«Todo nada»: la primera novela de Brenda Lozano

“Mi angustia produce obras maestras

Despierto. Despierto con el impulso de empacar. Me levanto de un salto, Arrojo ropa de closet a la cama, Busco una maleta en el closet y de golpe cae. Cae de golpe el sueño, dejo de buscar la maleta, He soñado con una llamada telefónica. Pero no, no cualquiera. Una llamada en la que el abuelo me invita a Paris a una de sus conferencias. (No tienes de que preocuparte, no tienes que responder a las preguntas de los médicos. Es suficiente con que me acompañes al auditorio. Después de mi conferencia podremos pasear, prometo que no invitare a las viudas que seguramente me buscaran. Te llevare a cenar al mejor restaurante, te llevare a los mejores lugares, ya verás. Anda, empaca que paso por ti en diez minutos.)  Cuelgo el teléfono y despierto. En ese orden, en medio de este desorden.

El abuelo se quitó la vida un domingo por la noche. Tenía setenta y dos años. El próximo domingo, el domingo que viene, se cumple un año de su muerte. Nunca entenderé al abuelo y menos entiendo por qué hizo esta llamada. Esta llamada telefónica desde otro lado, no este lado.

Dios no revela nada, prueba de ello era el abuelo, que era un signo de interrogación. Además le permite usar el teléfono, tan campante, desde el otro lado. ¿Justificar a Dios? Así como los hombres salen de Sus palabras, muestra diaria de Sus desatinos, del mismo modo, y no con menor magia, el abuelo desconcierta con sus palabras incluso desde su muerte. ¿Justificar la llamada del abuelo? Soñar vivo a un muerto es lo mismo que conversar con un esqueleto en el consultorio de un médico. Entender, de una buena vez, a Hamlet. Menuda la situación de sostener un cráneo en la mano y no pronunciar un monologo extenso. Quizá la ausencia, la ausencia de alguien querido, es el título de cualquier discurso dirigido a la pared.

Haber soñado con el abuelo no es novedad. No es novedad que de vida al que se fue. Pero seguir sus órdenes, sacar la ropa de closet, buscar una maleta, es una penosa novedad. Tal situación es la evidencia de que actuó movida por una ausencia. Su ausencia no es cualquiera. Obedecer al abuelo, como un perro al que lanzan un palo y corre disparado, es penoso, es novedad. Es, sobre todo, penoso.

Luego de la muerte del abuelo, luego de despedirme incontables veces sin irme, cada vez entiendo menos. ¿En qué momento se supone que uno entiende que alguien se ha ido? ¿En qué momento uno se despide sin volver? Sueños como el de hoy muestran que las peores pesadillas no son esas en las que atestiguamos la muerte de un ser querido; por el contrario, en las peores respondemos una llamada telefónica. Si el sueño es el descanso que nos ha sido concedido y a la vez es una sala de cine donde observamos nuestros temores más agudos, ¿a qué hora se supone que se puede descansar de uno mismo? ¿Se puede descansar de uno mismo?

Queda contar, contarlo otra vez. Sueño que el abuelo me invita a Paris, me levanto de la cama para empacar y recuerdo que murió hace un año. Volver a contar y acercarme a la incertidumbre. Sueño que volveré a ver al abuelo y no. Sueño y no porque lo he creído. He creído que lo vería en diez minutos. Carajo, la angustia no tiene límites. Despertar, por ejemplo, debería ser considerada una obra respetable. O ¿a quién le resulta más asombroso observar un cuadro de Jackson Pollock que despertar?

Con lo que soy capaz de hacer en nombre de la angustia podría exponer las obras suscitadas. Podría exponer por ejemplo, los retratos hablados del abuelo. Nunca narro lo mismo y siempre narro lo mismo. Retratos distintos, retratos inciertos, retratos tan movedizos como el pasado. Narrar tantas veces lo mismo es el camino para alejarse de la realidad. Allá, lejos, lejísimos, estoy. Y así, lejos de retratarlo, hablando de el sin que nadie me provoque, cada vez que hablo de él me pregunto lo obvio. ¿Se parece lo que cuento del abuelo al hombre que realmente fue?

Pregunto lo obvio todos los días, respondo lo obvio sin que me pregunten. De hecho, estoy un paso adelante: respondo, cuento de él una y otra vez, sin que me pregunten. Me alejo cuando me acerco a retratarlo. Tal vez porque al hablar de él intento responder lo obvio. ¿Cómo le hizo para irse y seguir aquí? ¿Está aquí o allá? Querer responder como si las respuestas fuesen la llave de su consultorio. Respuestas que parecieran abrir la puerta y encontrarlo sentado en su trono. Pero cualquier pregunta, sabemos, es una puerta cerrada. Podría exponer los boleros de Daniel Santos que cantaba cerrando los ojos o los licores con tres hielos que le gustaba tomar después de comer. Podría exponer mi angustia luego de su muerte. Podría.

 

A veces pienso que, de ser posible, mi angustia se rodearía de artistas. Brindaría con ellos, se doblaría de risa. En una cantina, digamos, mi angustia contaría sus mejores chistes, sus mejores anécdotas. Hablaría de sus mejores trabajos. Seria gran amiga de cualquiera. Amiga de cualquiera a la altura de sus trabajos. Sus trabajos geniales que son mis actos más estúpidos.

Cuando trato de negociar con la ausencia del abuelo no me queda más que ladridos. Como los días confirman que el que se fue no se va del todo quedan los ladridos. Él se fue y no se fue. No solo no se va sino que aparece en un sueño. Un sueño que me hace creer otra cosa, otra vida y otro sueño. Despierto con el impulso de empacar y empaco. Creo por un momento que el abuelo ha regresado del túnel exhausto, maldiciendo lo lejos que esta la luz y lo cerca que esta París.

Descolgar ropa, buscar una maleta. Penosa novedad. Si editara un periódico en mi departamento, la primera plana de esta mañana habría rezado. “El abuelo sigue muerto”. Noticia de última hora NOTICIA Y NOVEDAD. Novedad, penosa novedad, como cualquier novedad. El próximo domingo se cumple un año de su muerte. Y el próximo domingo cumplo dos meses de terminar con José. Se cumple un año y se cumplen dos meses el mismo día si es que eso es cumplir algo.

Despertar. Lunes. Despertar otro lunes. Probar otro día que soy un perro que quiere que alguien se le escapen unas palmadas. Probar otro día y no quererlo probar. Probar, sobre todo probar, que cada día hablo menos y ladro más. Lunes. Despertar.»

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En esa tierra de nadie que es la vida se enfrentan los personajes de esta pequeña obra maestra, escrita con inmensa libertad, precoz sabiduría literaria y una inmejorable intuición para el humor y la catástrofe.

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