le dictaba.

El de las jafas sacó de su bolsillo un papel doblado y se lo dio a Mirek:

-Aquí tiene la orden del procurador y ahí -señaló a los dos hombres- se prepara la lista de objetos incautados. El suelo estaba lleno de papeles y libros, las puertas del armario estaban abiertas, los muebles apartados de las paredes. 

Su hijo se inclinó hacía el y le dijo: 

-Llegaron cinco minutos después de que te fueras.

Los dos que estaban junto al escritorio seguían con la lista de objetos incautados: cartas de los amigos de Mirek, documentos de los primeros días de la ocupación rusa, textos en los que se analizaba la situación política, notas de reuniones.

-No es usted demasiado considerado con sus amigos -dijo el hombre de las gafas señalándolo con la cabeza hacía las cosas incautadas.

Los que han emigrado (son cerca de ciento veinte mil), los que han sido acallados y echados de sus trabajos (son medio millón), desaparecen como una procesión que se aleja en medio de la niebla, no se les ve, se les olvida.

Pero la cárcel, a pesar de estar rodeada de muros por todas partes, es un escenario histórico magníficamente iluminado.

Mirek lo sabe desde hace tiempo. La idea de la cárcel lo ha atraído irresistiblemente a lo largo del último año. Igual que tuvo que haber atraído a Flaubert el suicidio de Madame Bovary. No sería capaz de de imaginar un final mejor para la novela de su vida.

Quisieron borrar la memoria de cientos de miles de vidas para que quedase solo un único tiempo inmaculado para un idilio inmaculado. Pero Mirek está dispuesto a tumbarse sobre el idilio con todo su cuerpo como una macha. Quedará allí como quedó el gorro del Clementis en la cabeza de Gottwald.

Le dieron a firmar a Mirek la lista de los objetos confiscados y luego les pidieron a él y a su hijo que los acompañaran. Después de un año de prisión preventiva se celebró el juicio. A Mirek lo condenaron a seis años, a su hijo dos y a unos diez amigos suyos les tocaron condenas de uno a seis años de prisión”.

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Una novela ya clásica en torno al olvido, el erotismo y el humor.

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