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“Contando el hambre”, la columna de Martín Caparrós para The NY Times

Martín Caparrós, escritor de El hambre, publicó esta semana una columna de opinión en el periódico The New York Times.  El texto original (sólo en inglés), lo encuentran aquí. Les dejamos un a traducción al español:

NOSOTROS no sabemos quiénes son ellos. Las personas que sufren de hambre no son nuestros parientes, amigos, compañeros de trabajo; probablemente ellos ni siquiera leen este artículo. No los conocemos, pero al menos deberíamos saber cuántos son, pues las políticas y decisiones de ayuda dependen de ese número. Pero no lo conocemos, por que las estadísticas sobre el hambre que ofrece la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), son fallidas.

Cada año, por esta época, en colaboración con el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola y el Programa Mundial de Alimentos, la FAO publica un reporte sobre el hambre- o, como se le llama ahora, “inseguridad alimentaria”. Lo que la gente recuerda más son los números: ya sea que el hambre haya aumentado o disminuido, y por cuánto. Pero las estadísticas del hambre son confusas. Es muy difícil calcular con precisión cuántos hombres y mujeres no comen lo suficiente. La mayoría viven en países donde los Estados son débiles e incapaces de contabilizar a todos sus ciudadanos, y las organizaciones internacionales que intentan contabilizar usan cálculos estadísticos en lugar de reportes detallados de los censos.

La FAO hace un esfuerzo: al estudiar los inventarios agrícolas, las importaciones y exportaciones de alimentos; los usos locales de éstos; las dificultades económicas y la inequidad social. Con esto determina la disponibilidad estimada de comida per capita. La diferencia entre los calorías requeridas y las disponibles le dan a la FAO un número de personas desnutridas. Esto suena como un método sensible, pero es completamente maleable. Por lo tanto, los resultados pueden ajustarse a las necesidades del momento.

Este mes, la FAO reportó jubilosamente que el número total de desnutridos crónicos había disminuido a 805 millones- 209 millones menos que en el periodo de 1990 a 1992. Este número trae consigo un peso particular: serán los últimos que se publiquen antes de 2015 para el reporte de Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. Según este reporte, los números muestran que la meta de la organización por disminuir a la mitad el número de personas desnutridas en países en vías de desarrollo, es posible para 2015.

Esto suena muy bien, pero no es tan simple. De acuerdo con los objetivos de desarrollo, la tasa de hambre en 1990 es la que se supone ha disminuido a la mitad. Pero ese número de 1990 ha sido ajustado en varias ocasiones, haciendo ver a los números actuales favorables en comparación.

Es una historia larga. En la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, celebrada en Roma en 1974, cuando Henry A. Kissinger declaró que “dentro de una década, no habrá un niño que se vaya a dormir hambriento”, los expertos de la FAO estimaron que el número de personas hambrientas en regiones en vías de desarrollo era cercano a los 460 millones, y que en diez años podría llegar a los 800 millones. Esa predicción era cercana: en un reporte de 1992, la FAO declaró que hubo alrededor de 786 millones de personas en condición de hambre del año 1988 a 1990. Fue un incremento dramático, un golpe muy duro.

En ese reporte, la FAO revisó sus cálculos previos, diciendo que su método estadístico era erróneo. Ahora, los expertos de la FAO dicen que creen que, en 1970, no había 460 millones de personas hambrientas en el mundo en vías de desarrollo, pero más del doble de ese número, unos 941 millones. Esto, les permitió decir que la figura de 1989 de 786 millones, no representaba un incremento dramático, pero sí una disminución de 155 millones: un gran logro.

Los cambios siguieron llegando. En 2004, la FAO dijo que el número de personas en las regiones en vías de desarrollo había alcanzado los 815 millones. Esto podría parecer un decepcionante incremento a los 786 millones. Pero en ese mismo reporte, la FAO revisó su número de 1990 una vez más, y declaró que durante ese año la cifra no era de 786 millones, sino de 823 millones de personas que sufrían hambre. Por lo que ésta había disminuido después de todo.

En el reporte de 2011 de la FAO el número de personas que sufrían de hambre en los países en vías de desarrollo durante 1990 era de 833 millones- veinte por ciento de la población. Luego fueron 980 millones en el reporte de 2012, después de los expertos de la F.A.O revisaran su método una vez más. Para 2013, esos 980 millones de personas hambrientas se habían convertido en 995 millones- 23.6 por ciento de la población- quienes, junto a los 20 millones de personas desnutridas en el mundo desarrollado, sumaban un asombroso total de 1.015 billones.

Este es el número sobre 1990 que usa ahora la FAO para explicar cómo hemos ganado nuevas batallas contra el hambre. Esto también significa que, para alcanzar la meta de las Naciones Unidas de disminuir a la mitad el número de personas hambrientas para 2015, no se necesita bajar a diez por ciento de la población (del veinte por ciento que sufría hambre), sino “solamente” a un 11.8.

Es posible asumir que los métodos estadísticos- acomodados a la nueva población y a la información calórica y económica- podríamos estar mucho mejor ahora que hace treinta años. Es mucho más difícil imaginar que los datos han cambiado tanto en los últimos tres años, y han sido añadidos más de 160 millones de personas que antes estaban solamente bajo el radar. Sabemos que no hay nada más variable que el pasado, pero es muy inusual verlo cambiar tan rápido y tan evidentemente.

Se podría decir que se trata sólo de números, abstracciones; no importaría mucho si sólo fueran malas figuras de la propaganda. El problema es que son, de hecho, figuras canónicas: del tipo que se utilizan para determinar fondos y establecer prioridades.

Esto no es corrupción consciente. Es un síntoma de una cultura institucional que tiene que probar que está logrando un importante progreso. El cambio de 1990 justifica los esfuerzos de las Naciones Unidas, tanto como tranquiliza nuestra consciencia. Además, tiene un efecto económico doble: convence a los donantes que su dinero se ha invertido provechosamente y justifica la reducción de estas inversiones. Luego de alcanzar un máximo de 5.5 billones de dólares en 2008, la ayuda alimentaria internacional se redujo a 4 billones en 2012, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Así que, tal vez, la próxima vez, cuando nos digan que el hambre está siendo derrotada, sería prudente seguir preguntando dónde, cómo y de quiénes. Después de todo, estas figuras ayudan a definir la vida de cientos de millones- espera, ¿cuántos cientos de millones?- de las víctimas del hambre, la mayor indignación de nuestro tiempo.

 El hambre de Martín Caparrós está disponible en librerías en formato físico y digital.

9789504940531