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¿Cómo entender el hambre leyendo a Caparrós

El día de hoy se publicó, en el sitio web del periódico español El País, un artículo de Gonzalo Fanjul en el que presenta un breve análisis del hambre, haciendo mención al libro de Martín Caparrós.

De este artículo tomamos algunos elementos y datos primarios para entender, desde su origen, la crisis del hambre:

1. Nuestro planeta alcanzó, a principios de la década pasada, el límite de su tierra cultivable.

2. El número de hectáreas de cultivo per cápita ha disminuido de 1,4 a 0,7 en los últimos 50 años.

3. La estrechez de los stocks globales y la locura de los mercados energético y financiero provocaron en 2007-08 un repunte histórico del precio de los alimentos que desencadenó a su vez una carrera global por la tierra disponible.

3. Sólo en África subsahariana se compró, en 2009, tanta tierra como en los 22 años anteriores.

4. En 2050 alcanzaremos los 9.000 millones de habitantes.

Para entender mejor y más a fondo estos datos, y para que sepamos realmente lo que es el hambre y porqué es un asunto que debe interesarnos a todos, les dejamos el primer capítulo del libro escrito por Martín Caparrós.

PRIMER CAPÍTULO

1.

Eran tres mujeres: una abuela, una madre, una tía. Yo llevaba tiempo mirándolas moverse alrededor de ese catre de hospital mientras juntaban, lentas, sus dos platos de plástico, sus tres cucharas, su ollita tiznada, su balde verde, y se los daban a la abuela. Y las seguí mirando cuando la madre y la tía recogieron su manta, sus dos o tres camisetitas, sus trapos en un petate que ataron para que la tía se lo pusiera en la cabeza. Pero me quebré cuando vi que la tía se inclinaba sobre el catre, levantaba al chiquito, lo sostenía en el aire, lo miraba con una cara rara, como extrañada, como incrédula, lo apoyaba en la espalda de su madre como se apoyan los chiquitos en África en las espaldas de sus madres —con las piernas y los brazos abiertos, el pecho del chico contra la espalda de la madre, la cara hacia uno de los lados— y su madre lo ató con una tela, como se atan los chiquitos en África al cuerpo de sus madres. El chiquito quedó en su lugar, listo para irse a casa, igual que siempre, muerto.

No hacía más calor que de costumbre.

Creo que este libro empezó acá, en un pueblo muy cerca de acá, fondo de Níger, hace unos años, sentado con Aisha sobre un tapiz de mimbre frente a la puerta de su choza, sudor del mediodía, tierra seca, sombra de un árbol ralo, los gritos de los chicos desbandados, cuando ella me contaba sobre la bola de harina de mijo que comía todos los días de su vida y yo le pregunté si realmente comía esa bola de mijo todos los días de su vida y tuvimos un choque cultural:

—Bueno, todos los días que puedo.

Me dijo y bajó los ojos con vergüenza y yo me sentí como un felpudo, y seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo, tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté —por primera vez, esa pregunta que después haría tanto— que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría. Aisha tardó un rato, como quien se enfrenta a algo impensado. Aisha tenía 30 o 35 años, la nariz de rapaz, los ojos de tristeza, su tela lila cubriendo todo el resto.

—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

—Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.

—¿De verdad cualquier cosa?

—Sí, lo que le pidas.

—¿Dos vacas?

Me dijo en un susurro, y me explicó:

—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto.

2.

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadera.

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo. El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Todavía, ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre.

Yo no sabía.

El hambre es, en mis imágenes más viejas, un chico con la panza hinchada y las piernas flaquitas en un lugar desconocido que entonces se llamaba Biafra; entonces, a fines de los sesenta, escuché por primera vez la versión más brutal de la palabra hambre: hambruna. Biafra fue un país efímero: declaró su independencia de Nigeria el día que yo cumplí diez años; antes de mis trece ya había desaparecido. En esa guerra un millón de personas se murieron de hambre. El hambre, en las pantallas de aquellos televisores blanco y negro, eran chicos, moscas zumbando alrededor, su rictus de agonía.

En las décadas siguientes la imagen se me haría más o menos habitual: repetida, insistente. Por eso siempre imaginé que empezaría este libro con el relato crudo, descarnado, tremendo de una hambruna. Llegaría acompañando a un equipo de emergencia a un paraje siniestro, probablemente africano, donde miles de personas estarían muriéndose de hambre. Lo contaría con detalles brutales y entonces, después de poner en escena el peor de los horrores, diría que no hay que engañarse —o dejarse engañar—: que las situaciones como ésta son sólo la punta de la punta del iceberg y que la realidad real es muy distinta.

Lo tenía perfectamente pensado, diseñado, pero en los años que pasé trabajando en este libro no hubo hambrunas descontroladas —sólo las habituales: la escasez terminal en el Sahel, los refugiados somalíes o sudaneses, las inundaciones en Bengala. Lo cual, por un lado, es una gran noticia. Pero, por otro, tanto menos importante, es un problema: esas hecatombes eran las únicas oportunidades que tenía el hambre de presentarse —imágenes en la pantalla del hogar— a los que no lo sufren. El hambre como catástrofe puntual y despiadada sólo aparece cuando una guerra o un desastre natural. Lo que queda, en cambio, es aquello tanto más difícil de mostrar: los millones y millones de personas que no comen lo que deberían —y penan por eso, y se mueren de a poco por eso. El iceberg, lo que este libro trata de contar y de pensar.

Aunque no diga nada que no sepamos ya. Todos sabemos que hay hambre en el mundo. Todos sabemos que hay ochocientos, novecientos millones de personas —los cálculos vacilan— que pasan hambre cada día. Todos hemos leído o escuchado esas estimaciones —y no sabemos o no queremos hacer nada con ellas. Si en algún momento sirvió, se diría que ahora el testimonio —el relato más crudo— ya no sirve.

¿Qué queda entonces, el silencio?

Aisha, que me decía que con dos vacas su vida sería tan diferente. Si tengo que explicarlo

—no sé si tengo que explicarlo—: nada me impresionó
más que entender que la pobreza más cruel, la más extrema, es la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. La  que te deja sin horizontes, sin siquiera deseos: condenado a lo mismo inevitable.

Digo, quiero decir, pero no sé cómo decirlo: usted, lector amable, tan bienintencionado, un poco olvidadizo, ¿se imagina lo que es no saber si va a poder comer mañana? Y, más: ¿se imagina cómo es una vida hecha de días y más días sin saber si va a poder comer mañana? ¿Una vida que consiste sobre todo en esa incertidumbre, en la zozobra de esa incertidumbre y el esfuerzo de imaginar cómo paliarla, en no poder pensar en casi nada más porque todo pensamiento se tiñe de esa falta? ¿Una vida tan restringida, tan cortita, tan dolorosa a veces, tan peleada?

Tantas maneras del silencio.

Este libro tiene muchos problemas. ¿Cómo contar lo otro, lo más lejano? Es muy probable que usted, lector, lectora, conozca a alguien que se murió de un cáncer, que sufrió un ataque violento, que perdió un amor, un trabajo, el orgullo; es muy improbable que conozca a alguien que viva con hambre, que viva la amenaza de morirse de hambre. Tantos millones de personas que son lo más lejano: lo que no sabemos —ni queremos— imaginar.

¿Cómo contar tanta miseria sin caer en el miserabilismo, en el uso lagrimita del dolor ajeno? Y, quizás antes: ¿por qué contar tanta miseria? Muy a menudo contar la miseria es un modo de usarla. La desgracia ajena interesa a muchos desgraciados que quieren convencerse de que no están tan mal o quieren, simplemente, sentir esa cosquilla en los pulgares. La desgracia ajena —la miseria— sirve para vender, para esconder, para mezclar los tantos: para suponer por ejemplo que el destino individual es un problema individual.

Y, sobre todo: ¿cómo pelear contra la degradación de las palabras? Las palabras “millones-de-personas-pasan-hambre” deberían significar algo, causar algo, producir ciertas reacciones. Pero, en general, las palabras ya no hacen esas cosas. Algo pasaría, quizá, si pudiéramos devolverles sentido a las palabras.

Este libro es un fracaso. Para empezar, porque todo libro lo es. Pero sobre todo porque una exploración del mayor fracaso del género humano no podía sino fracasar. A lo cual, está claro, contribuyeron mis imposibilidades, mis dudas, mi incapacidad. Y, aún así, es un fracaso que no me avergüenza: tendría que haber conocido más historias, pensado más cuestiones, entendido algunas cosas más. Pero a veces fracasar vale la pena.

Y fracasar de nuevo, y fracasar mejor.

“La destrucción, cada año, de decenas de millones de hombres, de mujeres y de chicos por el hambre constituye el escándalo de nuestro siglo. Cada cinco segundos un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12 mil milllones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”, escribió, en su Destrucción masiva, el ex relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación Jean Ziegler.

Miles y miles de fracasos. Cada día se mueren, en el mundo —en este mundo— 25 mil personas por causas relacionadas con el hambre. Si usted, lector, lectora, se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en —digamos— ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. O sea que, probablemente, usted prefiera no leer este libro. Quizá yo haría lo mismo. Es mejor, en general, no saber quiénes son, ni cómo ni por qué.

(Pero usted sí leyó este breve párrafo en medio minuto; sepa que en ese tiempo sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas en el mundo —y respire aliviado.)

Y si acaso, entonces, si decide no leerlo, quizá le siga revoloteando la pregunta. Entre tantas preguntas que me hago, que este libro se hace, hay una que sobresale, que repica, que sin cesar me apremia:

¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?

 

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Una radiografía documentada narrada en forma magistral para denunciar este enorme problema al que el mundo entero ha dado la espalda.

9 presentaciones que no te puedes perder en la FIL de Oaxaca

Del 1 al 9 de noviembre, diversos autores de Planeta estarán presentes en la FIL de Oaxaca para presentar sus libros y participar en varias mesas redondas.

A continuación te compartimos el programa completo, para que no te pierdas ninguna de estas 9 actividades (da click en la imagen para agrandar).

FIL-OAXACA

«Contando el hambre», la columna de Martín Caparrós para The NY Times

Martín Caparrós, escritor de El hambre, publicó esta semana una columna de opinión en el periódico The New York Times.  El texto original (sólo en inglés), lo encuentran aquí. Les dejamos un a traducción al español:

NOSOTROS no sabemos quiénes son ellos. Las personas que sufren de hambre no son nuestros parientes, amigos, compañeros de trabajo; probablemente ellos ni siquiera leen este artículo. No los conocemos, pero al menos deberíamos saber cuántos son, pues las políticas y decisiones de ayuda dependen de ese número. Pero no lo conocemos, por que las estadísticas sobre el hambre que ofrece la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), son fallidas.

Cada año, por esta época, en colaboración con el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola y el Programa Mundial de Alimentos, la FAO publica un reporte sobre el hambre- o, como se le llama ahora, «inseguridad alimentaria». Lo que la gente recuerda más son los números: ya sea que el hambre haya aumentado o disminuido, y por cuánto. Pero las estadísticas del hambre son confusas. Es muy difícil calcular con precisión cuántos hombres y mujeres no comen lo suficiente. La mayoría viven en países donde los Estados son débiles e incapaces de contabilizar a todos sus ciudadanos, y las organizaciones internacionales que intentan contabilizar usan cálculos estadísticos en lugar de reportes detallados de los censos.

La FAO hace un esfuerzo: al estudiar los inventarios agrícolas, las importaciones y exportaciones de alimentos; los usos locales de éstos; las dificultades económicas y la inequidad social. Con esto determina la disponibilidad estimada de comida per capita. La diferencia entre los calorías requeridas y las disponibles le dan a la FAO un número de personas desnutridas. Esto suena como un método sensible, pero es completamente maleable. Por lo tanto, los resultados pueden ajustarse a las necesidades del momento.

Este mes, la FAO reportó jubilosamente que el número total de desnutridos crónicos había disminuido a 805 millones- 209 millones menos que en el periodo de 1990 a 1992. Este número trae consigo un peso particular: serán los últimos que se publiquen antes de 2015 para el reporte de Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. Según este reporte, los números muestran que la meta de la organización por disminuir a la mitad el número de personas desnutridas en países en vías de desarrollo, es posible para 2015.

Esto suena muy bien, pero no es tan simple. De acuerdo con los objetivos de desarrollo, la tasa de hambre en 1990 es la que se supone ha disminuido a la mitad. Pero ese número de 1990 ha sido ajustado en varias ocasiones, haciendo ver a los números actuales favorables en comparación.

Es una historia larga. En la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, celebrada en Roma en 1974, cuando Henry A. Kissinger declaró que «dentro de una década, no habrá un niño que se vaya a dormir hambriento», los expertos de la FAO estimaron que el número de personas hambrientas en regiones en vías de desarrollo era cercano a los 460 millones, y que en diez años podría llegar a los 800 millones. Esa predicción era cercana: en un reporte de 1992, la FAO declaró que hubo alrededor de 786 millones de personas en condición de hambre del año 1988 a 1990. Fue un incremento dramático, un golpe muy duro.

En ese reporte, la FAO revisó sus cálculos previos, diciendo que su método estadístico era erróneo. Ahora, los expertos de la FAO dicen que creen que, en 1970, no había 460 millones de personas hambrientas en el mundo en vías de desarrollo, pero más del doble de ese número, unos 941 millones. Esto, les permitió decir que la figura de 1989 de 786 millones, no representaba un incremento dramático, pero sí una disminución de 155 millones: un gran logro.

Los cambios siguieron llegando. En 2004, la FAO dijo que el número de personas en las regiones en vías de desarrollo había alcanzado los 815 millones. Esto podría parecer un decepcionante incremento a los 786 millones. Pero en ese mismo reporte, la FAO revisó su número de 1990 una vez más, y declaró que durante ese año la cifra no era de 786 millones, sino de 823 millones de personas que sufrían hambre. Por lo que ésta había disminuido después de todo.

En el reporte de 2011 de la FAO el número de personas que sufrían de hambre en los países en vías de desarrollo durante 1990 era de 833 millones- veinte por ciento de la población. Luego fueron 980 millones en el reporte de 2012, después de los expertos de la F.A.O revisaran su método una vez más. Para 2013, esos 980 millones de personas hambrientas se habían convertido en 995 millones- 23.6 por ciento de la población- quienes, junto a los 20 millones de personas desnutridas en el mundo desarrollado, sumaban un asombroso total de 1.015 billones.

Este es el número sobre 1990 que usa ahora la FAO para explicar cómo hemos ganado nuevas batallas contra el hambre. Esto también significa que, para alcanzar la meta de las Naciones Unidas de disminuir a la mitad el número de personas hambrientas para 2015, no se necesita bajar a diez por ciento de la población (del veinte por ciento que sufría hambre), sino «solamente» a un 11.8.

Es posible asumir que los métodos estadísticos- acomodados a la nueva población y a la información calórica y económica- podríamos estar mucho mejor ahora que hace treinta años. Es mucho más difícil imaginar que los datos han cambiado tanto en los últimos tres años, y han sido añadidos más de 160 millones de personas que antes estaban solamente bajo el radar. Sabemos que no hay nada más variable que el pasado, pero es muy inusual verlo cambiar tan rápido y tan evidentemente.

Se podría decir que se trata sólo de números, abstracciones; no importaría mucho si sólo fueran malas figuras de la propaganda. El problema es que son, de hecho, figuras canónicas: del tipo que se utilizan para determinar fondos y establecer prioridades.

Esto no es corrupción consciente. Es un síntoma de una cultura institucional que tiene que probar que está logrando un importante progreso. El cambio de 1990 justifica los esfuerzos de las Naciones Unidas, tanto como tranquiliza nuestra consciencia. Además, tiene un efecto económico doble: convence a los donantes que su dinero se ha invertido provechosamente y justifica la reducción de estas inversiones. Luego de alcanzar un máximo de 5.5 billones de dólares en 2008, la ayuda alimentaria internacional se redujo a 4 billones en 2012, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Así que, tal vez, la próxima vez, cuando nos digan que el hambre está siendo derrotada, sería prudente seguir preguntando dónde, cómo y de quiénes. Después de todo, estas figuras ayudan a definir la vida de cientos de millones- espera, ¿cuántos cientos de millones?- de las víctimas del hambre, la mayor indignación de nuestro tiempo.

 El hambre de Martín Caparrós está disponible en librerías en formato físico y digital.

9789504940531

Margarita Valencia habla sobre «El Hambre» de Martín Caparrós

La escritora colombiana, Margarita Valencia, hace una revisión de lo que escribe Martín Caparrós en su libro El Hambre:

La función esencial de la escritura es generar una mirada diferente sobre el mundo que nos rodea, una mirada constantemente reflexiva y constantemente crítica. Atontados por el retintín de la importancia de la lectura en la sociedad, olvidamos (o escogimos ignorar) «que la técnica de la industria cultural ha llevado solo a la estandarización y producción en serie», y que la escritura debe ser arte (y por ende excepcional, perturbadora). 

No obstante, a veces aparece en las estanterías un libro de los de la vieja escuela, un libro urgente. Un libro que hay que leer si es que hemos de seguir empeñados en comportarnos «como seres humanos y no como engranajes de la maquinaria capitalista», para citar al malhadado Orwell. 

El hambre, de Martín Caparrós, es uno de esos libros: es un ensayo impecablemente bien escrito, literariamente sólido, resultado de años de investigación a fondo en el tema; pero es también una diatriba, una acusación contra todos los que hemos escogido ignorar la miseria de otros hombres para no perturbar la comodidad en la que vivimos.

Caparrós desarma uno por uno todos los argumentos de salón, los discursos biempensantes que encubren el hecho de que cientos de seres humanos mueren de hambre diariamente: los que se parapetan tras el argumento de la sobrepoblación, los ecologistas, los burócratas que encubren el hambre con cifras.

Es inevitable comparar la aparición de este libro con el best-seller del año: el libro de Thomas Picketty sobre las crecientes desigualdades en el mundo capitalista. Picketty escribe un ensayo académico, sesudo e inteligente, desalmado. Caparrós pone el argumento a prueba en el mundo: nada como el hambre de la humanidad para demostrar que efectivamente algo sigue oliendo podrido en Dinamarca, así estemos todos dispuestos a cantar aleluyas por el triunfo definitivo del sistema.

El hambre es un libro escrito con historias de personas que por distintas razones- sequías pobreza extrema, guerras, marginación- sufren hambre. Una exposición de aquellos pobladores del mundo que trabajan en condiciones muy precarias para paliarla y las que especulan con los alimentos y hambrean a tanta gente. Un ensayo que revela una realidad brutal que muchos de nosotros conocemos pero decidimos ignorar por comodidad superficial.

Martín Caparrós estará presente en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Oaxaca que se lleva acabo del 1 al 9 de noviembre así como en la FIL de Guadalajara del 29 de noviembre al 7 de diciembre.

Maqueta El Hambre

3 libros de Martín Caparrós que nadie se puede perder

Martín Caparrós es un periodista y escritor argentino que, a lo largo de su intensa carrera, se ha ganado el reconocimiento unánime del público y la crítica.

Publicó su primera novela, Ansay o los infortunios de la gloria, en 1984, y este 2014 celebra sus primeros 30 años de carrera literaria con la publicación de El Hambre (Editorial Planeta), un estremecedor relato sobre la hambruna que padecen los habitantes de los países del llamado tercer mundo.

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A continuación te compartimos 3 títulos de Martín Caparrós que no te puedes perder si quieres aproximarte a la obra periodística y literaria de este notable autor argentino.

1. Valfierno (2004)

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SINOPSIS: La Gioconda de Leonardo Da Vinci fue robada del Museo del Louvre el 22 de agosto de 1911. Tras la confusión inicial empezaron las sospechas: la policía miró hacia los grupos artísticos vanguardistas que abominaban del arte académico, entre los que figuraba Pablo Picasso, y encarceló al poeta Apollinaire. Pero pasaba el tiempo y no había ni rastro del cuadro, de los verdaderos ladrones. Dos años después, en 1913, el italiano Vicenzo Peruggia fue detenido en Florencia con la obra maestra en su poder; arguyó que quería restituirla a su país, Italia. Sin embargo, ¿Qué ocurrió durante estos dos años?, y sobre todo, ¿alguien creyó que el humilde Peruggia fue el cerebro del golpe del siglo? Quince años después, alguien que se hace llamar Marqués de Valfierno, y que no soporta morirse sin que el mundo sepa de su audacia, cuenta a un periodista toda la verdad: la preparación del robo, la falsificación, la venta, sus cambios de identidad.

 2. El interior (2006, Editorial Planeta)

el interior

SINOPSIS: El Interior es un país enorme, el octavo del mundo en extensión. Martín Caparrós decidió aceptar el reto de contar ese país y para ello recorrió, durante meses, solo y despacio, cada uno de sus rincones. Quería saber si, como creen muchos porteños, El Interior es la chacarera, la pobreza, el feudalismo, la pachorra, la inmensidad vacía. Si es cierto que es el lugar de las raíces, la Argentina verdadera. Si hay rasgos que nos hacen argentinos, que nos reúnen en una sola idea, una sola cultura. En El Interior, el autor nos vuelve a deslumbrar por su capacidad para escuchar, registrar y seleccionar lo que verdaderamente cuenta. Con la actitud del cazador y el talento del narrador, Caparrós ha logrado escribir la gran crónica de la Argentina contemporánea.

3. El hambre (2014, Editorial Planeta)

Maqueta El Hambre

SINOPSIS: Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, en nuestras vidas que el hambre y , al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera. Para entenderlo, para contarlo, Martín Caparrós viajó por la India, Bangladesh, Níger, Kenia, Sudán, Madagascar, Argentina, Estados Unidos, España. Allí encontró a quienes, por distintas razones (sequías, pobreza extrema, guerras, marginación), sufren hambre. El hambre está hecho de sus historias, y las historias de quienes trabajan en condiciones muy precarias para paliarla, y las de quienes especulan con los alimentos y hambrean a tanta gente.

¿Ya las leíste? ¿Qué te parecieron?

¡Comenta!

‘El hambre’: un libro incómodo y apasionado de Martín Caparrós

Eran tres mujeres: una abuela, una madre, una tía. Yo llevaba tiempo mirándolas moverse alrededor de ese catre de hospital mientras juntaban, lentas, dos platos de plástico, sus tres cucharas, su ollita tiznada, su balde verde, y se los daban a la abuela. Y las seguí mirando cuando la madre y la tía recogieron su manta, sus dos o tres camisetitas, sus trapos en un petate que ataron para que la tía se lo pusiera en la cabeza. Pero me quebré cuando vi que la tía se inclinaba sobre el catre, levantaba al chiquito, lo sostenía en el aire, lo miraba con una cara rara, como extrañada, como incrédula, lo apoyaba en la espalda de su madre como se apoyan los chiquitos en África en las espaldas de sus madres -con las piernas y los brazos abiertos, el pecho del chico contra la espalda de la madre, la cara hacia uno de los lados- y su madre lo ató con una tela, como se atan los chiquitos en África al cuerpo de sus madres. El chiquito quedó en su lugar, listo para irse a casa, igual que siempre, muerto.

No hacía más calor que de costumbre.

Creo que este libro empezó acá, en un pueblo muy cerca de acá, fondo de Níger, hace unos años, sentado con Aisha sobre un tapiz de mimbre frente a la puerta de su choza, sudor del mediodía, tierra seca, sombra de un árbol ralo, los gritos de los chicos desbandados, cuando ella me contaba sobre la bola de harina de mijo que comía todos los días de su vida y yo le pregunté si realmente comía esa bola de mijo todos los días de su vida y tuvimos un choque cultural:

-Bueno, todos los días que puedo.

Me dijo y bajó los ojos con vergüenza y yo me sentí como un felpudo, y seguimos hablando de sus alimentos y la falta de ellos y yo, tilingo de mí, me enfrentaba por primera vez a la forma más extrema del hambre y al cabo de un par de horas de sorpresas le pregunté -por primera vez, esa pregunta que después haría tanto- que si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela, qué le pediría. Aisha tardó un rato, como quien se enfrenta a algo impensado. Aisha tenía 30 o 35 años, la nariz de rapaz, los ojos de tristeza, su tela lila cubriendo todo el resto.

-Quiero una vaca que me de mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

-Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas.

-¿De verdad cualquier cosa?

-Sí, lo que le pidas.

-¿Dos vacas?

Me dijo en un susurro y explicó:

-Con dos que sí nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto.

Extracto de El hambre, el nuevo libro de Martín Caparrós.

El-Hambre-Portada

El hambre, de Martín Caparrós, estará disponible en librerías y tiendas en linea, a partir de agosto, bajo el sello Planeta.

‘El hambre’, el nuevo libro de Martín Caparrós

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo de diferencias y desigualdades.

Así comienza el ensayo titulado El asco, que el escritor argentino Martín Caparrós publicó en el diario El País hace algún tiempo. En dicho ensayo hacía un resumen de la investigación que, durante más de dos años, realizó para escribir su libro El hambre, mismo que será publicado muy pronto por Editorial Planeta.

Para darte una mejor idea de lo que será El hambre, de Martín Caparrós, te invitamos a que leas el ensayo completo, aquí abajo.

***

El asco

Por Martín Caparrós

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero.

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo de diferencias y desigualdades. El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Ninguna plaga sigue siendo tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre.

* * *

Llevo más de dos años trabajando en un libro sobre el hambre: viajando por África, Asia, América para contar el menos importante, el menos cacareado de los grandes problemas del planeta: que hay casi novecientos millones de personas que no comen suficiente. Para contar sus logros, sus problemas, sus horizontes cortos, su desesperación: sus vidas. Para escucharlos y pensar. Lo bueno es que no le importa a casi nadie. Aprendemos a vivir con ese peso, practicamos, practicamos; nos sale cada vez mejor. Desidia sin esfuerzo, ombligos relucientes.

Hace unos años, Ban Ki Moon, secretario general de las Naciones Unidas, puso en circulación una cifra que quedó repetida y arrumbada: cada menos de cuatro segundos una persona se muere de hambre, desnutrición y sus enfermedades. Diecisiete cada minuto, cada día 25.000, más de nueve millones cada año: un Holocausto y medio cada año.

¿Entonces qué? ¿Apagar todo e irnos? ¿Sumirnos en esa oscuridad, declarar guerras? ¿Declarar culpables a los que comen más que una ración razonable, a los que tiran lo que tantos necesitan? ¿Declararnos culpables? ¿Entregarnos? Suena hasta lógico. ¿Y después?

* * *
Cuando deben enunciar las causas del hambre, los gobiernos y los grandes expertos y los organismos internacionales y las fundaciones millonarias suelen repetir cinco o seis mantras:

Que hay desastres naturales –inundaciones, tormentas, plagas. Y sobre todo la sequía: “La sequía es la mayor causa individual de falta de alimentos”, dice un folleto del Programa Mundial de Alimentos.

Que el medio ambiente está sobreexplotado por prácticas agrarias abusivas, exceso de cosechas y de fertilización, deforestación, erosión, salinización y desertificación.

Que el cambio climático está “exacerbando condiciones naturales que ya eran adversas” y va a empeorar los problemas en las próximas décadas.

Que los conflictos de origen humano –guerras, grandes desplazamientos– se han duplicado en los últimos veinte años y que provocan crisis alimentarias graves, por la imposibilidad de cultivar y pastorear en ese contexto o, más directamente, porque alguno de los bandos usa la destrucción de cultivos, rebaños y mercados como un arma.

Que la infraestrucura agraria no alcanza: que faltan máquinas, semillas, riego, almacenes, carreteras. Y que muchos gobiernos prefieren ocuparse de las ciudades porque es donde hay poder, dinero, votos.

(Los más osados hablan incluso de la especulación financiera que disparó los precios de los alimentos y de la ineficiencia y corrupción de los gobiernos de esos pobres países pobres.)

Y después hay algo que llaman “trampa de la pobreza”. Textos del PMA la describen someros: “En los países en vías de desarrollo, con frecuencia los campesinos no pueden comprar las semillas para plantar lo que daría de comer a sus familias. Los artesanos no pueden pagar las herramientas que necesitan para sus oficios. Otros no tienen tierra o agua o educación para sentar las bases de un futuro seguro. Los que están golpeados por la pobreza no tienen suficiente dinero para producir comida para ellos y sus familias. Así, tienden a ser más débiles y no pueden producir suficiente para comprar más comida. En síntesis: los pobres tienen hambre y su hambre los atrapa en la pobreza”.

En este relato –en estos relatos oficiales– solo el hambre tiene causas. La pobreza solo tiene efectos.

* * *

Todos los organismos, estudiosos, gobiernos que se interesan por el asunto están de acuerdo en un hecho: hoy la Tierra produce comida más que suficiente para alimentar a todos sus habitantes –y cinco mil millones más.

Y mientras tanto el mundo sigue ahí, tan bruto, tan grosero, tan feo como de costumbre. A veces pienso que todo esto es, antes que nada, un problema estético. Repugna a cualquiera de las formas de la percepción la grosería de personas poseyendo, desperdiciando sin vergüenza lo que otras necesitan a los gritos. Ya no es cuestión de justicia o de ética; es pura estética. La humanidad debería tener por lo que hizo con sí misma esa desazón que tiene el creador cuando da el paso atrás, mira su obra, y ve una porquería. La conozco.

Llevo años escribiendo un libro sobre la fealdad más extrema que puedo concebir. Un libro sobre el asco –que deberíamos tener por lo que hicimos y que, al no tenerlo, deberíamos tener por no tenerlo.

Callado, el asco se acumula, se amontona.

Como el hambre.

Maqueta El Hambre

El hambre, de Martín Caparrós, muy pronto en librerías y tiendas en línea bajo el sello Planeta.