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‘El invierno del lobo’, la nueva historia de suspenso de John Connolly

El lobo era un macho joven, solo y dolorido. Le sobresalían las costillas bajo el pelaje de color pardo herrumbre, y se aproximaba al pueblo cojeando. Aquel invierno, su manada había sido aniquilada a orillas del río San Lorenzo, pero para entonces ya se había adueñado de él el impulso de vagar, y cuando llegaron los cazadores, acababa de iniciar la marcha hacia el sur. La suya no era una manada muy numerosa: una docena de animales en total, guiados por la hembra alfa, que era su madre. Ahora todos habían muerto. Para eludir la matanza, él había atravesado el río por encima del hielo invernal, encogiéndose al oír las detonaciones. Cuando se acercaba a la línea divisorio de Maine, se cruzó con un segundo grupo de hombres, menor que el anterior, y recibió el impacto de bala de un cazador en la pata delantera izquierda. Había mantenido la herida limpia, y no se le había infectado, pero tenía dañado algún nervio y ya nunca sería tan fuerte o rápido como antes. Tarde o temprano esa herida le causaría la muerte. Le obligaba a ir más despacio, y al final los animales lentos siempre se convertían en presas. De hecho, era asombroso que hubiese llegado tan lejos, pero algo -una especie de locura- lo había impulsado a seguir hacia el sur, hacia el sur.

Se acercaba ya la primavera y pronto se iniciaría el lento deshielo. Si conseguía sobrevivir lo que quedaba de invierno, el alimento empezaría a ser más abundante. Por ahora se veía reducido a la condición de carroñero. Estaba al borde de la inanición, pero esa tarde había detectado el olor de un ciervo joven, y su rastro lo había llevado hasta las afueras del pueblo.

Olía el miedo y la confusión del otro animal. Era vulnerable. Si lograba acercarse lo suficiente a él, quizá le quedaran aún las fuerzas y la velocidad necesarias para abatirlo.

El lobo husmeó el aire y captó un movimiento entre los árboles a su derecha. El ciervo permanecía inmóvil entre unas matas, con la cola en alto en señal de alarma y angustia, pero el lobo intuyó que no era él la causa de ese malestar. Volvió a olfatear el aire. Metió el rabo entre las patas y retrocedió con las orejas pegadas a la cabeza. Se le dilataron las pupilas y enseñó los dientes.

El miedo unió por un momento a los dos animales, el depredador y la presa. A continuación se separaron: el lobo se dirigió hacia el este, el ciervo hacia el oeste. El lobo no pensaba ya en el hambre ni en la comida. Únicamente sentía la necesidad de correr.

Pero estaba herido y cansado, y el invierno aún pesaba sobre él.

Extracto de El invierno del lobo,  un caso más para el detective Charlie Parker, escrito por John Connolly.

el invierno del lobo portada

El invierno del lobo, de John Connolly, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.