«Teatro Reunido», un libro que compila cinco piezas teatrales de Arthur Miller

Para celebrar el centenario del nacimiento de uno de los dramaturgos más notables del siglo XX, Tusquets ha reunido en un volumen las cinco piezas teatrales más importantes de Arthur Miller:

  • Todos eran mis hijos (1947)
  • Muerte de un Viajante (1949)
  • Las Brujas de Salem (1952)
  • Panorama desde el Puente (1955)
  • Después de la Caída (1964)

Aquí un extracto del Primer Acto de «Todos eran mis Hijos»:

«Jardín trasero de la casa de lo Keller, en las afueras de una ciudad norteamericana. Agosto; época actual.

El escenario está  flaqueando a derecha e izquierda por altos álamos, plantados muy cerca unos de otros, que aíslan el jardín del exterior. Al fondo, la fachada posterior de la casa, con uno porche abierto y sin techo que se adentra un par de metros en el jardín. La vivienda consta de dos plantas y siete habitaciones. A principios de la década de los veinte, cuando se construyó, debió de costar  unos quince mil dólares. Está bien pintada, ofrece un aspecto sólido y confortable, y entre el verde césped de su jardín algunas plantas empiezan ya a marchitarse.

A la derecha, junto a la vivienda, se vislumbra el arranque del caminillo asfaltado para los coches, pero los álamos dificultan su visión desde el proscenio. En la esquina izquierda de éste, se alza un tocón de poco más de un metro de altura, y en el suelo junto a él, el resto del tronco y las ramas del esbelto manzano al que pertenecía, con frutos aún colgando de ellas. A la derecha del proscenio, un pequeño cenador con celosía, en forma de concha, de cuyo techo curvo cae una especie de tulipa decorativa. Algunas sillas de jardín y una mesa.  Junto a los peldaños del porche, un cubo de basura y, al lado, un incinerador de hojas secas.

Se levanta el telón. Es domingo, por la mañana temprano. Joe Keller, sentado al sol, lee los anuncios por palabras del periódico; las restantes secciones del dominical se hallan ordenadamente apiladas en el suelo junto a él. Detrás de Keller, bajo el cenador, el doctor Jim Bayliss lee otra sección del periódico sentado a la mesa.

Keller ronda los sesenta. Es un hombre recio, duro de cuerpo y alma, que lleva bastantes años trabajando como empresario, pero aún conserva el aire de quien en otro tiempo fue operario y encargado de un taller. Cuando lee, habla o escucha, lo hace con la intensa concentración del inculto que todavía se maravilla ante las cosas vulgarmente conocidas; es la clase de individuo cuyos criterios parten siempre de la experiencia y de un tosco sentido común. El hombre rudo por excelencia.

El doctor Bayliss ronda los cuarenta. Es un hombre contenido e irónico, buen conversador, pero con un fondo de amargura que se detecta incluso tras la modestia con que se burla de sí mismo.»

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Una obra imprescindible del dramaturgo y guionista estadounidense.

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