‘Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia’

Periñón contaba que de joven había pasado una temporada en Europa y aludía con tanta frecuencia a su viaje que sus amigos llegamos a conocer de memoria los episodios más notables, como el de la vaca que lo corneó en Pamplona, la trucha deliciosa que comió a orillas del Ebro, la muchacha que conoció en Cádiz llamada Paquita, etcétera. El viaje había comenzado bajo buenos auspicios. Cuando estaba en el seminario de Huetámaro, Periñón, que era alumno excelente, ganó una beca para estudiar en Salamanca. Como era pobre, varios de sus compañeros y algunas personas que lo apreciaban juntaron dinero y se lo dieron para que pagara el pasaje y se mantuviera en España mientras empezaba a correr la beca. Periñón decía que en el barco conoció a unos hombres de Nueva Granada y que durante una calma chicha pasó siete días con sus noches jugando con ellos a la baraja. Al final de este tiempo había ganado una suma considerable. Comprendió que las circunstancias habían cambiado y le pareció que ir a meterse en una universidad era perder el tiempo. Ni siquiera se presentó. Durante meses estuvo viajando, visitando lugares notables y viviendo como rico. “Hasta que se me acabó el último real”, decía. Después pasó hambre.

Cuando yo le preguntaba cómo le había hecho para regresar a América, nomás movía la cabeza, como quien quiere borrar un recuerdo amargo.

-Bástete saber que llegué a Veracruz con la sotana muy revolcada –agregaba.

De allí el relato brincaba y la siguiente imagen era Periñón en Huetámaro, aguantando las reclamaciones de los que lo habían patrocinado. Querían que les devolviera e dinero que le habían dado, cosa que Periñón nunca hizo.

La sombra del viaje oscureció su carrera eclesiástica, que había comenzado tan bien. Cuando alguna oportunidad se le presentaba –un puesto de secretario en la mitra, una cátedra, una parroquia importante –no faltaba quien se le echara a perder recordando que era jugador, que empezaba una cosa y terminaba haciendo otra, que no pagaba deudas, etcétera. El tiempo pasó y compañeros suyos bastante brutos llegaron a obispos o directores de seminario mientras Periñón seguía en el curato de Ajetreo, pueblo al que siempre defendió:

-Dicen que es feo los que no lo conocen. Los atardeceres son muy bonitos. Te subes al campanario y miras para un lado: ves al llano, volteas para el otro: ves la sierra. ¿Qué más quieres? En cuanto a estar apartado no me parece defecto: nunca se ha presentado el obispo a visitarme. Eso es ventaja.

Extracto de Los pasos de López de Jorge Ibargüengoitia

LOPEZ

SINOPSIS Narrando la Independencia de México con sátira y humor vista desde los ojos de Matías Chandón desmitificando la heroica insurgente.

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El escritor imprescindible para entender el México contemporáneo

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