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Confrontación con el pasado y tragedia en cada paso dentro de los “Zapatos italianos” de Henning Mankell

Fredrik Welin, médico retirado, vive solo y alejado del mundo en una isla junto a la costa sueca; pero su reclusión voluntaria se ve perturbada un día por la llegada de un antiguo amor al que abandonó en el pasado. Se trata de Harriet, quien, gravemente enferma, ha venido a pedirle que cumpla una antigua promesa de juventud: llevarla a una laguna del norte del país. Con su presencia, Harriet saca a Fredrik de la apatía en que éste vive sumido y es el detonante para que él se decida a saldar viejas cuentas con su pasado. Entre otras, el terrible secreto que lo alejó de la profesión y por el que decidió huir del mundo, o el conocimiento de Louise, la hija que Harriet tuvo de él y cuya existencia le había ocultado. Los vínculos que se establecen entre padre e hija mientras cuidan de Harriet durante su lento y doloroso final ayudarán a Fredrik, al tiempo que expía su propia culpa, a recuperar la capacidad de vivir sin esconderse de la realidad.

“Zapatos italianos”, de Henning Mankell, es un emocionante relato de un hombre sacudido por la tragedia al que le ha llegado el momento de afrontar su propio pasado.

Disfruta sus primeros párrafos:

“Primera parte: El hielo

Siempre me siento más solo cuando hace frío.

El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo. Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y que lo que hago es preparar mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, con un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?

En realidad, tal vez sea eso lo que espero, que un día haya alguien ahí fuera, una negra sombra que se recorte contra la inmensa blancura que me rodea, que me mire y se pregunte si llegará a tiempo de intervenir antes de que sea demasiado tarde. Pero no necesito que nadie me salve, puesto que no tengo intención de suicidarme.

Hace años, cuando la gran catástrofe, la desesperación y la ira se apoderaban de mí con tal violencia que, en alguna ocasión, sopesé la posibilidad de acabar con mi vida. Pero jamás lo intenté. La cobardía ha sido siempre para mí una fiel compañera. Entonces, como ahora, pensaba que la vida consiste en no cejar. La vida es una frágil rama que se mece sobre un abismo. Y seguiré colgado de ella tanto tiempo como yo mismo resista. Después me precipitaré al fondo, como todos, y no sé qué me espera. ¿Habrá algo sobre lo que caer o no existirá nada más que una oscuridad fría y dura precipitándose hacia mí?”

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El emocionante relato de un hombre sacudido por la tragedia al que le ha llegado el momento de afrontar su propio pasado.

Henning Mankell (1948-2015), máximo exponente de la novela policiaca escandinava

El escritor Henning Mankell padre del afamado detective Kurt Wallander ha cerrado su último desafío: la lucha contra el cáncer a los 67 años de edad. Su esposa Eva Bergman, su hijo Jon Mankell y todos sus lectores lloramos su pérdida.

“Yo nunca me he visto a mí mismo como un escritor de novelas policíacas. Creo que más bien estoy en otra tradición donde se usa el espejo del crimen para examinar a la sociedad, los tiempos y el mundo en el que te tocó vivir. Cuando me preguntan cuál es la mejor novela criminal que he leído, invariablemente respondo: ‘Macbeth’, de Shakespeare. Nadie la calificaría como una historia criminal, pero es precisamente eso, al igual que ‘El corazón de las tinieblas’, de Joseph Conrad. Con esto quiero decir que no acepto incluir ningún tipo de estereotipos en mi trabajo”, comentó Mankell en una entrevista a Martín Solares, Gerente Editorial de Tusquets México.

El gran Henning Mankell, uno de los escritores suecos más reconocidos y seguido por millones de lectores en todo el mundo ha fallecido esta madrugada mientras dormía en Goteburgo. Su obra incluye alrededor de cuarenta novelas y varias obras de teatro.

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Millones de ejemplares de sus libros se han vendido y traducido a diferentes idiomas. La solidaridad y empatía con los más necesitados fue una preocupación central tanto en su obra como en su vida, hasta el final.

A lo largo de sus novelas policiacas dio vida a Kurt Wallander, un comisario que está al frente de un pueblo en donde nunca ocurre nada. Entre tanta quietud aparecen: los asesinos en serie y el crimen trasnacional. Uno de los aspectos dominantes de esta saga son los métodos lentos, metódicos y tortuosos, a través de los cuales el protagonista, un detective distraído, pacifista y por ende muy humano, acompañado de un gran equipo, trata de detener a los culpables mientras pretende armonizar su desastrosa vida privada.

En 2001, junto con Dan Israel, fundó Leopard Förlag, editorial donde ha publicado sus libros. Henning Mankell dividió su tiempo entre Suecia y Mozambique, donde fue director del Teatro Avenida de Maputo.

Tusquets Editores lamenta la muerte de uno de sus autores más queridos y admirados, tanto por su obra como por su compromiso social y humano.

Henning Mankell, nació en Estocolmo, Suecia en 1948. Conocido en todo el mundo por su serie de novelas policiacas protagonizadas por el célebre inspector Kurt Wallander, traducidas a cuarenta y dos idiomas, merecedoras de numerosos galardones (como, en España, el II Premio Pepe Carvalho) y adaptadas al cine y la televisión (entre otros, por el actor Kenneth Branagh). Tusquets Editores ha publicado la serie completa (compuesta por Asesinos sin rostro, Los perros de Riga, La leona blanca, El hombre sonriente, La falsa pista, La quinta mujer, Pisando los talones, Cortafuegos, Antes de que hiele—protagonizada por Linda Wallander, Huesos en el jardín, El hombre inquieto y La pirámide) junto a otras doce obras, entre ellas el thriller titulado El chino. El autor visitó África por primera vez en 1973, el mismo año que publicó su primera novela. Desde entonces, pasó mucho tiempo en el continente africano.

‘La pirámide’, una novela sobre el pasado del detective Kurt Wallander

Al principio, no había más que niebla.

O tal vez un mar denso en el que todo era blanco y mudo. El paisaje de la muerte. Y eso fue precisamente lo que pensó Wallander cuando, muy despacio, comenzó a emerger a la superficie de nuevo: pensó que ya estaba muerto. Había cumplido veintiún años, ni más ni menos. Un joven agente de policía, apenas un adulto. De repente, un extraño se abalanzó sobre él con un cuchillo sin darle tiempo a hacerse a un lado. 

Después, no hubo más que aquella blanca neblina. Y el silencio.

Comenzó a despertar despacio, con la misma lentitud con la que había ido retornando a la vida. Las imágenes giraban imprecisas en su mente. Él intentaba capturarlas como mariposas, pero ellas se le escurrían de modo que tan sólo mediante un gran esfuerzo fue capaz de reconstruir lo que en verdad había sucedido…

***

Wallander tenía el día libre. Era el 3 de junio de 1969 y acababa de acompañar a Mona a uno de los barcos con destino a Dinamarca. Pero no era uno de esos transbordadores modernos de hoy, sino un ejemplar de aquellos fieles servidores trasnochados en los que uno tenía tiempo de ingerir un auténtico almuerzo durante la travesía a Copenhague. Mona iba a visitar a una amiga. Las dos mujeres habían pensado acudir al parque de atracciones Tivoli, pero lo más probable era que dedicasen la mayor parte del tiempo a ir de tiendas. A Wallander le habría gustado acompañarla, puesto que estaba libre, pero ella se había negado: aquel viaje no era para hombres, sino sólo para ella y su amiga.

Así que allí estaba él, observando cómo el barco se alejaba del puerto y terminaba por desaparecer. Mona volvería aquella misma noche y él le había prometido ir a buscarla. Si el buen tiempo se mantenía, podrían dar un paseo nocturno, antes de marcharse al apartamento del barrio de Rosengård donde vivía.

Wallander notó que la sola idea lo llenaba de excitación. Se colocó bien los pantalones y cruzó en diagonal hasta el edificio de la estación, donde compró un paquete de su marca habitual de cigarrillos, John Silver, y, antes de salir del local, ya había encendido uno.

No tenía más planes para aquel día. Era martes y no debía ir a trabajar. Llevaba acumuladas muchas horas extraordinarias, consecuencia sobre todo de las grandes y repetidas manifestaciones contra la guerra de Vietnam, celebradas tanto en Lund como en Malmö, ciudad en la que, además, se habían producido enfrentamientos violentos. A Wallander le desagradaba enormemente aquella situación. En realidad, él no sabía muy bien qué pensar sobre las exigencias de los manifestantes de que las fuerzas militares de Estados Unidos abandonasen Vietnam. De hecho, había intentado hablar de ello con Mona el día anterior, pero ella no tenía otra opinión que la de que «los manifestantes eran, en el fondo, unos alborotadores». Y cuando Wallander, pese a todo, insistió aduciendo que no podía ser justo que la mayor potencia bélica mundial bombardease a un pobre país agrícola de Asia hasta aniquilarlo, o hasta «hacerlo retroceder a la edad de piedra», en palabras de un alto mando militar americano, según él había leído en algún periódico, ella contraatacó asegurando que, ¡sólo faltaba!, que ella no estaba dispuesta a casarse con ningún comunista.

Wallander no supo qué decir y ahí cesó toda discusión sobre el asunto. Pero él sí estaba convencido de que quería casarse con Mona, aquella joven de cabello castaño claro, nariz puntiaguda y barbilla fina que tal vez no fuese la más hermosa de cuantas había conocido, pero que era, sin duda, la mujer a la que él amaba.

Se habían conocido el año anterior. Hasta entonces, Wallander había estado saliendo, durante más de un año, con una joven llamada Helena que trabajaba en una agencia de transportes de la ciudad. De pronto, un buen día, Helena le hizo saber que lo suyo había terminado, que había conocido a otro chico. Wallander se quedó mudo. Después, se encerró a llorar en su apartamento durante todo un fin de semana, loco de celos, para luego, una vez agotada la fuente de sus lágrimas, dirigirse a uno de los pubs de la estación central dispuesto a emborracharse. En el lamentable estado subsiguiente, regresó al apartamento, donde volvió a entregarse al llanto. Ahora se estremecía de dolor cada vez que pasaba ante las puertas del establecimiento: jamás volvería a poner un pie en aquel lugar.

Se sucedieron unos meses muy difíciles en los que el joven Kurt intentó convencer a Helena de que cambiase de opinión; pero ella lo rechazó tajante, y su insistencia llegó a irritarla hasta el punto de que lo amenazó con denunciarlo a la policía. Aquello lo indujo a una retirada que, por extraño que pudiera parecer, tuvo el efecto de ayudarlo a superar lo ocurrido. Helena podía quedarse tranquila con su nuevo novio. Todo aquello había sucedido un viernes.

Pero esa misma noche, Wallander emprendió un viaje al otro lado del estrecho y, durante el regreso de Copenhague, vino a ocupar el asiento contiguo al suyo una chica que se entretenía en hacer punto y que se llamaba Mona.

Wallander atravesó la ciudad dando un paseo, sumido en sus recuerdos y preguntándose qué estarían haciendo Mona y su amiga en aquellos momentos. Y, entonces, empezó a pensar en lo que había sucedido la semana anterior, en cómo las manifestaciones degeneraron en violencia; si no fue la incapacidad de sus propios mandos para valorar correctamente la situación lo que hizo que todo se disparase. Él pertenecía a una unidad de refuerzo improvisada que se mantenía a la expectativa y que no fue requerida hasta que las calles no se hubieron convertido en un puro altercado. Pero su contribución no sirvió más que para extremar el caos.

La única persona con la que Wallander había intentado discutir de política en serio era su propio padre. Tenía el hombre sesenta años de edad y no hacía mucho que había tomado la decisión de trasladarse a Österlen. Era una persona de carácter variable y Wallander nunca estaba seguro de cuál sería la naturaleza de sus reacciones. En especial desde una ocasión en que el padre se había indignado tanto con su hijo que a punto estuvo de retirarle el saludo. Esto sucedió el día en que Wallander, hacía ya algunos años, llegó a casa con la noticia de que pensaba hacerse policía. Su padre se encontraba en el taller, envuelto en el sempiterno olor a pinturas y a café. Al oír sus palabras, le arrojó el pincel que sostenía en la mano y le pidió que se marchase para siempre: él no tenía la menor intención de tolerar a un policía en la familia. Se produjo una acalorada y violenta discusión, pero Wallander no cedió; él sería policía y ningún proyectil en forma de pincel lo haría cambiar de idea. El enfrentamiento cesó de forma repentina, el padre se encerró en un silencio manifiestamente hostil y volvió a ocupar su silla ante el caballete dispuesto a, siguiendo un modelo, dar forma a uno de sus urogallos. En efecto, siempre elegía el mismo motivo para sus cuadros: un paisaje que representaba un bosque cuya única variación consistía en la presencia o la ausencia de un urogallo.

El recuerdo del padre lo hacía fruncir el entrecejo. En el fondo, jamás llegaron a reconciliarse sinceramente, aunque ahora, al menos, podían conversar con normalidad. Wallander solía preguntarse cómo su madre, que había fallecido cuando él estudiaba para policía, había podido soportar a su marido… Su hermana Kristina había sido lo suficientemente sensata como para marcharse de casa en cuanto tuvo oportunidad y se había instalado en Estocolmo.

Habían dado las nueve. Tan sólo una leve brisa discurría por las calles de Malmö. Wallander entró en una cafetería situada junto a los grandes almacenes NK. Pidió un café y un bocadillo, hojeó un ejemplar del diario Arbetet y otro del Sydsvenskan. En ambos periódicos podían leerse cartas al director remitidas por personas que encomiaban o reprobaban la intervención de la policía en las manifestaciones. El joven agente las pasó con premura, pues intuía que su lectura le resultaría poco llevadera. Por otro lado, confiaba en no tener que prestar sus servicios como oponente en las manifestaciones por mucho más tiempo. Él quería ser policía de la brigada judicial. Aquélla había sido su aspiración desde el principio y nunca lo había ocultado. Tan sólo en el plazo de unos meses, comenzaría a trabajar en uno de los grupos responsables de los delitos de violencia contra las personas y otros crímenes menores.

Y, de repente, alguien apareció ante él. Wallander miró hacia arriba con la taza de café en la mano. Era una joven de unos diecisiete años. Llevaba el cabello muy largo, estaba pálida y lo miraba encolerizada. Entonces, la chica se inclinó de modo que el cabello le cubrió la cara al tiempo que señalaba hacia su propia garganta.

Extracto de La pirámide, un caso del detective Kurt Wallander, escrito por Henning Mankell.

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La pirámide, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

‘Cortafuegos’, el posible último caso del detective Kurt Wallander

Presa de un profundo malestar, Kurt Wallander se sentó en el coche estacionado en la calle Mariagatan. Eran poco más de las ocho de la mañana del 6 de octubre de 1997. Mientras se alejaba de la ciudad se preguntaba por qué no habría declinado aquella invitación. En efecto, pese al rechazo profundo e intenso que sentía por los funerales, aquella mañana se encontraba camino de uno. Dado que había salido con tiempo, decidió no tomar la carretera que lo conduciría directamente a Malmo. Por el contrario, se desvió para tomar la de la costa, en dirección a Svarte y Trelleborg. A su izquierda, vislumbraba el mar. Un transbordador arribaba al puerto en aquel momento.

Calculó que aquel era el cuarto funeral al que acudía en siete años. El primero había sido el de su colega Rydberg, que había fallecido víctima de un cáncer, tras un largo y doloroso periodo de convalecencia, durante el cual Wallander lo visitó a menudo en el hospital en el que estuvo ingresado hasta consumirse. La muerte de Rydberg había constituido un fuerte golpe en su vida personal, pues era él quien lo había convertido en un policía de verdad. De hecho, le había enseñado a formular las preguntas adecuadas y, gracias a él, había llegado a dominar de forma gradual el difícil arte de interpretar el escenario de un crimen. Antes de comenzar a trabajar con Rydberg, Wallander había sido un policía más bien mediocre y no fue hasta mucho después de la muerte de Rydberg cuando comprendió que no sólo poseía energía y perseverancia, sino también no poca pericia. Así, pese a los años transcurridos, seguía manteniendo con cierta frecuencia una silenciosa conversación interior con el colega, siempre que se enfrentaba a una investigación compleja y dudaba sobre el giro que habría de dar el curso de la misma. Echaba en falta a Rydberg casi a diario, consciente de que aquella añoranza jamás se extinguiría.

Después de Rydberg falleció, de forma repentina, su propio padre, de un ataque de apoplejía que acabó con él en su taller de Löderup hacía ya tres años. A veces, Wallander se sorprendía a sí mismo pensando en lo inexplicable del hecho de que su padre ya no estuviese allí, rodeado de sus cuadros y envuelto en aquel sempiterno aroma a disolvente y a pintura. Tras su muerte, la casa de Löderup se había vendido. Wallander había pasado ante el inmueble en varias ocasiones, aunque nunca había llegado a detenerse. Ahora eran ya otras las personas que lo habitaban. También visitaba su tumba de vez en cuando, aunque siempre con una sensación, vaga e imprecisa, de remordimiento de conciencia. Sabía que el tiempo transcurrido entre una visita y la siguiente era cada vez mayor y advertía que, a medida que pasaban los años, le costaba más rememorar el rostro del anciano.

Un hombre muerto terminaba por ser un hombre que jamás había existido.

Extracto de Cortafuegos, una novela de la serie del detective Kurt Wallander, escrita por Henning Mankell.

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Cortafuegos, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

‘Pisando los talones’, uno de los casos más complejos del detective Kurt Wallander

El miércoles 7 de agosto de 1996, Kurt Wallander estuvo a punto de morir en un accidente de tráfico al este de Ystad.

Sucedió poco después de las seis de la madrugada. Acababa de cruzar Nybrostrand, en dirección a Osterlen, cuando de repente vio surgir delante de su Peugeot un camión que venía directo hacia él. Cuando oyó el claxon del camión, dio un volantazo y se salió al arcén. En ese momento lo atenazó el miedo. El corazón empezó a latirle bajo el pecho, y luego sintió tal mareo, tal vértigo, que creyó que iba a desmayarse. Durante un buen rato mantuvo las manos aferradas al volante de forma compulsiva.

Una vez que hubo recuperado la calma, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Se había dormido al volante. Sólo había dado una cabezada, apenas duró una fracción de segundo, pero fue suficiente para que su viejo vehículo invadiera, haciendo eses, el carril opuesto.

Un segundo más y ahora estaría muerto, aplastado bajo el peso del camión. 

La idea lo dejó helado por un momento. Lo único que le venía a la cabeza era aquella ocasión, hacía ya algunos años, en que le faltó poco para chocar contra un alce a las afueras de Tingsryd.

Pero entonces había niebla y estaba oscuro. En cambio, esta vez se había dormido al volante.

El cansancio.

No lo comprendía. Le había sobrevenido sin previo aviso, poco antes de marcharse de vacaciones, a principios de junio. Precisamente este año había decidido tomarse el descanso a comienzos del verano. Pero la lluvia le había amargado las vacaciones. Hasta que no se hubo incorporado al trabajo, poco después de San Juan, no llegó el buen tiempo a Escania.

Desde entonces, el cansancio ya no le había abandonado. Era capaz de quedarse dormido sentado en una silla. Incluso después de una larga noche de sueño ininterrumpido, tenía que hacer un esfuerzo para levantarse de la cama. Con frecuencia, cuando iba al volante, se veía obligado a pararse un rato en el arcén para echar una cabezada.

No comprendía aquel cansancio. Su hija Linda le había preguntado al respecto durante la semana de vacaciones que habían pasado juntos y en la que habían paseado en coche por Gotland. Fue una de las últimas noches, y estaban alojados en una pensión de Burgsvik. Había hecho una tarde magnífica. Habían pasado el día deambulando por el extremo sur de Gotland y, antes de regresar a la pensión, cenaron en una pizzería.

Linda le preguntó por qué estaba tan agotado. Kurt contempló el rostro de su hija, iluminado por la luz del candil, y comprendió que ella había meditado bien la pregunta. Sin embargo, le contestó con evasivas, le dijo que no le pasaba nada, que era muy normal que dedicase parte de sus vacaciones a intentar recuperar las horas robadas al sueño. Linda no insistió, pero él notó que no quedaba muy convencida.

Extracto de Pisando los talones, una novela de Henning Mankell protagonizada por el detective Kurt Wallander.

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Pisando los talones, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

‘La falsa pista’, una novela de Henning Mankell sobre un brutal asesino en serie

Poco antes del alba, Pedro Santana se despertó por el humo que había empezado a despedir el candil de petróleo. Al abrir los ojos, no sabía dónde se encontraba. Había sido arrebatado de un sueño que no quería dejar escapar. Se trataba de un viaje por un extraño paisaje rocoso en el que el aire era ligero, y tenía la sensación de que todos sus recuerdos estaban a punto de desvanecerse. El candil humeante había penetrado en su conciencia como un olor lejano a ceniza volcánica. Pero de pronto algo más había hecho su aparición: el jadeo de una persona que sufría. Y entonces el sueño se había interrumpido, obligándolo a volver a la habitación oscura en la que ya llevaba seis días y seis noches sin dormir más que unos minutos a ratos.

El candil se había apagado. A su alrededor reinaba la oscuridad. Estaba sentado, inmóvil. La noche era muy cálida. El sudor era pegajoso bajo su camisa. Se dio cuenta de que olía mal. Hacía mucho tiempo que no tenía fuerzas para lavarse. Luego volvió a oír el jadeo. Se levantó cuidadosamente del suelo de tierra y buscó a tientas el bidón de plástico de petróleo que sabía que estaba junto a la puerta. Debía de haber llovido mientras dormía, pensó al buscar el camino en la oscuridad. El suelo estaba húmedo bajo sus pies. En la lejanía oyó cantar un gallo. Sabía que era el gallo de Ramírez. De todos los gallos del pueblo era siempre el primero en cantar antes del alba. Ese gallo era como una persona impaciente, una persona de las que vivían en la ciudad, de las que siempre estaban tan atareadas que nunca tenían tiempo de ocuparse de otra cosa que no fuera su propia prisa. No era como aquí, en el pueblo, donde todo transcurría tan lentamente como la propia vida. ¿Por qué tenían que correr las personas cuando las plantas de las que se alimentaban crecían tan despacio?

Tocó con una mano el bidón del petróleo. Sacó el trozo de tela que taponaba la abertura y se volvió. Los jadeos que le rodeaban en la oscuridad se hacían cada vez mas irregulares. Encontró el candil, quitó el tapón y vertió el petróleo con cuidado. Al mismo tiempo intentó recordar dónde había puesto las cerillas. La caja estaba casi vacía, eso sí que lo recordaba. Pero aún debían de quedar dos o tres. Dejó el bidón de plástico y buscó por el suelo. Casi enseguida su mano topó con la caja de cerillas. Encendió una, levantó la pantalla
y vio cómo la mecha empezaba a arder.

Luego se dio la vuelta. Lo hizo con gran angustia, ya que no quería ver lo que le esperaba. La mujer que yacía en la cama junto a la pared estaba a punto de morir. Ahora sabía que era cierto, si bien durante mucho tiempo había intentado convencerse de que la crisis pronto pasaría. Su último intento de escapar fue en el sueño. Ahora ya no le quedaban posibilidades de huir. Una persona nunca podía eludir la muerte. Ni la de uno mismo, ni la que le aguardaba a un ser querido.

Se puso de cuclillas junto a la cama. El candil de petróleo proyectaba sombras temblorosas sobre las paredes. Miró su rostro. Todavía era joven. A pesar de tener la cara pálida y hundida, aún era hermosa. «Lo último que abandona a mi esposa es su belleza», pensó, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Le tocó la frente. La fiebre había subido de nuevo.

Echó una mirada por la ventana rota, que estaba cubierta con un trozo de cartón. Aún no había amanecido. El gallo de Ramírez era todavía el único que cantaba. «Que se haga de día», pensó. «Se morirá durante la noche. No de día. Que tenga fuerzas para respirar hasta el alba. Entonces no me dejará solo.»

De repente abrió los ojos. Le tomó la mano e intentó sonreír.

—¿Dónde está la niña? —preguntó con una voz tan débil que apenas pudo entender sus palabras.

—Está durmiendo en casa de mi hermana y su familia —contestó—. Es mejor así.

Su respuesta pareció tranquilizarla.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

—Muchas horas.

—¿Has estado aquí todo el tiempo? Tienes que descansar. Dentro de unos días ya no tendré que estar echada.

—He dormido —contestó él—. Pronto estarás bien otra vez.

Se preguntó si ella se daba cuenta de que mentía. Se preguntó si sabía que nunca más se levantaría de la cama. ¿Estaban mintiéndose los dos en su desesperación, para hacer más llevadero lo inevitable?

—Estoy muy cansada —dijo.

—Tienes que dormir para ponerte bien —añadió volviendo la cabeza para que no viera lo que le costaba dominarse.

Poco después, la primera luz del alba penetró en la casa. Ella estaba de nuevo inconsciente. Él permaneció sentado en el suelo junto a su cama. Estaba tan cansado que ya no podía tratar de ordenar sus pensamientos. Se movían libremente en su cabeza sin que él pudiera controlarlos.

Extracto de La falsa pista, un nuevo caso del detective Kurt Wallander, escrito por Henning Mankell.

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La falsa pista, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Un inquietante caso en el que la investigación sobre el suicidio de una joven y la aparición de un asesino en serie llevará al inspector Wallander hasta las altas esferas de la política.

‘El hombre sonriente’, un escalofriante caso para el detective Kurt Wallander

«La niebla», pensaba.

«Es como un depredador furtivo y silencioso. Jamás lograré habituarme a ella, pese a que toda mi vida ha transcurrido en Escania, donde las personas aparecen constantemente envueltas en
su manto invisible.»

***

Eran las nueve de la noche del 11 de octubre de 1993.

La bruma se había precipitado veloz, como un torbellino, procedente del mar. Él iba al volante, de regreso a la ciudad de Ystad, donde residía. Su vehículo hendió la blancura brumosa apenas hubo dejado atrás las laderas de Brösarp.

Una intensa sensación de temor lo invadió al punto.

«Me asusta la niebla», admitió para sí. «Cuando más bien debería temer al hombre al que acabo de visitar en el castillo de Farnholm. Ese hombre de aspecto amable cuyos terribles colaboradores andan siempre apostados tras él, los rostros bañados en sombras. En él debería estar pensando; y en lo que ya sé que se esconde tras su afable sonrisa y su halo de integridad, de ciudadano que se halla por encima de toda sospecha. Él debería infundirme temor, y no la niebla que se adentra despaciosa desde el golfo de Hanö. Él, de quien ahora sé que no duda en matar a quienes entorpecen sus planes.»

Puso en marcha los limpiaparabrisas a fin de eliminar la humedad condensada sobre la luna delantera. No le gustaba conducir en la oscuridad de la noche, pues los reflejos de las farolas sobre el asfalto le impedían distinguir con claridad las liebres que, en precipitada carrera, se cruzaban ante el vehículo.

Tan sólo una vez, en toda su vida, había atropellado a uno de esos animales, hacía ya más de treinta años. Fue una tarde de primavera en que se dirigía a Tomelilla. Aún era capaz de rememorar la violenta presión inútil del pie sobre el pedal del freno que precedió a la colisión del blando cuerpo contra la chapa. El animal había quedado atrás, tendido sobre el piso en nerviosa agitación de sus extremidades inferiores; las superiores, paralizadas, los ojos observándolo fijamente. Se obligó a buscar por el arcén hasta hallar una piedra que, con los ojos cerrados, estrelló contra la cabeza de la liebre. Acto seguido, se apresuró a regresar al coche, sin mirar a su alrededor.

Nunca pudo olvidar la mirada de la víctima, ni el pataleo compulsivo de sus patas traseras. Un recuerdo del que jamás había logrado deshacerse y que, recurrente, le asaltaba la memoria cuando menos lo esperaba.

Extracto de El hombre sonriente, una novela negra protagonizada por el detective Kurt Wallander, escrita por Henning Mankell.

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El hombre sonriente, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

‘La leona blanca’, un perturbadora novela de la saga Wallander

La corredora de fincas Louise Åkerblom salió del banco Sparbanken de Skurup poco después de las tres de la tarde del viernes, 24 de abril. Se detuvo unos instantes en medio de la acera e inspiró profundamente el aire fresco, mientras pensaba qué iba a hacer. Lo que más le apetecía era dar ya por concluida la jornada laboral y dirigirse en automóvil hasta su casa en Ystad. Por otro lado, le había prometido a una viuda que la llamó por la mañana que se pasaría a ver una casa que la señora tenía intención de poner en venta. Intentaba calcular cuánto tiempo le llevaría la visita. «Una hora más o menos», se dijo, «seguro que no más de una hora». Además, tenía que ir a comprar pan. En condiciones normales, era su marido, Robert, quien se encargaba de hornear todo el pan que necesitaban; pero precisamente aquella semana el hombre no había tenido tiempo, así que Louise cruzó la plaza y giró a la izquierda hacia la panadería. Un timbre anticuado tintineó cuando abrió la puerta. Era la única cliente y la dependienta, Elsa Person, recordaría más tarde su aparente buen humor y sus comentarios acerca de lo agradable que era el que la primavera se hubiese decidido a llegar por fin.

Compró pan de centeno y se le ocurrió dar una sorpresa a la familia con unos bollos de merengue y caramelo para el postre. Hecho esto, regresó al banco, en cuyo aparcamiento, situado a la espalda del edificio, había dejado el coche. Se cruzó por el camino con la joven pareja de Malmö que acababa de comprarle una casa y que había estado en el banco hasta entonces, concretando los detalles de la compra, pagando al vendedor y firmando el contrato de compraventa y la hipoteca. Se alegraba con ellos por la sensación de ser dueños de su propia vivienda, aunque al mismo tiempo le preocupaba el que quizá no pudiesen satisfacer los pagos. Eran tiempos difíciles en los que casi nadie podía sentirse seguro en su puesto laboral. ¿Qué ocurriría si él se quedaba sin trabajo? Con todo, ella se había tomado la molestia de realizar un análisis exhaustivo de la economía de los dos jóvenes. A diferencia de otras muchas personas de su edad, ellos no se habían cargado de insensatas deudas contraídas por el uso inmoderado de las tarjetas de crédito. Por otro lado, la joven esposa parecía ser de esa clase de mujeres ahorrativas, así que no les costaría sacar adelante su crédito hipotecario. En caso contrario, podía llegar el día en que viese la casa puesta en venta otra vez. Quizás incluso ella misma, o quién sabe si Robert, fuesen los encargados de venderla de nuevo, ya que no habían sido pocas las ocasiones en que, en el transcurso de unos cuantos años, había vendido la misma casa dos y hasta tres veces.

Abrió el coche y marcó el número de la oficina de Ystad desde el teléfono del automóvil, pero Robert ya se había marchado a casa. Escuchó su voz en la grabación del contestador automático, en la que se informaba de que la Agencia Inmobiliaria Åkerblom había cerrado hasta el lunes a las ocho de la mañana.

Al principio se sorprendió de que Robert se hubiese ido a casa tan pronto, pero recordó enseguida que tenía una cita con el contable justamente aquella tarde. «Hasta luego, voy a ver una casa en Krageholm, después saldré para Ystad. Son las tres y cuarto, así que estaré en casa para las cinco.» Una vez grabado el mensaje, volvió a colocar el teléfono en su soporte. Era posible que Robert regresase a la oficina después de la reunión con el contable.

Echó mano de una carpeta de plástico que había en el asiento del acompañante y sacó un plano que ella misma había garabateado siguiendo las instrucciones de la viuda. La casa se encontraba en un desvío entre Krageholm y Vollsjö. Le llevaría poco más de una hora llegar hasta allí, inspeccionar la casa y la parcela, y regresar a Ystad.

Sin embargo, empezó a dudar de su decisión. «La inspección puede esperar», pensó. «Mejor me voy a casa por la carretera de la costa y me paro un rato a contemplar el mar. Al fin y al cabo, ya he vendido una casa hoy, así que ya está bien.»

Mientras tarareaba un salmo, puso en marcha el motor del coche y se disponía a salir de Skurup cuando, a punto de girar hacia la calle de Trelleborgsvägen, volvió a cambiar de parecer. Cayó en la cuenta de que ni el lunes ni el martes tendría tiempo de inspeccionar la casa de la viuda, que tal vez quedase decepcionada y encomendase la venta de su casa a otra inmobiliaria, un lujo que no podían permitirse. Eran tiempos bien difíciles, en que la competencia resultaba cada día más dura. En realidad, nadie podía permitirse dejar escapar un objeto de venta, a menos que fuese evidente que sería imposible deshacerse de él.

Lanzó, pues, un suspiro y torció hacia el lado contrario: la carretera de la costa y el mar tendrían que esperar. Miraba el plano de vez en cuando, y pensó que la semana siguiente compraría una pinza sujetapapeles, para no tener que estar girando la cabeza cada vez que quisiera asegurarse de que no se había equivocado de camino. La casa de la viuda no parecía muy difícil de localizar y, pese a que nunca antes había pasado por el desvío que la dueña del inmueble le había mencionado, conocía la zona con los ojos cerrados, pues el año siguiente haría diez desde que ella y Robert abrieron la inmobiliaria.

«¡Vaya!», se sorprendió. «Diez años ya.» El tiempo había pasado muy rápido, demasiado. Durante esos diez años había tenido dos hijos y había trabajado con Robert con denuedo y ahínco para establecer la inmobiliaria. Era consciente de que habían empezado en un buen momento para poner en marcha ese tipo de negocio. De haberlo intentado hoy, jamás habrían logrado ganarse un lugar en el mercado. Por tanto, debería sentirse satisfecha, ya que Dios había sido generoso con ella y con su familia. Decidió que hablaría de nuevo con Robert sobre la posibilidad de aumentar sus donativos a la asociación benéfica infantil. Él se mostraría reticente, claro, pues pensaba más que ella en el dinero, pero al final lograría convencerlo, como siempre.

De repente, se dio cuenta de que se había equivocado de carretera y detuvo el vehículo. Las reflexiones sobre la familia y los diez últimos años la habían hecho saltarse el primer desvío. Sonrió moviendo la cabeza al tiempo que prestaba atención al camino antes de dar la vuelta y retroceder por la misma carretera por la que había llegado.

Pensó que Escania era una región hermosa, hermosa y abierta, aunque también llena de misterio. Todo aquello que, a primera vista, parecía plano, podía transformarse de pronto en profundas hondonadas donde las casas y las granjas quedaban incomunicadas como islas. Nunca dejaban de sorprenderla las variaciones radicales del paisaje cuando viajaba por la región para inspeccionar viviendas o para mostrarlas a posibles compradores.

Justo después de haber pasado Erikslund, se detuvo en el arcén para consultar la descripción de la viuda y comprobó que iba por buen camino. Giró a la izquierda con la esperanza de divisar cuanto antes el hermoso trayecto que conducía hasta Krageholm. Era una carretera ondulante que serpenteaba con suavidad hacia el bosque de Krageholm, donde el lago centelleaba abrazado por la fronda. Había hecho aquel trayecto en multitud de ocasiones, pero no se cansaba de verlo.

Después de haber recorrido unos siete kilómetros, empezó a buscar el último desvío. La viuda lo había descrito como un acceso sin asfaltar para tractores, pero fácil de transitar. Cuando llegó a la altura del desvío, aminoró la marcha y giró a la derecha. Se suponía que la casa se encontraría en el lado izquierdo, a un kilómetro más o menos.

Extracto de La leona blanca, un caso del detective Kurt Wallander, escrito por Henning Mankell.

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La leona blanca, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Una de las novelas políticamente más comprometidas de Henning Mankell.

‘Los perros de Riga’, la segunda novela de la saga del detective Kurt Wallander

Por la mañana, poco después de las diez, llegó la nevada.

El timonel del barco de pesca masculló una maldición. Había oído por la radio que se preparaba una tormenta de nieve, pero albergaba la esperanza de llegar a la costa sueca antes de que aquélla comenzase. Si la noche anterior no le hubiesen hecho perder el tiempo en Hiddensee, ya habría divisado Ystad y habría podido virar el rumbo unos cuantos grados al este. Todavía le quedaban siete millas de navegación, y si la tormenta de nieve arreciaba tendría que detener la embarcación hasta que escampara.

Volvió a maldecir su suerte. «La avaricia rompe el saco», se dijo para sus adentros. «Debería haber hecho lo que pensé en otoño: comprar un nuevo radar. Ya no puedo fiarme de mi viejo Decca. Tenía que haber comprado uno de los modelos americanos. Esto me pasa por avaro.»

No había querido comprárselo a los alemanes del Este porque temía que le engañaran.

Todavía le costaba asimilar que Alemania del Este había dejado de existir como tal. Que toda una nación, la de los alemanes orientales, había desaparecido. En el curso de una noche, la historia barrió las viejas fronteras. Ahora sólo había una Alemania, y nadie sabía qué iba a deparar la vida diaria de las dos naciones juntas. Al principio, con la caída del muro, se sintió preocupado, porque no sabía si ese gran cambio afectaría a su trabajo. Sin embargo, un colega de operaciones en Alemania del Este le tranquilizó: nada iba a cambiar en un futuro inmediato; lo ocurrido incluso podía crear nuevas posibilidades de negocio.

La nevada era cada vez más intensa y el viento había virado a sur sudoeste. Encendió un cigarrillo y se sirvió café en un tazón que descansaba en un soporte especial al lado de la brújula. El calor que se respiraba en la cabina le hacía sudar, y el olor a gasóleo le picaba en la nariz. Echó una ojeada a la sala de máquinas, y vio que del estrecho camastro sobresalía el pie de Jakobson. Le salía el dedo gordo por un agujero del grueso calcetín. «Mejor que siga durmiendo», pensó. «Si hay que detenerse tendrá que relevarme para que yo pueda descansar unas horas.» Probó el café ya tibio y sus pensamientos volvieron a la noche anterior. Durante más de cinco horas se habían visto obligados a esperar en el pequeño y desmantelado puerto del lado oeste de Hiddensee, hasta que, entrada la noche, llegó un ruidoso camión para recoger la mercancía. Weber afirmó que el retraso se había debido a una avería del camión, y puede que fuera verdad. El viejo camión era un vehículo militar soviético mil veces reparado, y lo cierto es que a veces se asombraba de que todavía fuera manejable. Aun así, desconfiaba de Weber. Pese a que nunca le había engañado, estaba decidido de una vez por todas a ser más precavido con él. Sentía que era una precaución necesaria. A pesar de todo, en cada viaje que realizaba transportaba objetos de gran valor para los alemanes
del Este: una treintena de ordenadores completos, cientos de teléfonos móviles y otros tantos equipos de música para coches. Cada viaje le hacía responsable de sumas millonarias. Si le cogían in fraganti le caería una buena condena, y no podría contar con la ayuda de Weber. En el mundo en el que vivía sólo se podía contar con uno mismo.

Controló el rumbo en la brújula y lo corrigió dos grados hacia el norte. La corredera indicaba que mantenía fijamente los ocho nudos. Todavía faltaban algo más de seis millas y media para divisar la costa sueca y virar hacia Brantevik. Aún podía ver las olas de color gris azulado ante él, pero la tormenta de nieve parecía ir en aumento.

«Cinco viajes más», pensó. «Y luego se acabó. Entonces tendré mi dinero y podré marcharme lejos de aquí.» Encendió otro cigarrillo y sonrió. Pronto alcanzaría su meta. Lo dejaría todo atrás y se embarcaría en un largo viaje a Porto Santos, donde abriría su propio bar. No tendría que seguir congelándose en esa cabina agrietada, traspasada por las corrientes de aire, mientras Jakobson roncaba en el camastro de abajo en la sala de máquinas. No sabía lo que le depararía la nueva vida que estaba tan cerca de emprender, y sin embargo, la anhelaba.

De pronto, la nevada terminó tan deprisa como había empezado. Al principio le costó creer en la suerte que había tenido, pero enseguida se dio cuenta de que los copos ya no relucían ante sus ojos. «Quizá pueda llegar a tiempo», pensó. «Quizá la tormenta se vaya hacia el sur, hacia Dinamarca.»

Se sirvió más café y empezó a silbar en su soledad. En una de las paredes de la cabina colgaba la bolsa con el dinero: treinta mil coronas, que le acercaban cada vez más a Porto Santos, la pequeña isla próxima a Madeira, el paraíso desconocido que estaba aguardándole… 

Justo cuando iba a tomar un sorbo de café, descubrió el bote. Si la nevada no hubiese parado tan repentinamente, no lo habría visto. Pero ahí estaba, balanceándose sobre las olas a unos cincuenta metros a babor. Era un bote salvavidas de color rojo. Limpió el vaho del cristal con la manga de la chaqueta y entornó los ojos para fijar la vista en el bote. «Está vacío», pensó. «Se le habrá soltado a algún barco. » Giró el timón y redujo la velocidad. Jakobson se despertó sobresaltado por el cambio del sonido del motor. Asomó su cara barbuda desde la sala de máquinas.

–¿Ya hemos llegado? –preguntó.

–Hay un bote a babor –dijo Holmgren desde el timón–. Podríamos subirlo a bordo. Valdrá unos cuantos billetes de mil. Mantén el rumbo, que yo cogeré el bichero.

Jakobson se puso al timón mientras Holmgren se calaba el gorro por encima de las orejas y dejaba la cabina de mando. El fuerte viento le cortaba la cara y, para contrarrestar el movimiento de las olas, se aguantaba en la barandilla. El bote se iba acercando poco a poco. Empezó a desatar el bichero, que estaba sujeto entre el techo de la cabina de mando y el cabrestante. Los dedos se le quedaron agarrotados mientras tiraba de los nudos helados. Por fin pudo soltar el bichero y miró hacia el bote.

Entonces tuvo un sobresalto. La pequeña embarcación, situada ya a pocos metros del casco del barco, no estaba vacía, sino que su interior albergaba dos cadáveres humanos. Jakobson le gritó algo ininteligible desde la cabina de mando: él también había visto el contenido del bote.

Extracto de Los perros de Riga, la segunda novela de la saga del detective Kurt Wallander, creada por Henning Mankell.

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Los perros de Riga, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Kurt Wallander resolverá un horrible crimen y descubrirá un nuevo amor en la turbulenta Letonia de la transición del comunismo a la democracia.

‘Asesinos sin rostro’, el inicio de la saga de del detective Kurt Wallander, escrita por Henning Mankell

Al despertarse tiene la certeza de que ha olvidado algo. Algo que ha soñado durante la noche. Algo que debe recordar. Lo intenta. Pero el sueño parece un agujero negro. Un pozo que no revela nada de su contenido.

«Al menos no he soñado con los toros», piensa. «De haberlo hecho, estaría empapado como si hubiera sudado de fiebre durante la noche. Esta noche los toros me han dejado en paz.»

Permanece quieto en la cama, a oscuras, escuchando. La respiración de su esposa es tan débil que casi resulta imperceptible. 

«Cualquier mañana yacerá muerta a mi lado, sin que yo me haya dado cuenta», piensa. «O yo. Uno de los dos morirá antes que el otro. Cualquier amanecer supondrá que uno de los dos se ha quedado solo.»

Mira el reloj que hay en la mesilla de noche. Las agujas brillan y señalan las cinco menos cuarto.

«¿Por qué me he despertado?», piensa. «Siempre duermo hasta las cinco y media. Así ha sido durante más de cuarenta años. ¿Por qué me he despertado ahora?»

Escucha en la oscuridad y de pronto descubre que está completamente despierto.

Hay algo diferente. Algo que ha dejado de ser como era.

Busca a tientas, cuidadosamente, la cara de su esposa. Con las yemas de los dedos nota su calor. O sea que no es ella quien ha muerto. Aún no se ha quedado solo ninguno de los dos. 

Escucha en la oscuridad.

«La yegua», piensa. «No relincha. Por eso me he despertado. Suele relinchar por la noche. La oigo sin despertarme y en mi subconsciente sé que puedo seguir durmiendo.»

Con mucho cuidado se levanta de la chirriante cama. La han usado durante cuarenta años. Fue el único mueble que compraron al casarse y será la única cama que tendrán en su vida.

Cuando va hacia la ventana por el suelo de madera, siente dolor en la rodilla izquierda. 

«Estoy viejo», piensa. «Viejo y gastado. Todas las mañanas al despertarme me sorprende constatar que ya tengo setenta años.»

Contempla la noche invernal. Es el 8 de enero de 1990 y aún no ha nevado en Escania. La lámpara exterior de la puerta de la cocina vierte su luminosidad en el jardín, sobre el castaño sin hojas y los campos lejanos. Con los ojos entornados mira hacia la granja de sus vecinos, los Lövgren. La casa blanca, baja y alargada está a oscuras. En la cuadra, situada perpendicularmente a la vivienda, hay una tenue luz amarilla encima de la puerta negra. Allí está la yegua en su
box y allí, por las noches, inesperadamente, suele relinchar de angustia.

Escucha en la oscuridad.

Detrás de él, la cama rechina.

—¿Qué haces? —murmura su esposa.

—Duerme, duerme —le contesta—. Estoy estirando un poco
las piernas.

—¿Te duelen?

—No.

—¡Pues duerme! No vaya a ser que te resfríes.

Oye cómo su mujer se da la vuelta en la cama.

«Una vez nos amamos», piensa. Pero rehúye su propio pensamiento. «Es una palabra demasiado bonita. Amar. No es para gente como nosotros. Un hombre que ha sido granjero durante más de cuarenta años y que se ha doblegado sobre el espeso barro de Escania no usa la palabra amar cuando habla de su esposa. En nuestra vida el amor ha sido algo muy distinto…»

Observa la casa de sus vecinos, aguza la vista, intenta atravesar la oscuridad de la noche invernal.

«Relincha», piensa. «Relincha en tu box para que sepa que todo está como de costumbre. Para que pueda meterme bajo el edredón un ratito más. El día de un granjero jubilado y baldado ya es bastante largo y aburrido.»

De pronto descubre que se ha quedado mirando la ventana de la cocina de sus vecinos. Nota algo diferente. A lo largo de todos estos años ha echado de vez en cuando una mirada a esa ventana y ahora hay algo que de repente parece distinto. ¿O es la oscuridad lo que lo confunde? Cierra los ojos y cuenta hasta veinte para descansar la vista. Después mira la ventana otra vez y está seguro de que está abierta. Esa ventana siempre ha estado cerrada por las noches. Y la
yegua no ha relinchado…

La yegua no ha relinchado. El viejo Lövgren no ha dado su habitual paseo nocturno hasta la cuadra, cuando la próstata se deja sentir y lo saca del calor de la cama…

«Son imaginaciones mías», se dice. «Veo borroso. Todo está igual. ¿Qué podría ocurrir aquí, en este pequeño pueblo de Lenarp, un poco al norte de Kadesjö, camino del precioso lago de Krageholm, en el corazón de Escania? Aquí no pasa nada. El tiempo se ha parado en este pequeño pueblo, donde la vida fluye como un riachuelo sin energía ni voluntad. Sólo hay unos cuantos granjeros viejos que han vendido o arrendado sus tierras a otros. Aquí vivimos a la espera de
lo inevitable…»

Vuelve a mirar hacia la ventana de la cocina y piensa que ni Maria ni Johannes Lövgren se olvidarían de cerrarla. Con la edad, el temor se mete en el cuerpo y cada vez se ponen más cerraduras; nadie olvida cerrar una ventana antes de que caiga la noche. Envejecer es preocuparse. Los temores de la infancia vuelven cuando uno se hace mayor…

Extracto de Asesinos sin rostro, la primera novela de la saga del detective Kurt Wallander, escrita por Henning Mankell.

Asesinos sin rostro portada

Asesinos sin rostro, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.