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Grandes descubrimientos que surgieron en momentos de ocio: Isaac Newton y la gravedad

Todos conocen la historia de la manzana de Newton. La teoría de la gravedad es, en la actualidad, el principio científico más básico.  Sin embargo, en la época de Newton la noción de gravedad en cuanto fuerza fundamental del universo resultaba extraña. De hecho, para la mayoría de las personas de aquel entonces, las fuerzas invisibles que actuaban sobre las cosas a distancia eran o demoníacas o divinas.

Para el mismo Newton resultó difícil aceptar la realidad de la acción a distancia. En rigor, desalentó a otros que procuraban indagar en la causa verdadera de la gravedad y los instó, en cambio, a que sólo se concentraran en el hecho de que sus propios cálculos y experimentos funcionaban correctamente, sin intentar saber por qué.

Visto a través de la lente de nuestra cultura contemporánea de la administración del tiempo, sentarse en el jardín y entregarse a una “actitud contemplativa” es una total pérdida de tiempo. Semejante (falta de) actividad le indicaría a cualquier empleado de Recursos Humanos que Newton podría no ser un empleado en el que confiar. ¿Habrá escrito Newton: “5 pm: sentarse en el jardín, contemplar objetos que caen” en su lista de tareas pendientes? ¿Puede creer alguna persona razonable que Newton haya tenido una lista de tareas pendientes?

Newton era, de hecho, famoso por su ética obsesiva del trabajo. Podía sentarse en el jardín sin hacer nada porque jamás se le hubiera ocurrido que sentarse en el jardín y entregarse a la contemplación fuera una pérdida de tiempo.

Hoy en día, encontramos muchas revistas de gran circulación que nos hablan de la necesidad de programar el “tiempo de inactividad”, porque las exigencias de los horarios controlados por las corporaciones con inhumanas. Por supuesto, nadie menciona de manera explícita la raíz del problema. Nos aconsejan “programar” el tiempo libre, siempre que no entre en conflicto con nuestras obligaciones. El tiempo de inactividad se promueve, en realidad, como una manera de optimizar la productividad.

En el sentido más literal, Newton era su propio jefe. Trabajaba cuando quería y se sentaba en el jardín cuando le placía. Seguramente, el lector dirá que, en la economía moderna, tal actitud resultaría inviable y poco realista. Y yo responderé que, entonces, merecemos la falta de dinamismo intelectual a la que nuestra economía nos obliga.

Antes de Newton, las ciencias naturales se encontraban en una fase de transformación. El período que va de finales del siglo XV al siglo XVIII es el que muchos consideran como la etapa crucial de la revolución científica en la historia humana. En esa época, Copérnico, Kepler, Galileo, Brahe y Newton realizaron aportes fundamentales para el avance de las ciencias. En el siglo XVII, en especial, tuvo lugar una explosión intelectual que significó un incremento repentino y cuantioso de nuestra comprensión del universo. El conocimiento del mundo natural empezó a expandirse a un ritmo caracterizado por una aceleración continua, que aún no se ha detenido. La comprensión humana de la naturaleza pasó de la creencia supersticiosa a la ciencia verdadera.

En el transcurso de esa revolución, nació una comunidad científica que empezó a publicar revistas especializadas y a mantener reuniones muy similares a los congresos actuales. En los siglos que transcurrieron desde la época de Newton, las ciencias naturales realizaron avances increíbles. En general, pensamos en Newton frente a la manzana que cae como una especie de momento afortunado en la historia de la ciencia. Cualquiera que sea el origen real de la historia, después de ver caer la manzana y elaborar su teoría, Newton escribió uno de los trabajos científicos más importantes de la historia, Philosophiæ naturalis principia mathematica, donde presenta la teoría formal de la gravedad.

Newton no se encerró en su escritorio, arrancándose los pelos, tratando de descubrir por qué los objetos se mueven hacia la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol, desesperado por la proximidad de un plazo inminente. Tampoco había un experto en productividad espiándolo y observándolo para asegurarse de que estuviera trabajando con eficiencia. Bien podemos imaginar que mientras descansaba relajado en una tarde templada en su jardín, rodeado del sonido reconfortante del trino de los pájaros y el susurro de las hojas acunadas por la brisa, habrá cerrado los ojos o se habrá quedado con la mirada perdida, sin fijarla en nada en especial.

Si quieres conocer más historias como la de Newton, en las que se reivindica el valor del ocio como un elemento indispensable para la creatividad, entonces lee El arte y la ciencia de no hacer nada, de Andrew J. Smart.

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El arte y la ciencia de no hacer nada, de Andrew J. Smart, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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Andrew Smart

Aprende a optimizar tu tiempo con los descubrimiento más actuales de la neurociencia

Las ventajas y desventajas de tirar la hueva

Rainer María Rilke era una persona sensible, no compatible con su época. La Europa de los primeros años del siglo XX fue testigo del nacimiento brutal de la economía industrial moderna y de los horrores de la Primera Guerra Mundial. Durante ese periodo, también nació la creciente obsesión de la clase capitalista por medir el tiempo y maximizar la eficiencia del trabajador. Y fue entonces también cuando los primeros atisbos de la naciente industria de la administración del tiempo empezaron a envolver la cultura con sus tentáculos. Por primera vez, se multiplicaban los relojes en oficinas, fábricas y hogares. Los trabajadores se concebían como máquinas insertas en un sistema ideado para producir ganancias para los propietarios de la economía. Con ese telón de fondo, el introspectivo y sensible Rilke sacrificó el amor romántico, la familia y las comodidades materiales en aras de su arte.

Rilke sabía que dedicar tiempo a no hacer nada era fundamental para su proceso creativo. Aspiraba a entregarse al ocio con alegría, lo que para nuestros oídos de un siglo XXI sobrecargado de trabajo y atiborrado de tareas suena sorprendente. Gozar del ocio es anatema a nuestra creencia cultural de que si no desarrollamos una continua actividad, no aprovechamos al máximo nuestro potencial, creencia que nos enseñan de manera implícita desde nuestra infancia.

Investigaciones recientes han revelado que es probable que algunas formas de autoconocimiento  solo se nos presenten en estado de ocio. La red neuronal por defecto se activa solo cuando estamos en reposo, pero también cuando centramos nuestra atención en nosotros mismos y nos entregamos a la introspección. La mente empieza a vagar, y los contenidos de nuestro inconsciente se filtran en la conciencia. La red neural por defecto nos permite procesar información vinculada a relaciones sociales, nuestro lugar en el mundo, nuestras fantasías respecto al futuro y, por supuesto, las emociones.

Desde una perspectiva neurocientífica, Rilke estaba aprendiendo a permitir que regiones cerebrales, como la corteza prefrontal medial, informara acerca de imágenes y asociaciones provenientes de regiones cerebrales como el hipocampo o el neocórtex, cuyos contenidos más profundos no ingresan, a veces, en la conciencia. En nuestra lucha continua por alcanzar el éxito o incluso conservar nuestro trabajo, usamos las partes de nuestro cerebro que procesan los eventos externos inmediatos.  Esa red, centrada en el exterior, apaga la red neural por defecto y nos impide acceder a lo que puede ocurrir en el resto del cerebro. No obstante, nuestro cerebro está generando emociones y respondiendo a ellas de manera continua, y toda esa energía emocional debe disiparse en algún lugar.

Rilke también debió lidiar con ciertos accesos de depresión, debidos posiblemente a su implacable actitud respecto de sí mismo en el autoexamen: permitía que todos los aspectos desagradables de su mundo interno afloraran en la conciencia para poder analizarlos. Y aquí vemos la delgada línea que separa la cumbre de la genialidad del abismo de la depresión y la locura. Rilke vivió buena parte de su vida adulta en las proximidades de esa línea.

Si quieres saber más sobre las ventajas y desventajas de tirar la hueva, tienes que leer El arte y la ciencia de no hacer nada, de Andrew J. Smart.

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El arte y la ciencia de no hacer nada, de Andrew J. Smart, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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El arte y la ciencia de no hacer nada (apréndelo y encuentra la felicidad)

Al menos desde Homero, hemos mantenido una actitud ambivalente respecto del ocio. En La Odisea, los lotófagos pasaban el día echados “comiendo loto”, eran hospitalarios y se sentían, en apariencia, satisfechos con su existencia. Sin embargo, representaban una amenaza para Ulises y su tripulación. Cuando llegó la tierra de los lotófagos, el capitán, adicto al trabajo, envió un par de hombres a investigar a los pobladores locales. Los lotófagos “no los dañaron”, pero ofrecieron a los hombres enviados por Ulises un poco de su alimento, tan embriagador que los griegos olvidaron cualquiera idea de volver al hogar. Ulises, la personificación del heroico director ejecutivo de una empresa, obligó a los hombres afectados por el loto a regresar al barco y luego los amarró a los bancos de la nave. Advirtió que si el resto de la tripulación probaba la droga, jamás dejarían la isla, y ordenó levantar amarras. En la traducción de Samuel Butler, los hombres “ocuparon su lugar y los remos azotaron el gris mar”.

A pesar del estereotipo occidental de China como nación en la que el trabajo, la productividad y la industria se reverencian como los mayores ideales, en épocas de Confucio el ocio no constituía una subcultura sino que formaba parte integral de la cultura. Los caballeros de la época se dejaban crecer las uñas como prueba de que no necesitaban trabajar con las manos. A decir verdad, el confucionismo despreciaba el trabajo arduo e idealizaba, en cambio, el ocio y la falta de esfuerzo. Según Lawrence E. Harrison, un investigador de larga trayectoria de Universidad de Tufts: “Para los chinos, Sísifo no es una tragedia sino una broma hilarante”. Harrison señala que el principio filosófico fundamental del taoísmo es wu-wei, “no esfuerzo”, lo que significa que una persona verdaderamente iluminada en el terreno espiritual o intelectual vive con el gasto mínimo de energía. En asuntos militares, los antiguos chinos sostenían que un buen general obliga al enemigo a agotarse y espera la oportunidad adecuada para atacar, usa las circunstancias para su propia ventaja y desarrolla la menor actividad posible. Esta noción es la opuesta a la idea occidental de tratar de lograr un objetivo predefinido con un inmenso despliegue de fuerzas y esfuerzo. Resulta paradójico, en consecuencia, que a pesar de la extensa historia de China en lo que respecta a aceptar el ocio, esa nación se conciba en la actualidad como la ´fabrica del mundo. La razón podría ser que, tal como un físico chino me dijo hace muy poco, China logró “superar” el confucionismo en la última mitad de siglo.

Extracto de El arte y la ciencia de no hacer nada, de Andrew J. Smart.

NADA

SINOPSIS: Nuestra cultura nos exige más horas de lo que tiene el día, reclamando mayor rapidez y siempre con eficiencia, sobrevalorando la capacidad de un trabajo arduo condicionando un cúmulo de actividades que aseguran el éxito. Pero al darnos el tiempo para descansar de las preocupaciones, los horarios, la vida ajetreada y automática es cuando nuestra red neuronal fluye con pensamientos, recuerdos y deseos que se convierten en grandes ideas.