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¿Quién carajos es Michel Foucault?

Cuando apareció la Historia de la locura, algunos historiadores franceses, de los mejor predispuestos (entre ellos, el autor de estas líneas) no advirtieron de entrada la trascendencia del libro. Foucault solamente mostraba -creí yo- que el proyecto que nos hemos formado de la locura ha variado mucho a través de los siglos. No nos decía nada nuevo; en definitiva, ya lo sabíamos: las realidades humanas revelan una contingencia radical (es la ya conocida “arbitrariedad cultural”) o cuando menos son diversas y variables. No hay ni constantes históricas, ni esencias, ni objetos naturales. Nuestros antepasados tenían ideas muy extrañas acerca de la locura, la sexualidad, el castigo o el poder. Pero era como si admitiésemos calladamente que esos tiempos del error habían quedado atrás, que nosotros lo hacíamos mejor que nuestros abuelos y que conocíamos la verdad alrededor de la cual ellos habían estado dando vueltas. “Este texto griego habla del amor según la concepción que se tenía de él en la época”, decíamos; pero ¿valía nuestra idea del amor más que la suya? No nos atreveríamos a asegurarlo, si hoy se nos plantease esa pregunta ociosa e inactual; pero ¿pensamos en ellos seriamente, intelectualmente? Foucault se detuvo a pensar seriamente en la cuestión.

Yo no entendí que Foucault estaba participando sin decirlo en un gran debate del pensamiento moderno: ¿la verdad es o no adecuación a su objeto, se parece o no a lo que enuncio, tal y como el sentido común supone? A decir verdad, cuesta ver por dónde acertaríamos a saber si es parecida, puesto que no tenemos otra fuente de información que nos permita confirmarlo, pero pasemos. Para Foucault, al igual que para Nietzsche, William James, Austin, Wittgenstein, Ian Hacking y muchos otros, cada uno con sus puntos de vista, el conocimiento no puede ser el espejo fiel de la realidad; al igual que Richard Rorty, Foucault no cree en ese espejo, en esa idea “especular” del saber; según él, el objeto en su materialidad no puede separarse de los marcos formales a través de los cuales lo conocemos y que Foucault, con una palabra mal elegida, llama “discurso”. Todo está ahí.

Mal entendida, esta noción de la verdad como no correspondencia con lo real ha llevado a creer que, según Foucault, los locos no estaban locos y que hablar de locura era ideología; incluso Raymond Aron interpretaba así la Historia de la locura y me lo dijo sin ambages. La locura es demasiado real, basta ver un loco para saberlo, protestaba, y tenía razón: el propio Foucault profesaba que la locura, a pesar de no ser lo que su discurso dijo, ha dicho y dirá de ella, tampoco “no era nada”.

¿Qué es entonces lo que Foucault entiende por discurso? Algo muy sencillo: es la descripción más precisa, más exacta de una formación histórica en su desnudez, es la puesta al día de su última diferencia individual.

Si quieres saber más sobre la figura y obra de Michel Foucault, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, entonces no dejes de leer Foucault: Pensamiento y vida, de Paul Veyne.

Foucault pensamiento y vida portada

Foucault: Pensamiento y vida, de Paul Veyne, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

‘Foucault, pensamiento y vida de Paul Veyne’

Foucault esperaba ver cómo la escuela histórica francesa se mostraba receptiva a sus ideas. Depositó en ella todas sus esperanzas, pues, a fin de cuentas, ¿acaso no era una élite de mentalidad abierta que gozaba de reputación internacional? ¿No estaban sus miembros preparados para admitir que todo era histórico, incluida la verdad?, ¿que no existían invariantes transhistóricos? Por desgracia para Focuault, esos historiadores estaban entonces muy ocupados con su propio proyecto, el de explicar la historia en referencia a la sociedad. En los libros de Foucault no encontraban las realidades que tenían por regla buscar en una sociedad y tropezaban con problemas que no eran los suyos, como el del discurso, como el de una historia de la verdad.

Estos historiadores ya tenían su propio método, así que no estaban demasiado dispuestos a abrirse a otro cuestionamiento, que era el de un filósofo, autor de unas obras que a duras penas acertaban a comprender, más difíciles para ellos si cabe que para otros lectores, pues en su condición de historiadores podían leerlos sólo en relación con su propio  esquema metodológico. Lo que Foucault escribía era desde su punto de vista un tejido de abstracciones ajenas a la práctica histórica. En sus libros encontraban unas nociones distintas de aquellas a las que estaban acostumbrados, y que consideraban la única moneda en curso del historiador.  Les parecía que Foucault les pagaba en papel moneda filosófica mientras que ellos hablaban, según creían, de realidades. No todos habían comprendido que su propia prosa creaba una conceptualización sin saberlo y que en el fondo sus nociones eran tan abstractas como las de Foucault. Si pensamos en la toma de la Bastilla (¿revuelta? ¿revolución?), ya estamos conceptualizando.

[…]

En 1978, un coloquio entre varios historiadores y él acabó en clash (<<colisión>>); es una lástima, pero tengo que renunciar a narrar por extenso un conflicto tan capital y tan apasionante para el lector. Foucault, decepcionados, amargado, me hizo partícipe de sus reproches: la explicación causal, dijo, <<que es una superstición entre los historiadores>>, no era la única forma de inteligibilidad, el nec plus ultra del análisis histórico.

Extracto de ‘Foucault, pensamiento y vida de Paul Veyne’

FOUCAULT

SINOPSIS Michel Foucault fue y sigue siendo una de las figuras más controvertidas del siglo XX. Este libro es un testimonio del historiador extemporáneo que compartió los caminos y las batallas con Foucault. Un libro que pone en debate sus convicciones.