Tras las huellas de un asesino en serie: Joaquín Ferrándiz

Verano de 1995, Benicassim, fin de semana. Sonia baila en la pista, sudorosa. Tiene poco más de 23 años. Se mueve de forma sugerente encima de sus zuecos, es atractiva, y se sabe apreciada y popular entre los chicos de Castellón. Lista y trabajadora, ha sabido estudiar de firme hasta obtener su licenciatura en filología, pero también sabe divertirse cuando llega el momento. Mide poco más de 1.60, tiene el pelo teñido de rubio y realmente sabe bailar.

Un hombre, acodado en la barra, no deja de mirarla. Se llama Joaquín, y un par de horas después va a matarla. Mide cerca de 1.70, tiene 32 años, y no es mal parecido. Sabe hablar de casi cualquier cosa en el medio en el que se desenvuelve, y la gente lo considera como uno más en todos los sentidos. No destaca especialmente en nada, ni para bien ni para mal, como ocurre con la mayoría del género humano. Nunca le ha faltado trabajo, y ahora está empleado en una compañía aseguradora multinacional. Hace unos años estuvo metido en un buen lío, pero su ciudad nunca le consideró responsable, y no le pasó factura.

Joaquín tampoco tiene problemas para ligar, aunque ahora esté solo. El problema de Joaquín es otro. Le gusta quedarse en el anonimato, después de que sus amigos se han ido, y tomar una última copa. Joaquín mira y piensa. Recuerda algo que sintió como un veneno seis años antes, cuando tuvo a su merced a una chica de 18 años. Allí, en su coche, herida y asustada, María José estaba en sus manos. Él supo manejarla, por más que al final lo estropeara todo al dejarla libre junto al hospital para que la atendieran. Pero esa hora en que la tuvo amordazada, ciega tras una venda improvisada, atada, suplicante… Joaquín siente que la respiración se agita, y un temblor empieza a estremecerle.

Lleva tiempo pensando. Ha tenido seis años de cárcel para pensar. Está tomando una decisión que sabe que va a cambiar por completo su vida. No quiere regresar a la cárcel, pero lo que siente es una pasión, una necesidad casi vital. No se trata de dinero, o de fama, a él le gusta la tranquilidad, pasar inadvertido. Lo que le sucede es que la vida le resulta terriblemente gris, muy, digamos… incompleta. Ha practicado el sexo con regularidad, ha estado con prostitutas, pero eso no le lleva a ningún sitio. Con María José sintió algo muy diferente, único. Poder. Se excitó como nunca lo había logrado, pero no de un modo genital, ordinario. Fue, ante todo, una conmoción. Había, claro está, un componente sexual, pero era difícil desligarlo de la embriaguez de sentir que uno es realmente, en esos momentos, en el universo de su coche, quien puede decidir sobre la vida y la muerte.

Extracto de El rastro del asesino: El perfil psicológico de los criminales en la investigación policial, de Vicente Garrido Genovés y Patricia López Lucio.

el rastro del asesino portada

El rastro del asesino: El perfil psicológico de los criminales en la investigación policial, de Vicente Garrido Genovés y Patricia López Lucio, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Ariel.

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