‘Un trastorno propio de este país’, un libro incómodo de Ken Kalfus

Joyce siempre había sabido que los policías y los bomberos de Nueva York eran más atractivos que los de otras ciudades: por sus elegantes cortes de pelo, sus exóticas raíces étnicas, su manera de hablar, su vivacidad. Pero ahora habían adquirido además el halo de los héroes clásicos, aquellos seres de ojos claros y anchos de pecho, viriles y amables, y se les aplaudía cuando pasaban por las avenidas o entraban en las tiendas con la tragedia grabada en sus rostros. Pese a todo lo sufrido, esos rostros seguían siendo inocentes y hermosos. Los bomberos, en particular, ocupaban un lugar preeminente en el duelo del 11 de septiembre de la ciudad. Hablaban en voz baja. Reconocían que padecían insomnio y falta de apetito. Era obvio que ni se daban cuenta de la sucesión tan prolongada y antinatural de los cielos transparentes de aquel otoño. Todos sin excepción, en los cinco distritos de la ciudad, habían perdido al menos a un “hermano” de su cuartel o a un amigo de otro; algunos lloraban a hermanos de verdad, a padres e hijos. En esos días, en cualquier parte de la ciudad, cuando aparecía un bombero los civiles se apartaban para dejarle paso, y su cuerpo de niño grande bajo el mono tejano negro de protección parecía moverse como las bielas de una locomotora antigua. Cada paso que daba con sus botas de goma era intencionado.

Dos de las colegas jóvenes de la oficina de Joyce trabajaban por las noches como voluntarias en una cocina de campaña cerca de la Zona Cero, que daba comidas a los trabajadores de los equipos de rescate al finalizar sus turnos. Dora y Alicia llegaban tarde al despacho, cansadas y sin fuerzas, pero irradiando también ese brillo que suele atribuirse a las embarazadas. Se pasaban el resto del día hablando de la Zona Cero a cualquier pequeño grupo que se congregase alrededor de sus cubículos. En aquellos días nadie parecía encontrarle mucho sentido el trabajo. A Alicia la habían acompañado por la mañana temprano a la zona de excavación, con casco y un impermeable amarillo de bombero que le quedaba muy grande; bajo las lámparas de haluro metálico de dos mil vatios, debía de parecer asombrosamente atractiva. Estaba saliendo con uno de los bomberos, un tipo italiano de Bay Ridge, que había perdido a la mitad de su compañía en la Torre Dos, un hombre casado, y ella hablaba del dolor y del quebranto de él como si hubiera asumido parte de su sufrimiento. La bajada al foso parecía haberla acercado de algún modo a los hombres que trabajaban allí, además de acercarla también a su yo verdadero, decía. Y hacer el amor con su bombero no podía compararse con nada que hubiera hecho antes: “Es muy fuerte y me necesita mucho. No sé qué pasará con lo nuestro. Pero ahora mismo, en este momento, tengo que estar con él: soy yo la que le necesita”.

Extracto de Un trastorno propio de este país, de Ken Kalfus.

Un trastorno propio de este país portada

Un trastorno propio de este país, de Ken Kalfus, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Ken Kalfus

Uno de los autores contemporáneos estadounidenses más interesantes de los últimos años.

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