Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias

Según un reciente informe de la Fundación Joseph Rowntree:

El número de jóvenes que padecen depresión se ha duplicado en doce años, toda vez que cientos de miles se encuentran excluidos de niveles crecientes de educación y prosperidad (…) Cuando los nacidos en 1958 respondieron un cuestionario sobre su salud mental en 1981, el 7% mostraba una tendencia a la depresión no clínica. La cifra equivalente para la cohorte de 1970, entrevistada en 1996, era del 14%. Los análisis sugerían que el incremento se hallaba ligado al hecho de que el grupo de los más jóvenes había crecido con más experiencia de desempleo. Los titulados universitarios tenían un tercio menos de probabilidad de estar deprimidos.

La depresión es una condición mental de lo más desagradable, angustiosa e incapacitadora, pero, como sugieren este y otros numerosos informes, no se trata del único síntoma del malestar que atormenta a la nueva generación nacida en el mundo moderno líquido y feliz*, mientras que no parecía afectar a sus inmediatos predecesores, al menos no en la misma medida. “Más experiencia de desempleo”, por traumática y dolorosa que sin duda resulte, no parece ser la única causa del malestar.

La llamada “Generación X” de hombres y mujeres jóvenes nacidos en la década de 1970, en Gran Bretaña o en otros países “desarrollados”, sabe de dolencias ignoradas por anteriores generaciones; no necesariamente más dolencias ni dolencias más severas, angustiosas y mortificadoras, pero sí nitidamente diferentes y novedosas; podríamos hablar de enfermedades y aflicciones “específicas de la modernidad líquida”. Y tiene razones nuevas (que en algunos casos vienen a sustituir a las tradicionales y en otros se suman a ellas) para sentirse enojada, perturbada y con frecuencia ofendida, por más que los psicoanalistas y los sanadores electos, siguiendo las inclinaciones naturales que todos compartimos, recurran prosaicamente a los diagnósticos que mejor recuerdan y a las curas que más se aplicaban en los tiempos en que fueron adiestrados para formular aquéllos y recomendar éstas.

Uno de los diagnósticos más al uso es el desempleo y, en particular, el precario panorama laboral para quienes finalizan sus estudios y se incorporan a un mercado más preocupado por incrementar los beneficios mediante el recorte de costes laborales y la supresión de ventajas que por crear nuevos empleos y establecer nuevas ventajas. Uno de los remedios más sopesados son los subsidios estatales, que convertirían en un buen negocio la contratación de jóvenes (durante el tiempo que duren los subsidios). Una de las recomendaciones que más suele hacerse entretanto a los jóvenes es que sean flexibles y no  especialmente quisquillosos, que no esperen demasiado de sus empleos, que acepten los trabajos tal como vienen sin hacer demasiadas preguntas y que se los tomen como una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure, y no tanto como un capítulo introductorio de un “proyecto vital”, una cuestión de amor propio y autodefinición, o una garantía de seguridad a largo plazo.

De forma alentadora, por consiguiente, la idea global de “desempleo” comporta el diagnóstico del problema junto con el mejor remedio disponible y un listado de rutinas sencillas y de una tranquilizadora obviedad, que habrán de seguirse en el camino de la convalecencia. El prefijo “des” sugiere anomalía; “des”empleo es un nombre para una condición manifiestamente temporal y anormal, de suerte que la enfermedad es de naturaleza ostensiblemente pasajera y curable. La noción de “desempleo” hereda su carga semántica de la autoconciencia de una sociedad que acostumbrada a otorgar a sus miembros el papel de productores de principio a fin, y que creía asimismo en el pleno empleo, no solo como una condición social deseable y alcanzable, sino también como su destino último; una sociedad que ve en el empleo, por lo tanto, una clave -la clave- para la resolución simultánea de las cuestiones de una identidad personal socialmente aceptable, una posición social segura, la supervivencia individual y colectiva, el orden social y la reproducción sistémica.

Extracto de Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias, de Zygmunt Bauman.

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Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias, de Zygmunt Bauman, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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A medida que la modernización ha ido alcanzando las áreas más remotas del planeta, se ha generado una gran cantidad de «población superflua», y ahora son todas las regiones las que han de cargar con las consecuencias. Por ello, debemos enfrentarnos a buscar soluciones locales a problemas producidos globalmente.

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