Un viaje al cielo cargado de esperanza

Cualquier día de estos, uno de mis preciosos mellizos de tres años me preguntará: «Mami, ¿qué te pasó cuando te moriste?»

Algún día me oirán contar la historia y querrán saber más sobre ella. Me mirarán con sus grandes e inocentes ojos y tratarán de comprender lo que están oyendo. No siempre es fácil explicar lo que me pasó, ni siquiera a los adultos, así que ¿cómo voy a hacerlo con mis niños?

Hay tantas cosas que quiero compartir con ellos, tantas cosas que quiero que sepan… Verás, la mía es una historia sobre esperanza, perdón y salvación y sobre el glorioso poder curativo de la presencia de Dios. Es la historia de lo que vi y lo que aprendí cuando, durante una visita al hospital, abandoné mi cuerpo durante nueve minutos y subí al cielo para estar con Dios. Y es la historia de los cambios profundos y permanentes que experimentó mi existencia al regresar a la Tierra, cambios que llegaron hasta la médula misma de mi ser. 

Pero también es una historia que me resistí a contar durante mucho tiempo.

Vivo en un maravilloso pueblo del sur de Oklahoma, una comunidad de gente amigable y temerosa de Dios, un lugar donde el amor a Jesús está profundamente arraigado. Sin embargo, soy consciente del daño que puede hacer un jugoso cotilleo en un sitio como éste. Yo era maestra (una persona a la que los padres encomiendan la enseñanza y cuidado de sus hijos) y temía que, si contaba mi historia, me dieran la espalda, me ridiculizaran e incluso pudieran despedirme.

Temía que la gente pensara que estaba loca.

Y aunque las instrucciones que me había dado Dios no podían estar más claras («Cuéntales lo que puedas recordar») no lograba comprender por qué me había escogido a mí y qué quería exactamente que hiciese.

Y me costaba comprenderlo porque soy la persona menos indicada para contar nada sobre Dios.

Por expresarlo en pocas palabras, nunca estaré en una lista de santos. He sido una pecadora desde el principio de mi vida y estoy segura de haber quebrantado cada uno de los Diez Mandamientos. Sí, no sólo algunos de ellos: los diez.

Hasta el más serio de ellos: no matarás. Cuando era más joven cometí un pecado tan grave y tan imperdonable que estaba convencida de que Dios, si es que existía, jamás podría perdonarme.

Y hay otra cosa que debo decir sobre mí: por lo que a al existencia de Dios se refiere, era escéptica. Había crecido en el corazón del Cinturón Bíblico, me habían bautizado (no una, sino cuatro veces), acudía a la iglesia con regularidad y había oído un millón de sermones sobre Dios. Pero, aún así, en el fondo de mi corazón no estaba convencida. Constantemente retaba a Dios para que me demostrase su existencia y Él siempre lo hacía. Pero entonces levantaba un nuevo escollo en su camino, un nuevo desafío para que lo superase.

Concebía las penurias de mi vida como una prueba de que Dios no tenía ningún interés en protegerme de las cosas malas. Lo cuestionaba y lo maldecía. Y a veces hasta le pedía que acabara con mi vida.

Y, aún así, Él me seguía, me cortejaba y mi amaba. Me escogió y luego me devolvió a este mundo para compartir un mensaje.

Extracto de Despertar en el cielo, de Crystal McVea y Alex Tresniowski.

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Despertar en el cielo, de Crystal McVea y Alex Tresniowski está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Diana.

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