Tijuana neón y sus sabaditos en la noche: “Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite

Tijuana es el centro del mundo cada sabadito por la noche, con su desfile de cantinas, farmacias, hoteles, prostíbulos y restaurantes dispuestos a lo largo de la línea. La única manera de registrar semejante intensidad son estos magistrales relatos cortos de un escritor capaz de mostrar tanto el desencuentro entre México y Estados Unidos como las vidas, amores y altas pasiones de quienes habitan cada una de estas historias binacionales, en las que no escasean policías sin interés en distinguir culpables de inocentes. Si cruzar la frontera es un reto, narrarla es un arte mayor: uno en el que es necesario abordar la aduana más transitada de la Tierra como si fuera el mayor laboratorio existencial de este planeta.

“Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite, son una serie de relatos urbano-fronterizos contemplados como una imagen de lo que sucede entre dos países vecinos: México y Estados Unidos.

Te presentamos un pequeño extracto de su primer capítulo titulado ‘Sabaditos en la noche’:

“Sabaditos en la noche

Hey, hey, aquí nomás mirando pasar a las beibis. Todos los sábados me encuentras sentadito en esta esquina, tripeando, agarrando mi cura. ¿Ya viste aquella morra? Por eso estoy aquí, mirando mirando. Qué quieres que haga. Toda la semana en el trabajo, aguantando al pinche gringo, its tu mach. Éste es mi único desahogo. Para qué quiero otra cosa. Tuve muchas ondas en mi vida, tuve mi esposa, tuve mi hija, tuve mi casonona y mi carrotote. Eso ya pasó, carnal, ya es pretérito. Cómo te diré. No sé
si me explico: yo no soy como cualquier imbécil que se la pasa guachando a las beibis, nel, soy un imbécil especial, al tiro. ¿Me entiendes? Ya recorrí
el mundo, ya nadie me cuenta lo que es bueno y lo que es malo. Yo escogí los caminos y escogí también que mis sábados pasen en esta esquina.

Cuando me canso, entro a un bar, me echo unas cervezas y ya estuvo, laik brand niu. De vez en cuando pasa una beibi que le gusta que yo la esté mirando, una de ésas que aguanta que le diga cosas locas y después no se enoja. Las detecto como florecitas campiranas y voy tras ellas para arrancarlas del suelo y oler sus raíces.

Primero camino de lejos, así, tanteando tanteando, le doy muchísimas oportunidades de que me vea, de que me barra con la mirada, saque sus conclusiones y se decida. En sus ojitos se nota la conclusión. Ahí voy acercándome, despacio, casi la toco con el brazo cuando le digo «Guasumara, beibi, du yu fil laik ay du?» La morra responde «Yo no te conozco, sácate, viejo cochino». «Uyuyuy», le digo, «se me hace que me confundí», y como que me voy, ¿ves?, meto las manos en los bolsillos y de reversa. La beibi puede ser muy orgullosa y de regreso me voy hasta mi esquina, ni modo, buenas noches; pero muchas alcanzan a decirme «Ya me acordé de ti, ¿no eres el tío del Creizi?»

—Órale, pensé que no te ibas acordar, mija.
—Simón, ya sé. ¿Qué andas haciendo por aquí?
–Tripiando tripiando. ¿Y tú?

–Estoy esperando a una prima, la Priscila.
–Órale, simón. Creo que la vi por allá, no sabía que la buscabas, si no le hubiera dicho que aquí mero.

–¿Por dónde la viste?

–Si quieres te digo dónde.

–Sobres.

Y le caminamos para allá, para acá, para acuyá, entramos a un barecito oscuro en la Calle Cuarta, nos echamos un pisto, dos pistos. Ella empieza con una cocacola, tarde o temprano le sigue con una cuba y al final ya estamos tequileando. La mentada prima ni sus luces y la verdad es que yo creo que no tiene ninguna prima Priscila. Yo tampoco tengo sobrinos así que es un buen contrato éste que firmamos: el uno para el otro, meid for ich óder, ¿no crees?”.

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Estrella de la calle sexta es una imagen de lo que sucede entre dos países vecino: México y Estados Unidos.

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