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¿A qué se deben las constantes manifestaciones de estudiantes alrededor del mundo?

Otra vez me han vuelto a enviar preguntas unos periodistas italianos… Otra vez les ha llamado muchísimo la atención el último «suceso extraordinario» que ha copado los titulares, pero, en esta ocasión, a diferencia de la última, no les preocupa el desahucio y la expulsión de los romaníes sino las propuestas callejeras de los estudiantes. Me preguntaron: «En estos momentos, hay manifestaciones de estudiantes por toda Europa. A estos jóvenes se les llama la generación Cero: cero oportunidades, porvenir cero. ¿Cómo podría reconstruirse el futuro de estos jóvenes? ¿Qué modelo de sociedad puede volver a llevar la esperanza a las personas de veinte años?». Algunos de mis interlocutores estaban claramente preocupados por el grado de violencia que acompañaba a dichas protestas estudiantiles. «Algunos provocadores iniciaron los incidentes, pero los manifestantes no los aislaron. ¿Hay en estos jóvenes algún tipo de rabia profunda? ¿En qué se parece a la que ya conocíamos de ocasiones pasadas? ¿Qué motivos pueden desencadenarla?».

Yo traté de aventurar algunas respuestas lo mejor que pude… Concretamente, dije lo siguiente: Hay sin duda bastante revuelo, que expresa una mezcla explosiva de temor justificado por el futuro y de búsqueda desesperada de vías de escape a la ansiedad y las ganas de bronca resultantes. Las probabilidades de estas explosiones sucesivas aumentan todavía más si cabe porque la población estudiantil se concentra, día tras día, en campus masificados (en una época en la que las concentraciones comparables de obreros industriales son cada vez más infrecuentes): la intensidad de la indignación, el grado de inflamabilidad y la inclinación a la violencia son factores que tienden a incrementarse cuanto mayor es el tamaño y la densidad de la multitud concentrada… En cuanto se produce la condensación adecuada, hasta los individuos más moderados y pacíficos pueden amalgamarse y cuajar en una multitud enfurecida.

Pero vamos a cuidarnos de extraer conclusiones precipitadas y de caer en la tentación de las inferencias fáciles. Es demasiado pronto para sacar conclusión alguna. En lo que sí deberíamos esforzarnos, sin embargo, es en no olvidar la necesidad de meditar detenidamente, aprender y absorber la espectacular lección que la actual agitación estudiantil nos enseña. Por desgracia, ese olvido podría comenzar en breve, desde el momento mismo en que terminen las manifestaciones por las calles y su «valor noticioso» deje de inflar los niveles de audiencia televisivos. La tendencia a olvidar y la vertiginosa velocidad del olvido son, para desventura nuestra, marcas aparentemente indelebles de la cultura moderna líquida. Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan.

La tribulación actual de los estudiantes (futuros titulados a quienes, cuando ingresaron en las universidades hace un par de años, se les prometieron puestos de trabajo fantásticos en cuanto acudieran al mercado laboral armados con sus títulos y eso era lo que esperaban obtener) es otra versión de la lastimosa suerte que han corrido también millones de compradores de viviendas, igualmente frustrados porque se les prometió y se les hizo creer que los valores inmobiliarios crecerían a perpetuidad y que, por consiguiente, no tendrían problema alguno en pagar sin esfuerzo el préstamo y los intereses de sus hipotecas. En ambos casos, se presupuso una prosperidad basada en una presunta disponibilidad ilimitada (de oportunidades de empleo en el primer caso; de crédito, en el segundo) y se creyó que ésta duraría indefinidamente. Cada vez fueron más las personas que compraron viviendas con préstamos cuyo pago no se podían permitir. Y cada vez más personas iban a la universidad soñando con puestos de trabajo a los que, siendo realistas, no podían aspirar sin obtener un título universitario. Como se ha hecho ya más evidente, las garantías en torno a la solidez de la situación anunciadas a bombo y platillo por los bancos, los emisores de tarjetas de crédito y los filósofos neoliberales, así como por los practicantes políticos del neoliberalismo, que manaban profusamente del optimismo oficial (y, por tanto, ¡dotado de toda la autoridad!) impregnando el estado de ánimo general de la población, fueron engañosas y, en buena medida, deshonestas. Ni el volumen de empleos de ensueño en la City y en los puestos de avanzada de la tecnología de vanguardia, ni la inflación de los precios inmobiliarios, ni el caudal del crédito al consumo son (ni, de hecho, podían ser) infinitos. La burbuja se hinchaba más allá de lo que daba de sí y tenía que estallar, como no tardó en hacer. Los estudiantes son unas de las víctimas más frustradas y exasperadas de ese estallido. También son las más activas y resueltas: intentan defenderse contra el daño perpetrado y contra quienes lo perpetraron. Después de todo, la combatividad, el espíritu de acción colectiva y la determinación para hacer frente común, hombro con hombro, son mucho más fáciles entre personas acostumbradas a congregarse diario en aulas, como es el caso de los estudiantes, que entre las dispersas y, en último término, aisladas víctimas de las ejecuciones hipotecarias, o entre los millones de trabajadores administrativos y fabriles recién despedidos, que se han acostumbrado a llorar y lamerse las heridas en solitario, cada uno por su cuenta.

Si quieres saber más sobre el origen de los conflictos estudiantiles alrededor del mundo, y de paso entender un poco más a nuestra sociedad, entonces lee Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman.

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Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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Bauman es uno de los pensadores sociales más clarividentes de nuestra época

Política e Internet: ¿enemigos a muerte o amigos con derecho?

Con la desconfianza popular hacia los poderes convencionales que se extiende y se hace más profunda y la estima popular del potencial poder para el pueblo de Internet alzándose hacia el cielo a través de los esfuerzos conjuntos del marketing de Silicon Valley y la poesía al estilo de Hillary Clinton recitada y transmitida a través de miles de despachos académicos, no sorprende que la propaganda progubernamental tenga más oportunidades de ser escuchada y absorbida si llega a sus objetivos a través de Internet. El más astuto de los autoritarios lo sabe muy bien; después de todo, los expertos informáticos están ahí para ser contratados, dispuestos a vender sus servicios al mejor postor. Hugo Chávez está en Twitter y supuestamente alardea de tener medio millón de amigos en Facebook; mientras que en China hay, por lo visto, un verdadero ejército de blogueros subvencionados por el Gobierno (bautizados como «el partido de los cincuenta céntimos», que es lo que cobran por cada entrada). Morozov recuerda a sus lectores que, como afirma Pat Kane en el Independent del 7 de enero de 2012, «para el joven operario sociotecnológico, el servicio patriótico puede ser una motivación tan grande como el anarquismo bohemio de Assange y sus amigos». Los hackers de la información también se unirían con entusiasmo y el mismo grado de buena voluntad y sinceridad a una nueva «Internacional de la transparencia» que a las Brigadas Rojas. Internet apoyaría ambas decisiones con idéntica ecuanimidad.

Se trata de una vieja, viejísima historia vuelta a contar: las hachas pueden usarse para talar madera o para cortar cabezas. La decisión no es de las hachas, sino de quienes las usan. Al hacha no le importa lo que elija quien la sostiene. Independientemente de lo afilada que esté, la tecnología en sí misma no «hará avanzar la democracia y los derechos humanos» para nosotros y en lugar de nosotros…

Vuelves a tener razón al negarte a depositar tus esperanzas para la inversión de la actual insensibilización del lenguaje político en las instituciones existentes en la política de los Estados-nación. Y ello por razones que hemos debatido siquiera someramente: la avanzada separación que tiene como objetivo el divorcio entre el poder (la capacidad de hacer cosas) y la política (la capacidad de decidir lo que hay que hacer), y la resultante incapacidad, absurda, degradante y manifiesta de la política de los Estados-nación para cumplir con su cometido. Pocas personas esperan la salvación desde las altas esferas; las promesas de los ministros se reciben, como mucho, con incredulidad salpicada de ironía. El montón de esperanzas frustradas crece día a día. Bajo la luz deslumbrante de las pantallas de televisión se reproduce el espectáculo de hombres y mujeres de estado que anuncian orgullosamente, en el telediario de la noche, los pasos decisivos que acaban de dar -sus medidas para restablecer el control sobre el curso de los acontecimientos y poner fin a otro problema angustioso- solo para esperar nerviosamente a que la Bolsa abra a la mañana siguiente para comprobar si esas medidas tienen la más ínfima oportunidad de aplicarse, y si es así, si esa aplicación tendrá algún efecto tangible.

Extracto de Ceguera moral, un libro de Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis.

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Ceguera moral, de Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

‘Esto no es un diario’, de Zygmunt Bauman

Lo confieso: estoy empezando a escribir (son las cinco de la mañana), no tengo ni la menor idea de qué seguirá, si es que sigue algo, ni de por cuánto tiempo seguirá, ni de hasta cuando necesitaré, desearé y sentiré el impulso de seguir. Y ni la intención ni, menos aún, la finalidad están en absoluto claras. Difícilmente podría dar una respuesta a la pregunta de «¿para qué?». En el momento en que me senté ante el ordenador, no había ningún tema nuevo y candente que rumiar y digerir; ningún libro que escribir ni ningún material antiguo que revisar, reciclar o actualizar; ningún entrevistador o entrevistadora cuya curiosidad hubiera que saciar; ninguna conferencia que tuviera que perfilar por escrito antes de ser pronunciada; ninguna petición, ningún encargo y ningún plazo límite de entrega… En definitiva, no había ni siquiera un lienzo recién montado que hubiera que llenar de contenido, ni un bulto de materia amorfa que moldear y al qué darle forma.

Supongo que preguntarse «¿por qué?» es más indicado en este caso que preguntarse «¿para qué?». Causas para escribir hay muchas: larga es la fila de candidatas que aguardan a ser anotadas y seleccionadas. La decisión de ponerse a escribir está, pues, «sobredeterminada», por así decirlo.

Para empezar, no he sabido aprender otro modo de vida más que el de la escritura. Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada.

Además, el juego de las palabras es para mí el más celestial de los placeres. Es un juego del que disfruto con locura, y el goce alcanza su cima cuando, tras barajar y repartir de nuevo las cartas, me llega una mala mano y me veo obligado de devanarme los sesos y a esforzarme de verdad para llenar los vacíos y sortear las trampas. No importa el destino de ese viaje: lo que da sabor a la vida es estar en movimiento y saltar (o derribar) los obstáculos del camino.

Extracto de Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman.

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Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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Esta obra nos permite comprobar que Bauman responde a la idea más noble de lo que entendemos por intelectual: una persona en la que la teoría y la práctica están íntimamente unidas y para quien la vida y la reflexión sobre la misma son una misma cosa.

Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias

Según un reciente informe de la Fundación Joseph Rowntree:

El número de jóvenes que padecen depresión se ha duplicado en doce años, toda vez que cientos de miles se encuentran excluidos de niveles crecientes de educación y prosperidad (…) Cuando los nacidos en 1958 respondieron un cuestionario sobre su salud mental en 1981, el 7% mostraba una tendencia a la depresión no clínica. La cifra equivalente para la cohorte de 1970, entrevistada en 1996, era del 14%. Los análisis sugerían que el incremento se hallaba ligado al hecho de que el grupo de los más jóvenes había crecido con más experiencia de desempleo. Los titulados universitarios tenían un tercio menos de probabilidad de estar deprimidos.

La depresión es una condición mental de lo más desagradable, angustiosa e incapacitadora, pero, como sugieren este y otros numerosos informes, no se trata del único síntoma del malestar que atormenta a la nueva generación nacida en el mundo moderno líquido y feliz*, mientras que no parecía afectar a sus inmediatos predecesores, al menos no en la misma medida. «Más experiencia de desempleo», por traumática y dolorosa que sin duda resulte, no parece ser la única causa del malestar.

La llamada «Generación X» de hombres y mujeres jóvenes nacidos en la década de 1970, en Gran Bretaña o en otros países «desarrollados», sabe de dolencias ignoradas por anteriores generaciones; no necesariamente más dolencias ni dolencias más severas, angustiosas y mortificadoras, pero sí nitidamente diferentes y novedosas; podríamos hablar de enfermedades y aflicciones «específicas de la modernidad líquida». Y tiene razones nuevas (que en algunos casos vienen a sustituir a las tradicionales y en otros se suman a ellas) para sentirse enojada, perturbada y con frecuencia ofendida, por más que los psicoanalistas y los sanadores electos, siguiendo las inclinaciones naturales que todos compartimos, recurran prosaicamente a los diagnósticos que mejor recuerdan y a las curas que más se aplicaban en los tiempos en que fueron adiestrados para formular aquéllos y recomendar éstas.

Uno de los diagnósticos más al uso es el desempleo y, en particular, el precario panorama laboral para quienes finalizan sus estudios y se incorporan a un mercado más preocupado por incrementar los beneficios mediante el recorte de costes laborales y la supresión de ventajas que por crear nuevos empleos y establecer nuevas ventajas. Uno de los remedios más sopesados son los subsidios estatales, que convertirían en un buen negocio la contratación de jóvenes (durante el tiempo que duren los subsidios). Una de las recomendaciones que más suele hacerse entretanto a los jóvenes es que sean flexibles y no  especialmente quisquillosos, que no esperen demasiado de sus empleos, que acepten los trabajos tal como vienen sin hacer demasiadas preguntas y que se los tomen como una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure, y no tanto como un capítulo introductorio de un «proyecto vital», una cuestión de amor propio y autodefinición, o una garantía de seguridad a largo plazo.

De forma alentadora, por consiguiente, la idea global de «desempleo» comporta el diagnóstico del problema junto con el mejor remedio disponible y un listado de rutinas sencillas y de una tranquilizadora obviedad, que habrán de seguirse en el camino de la convalecencia. El prefijo «des» sugiere anomalía; «des»empleo es un nombre para una condición manifiestamente temporal y anormal, de suerte que la enfermedad es de naturaleza ostensiblemente pasajera y curable. La noción de «desempleo» hereda su carga semántica de la autoconciencia de una sociedad que acostumbrada a otorgar a sus miembros el papel de productores de principio a fin, y que creía asimismo en el pleno empleo, no solo como una condición social deseable y alcanzable, sino también como su destino último; una sociedad que ve en el empleo, por lo tanto, una clave -la clave- para la resolución simultánea de las cuestiones de una identidad personal socialmente aceptable, una posición social segura, la supervivencia individual y colectiva, el orden social y la reproducción sistémica.

Extracto de Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias, de Zygmunt Bauman.

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Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias, de Zygmunt Bauman, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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A medida que la modernización ha ido alcanzando las áreas más remotas del planeta, se ha generado una gran cantidad de «población superflua», y ahora son todas las regiones las que han de cargar con las consecuencias. Por ello, debemos enfrentarnos a buscar soluciones locales a problemas producidos globalmente.

«Vida Líquida», un libro de Zygmunt Bauman

De la vida en un mundo moderno líquido

La <<vida líquida>> y la <<modernidad líquida>> están estrechamente ligadas. La primera es una clase de vida que tendemos a vivir en una sociedad moderna líquida. La sociedad <<moderna líquida>> es aquella que las condiciones de actuación de sus miembros antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y unas rutinas determinadas. La liquidez de la vida y la sociedad se alimentan y se refuerzan mutuamente. La vida líquida como la sociedad moderna líquida no puede mantener su forma ni su rumbo por mucho tiempo.

En una sociedad moderno líquida, los logros individuales no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. Las condiciones de la acción y las estrategias diseñadas para responder a ellas envejecen con rapidez y son ya obsoletas antes de que los agentes tengan siquiera opción de conocerlas adecuadamente. De ahí que haya dejado de ser aconsejable aprender de la experiencia para confiarse a estrategias y movimientos tácticos que fueron empleados con éxito en el pasado: las pruebas anteriores resultan inútiles para dar cuenta de los vertiginosos e imprevistos (en su mayor parte, y pueden ser incluso impredecibles) cambios de circunstancias. La extrapolación de hechos del pasado con el objetivo de predecir tendencias futuras no deja de ser una práctica cada vez más arriesgada y, con demasiada frecuencia, engañosa. Cada vez resulta más difícil realizar cálculos fidedignos y los pronósticos infalibles son ya inimaginables: si, por una parte, nos son desconocidas en su mayoría (si no la totalidad) de las variables de las ecuaciones, por otra, ninguna estimación de su evolución futura puede ser considerada plena y verdaderamente fiable.

 Eresumidasad cuentas, la vida líquida es un vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante. Las más acuciantes y persistentes preocupaciones que perturban esa vida son las que resultan del temor de que nos tomen desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados, a no percatarnos de las fechas <<de caducidad>>, a que tengamos que cargan con bienes que nos resultan no deseables, a que pasemos por alto cuándo es necesario que cambiemos de enfoque si no queremos sobrepasar un punto sin retorno. La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos, pero, precisamente por ellos son los breves e indoloros finales– sin los que esos nuevos comienzos serían imposibles de concebir– los que suelen construir sus momentos de mayor desafío y ocasionan nuestros más grandes dolores de cabeza. Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades necesarias para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas.

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Un extracto de «Vida Líquida» escrito por Zygmunt Bauman. Adquiere el libro bajo el sello Paidós en su versión impresa y versión digital.