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“Nemo”: una novela sobre el ser y la nada, del escritor Gonzalo Hidalgo Bayal

Primer capítulo.

 

“Llevo años acudiendo a la estación y siempre al llegar me invade una extraña inquietud, mezcla anómala de agobio y de tristeza, como si se tratara de un ámbito secreto o de una dimensión furtiva, inaccesible para el hombre. También llegué ahora demasiado pronto (algunas impaciencias no se corrigen nunca, más aún si se les añaden curiosidad e intriga) y, siguiendo la costumbre, aparqué a la sombra de los vagones viejos. El sol de octubre a media tarde es tan ameno como pernicioso: agrada su mansedumbre, la tenue y apacible suavidad de su declive, pero deja después secuelas, anticipos de fiebre, sahumerios antibióticos, todas las incomodidades menores, pero obstinadas, de las patologías de otoño. Me quedé al pronto en la camioneta oyendo en la radio la música de mi juventud, pero siguió luego un programa de discusión trivial e inculpaciones éticas, me cansé de la algarabía y lo apagué. Silencio. Todo silencio. Sólo el son monótono y perenne que subraya con levedad imperceptible el murmullo de la tierra, la vegetación sombría, los raíles con herrumbre, las traviesas carcomidas, el fulgor verdinegro del basalto. El recóndito rumor de las raíces, como dijo una tarde el Fiat, un murmullo de secretas cicatrices. Miré el reloj y lo volví a mirar: cada minuto, cada dos minutos. El tiempo no corre, vuela, se dice a menudo, sobre todo cuando se recuerda el ayer remoto, parece que fue ayer, también se dice, pero nadie ha dejado de experimentar alguna vez la desazón del tiempo detenido, la impaciencia que provoca la lentitud de las agujas cuando se espera, más aún tal vez si se espera con punto fijo, las seis menos diez, por ejemplo, que es cuando tiene prevista su llegada el tren (diecisiete cuarenta y nueve, hora ferroviaria). El silencio estremece, me dije al cabo de un rato, confundiendo tal vez silencio y tiempo muerto, y a punto estuve de volver a encender la radio y dejarme llevar por el sinsentido locuaz del griterío. Pero resistí. Multiplicación del ruido y reverberación de la ira, pensé, paradoja y hastío de la voz vacía. Así que me sobrepuse a las tentaciones de la inercia y preferí bajar de la camioneta, dar dos o tres vueltas alrededor, comprobar el cierre de las puertas, explorar los vagones abandonados, trazar panorá- micas cardinales del horizonte y cavilar, en fin, sobre las tristezas del crepúsculo, la seducción de las ruinas y las circunstancias del viajero. Caminé luego por el andén en una y otra dirección, y, como ese vaivén es demasiado estricto y altera los nervios, precisamente por su propia reducida dimensión, como si fuera un paseo enjaulado, fui aventurándome cada vez un poco más por el sendero paralelo a las vías, yendo y volviendo, poniendo límites cada vez un poco (muy poco) más lejanos, ampliando regularmente el perímetro de una circunferencia de la que yo recorría sólo el diámetro. A las seis menos veinte llegó un coche. Bajó una pareja, primero la mujer, luego el hombre, el conductor. Matrimonio, pensé, cuarenta y tantos años. No los conozco. No nos conocemos. Coincidieron nuestras miradas un instante. La mujer desvió los ojos enseguida. El hombre miraba sin ver, o como si no me viera, con ojos ciegos. Buenas tardes, iba yo a decir, pero callé. Durante unos minutos seguimos los tres en el andén, de pie, a escasa distancia y en silencio. Tampoco ellos hablaban entre sí, ni se miraban, perdidos los ojos en el vacío o en la inminencia ferroviaria. No sólo mi pasajero calla, pienso: el mundo calla. Muchas serán, sin duda, las razones del silencio. Diagnóstico: matrimonio que ya lo ha dicho todo, que solamente está, al que le basta con estar, mansamente asentado en el hábito de la mutua y muda permanencia. Rápidamente inventé la trama de su gesta como una proyección apresurada y sorda, nostalgia gris del blanco y negro, pero no tuve tiempo para figurarme el desenlace porque se impuso de pronto desde lejos el fragor del tren, su estrépito creciente, y los tres nos concentramos en tan magno espectáculo. Desaparecerán los trenes, pero su fascinación resultará siempre interminable. Bajó una muchacha y el matrimonio se precipitó hacia ella: besos, abrazos y soprano alborozo. La hija, pensé. Alguien ayudó desde dentro con el equipaje. Me alejé para abarcar las puertas de todos los vagones, una maniobra inútil, porque no bajó nadie más. Intenté adivinar a través de las ventanillas el nerviosismo, los apremios, el azoramiento de algún rezagado, pero sólo pude comprobar que el tren iba vacío, casi vacío, apenas tres o cuatro viajeros adormilados, en mangas de camisa, solitarios y aburridos, siluetas difusas a carboncillo. Vi también cómo arrancaba el coche del matrimonio y cómo, cuando iba marcha atrás, el hombre me miró sorprendido, los ojos muy abiertos, como si me viera por primera vez o como si le extrañara ver a alguien más en la estación. El hombre siempre será desconocido. Los hombres en general, quiero decir, no el hombre que retrocedía y me miraba: el hombre se desconoce, los hombres se desconocen. Ser, vivir, desconocer. Seguí de pie en el andén, indeciso y confuso. Vi cómo el tren reemprendía la marcha, lo vi alejarse y todavía me quedé unos minutos, completamente idiota, como si el pasajero que no había bajado de aquel tren pudiera aún aparecer, surgir del fondo de la tierra. Confuso, sin saber muy bien qué hacer, estuve un rato preguntándome qué podía haber ocurrido, a qué error podía deberse la ausencia del pasajero, pero no dependían de mi entendimiento las respuestas y monté en la camioneta. Hice el camino de regreso de noche, desconcertado y furioso. La camioneta, la camioneta, gritaron al verme los muchachos. ¿Qué ha pasado?, me preguntaban todos al verme llegar solo. No ha venido, respondí. Insistían. Tanta es la curiosidad que despierta el huésped. Yo también insistía. Que no ha venido, y subrayé, nadie ha venido. Nadie ha bajado del tren, añadí. El viejo insinuó un gesto y, acostumbrados como estamos a senectas, levantamos los ojos a la espera de una intervención sagaz, de un dictamen sapiencial, pero (no sé si burlón) pronunció tan sólo dos palabras, sin completar pensamiento alguno, apenas la mínima declinación de toda ausencia. Nemo, neminis, dijo. Una y otra vez me preguntaron qué podía haber pasado. Estaba claro, sin embargo, que no era a mí a quien preguntaban, que se trataba de una pregunta ociosa, yo sólo soy el único testigo del vacío de la estación. Y es al viejo, de hecho, fijo en su idea, al que le corresponde la respuesta de su frágil letanía. Nemo, neminis, dice. La ausencia, pues, antecede al silencio.

Sin descanso ni fatiga nos preguntamos por el paradero del hombre, cien veces he tenido que contar el viaje a la estación (lo hago ya con tanta propiedad retórica que empiezo a dudar de mis palabras, a temer que la relación haya suplantado al viaje mismo y adulterado las circunstancias objetivas), cien veces he descrito al hombre y a la mujer con los que coincidí en el andén y a la muchacha, la única persona, insisto, que bajó del tren, cien veces me han obligado a recordar la fisonomía de los viajeros a los que pude entrever en el interior de los vagones y a plantearme, desde la imprecisa fragilidad de la memoria, si no sería tal vez alguno de ellos nuestro hombre, si no cabría la mala fortuna de que se hubiera pasado de estación o bajado antes de tiempo, pero no conseguimos aclarar nada, porque las conjeturas no conducen nunca a la certeza, son devaneos de la conversación, recursos de la curiosidad, malabarismos del ocio o del aburrimiento. En realidad, desde que se acordaron los términos del hospedaje y se resolvieron con buen fin los trámites secundarios (alojarse en la casona, ser atendido por el ama, no perturbar los hábitos del huésped, respetar rigurosamente su silencio, etcétera), hace ahora ya casi tres meses, no habíamos vuelto a saber nada hasta el lunes, cuando llegó el telegrama que anunciaba el día y la hora. Jueves tren diecisiete cuarenta y nueve. Pero lo cierto es que nuestro hombre no bajó del tren el jueves a las diecisiete cuarenta y nueve, que no sabemos por qué y que no ha habido explicaciones posteriores: cambio de fecha, confusión de andenes, destino equivocado, desventura ferroviaria. Tampoco debemos (ni, por tanto, podemos) dirigirnos a nadie para recabar noticia de los hechos, noticia que, por otra parte, en cualquier caso, cláusulas aparte (forma también parte del trato: abstenernos de toda indagación, no interferir con averiguaciones en el carácter de la determinación ni en sus raíces), nunca nos atreveríamos a pedir: somos pulcros, discretos y sensatos. Pulcros y sepulcros, bromean los gemelos, entregados a las consonancias que aprendieron del Fiat, no siempre, por ventura, desventuradas. En confianza, cuando hablamos entre nosotros, nos dejamos arrastrar por la imaginación, inventamos aproximaciones a los acontecimientos, somos propensos a la fantasía y a las combinaciones del azar, pero no deja de ser una distracción cotidiana, apenas una diversión lingüística. Por eso no tenemos mayores referencias sobre el hombre. Ni sabemos, por ejemplo, por qué viene, si es que al final viene, ni a qué, ni cuánto tiempo se quedará, si es que viene y si se queda. A descansar, dijeron, a olvidarse. Otros vinieron antes y otros vendrán después, todos siempre con idéntico propósito: descansar, perderse, desaparecer. Tal vez corra la voz, tal vez con el tiempo se haya ido fraguando, como alabanza de aldea, la leyenda del lugar: un sitio, dirán, inconcebible, un diminuto y apacible paraíso. Cerrado para muchos, añadirán, abierto para pocos. Es un error. Y si no es un error es una argucia de la naturaleza o una artimaña de la providencia. Los jardines están siempre cerrados, son clausura. Quien vive en el jardín es jardinero y el jardín es su oficio, no su paraíso. El jardín es una aspiración, no es un destino: se desea entrar, pero es mejor verlo desde fuera, incluso a distancia, desde lejos, porque en el momento en que se accede al jardín su condición se desvanece. Los jardines son sólo fantasías visuales y crueles. El pecado original no es comer la fruta prohibida, sino querer permanecer en el jardín sin convertirse en jardinero. Por eso la resolución común de nuestros visitantes, descanso, quietud, sosiego y soledades, también es un engaño, un empeño imposible. El descanso es renuncia y dimisión, sobre todo cuando se trata de la forma de descanso que buscan y que algunos creen encontrar aquí, el descanso de un cansancio civil, de un cansancio interior, de un cansancio moral. La vida, a fin de cuentas, es cansancio: cansancio, distorsión y sufrimiento.

Todas las conversaciones giran en estos días vacíos sobre la única información crucial que nos proporcionaron: que el hombre no habla. Le hablaréis, avisaron, oirá, escuchará, atenderá tal vez, entenderá sin duda, porque es inteligente, pero no pronunciará palabra. Sólo eso: que ha decidido no pronunciar palabra alguna nunca más. No es sordo, dijeron, no es mudo, pero no habla, no hablará. De ahí que respetar su silencio sea la cláusula más extraña y subrayada del acuerdo de hospedaje. Se puso, además, especial énfasis en la palabra silencio (que no es mutismo, se puntualizó, tampoco afasia: es disposición de la voluntad, no carencia del entendimiento) y se pormenorizaron las dimensiones del respeto: admitir que su única ocupación entre nosotros no sería otra que el silencio, abstenerse de cualquier indicio de pretensión que tienda a perturbar su voluntad, renunciar a cualquier procedimiento que pudiera percibirse como acción de fuerza contra sus propósitos, salvaguardar hasta el fin todos y cada uno de los pormenores de su condición anónima, etcétera. Así las cosas, se nos va el tiempo en preguntas y divagaciones: a qué se deberá  tan insólita conducta, si vendrá o habrá cancelado el destierro (porque pasan los días, no hay noticias y la falta de noticias nos aturde) y, en el caso de que termine al fin viniendo, a qué obedecerá la elección de este rincón del mundo, pues, si, por una parte, ha de ser precisamente su conducta la razón de mayor peso para elegir este retiro, porque ésta es tierra de silencio y desvarío (la historia lo documenta, la leyenda lo confirma), por otra, nos intriga tan severa determinación, nos desconcierta y, en definitiva, multiplica nuestras figuraciones, el ocio presuroso y desbocado de la imaginación y de la fantasía.

 No carecemos, sin embargo, de réplica o reverso a tamaño despropósito. Contamos, de hecho, con un verdadero paradigma, el modelo perfecto, podría asegurarse, hasta el punto de que algunos dicen en voz alta (y aunque lo digan en broma algo de ello creen en el fondo de su pensamiento, convencidos de que la ley natural genera sus propias compensaciones) que es precisamente por eso por lo que vendría a caer entre nosotros el huésped silencioso, no porque éste sea un lugar paradisiaco y apto para sus males o su locura o sus obsesiones, ni para seguir la senda que recorrieron y aún recorren nuestros modelos de tribulación y soledad, sino porque aquí tenemos desde hace años (hay quien dice que desde siempre, pero yo sé que no es cierto) el prototipo universal de hablante solitario, nuestro insobornable papagallo. Ni calla ni escucha: he ahí su lema. En el principio fue el verbo, después la verborrea, le dijo el viejo en cierta ocasión, hace mucho tiempo, no sé si senecta incisiva y legítima o malevolencia ad hoc y ad hominem. En cualquier caso, no sólo no surtió efecto la advertencia, sino que acentuó la dedicación. Y ha sido precisamente el papagallo, nuestro pobre parlanchín, tan pobre y tan infeliz que se alegra cuando le llaman loro y se enfada y se disgusta cuando le llaman papagayo o papagallo (andan a la greña en este punto la fonética y la ortografía), quien más entusiasmo y curiosidad ha demostrado desde que se propagaron las cualidades del hombre. Me va a oír, dicen que dijo cuando supo del atributo silencioso de nuestro huésped, lo que no sería nada extraño porque no hacemos otra cosa que oírle y oírle y nada mejor, en sus circunstancias, que disponer de un oyente sumiso y pasivo, sin réplicas ni interferencias. Ya lo intentó hace tres años con el Fiat, pero, según cuenta, no pudo soportar por mucho tiempo ni su palabra ni su voz desventurada ni su intenso viacrucis. Corría hacia él cuando lo veía a lo lejos, lo alcanzaba y se ponía a su altura, oía el saludo (papagayo, le decía, que ésa era su profesión y su palabra) y le seguía como un perrillo faldero, acezante y locuaz, hasta que la tristeza de la palabra papagayo se impuso a su propia condición de papagallo. No le sirvió, no obstante, de escarmiento, ni de terapia. El pobre parlanchín habla siempre y en todo momento, no calla nunca, y de ahí le viene el nombre, de ahí la palabra. Hubo una vez en la bodega una memorable discusión (yo era entonces un niño y había ido a buscar a mi padre, lo recuerdo como si fuera ahora mismo) cuando, con intención de insultarlo, el bodeguero le llamó papagayo (o papagallo, que esto nunca lo supimos los muchachos bien entonces, nos quedamos sólo con el eco en gallo) y, efectivamente, el aludido lo tomó como un insulto y disparó la retahíla de su incontinencia verbal contra la injuria. Fue entonces, en el fragor de la discusión, cuando el viejo salió, según creí, en defensa del pobre parlanchín y dijo que desde luego no se lo podía equiparar con un papagayo, porque los papagayos son rechonchos, dijo, y el pobrecito hablador es delgado, que en todo caso le convendría, dijo, el nombre de perico o periquito o, cuando menos, loro. Equilicuá, aprobó con entusiasmo el pobre parlanchín, equilicuá, repitió cargado de razón, cuando menos, loro. Y así fue como, a su pesar, adoptó sin enojo el mote loro (o cuando menos, loro) y desaprobó para siempre el mote papagayo (o papagallo), y así fue, también, como le sobrevinieron ambos motes, uno admitido y otro nefando, uno para llamar y otro para designar, ofender, mortificar. Como, por lo demás, era asiduo de la bodega (lo sigue siendo: la bodega es aquí nuestro casino, nuestro club, nuestro ateneo, que no da para más nuestra hidalguía), apenas bebía un poco de vino se disparaba su locuacidad y no era infrecuente, sobre todo los domingos, verlo atravesar el anillo a mediodía, cargado de pitarra y continuando a solas la conversación que no le habían dejado terminar en la bodega. Era entonces cuando los ni- ños, entre divertidos y asustados, le seguíamos a cierta distancia, de su casa a la bodega y de la bodega a su casa, y le acosábamos al grito desacordado e infantil de quiquiriquí, quiquiriquí (por gallo), lo que desquiciaba su buen ánimo y despertaba en él, como arrastrado por un torbellino o una tolvanera, un grotesco frenesí de flauta y rabia. Naturalmente, la vehemencia de sus palabras no tenía otro efecto que hacernos esperar con mayor ansiedad la siguiente ocasión en que pudiéramos entonarle, a resguardo de su torpe cólera, un nuevo y cada vez más disparatado quiquiriquí, quiquiriquí. También le afectaba el viento solano, de modo que, cuando la veleta señalaba a levante (la veleta además es un gallo altanero), se redoblaban y multiplicaban los quiquiriquíes. Alguna vez me riñó mi madre por participar en burlas tan crueles contra un ser inofensivo, no veis que es sólo un pobre parlanchín, me dijo (por eso en mi pensamiento nunca le llamo loro ni papagayo o papagallo, como le llama toda la gente, ni cuando menos loro, como le llaman a menudo los gemelos, sino pobre parlanchín), pero no podía yo apartarme de los hábitos de la chiquillería. Sin embargo, como entonces el pobre parlanchín no hablaba solo, sino que perseguía con su perorata a los parroquianos de la bodega, a quienes encontraba en la calle o a quienes buscaba a propósito (el carpintero, el herrero, el zapatero remendón o el viejo) para ejercitar su verbo, no he podido dejar de sentirme culpable, con mi participación en el quiquiriquí, quiquiriquí, cuando al cabo de algún tiempo empezó a hablar sin necesidad de interlocutor, cuando empezamos a verlo por la calle hablando solo con el mismo fervor, la misma euforia y el mismo entusiasmo con que hablaba en la bodega, en la herrería, en la carpintería o en la zapatería. Yo creo que no está loco, sino que ha descubierto (tal vez poco a poco, a base de superar obstáculos y de recibir negativas y de propiciar quiquiriquíes) el placer del puro hablar, la satisfacción de oír su propia voz divagando sobre el tiempo, la lluvia, el solano, el vino de la bodega, las apuestas de los cazadores o los desvaríos del reloj de la torre, sin necesidad de dirigirse a nadie, siendo él mismo hablante y oyente, pero sin desdoblarse, el hablante siempre hablante y el oyente siempre oyente, sin necesidad de intercambiarse y sin necesidad de respuestas u objeciones, el puro y extenso e inagotable prodigio de hablar y hablar sin freno. Monólogo exterior, dictaminó el viejo. Cómo, pues, no va a estar en ascuas ante el anuncio de la llegada del forastero si para él supone la promesa de la más alta dicha, la encarnación del oyente ideal. No obstante, cada vez que oigo venir su voz picotera y monocorde (porque no grita a los cuatro vientos, mantiene el tono serio y formal y comedido de una conversación en la penumbra: no es locura, sino necesidad) lamento haber formado parte de la pandilla de arrapiezos que confundió a los papagayos con el amo del corral y el rey del gallinero.

 Me entregué hace tiempo, por afición y por los azares del destino, al aprendizaje de un oficio que los años y las circunstancias han ido deteriorando, casi, en verdad, hasta el agotamiento, porque, aunque se escribe mucho, ya no hay mucho sobre lo que escribir. Me refiero al oficio de escribano. Antaño, el escribano, lo que era entonces en estas tierras un escribano (el escribano oficial, alguien sin más tiempo, ni tarea, ni oficio, ni religión, ni hábito, ni costumbre que escribir y escribir), era el autor de todas las escribanías, el calígrafo al que acudían unos y otros no sólo para dictarle cartas de amor o de salud o de acontecimientos, sino también, y quizás sobre todo, reflexiones, pensamientos del día, memorias, recuerdos, confesiones, preocupaciones, recuentos de la propia biografía o, en el caso de que no hubiera nada relevante y para no perder el turno, rememoración de hechos pasados, viejas historias, haza- ñas remotas, leyendas improbables, romances sangrientos, memoria vieja de la vieja memoria oral. Cuentan que hace años (yo no llegué a conocer estas rutinas), cada día o cada noche, por riguroso turno, acudían al gabinete del escribano los vecinos, se sentaban frente a él, escribe, escribano, le decían, y hablaban con más o menos torpeza de lo que les apremiaba, daban cuenta de sus días y sus peripecias, emitían sus pensamientos en voz alta, desmenuzaban el rosario de sus desventuras y el escribano se limitaba a escribir. Así, cada día se establecía una suerte de crónica colectiva (aunque parcial), una especie de declaración común que el escribano sencillamente transcribía, adornaba, unificaba. Nadie sabe bien qué ocurrió después. El exceso de información, de declaraciones, de confesiones, siempre genera confusión. Se dice que hubo quien empezó a cansarse de algunas de las normas tradicionales (particularmente las que limitaban las declaraciones a episodios que sobrepasaran los límites del sujeto, o las que preferían las declaraciones que invadieran con vigor no sólo tangencial, sino secante, el común territorio) y prefirió referir en la bodega sus andanzas, para que todos fueran testigos de sus palabras, y prescindir de la mediación del escribano. Se habla también de las manipulaciones que llevaron a cabo los últimos escribanos en los testimonios de sus visitantes, manipulaciones primero singulares, pequeñas, pero, con el paso del tiempo, grandes, colectivas, convirtiendo las palabras ajenas en una forma de contrabando, en una invención propia, de modo que ya daba igual qué contara o confesara cada cual, porque, en nombre de una presunta unidad de escritura, de un estilo uniforme, de una voz unánime, sería la imaginación del escribano la que quedaría como única memoria para la posteridad. Y se habla sobre todo de un rebelde (concretamente, un cazador) que, advirtiendo la impostura, denunció como una forma caduca de religión la tiranía caligráfica y retórica del escribano de turno, acudió un anochecer al gabinete e impuso al dictado su resumen del día, de la caza y del bosque, palabra por palabra, con puntos y comas, literalmente (escribe coma escribano coma lo que vengo a decirte punto escríbelo palabra por palabra coma sin omitir una tilde coma ni una coma punto etcétera), y, tras la parodia, decidió escribir por su cuenta sus experiencias en el bosque, la gesta de cada día, su propia crónica de los hechos. Cundió, no obstante, el ejemplo del cazador, y así empezó precisamente la declinación del oficio de escribano y así empezaron a coexistir una escritura oficial y una escritura particular. Como somos amantes de la tradición, durante mucho tiempo siguió acudiendo gente al amparo del escribano, pero la práctica terminó desapareciendo, porque cada vez hubo más escritura particular y cada vez más la escritura particular pasó a ser la buena y verdadera y la escritura oficial la torcida y apócrifa. De hecho, ahora escribimos todos, o casi todos, y todos tenemos, o casi todos, lo que nos corresponde: puño y letra. La sustancia del relato se alejó definitivamente del cifrado oficio del escribano. Hay quienes prefieren la exhibición pública de sus hazañas antes que la confesión discreta ante el escribano (como el bodeguero, por ejemplo, que ni escribe ni lee) y hay quienes, quizás como consecuencia negativa ante el cariz de la común vanidad, decidieron convertirse en escribanos de sí mismos e incluso (como el Fiat) negarse por pudor a toda revelación de pesadumbres y viacrucis. Tal vez ésa fuera la última lección del último escribano, que nos enseñó a no tener que recurrir nunca más a un escribano que al final nos defraudara. Fue así, en cualquier caso, por rebeldía, por impudicia o por decoro, como cesaron los hábitos de la escribanía tradicional, y fue entonces, al cesar tales hábitos, cuando se corrompieron las costumbres, cuando lo público se hizo secreto y lo secreto se hizo público, cuando el bien  y el mal comunes, antes compartidos, se escondieron en cuadernos de alcoba (es un decir) o se desvanecieron en las fronteras del silencio. Cesaron las confidencias, se quebró la confianza, nos hundimos todos en las celdas de nuestra propia, irreductible e incomunicable soledad. Todo se rompe, en efecto, y se corrompe. Pero no puede decirse que el último escribano hubiera roto y corrompido (o roído y corroído) su función. Era su destino. Pues es lo cierto, en cualquier caso, que en los últimos tiempos la función del escribano no sólo se diluyó considerablemente, sino que desapareció, caducó, se extinguió en sí misma, y quedó apenas un rescoldo de la vieja figura: este pobre hombre que no se resignaba a su negación y pretendía sostener él solo la antigua gloria de su ejercicio, la nobleza de sus atribuciones. La gente estaba acostumbrada a verle detrás de la ventana, en la penumbra de su gabinete, agachado sobre el escritorio, día tras día encorvado sobre papeles y papeles, dando siempre rienda suelta a sus escritos y sus caligrafías, al inacabable repertorio de nuestras pesadumbres. Hasta que todo acabó definitivamente con su muerte y no hubo más escribano ni más escribanía. Desapareció, pues, la función del escribano y sin escribano hemos sobrevivido. De modo que ahora podemos decir que todo pertenece al pasado, al pasado pertenece el petirrojo, al pasado pertenece el santo predicador, al pasado pertenece el gran cazador y al pasado pertenece también el escribano, y ya no hay nada que contar, y estamos llenos de lagunas intermedias en la memoria. Por mi parte, diré que no soy escribano. Me llaman escribano (aquí los nombres perduran aunque cese la función o se recuperan si surgen nuevas atribuciones) porque vivo en la casa del antiguo escribano, pero no soy escribano. Yo me dedico desde hace años (en concreto, desde que el Fiat se hizo vinolento y perdió el temple) a conducir la camioneta de postas por nuestras carreteras comarcales, a tareas de reparto, y, por afición, por ocio, por monotonías, me entretengo encomendando a la imaginación la invención de la historia, los recovecos del pensamiento, los enigmas de la voluntad. Por eso está llena ahora de complicaciones la recuperación del oficio con sus atributos primitivos, porque la escribanía se ha contaminado con entelequias, porque no son fiables los testimonios del bien y del mal (pues tal vez ni siquiera se produzcan testimonios del mal y los del bien tal vez sean imposturas), porque todos hemos aprendido a fingir y nos hemos convertido hacia dentro en incógnitas y hacia fuera en ficciones. No olvidaré nunca a este propósito la senecta que pronunció en cierta ocasión el viejo en la bodega cuando el bodeguero vigente, locuaz sin fin, impúdico irredento, se explayó en los pormenores de un episodio tan tedioso como interminable. Es verdad que el bodeguero, no sé si por oficio, por condición o por carácter, pertenece a la categoría de personas que hablan siempre y sólo de sí mismos, para quienes la más insignificante muesca de su biografía merece ser propagada una y otra vez, con curvas y ondulaciones sin fin. Fue entonces, ante el relato de uno de esos episodios insulsos del bodeguero (en concreto, una aventura escabrosa de cuartel), cuando el viejo articuló la senecta. Que todo lo que ocurre ocurra, dijo, no es bastante razón para contarlo. Como sus palabras no tuvieron consecuencias y el bodeguero siguió empeñado en el desglose minucioso de su insustancial anecdotario con una sinrazón narrativa a toda prueba, el viejo descendió hasta nosotros con variaciones senectarias recurrentes. Aborreced la verborrea, dijo incluyendo a la audiencia en la exhortación con un gesto circular. Pero fue en vano y bien seguro estoy de que el bodeguero, que no atiende a razones, que siempre convierte de hecho el verbo en verborrea, tampoco hubiera atendido a intempestivas por muy directas e imperiosas que hubieran sido. No hubo forma de que el bodeguero se aviniera a la prudencia narrativa. O mejor dicho, sí la hubo, más tarde, pero no a causa de las ironías del viejo, sino a raíz del incidente en que, escopeta en mano, humilló al Fiat, del que se arrepentirá mientras de él guarde memoria y que, tal vez como penitencia, le llevó a dar por terminadas sus bodeguerías. Acuden estos lances ahora a mi memoria a raíz de la conversación que sobre el oficio de escribano tuvo lugar ayer en la bodega. Podrías ser escribano de verdad, dijo el viejo, al fin y al cabo ya eres escribano de nombre y de aposento y serás el primero que trate con el forastero, si es que viene. Así, añadió, estaríamos al tanto de los hechos. Pensé que era broma, meras derivaciones de la charla, pero unos y otros celebraron la ocurrencia con tan juiciosos argumentos que poco a poco fue adquiriendo seriedad. Ser escribano, dijeron, me convertiría en contrafigura del forastero, porque, si son ciertas las instrucciones, él guardará siempre silencio y yo tendría que dar cuenta de ese silencio. No se hable más, dijeron, te nombramos escribano. Tendrás que tomar nota minuciosa de los acontecimientos, de la conducta del forastero, de nuestro comportamiento con él, de todo lo que le ataña y lo que a su alrededor ocurra. Tendrás que atenerte a las obligaciones retóricas del oficio: prescindir de los nombres, usar un yo plural, que cada yo sea un nosotros y que yo nunca sea yo. Tal es la máxima esencial del escribano, dice el viejo, que yo nunca seas tú y tú nunca sea yo. Tendrás que cumplir la tarea con eficacia y con verdad, procurando distinguir entre las voces y los ecos, entre los hechos y los dichos, y separando asimismo los deslices del sujeto de las verdades acordadas. Todos seremos, por tanto, nombres comunes, seres provisionales. Y cuando llegue el forastero, si al final llega, te encontrará dispuesto: tienes papel y pluma, el escritorio siempre ha estado listo, a tu izquierda se abre la ventana desde la que puedes oír las palabras de quienes pasan, ver el llano a lo lejos, el anillo debajo, la casona al frente, la bodega al fondo y el vaivén discontinuo del camino del cruce. En caso contrario, dicen, el oficio terminará desapareciendo y no habrá ya escritura ni escribanía que tenga algún sentido.

 Entre las distintas ocurrencias que surgen, a veces en el llano, a veces en el anillo, pero más a menudo en la bodega (va avanzando el otoño inexorable, y en el otoño nos abruma el tedio de lo efímero), sobre el porqué de la elección de estas tierras para tan vehemente ejercicio de silencio, la que cuenta con más partidarios considera que no ha sido escasa nuestra aportación a tan abrupto aprendizaje, a tan oscura o bruna artesanía. Y es cierto, en efecto, que, por afición, por inclinación o, sobre todo, por las inclemencias del destino (no hay por qué insistir en la naturaleza maligna de este valle de lágrimas, si bien conviene tener en cuenta que las lágrimas se reparten con una ferocidad tan severa como caprichosa, tan atroz como extravagante), contamos en nuestra pequeña historia con varios heterodoxos que, sin embargo, no creo que hayan alcanzado ninguna fama exterior, la gloria tácita de los anales, ni servido, por tanto, de inspiración o de atracción para nuestro anónimo y tal vez esquivo y elusivo huésped. Por lo demás, ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en el número ni en la identidad de nuestros heterodoxos ni en las circunstancias que les llevaron a tan áspera resolución. Cierto es que en el recuento han aparecido los casos más notorios, como el petirrojo, que pertenece por derecho propio a la leyenda y que tal vez tenga el dudoso honor de ser quien más lágrimas ha derramado en este lastimero valle, o como el cazador grajo, que sufrió lo indecible por azares de caza y se desvaneció en la bruma del bosque del mismo modo que se desvanece la luz en las tinieblas, esto es, sin saber cómo, pero, a medida que han ido surgiendo otros nombres, el carpintero, el infeliz predicador o incluso el Fiat (sobre el que tal vez se abatieran y tal vez se sigan abatiendo todas las desdichas), no se ha podido determinar de modo unánime si forman parte o no de tal peculiaridad lingüística y, tras mucho discutir con acaloramiento méritos y deméritos, al final, como solución de urgencia, ante la dificultad de acuerdo, y a la espera de nuestro hombre, he decidido elaborar, como tarea propia de este oficio provisorio, una crónica verídica, ecuánime y completa de nuestros heterodoxos, quienes, por razones morales o secretas, se acogieron con valentía a la intemperie del silencio, tarea, por cierto, que asumo con un énfasis impropio. Cuento, además, con la cuantiosa documentación manuscrita de los antiguos escribanos, los rigurosos cartapacios que formaban parte del mobiliario de la casa y que ahora reposan en los abatidos anaqueles del desván. Empiezo, pues, con el inventario”.

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Una novela sobre el ser y la nada que el lenguaje impone.

El último de la estirpe. 20 relatos perversos, trágicos y amenazadores, de la autora Fleur Jaeggy.

El nuevo libro de relatos de una autora de culto.

Aquí puedes leer el primer capítulo.

“Soy el hermano de XX. Soy el niño del que en aquel entonces hablaba ella. Y soy el escritor del que ella nunca ha hablado. Tan sólo mencionado. Mencionó mi cuaderno negro. Escribió sobre mí. Contó incluso conversaciones en casa. En familia. Cómo podía saber que sentada a nuestra mesa había una espía. Que había una espía en casa. Pues era ella, mi hermana. Tiene siete años más que yo. Ella observaba a mi madre, la nuestra, a mi padre, el nuestro, y a mí. Pero no me importaba que mi hermana nos observara. A todos nosotros juntos. Y que luego fuera por ahí a contarlo. Una vez, cuando tenía ocho años, la abuela me preguntó: ¿qué quieres hacer cuando seas mayor? Y le contesté: quiero morir. De mayor quiero morir. Quiero morir pronto. Y creo que a mi hermana le gustó muchísimo mi respuesta. Nos conocimos tarde, ella y yo. Más o menos cuando yo tenía ocho años. Antes, casi nunca nos dirigíamos la palabra. Decían que yo era un poco autista, pero no era verdad. Prefería no hablar. Mi hermana, en cambio, prefería observar. De modo que, mientras estuve callado, ella no pudo decir nada de mí. ¿Qué podía decir de un hermano que calla, no molesta, se vuelve casi invisible? Porque mi objetivo era el de hacerme invisible a la familia. La familia que consistía en una hermana espía, una madre gran aficionada a los juegos de azar, un padre sensible y distraído. Entre otras cosas, quisiera decir enseguida que las personas sensibles son distraídas. Los demás no les importan absolutamente nada. Las personas sensibles, o tan sensibles como para que se las declare sensibles, como si ésa fuera una gran cualidad, son insensibles al dolor de los demás. Pero por ahora del dolor no quiero hablar. Por ahora sólo quiero aludir a mi hermana, espía, y a mí. Debería ponerle un título a este informe. El hermano. El hermano de XX. Un ser al que no le gustan las montañas. Fue internado en un colegio en lo alto de una montaña. El colegio daba a una serie de riscos. Ya ni había árboles. Se llegaba a lo alto de la montaña por un camino lleno de curvas. Y era divertido acelerar en las curvas. Abajo, los abismos. Por aquel entonces yo no conducía, era un hermano pequeño. No me quedé mucho tiempo en aquel colegio, pero sí al menos durante un larguísimo año. Miraba por la ventana. Los riscos. Y aquellos pequeños abismos con el pico hacia abajo, triángulos invertidos. Todo lo que veía estaba invertido. Todo estaba cabeza abajo. Al igual que mis pensamientos. Una vez mi hermana XX fue a verme con un MG descapotable. Aceleraba en las curvas. Me dijo que era divertido. Mientras se quitaba los guantes con los dedos recortados. Nos sentamos en una piedra. Ella me miraba con afecto. No veía la hora de marcharse. En aquella época tenía varios novios. Muchas citas. Y probablemente, mientras estaba conmigo de visita, una visita que de hecho me había prometido, debía de haberle prometido a alguno de ellos una cita a la misma hora. Ella me pone una mano en la espalda. Durará poco. Por fin de año vengo a buscarte y vuelves a casa, dice. Rodeados de todas aquellas puntiagudas piedras grises, sentía que nos queríamos. No había nada más en el universo. Una casa en la que aquel domingo parecía que todos los demás chicos durmieran, y también los pájaros, también los cuervos, también los lobos, había un aire terrible de sueño, de sueño último, perpetuo. Sólo ella y yo despiertos. Despierto el hermano. Despierta la hermana XX. Era guapa la hermana. Mientras nos queríamos, aquella tarde de domingo entre las piedras, sentía que ella se sentía a gusto en su indumentaria, que consistía en una formidable camisa a cuadros, deportiva y dominguera, la de un caballero, con botoncitos en el cuello, las mangas subidas hasta el codo, pantalones ajustados color ciénaga, u otoño marchito, u hoja marchita, y mocasines color berenjena con una moneda en el empeine. Y también una pulsera de oro ligera, con pequeños zafiros redondos. Por cierto, yo también, pese al cautiverio en la casa en lo alto de la montaña, sentía cierta predilección por las camisas. Y aquel día yo sólo llevaba una camisa azul, de buen corte, pantalones de terciopelo, casi del mismo color que el de la hermana XXX, no sé por qué se me ocurre añadir más X a su nombre, bastaría con una. Por tanto, disculpadme si se las añado. Casi del mismo color los pantalones, sólo que más oscuros, porque marrón y azul combinan bien. Nuestros colores, los de nuestros trajes, y los de nuestra piel, al lado de las piedras grises, un poco oscuras, formaban un bonito cuadro. Hermano y hermana se quieren. Habrían podido decir, si no hubieran sucumbido a su sueño perpetuo, mis compañeros.

En cambio, incluso aquel día, mi hermana XX me espiaba. Esto es lo que escribía. Fue a visitar a su hermano al colegio (y menciona el nombre del colegio, que yo evito referirles), él se sentía tan triste, tan infeliz que a ella se le hizo un nudo en la garganta —se le habría hecho un nudo en la garganta, a ella que tan sólo unos minutos después ya escribía que Yo, y lo escribo con mayúscula, me sentía triste, que habría querido morir. Que yo ya no soportaba aquel lugar desolado. Y ella describe y fabula sobre aquel lugar desolado, para poder transmitir la tristeza de su hermano, y convertirlo en un lugar poético. Porque desolación y tristeza casan bien. Al igual que yo pienso que nuestra ropa, o al menos los colores, casan bien con las piedras. Por no hablar, por otra parte, de una supuesta tristeza mía. ¿Me sentía yo triste aquel día? No, no estaba triste. Era el único día en que no lo estaba. Porque mi hermana vino a verme. Porque aceleraba en las curvas. Porque su MG combinaba bien con aquel paisaje. Porque he tenido la impresión de no estar solo en el mundo. La impresión de estarlo la tenía todos los días en aquella escuela en lo alto de la montaña. Debo admitirlo, allá arriba me sentía solo. Sé que decirlo así podría hacer sonreír. Pero siempre he sentido que la soledad es el peor mal que pueda haber. Aquel día se lo dije a mi hermana. Ella decía que a ella le gustaba la soledad. Entretanto, salía todas las noches, volvía tarde, con el rímel corrido. Yo estaba despierto para oírla regresar. Estábamos todos despiertos para oír regresar a la señorita. A ninguno de nosotros nos gustaba que saliera tanto.

Tenía siete años más que yo. Mientras le hablaba de la soledad, ella miraba a lo lejos, hacia las montañas que rodeaban la nuestra, miraba a lo lejos, parecía buscar una respuesta en el infinito, o en las líneas que formaban los picos de las montañas, que iban oscureciéndose, porque era casi de noche, y la tarde había pasado con una rapidez sorprendente, más veloz que todas las demás tardes del año. Ella miraba, hasta que su mirada pesada cayó sobre las agujas del reloj. Mientras le hablaba de la soledad, ella miraba el reloj. Su reloj de oro, un Longines más bien plano. Así vi las grandes agujas del reloj proyectarse sobre la montaña de enfrente, como una especie de Juicio Universal. Una aguja a la derecha, la otra casi recta señalaban la hora de la despedida. Y cuando una montaña empieza a señalar las horas, quiere decir que se acabó de verdad. Adiós al tiempo. Adiós a un tiempo en que hermano y hermana se querían. Con sus trajes elegantes. Hay afinidad en las indumentarias. Siempre he tenido una gran comprensión por su modo de vestir. Por sus zapatos. Los guantes. Y sobre todo sus camisas. Las blancas. Un poco estrechas. Los primeros botones sin abrochar. Cuando alcancé la edad que ella tenía aquel día, aun sintiendo que la soledad ocupaba todos mis pensamientos, me gustaba mucho un abrigo azul. Y la familia sabía cuánto apreciaba yo aquel abrigo azul, hecho por el mejor sastre italiano, pensaba que era un chico feliz. También porque tenía el Mini Morris verde botella. Los trajes han sido la cobertura moral de los múltiples delitos de tristeza, dirían en un tribunal. El hermano, que soy yo, ocultaba la terrible sensación de soledad detrás de un abrigo y del Mini Morris. En mi hermana XX, todavía no lo he dicho, había algo que no funcionaba. Se divertía menos de lo que ostentaba. Dado que espiaba tanto, o quería dárselas de escritora, por tanto de artista, o quería ver, o incluso competir con quien fuera más feliz, o infeliz. Términos siempre más bien insignificantes. Pero a las palabras pese a todo siempre hay que darles crédito. Al menos hay que fingir que se parecen bastante a su significado. A su significado sesgado. De los padres, los de esos dos, no quiero hablar, porque ésta es la historia de un hermano, más bien mi historia, y de una hermana, más bien la suya, de una espía. Los dos de los que no quiero hablar miran el televisor sentados cerca el uno del otro, caminan cerca el uno del otro, duermen en una cama muy grande. Murieron a poca distancia el uno del otro, y antes de morir no tuvieron tiempo de prepararse porque se precipitaron, o fueron tal vez algo impacientes. De modo que mi hermana y yo nos quedamos solos en la gran casa.

Mi hermana se muestra demasiado atenta cuando hablo. Me acecha. Tal vez esté escribiendo mi historia, mientras todavía no me he muerto como mis padres. Siempre he sospechado que uno de los dos murió por culpa suya. Además pienso que los padres siempre mueren por culpa de los hijos. Siempre se muere por culpa de otro. No sé si es justo decir por culpa de. Pero se muere por los demás. En favor de los demás, tal vez sea más acertado.

Mi hermana, mientras estudio, debo prepararme para los exámenes de graduación, sigue entrando en mi habitación. Dice: ¿estudias? mientras estoy inclinado sobre los libros. Ella quiere salir. Y dice que debo terminar de todas todas el bachillerato. Que es importante y eso. Y yo así me pongo nervioso, si graduarme es importante. Cualquier cosa, si es importante, me saca de quicio. Mientras pienso que nada es importante, lo consigo todo. Podré incluso con los exámenes de graduación. Pero si son tan importantes como para que me importune su importancia, podría no conseguirlo. La hermana XX insiste. Después debo ir a la universidad. Debo licenciarme. Es importante.

Cuando acaba de hablar de la importancia de los exámenes, de la importancia de tener éxito en la vida, de la importancia de licenciarme, de la importancia de vivir, me siento un hombre acabado. La importancia me supera totalmente. Me ha anulado. Me anula. Ella, mi hermana XX, sale de la habitación. Y estoy solo con los libros, la mesa, y me veo a mí mismo, el hermano de la voz que apenas ha hablado, con muchas ganas de colgarme en cualquier lugar. Para ayudarme, pienso aún en la soledad, en la soledad que rodea mi existencia. Y este pensamiento, que ha sido siempre tan lúgubre, angustioso, ahora, después de la importancia de tener éxito en la vida, pasa a ser casi atractivo. Las palabras tienen un peso. La importancia tiene mayor peso que la soledad. Aun así, sé que la soledad es más grave. Pero la importancia de tener éxito en la vida es una soga. No es más que una soga.

De noche no consigo dormir, tengo ganas de hablar con alguien. Son las cuatro. Me levanto y voy en busca de mi hermana XX. La habitación está vacía. Un vago perfume, muchos zapatos por el suelo. Tal vez sea la indecisión a la hora de elegir. Miro los innumerables zapatos. Parecen haber vuelto por sí solos a casa. Mientras la propietaria de esos tacones tal vez se haya visto envuelta en algún percance y ya no pueda regresar. Pero los zapatos, que saben cómo regresar, han vuelto a la habitación. Y entretanto me invade de nuevo esa sensación de soledad. Mi hermana XX no está. Empiezo a pensar que le ha ocurrido algo. Pues los zapatos han vuelto por sí solos. Telefoneo a todos los hospitales, a la policía. Ni rastro de ella. Me siento en su cama. Unas cuantas horas después regresa, y pregunta qué estoy haciendo en su cama. No me había dado cuenta, pero en los pies yo llevaba sus zapatos. Juro que no me he puesto los zapatos. Son ellos, los rojos, los que me han acorralado. Mi hermana se quita los zapatos, que se deslizan rápidamente en el armario. ¿Has estudiado?, me pregunta.

El farmacéutico me conoce. Me da enseguida las pastillas que quiero. Los somníferos también. De hecho, tomo somníferos desde niño. Todos en casa tomamos somníferos. Los cuatro. Como otros comen fruta. Generalmente en las familias se acostumbra a dar fruta a los niños, pero en la nuestra, somníferos. Mi madre no concebía que alguien no pudiera dormir. Que sus hijos no durmieran. De modo que muy pronto los ha habituado a los somníferos. Por tanto por la mañana reinaba un gran silencio en la casa. Con los años el silencio pasó a ser aún mayor. El silencio ha ocupado mucho espacio. Y por eso vuelvo al argumento de la soledad y se lo digo a mi hermana, quien aprovecha enseguida para escribir de mí, que me siento solo. Y desesperado. Ella incrementa la dosis. Primero estoy solo. Luego triste. Luego desesperado. Sé que ella quiere que yo acabe. ¿Qué hay después de la desesperación? Eso es lo que espera mi hermana. Como un guarda en su garita. Espera a que pase de la desesperación al nivel inferior. Como si se tratara de un descenso. Ella permanece detrás de los cristales, vigila, exhorta, espía. No hay más palabras para definir a mi hermana XX. Por lo tanto habla de cuando yo era escritor, mucho antes que ella, eso admitiendo que ella lo haya sido alguna vez. Esto no puedo saberlo, nunca lo sabré. Su futuro no me preocupa demasiado. A ella le interesa mi no futuro. Mi carencia de futuro. Aunque yo haya superado brillantemente los exámenes de graduación. Con la máxima puntuación. Con la máxima puntuación y para su disgusto.

Cuando yo era escritor, mi libreta de apuntes, la número cuatro, llevaba por título Poesías, melodías, cuentos del escritor, y debajo de mi nombre, a la izquierda, dibujé un árbol torcido, como una estela, de esto me di cuenta después, y la fecha, 1954. Tenía ocho años, la edad en que había decidido lo que haría de mayor, y que mi hermana XX enseguida contó a otros. Mientras yo tomaba aquella decisión, la de poner fin a mi vida, nunca lo hubiera dicho así, pero como estoy escribiendo sobre mí, intento utilizar las frases apropiadas. ¿Apropiadas para qué? Para mi hermana la espía.

Mi hermana XX dice que lo mío son caprichos. Que no quiero ir a la misa fúnebre por nuestra madre. Es verdad, dije que no iría. Quería que me dejaran en paz. Pero ella insistía, insistía, la maldita. Que era importante. Que debía ir. Que era hijo suyo. Que no se hace eso de que un hijo no vaya a los funerales de su madre. Que un hijo no participe en las exequias de su madre. ¿Y por qué yo como hijo debía participar, si todo estaba contra mí? No quería. Sentía que no debía ir. Mi ser, si es que hay un ser en mí, si somos seres, ella y yo, se rebelaba tan sólo ante la idea de ir a los funerales de mi madre. Mi madre se habría ocupado ella de las exequias, pensaba, como Bach, que, cuando murió su mujer, dijo a los criados que le dijeran a su mujer que se ocupara de las exequias. Me sentía Bach. Yo quería que fuera mi madre en persona a sus propias exequias. Y que no me obligara a decidir nada. Mi hermana insiste, dice que debo ir. A la iglesia. Llamo a mi madre, no responde y debo ir a las exequias, ya que ella no responde y mi hermana XX me ordena que vaya. Me visto de gris. Voy. Tengo una novia alemana. Ella también va de gris. Nos vestimos igual. También mi novia insiste en que debo ir a los funerales. En que participe. No quiero participar en las exequias de nadie. Pero si insisten voy. La iglesia está cerca de casa. Está en la plaza. Una iglesia fea y esnob. Al lado de una cafetería. Los tres, hermana, hermano y novia, todos vestidos de la misma manera. El féretro ante nosotros. Tampoco estoy seguro de que allí dentro esté mi madre, la mía y la suya, la de la hermana que tanto ha insistido. ¿Quién la ha puesto allí dentro? Mi hermana. Yo no he visto nada. No sé nada. No sé qué ha ocurrido. No sé cómo ha ocurrido. No sé siquiera por qué estoy en la iglesia. Estoy en la iglesia por las exequias de mi madre. No sé nada más. Han depositado flores encima del féretro. Me parecen ridículas. Pastelitos, fresitas, un pradito florido encima del despojo de nuestra madre. Velas largas. Las llamas casi inmóviles, casi falsas, dan la idea del fuego embalsamado. Luego lo cargan todo, junto a las flores, en un furgón y se van, a la espera de desintegrarlo todo. Es lo que quería mi madre, la mía y la suya, ser desintegrada. No se lo he preguntado a mi hermana, pero ella seguro que habrá espiado sus pensamientos, para saber con exactitud qué deseaba que se hiciera con su cuerpo, ya que no se habría volatilizado por sí solo.

Cuando murió mi madre, no pensé en la soledad, a la que ya me había acostumbrado, o aficionado. Los pensamientos no son consecuenciales. Porque si muere un pariente, después uno se siente solo. Esto sería consecuencial. No para mí. Aquel día la idea de la soledad no afloró de ningún modo. Tal vez porque le hice compañía mientras estuvo encerrada en el cajón de madera lustroso, se me agotó la sensación de soledad que desde siempre me ha envuelto. Tal vez, al estar los dos en primera fila, estuviéramos tan cerca de nuestra madre que ni siquiera mi hermana percibía un abandono, o alguna cosa irreversible. A menudo uno lo percibe después. Uno lo percibe todo después. El dolor siempre sobreviene con retraso. A veces antes, porque se anuncia. Al dolor le gusta anunciarse. Al venir a tu encuentro por la noche, horadando la mente y el estómago y las venas con molestias, con heridas, algo oscuro te visita. Pero aún no sabes de qué se trata.

Pero no hablamos de esto. Mi hermana estuvo atentísima a mi comportamiento en la iglesia. Y le pareció que me había comportado muy bien. Lo veía en la expresión complacida de sus ojos.

Pero no hablamos de esto. Esto ya ha pasado. El hermano y la hermana siguen vivos. El hermano se ha licenciado. Cum laude. Es importante licenciarse, había gimoteado la hermana. Y ahora está el espectro, el verdadero y único espectro, del vivir. De la importancia de vivir. Y de conseguir el éxito en la vida. O simplemente de conseguir el éxito. En fin, de convertirse en algo. Algo más o algo menos de lo que se es. En cuanto a mi hermana, no cabe ni pensarlo. Ella quiere llegar a ser mucho, pero mucho más de lo que es. Ella quiere lograrlo a costa de la propia vida. Me doy cuenta de que ella quiere. De que tiene voluntad. No sé qué es lo que quiere. Pero como me repite que debo conseguir el éxito supongo que lo que ella quiere, para sí misma, es lograrlo. Por tanto debo lograrlo yo también. Ante todo, pienso, ahora que ya me he licenciado, ¿qué hago? ¿Qué es importante que haga yo? Me tomo mis pastillas. Ahora me he acostumbrado a un somnífero aún más fuerte. Tengo un montón de recetas. Le he pedido al médico que me haga un montón de recetas, así no me quedo sin. Sin el somnífero. Es lo único que realmente me interesa. Incluso ahora que ya me he licenciado. No sé qué hacer. Pero sí sé. Sé que quiero dormir a toda costa. Pienso exactamente como mi madre. No es posible que sus hijos permanezcan despiertos toda la noche. Deben dormir. Tienes razón, mamá, le digo, debo dormir. Roipnol se llama mi somnífero. Que duermas bien, me dice mi madre. ¿Has dormido?, dice mi hermana. Ella duerme de forma natural diez horas e incluso doce sin somnífero. La dosis de somnífero de mi cuerpo se difunde por el suyo, supongo. No es posible que duerma tanto tiempo sin pastillas. Aun así insiste en que yo debería trabajar. Es importante que un hombre trabaje. Es horrible, pienso yo. Tengo que trabajar. Intento hacer lo que mi hermana considera importante. Busco un trabajo. Tarde por la mañana. Siempre llevo en el bolsillo mi Roipnol. Me hace compañía. Mientras hablo con eventuales empleadores. En despachos, en bancos. Me he licenciado cum laude, pero no parece que esto cuente mucho. Se lo digo a mi hermana. Mi hermana dice que debo tener paciencia. De pronto me doy cuenta de que lo que ella decía ser importante ya no lo es. Para ella. Lo importante ha ido menguando. Ahora soy yo quien la miro. La espío. Somos dos desgraciados, pienso. Ella y yo. Si las cosas importantes ya no lo son, ¿qué es importante? Estoy demasiado cansado para contestar. El otro día estaba distraído. En una plaza desierta fui a chocar contra un muro con el Mini Morris. Me quedé aturdido. Una pequeña herida en la cabeza. Cuando llegó mi hermana XX, me preguntó qué había ocurrido, cómo es que había chocado, pero yo no lo sabía, choqué y basta. No me había hecho nada. Estaba muy bien. A partir de aquel día me di cuenta de que no experimentaba dolor físico alguno. Había pasado a ser insensible al dolor. Era como si mi cuerpo me hubiera abandonado. Y yo me había quedado solo. Sin el envoltorio. Pero vestido.

Pero esto ya había ocurrido en nuestra familia. Una abuela nuestra se había quemado con el café hirviendo y no se había dado cuenta de nada. Era insensible a las quemaduras. Nuestra madre, que estaba presente, pensó que estaba loca. Porque la abuela estaba como si nada, hablaba, bromeaba. ¿Pero no te hace daño?, preguntaba nuestra madre. ¿Daño, dónde?, contestaba ella. Entonces, si en nuestra familia ni nos damos cuenta de que ardemos como rastrojos en un camino, sólo quiere decir que nuestro cuerpo nos ha abandonado, y que tal vez seamos espíritus, que no se sabe muy bien cuándo dejamos de ser nosotros mismos y nos convertimos en otra cosa. Nos hemos transmutado no sabemos en qué. Antes yo era su hermano, el de la espía, tenía un nombre, una identidad precisa, ahora me he convertido en otra cosa. Me daba cuenta de que el cuerpo no seguía mis pensamientos, mis órdenes. Mis pasos se volvían más pesados. Como si tuviera que permanecer quieto. El aspecto exterior, perdonadme, pero no estoy convencido de que haya uno interior, seguía igual, aparentemente. Todo era apariencia. Yo mismo me sentía aparente. Ustedes comprenderán mejor que yo qué significa. Hay una vieja querella, ustedes lo saben, entre ser y aparentar. Ser me parece algo más seguro. Aparentar, más apropiado para desaparecer. Y yo me sentía hecho para desaparecer. O sea él, mi cuerpo. También mi hermana había notado esa disponibilidad mía para desaparecer. Porque seguía espiándome, se preocupaba con torpeza. Las personas, casi todas, no saben preocuparse por los demás con delicadeza, modestia y sin presunciones. Creen saber. Mi hermana creía saber. Conocer a la humanidad. Era muy pesada. No me gusta la gente que sabe. O que muestra que sabe. El saber no sabe. Pero esto pocos lo entienden.

Sin dolor físico, tenía que aumentar mi dosis de Roipnol. Porque mi cuerpo, que era inmune al dolor, se había vuelto bastante indolente frente a los somníferos. Nunca bastaban. Sin dolor, no tenía ganas de dormir. Pero yo, el hermano de XX, tenía siempre muchas, muchísimas, ganas de dormir. Sentía pasión por el sueño. Por esas doce horas de inmovilidad absoluta. Por esas doce horas de absoluta distancia del mundo. Doce horas de suave y dulcísima sepultura. Mi cuerpo no sueña. No está.

Tengo veinticinco años. Hice lo que según mi hermana era importante. Pero cuando tenía ocho años era poeta y escritor. Y nadie me había dicho que era importante escribir. Desde entonces no he hecho sino cosas que eran importantes, según mi hermana, estudiar, licenciarme, tener éxito en la vida. Por la calle miro a las personas que pasan mientras debería ir a hablar con alguien para que me diera trabajo. Me digo que cada una de esas personas ya está teniendo éxito en la vida…

Yo sólo sigo sombras, soy todavía joven, llevo en el bolsillo mi somnífero, por tanto estoy en mi sitio, no me hace falta nada, excepto lo que hace falta para hacer algo importante. Ese trocito de cuerda para alcanzar al otro con el fin de hacer algo realmente importante, tanto como para tener éxito en la vida. Eso dice mi hermana XX. Que ha contado que me he matado. Es lo que no le perdono. Me licencié, fui a las exequias de mi madre, de mala gana, contra mi voluntad, sin desear éxito alguno. Sin deseo alguno. Ni siquiera el de sufrir. Sin dolor. Más bien, con una vana alegría, que casi llamaría felicidad”.

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El nuevo libro de relatos de una autora de culto.

Alpha Gene, una novela juvenil de ciencia ficción, del escritor Ángel M. Huerta.

Nuevas hazañas y desafíos cambiarán las vidas de estos cinco jóvenes al descubrir los talentos que oculta el cerebro humano.

Te dejamos el primer capítulo:

“Puedo decir honestamente que recuerdo aquel día como si hubiese sido ayer, sin embargo, fue hace muchos años. Al decir esto no quiero decir que presuma de tener una memoria fotográfica, sino simplemente que recuerdo cada detalle de lo que sucedió aquel día en particular. La historia que voy a contarles no es acerca de mí, aunque no puedo negar que soy parte importante de ella. No, esta historia es acerca de un grupo de jóvenes que, en aquel tiempo, eran apenas unos niños. Peter, Annie, Tommy, Sophie y Gabriel son sus nombres, y tenían apenas cerca de doce años.

Pero, antes de contarles acerca de ellos, creo que sería conveniente comenzar desde el principio, cuando todavía no los conocía o no sabía de lo que eran capaces. Haré lo posible por describir los eventos tal y como sucedieron.

Era una bella mañana en la ciudad de Portland, Maine. En aquel tiempo vivía en los suburbios, justo a las afueras de la ciudad. Había llovido la noche anterior, y la lluvia provocaba en los pastizales un efecto que los hacía lucir como si recientemente hubieran sido retocados con pintura color verde.

Desperté a las 5:45 de la mañana. Revisé cuidadosamente todos los papeles de la presentación para asegurarme de que hasta la última hoja estuviera en su lugar. Había estado trabajando en ella desde semanas atrás, aunque en realidad representaba los últimos veinte años de mis investigaciones. Estaba completa y lista para exponerse ante la junta de consejo del laboratorio, la cual estaba programada con un mes de anticipación; ya no había marcha atrás.

Coloqué la presentación con cuidado dentro del portafolio y le di un trago a mi taza de café. ¡Oh, sí! Ese café era la mejor parte de mi mañana. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que ese café era el mejor que cualquier persona en el mundo pudiese probar.

Terminé el café y me preparé para irme al laboratorio, aunque, claro, no sin antes empacar mi comida. Algo simple, la clásica manzana roja, aunque esta vez era verde porque ya no había rojas en el mercado, y un delicioso y nutritivo sándwich de queso. Preparar mis alimentos para el resto del día se había convertido en un procedimiento habitual para mí. Empacaba el mismo almuerzo todos los días, el mismo que Kara, mi amada esposa por más de veinte años, me preparó todos los días hasta el momento en que se marchó. Siempre pensé que yo sería el primero en pasar a mejor vida, pero, por alguna razón, ella lo hizo antes. Fue ella quien me dio esa máquina de hacer café, como regalo de bodas. Sé lo que están pensando, pero créanme: el valor sentimental de esa máquina no tiene nada que ver con el increíble café que produce; aunque mi laboratorio tenía una de las mejores cafeterías en el estado, y sólo contrataba a los chefs más prestigiados de los alrededores, nada mejoraba mi almuerzo, preparado en casa.

Como todos los días, llegué temprano al laboratorio. En ese entonces trabajaba en NatGen, cuyo acrónimo significaba: Genética Natural. Fundé NatGen junto con mi socio y mejor amigo, el doctor Benjamín Price, Ben, como yo solía llamarlo. Era un edificio alto y de color gris. Sus paredes estaban hechas de enormes ventanales de cristal y sus cinco pisos se dividían entre las diferentes secciones que componían la empresa: investigación, desarrollo y, por supuesto, el área administrativa. Todas las mañanas, el guardia de seguridad en turno abría las puertas de cristal a mi llegada.

Mi disciplina era la de un madrugador, por lo que normalmente llegaba justo antes de que comenzara el turno matutino. El guardia se llamaba Collin Murray y era el mismo hombre que por más de cinco años seguidos me había acompañado desde la puerta principal del edificio hasta mi oficina, en el quinto piso. Más que por camaradería, porque estaba al tanto de mi fobia a los elevadores: tengo pánico a quedarme encerrado en uno. Así que, Collin, haciendo honor a su profesión, me brindaba un poco de seguridad cada vez que subíamos a bordo de esa máquina infernal.

Una vez en mi oficina, me sentaba en mi escritorio a disfrutar de una taza de café. De ninguna manera ese café podía compararse al preparado en casa, pero, al no tener otra opción, tenía que conformarme con su agrio sabor mientras planeaba mi día.

A las diez de la mañana, el edificio ya estaba lleno de vida. Desde el personal de intendencia hasta vicepresidentes de adquisiciones merodeaban por sus pasillos. Para esas horas, normalmente ya iba por mi tercera taza de café y estaba por entrar a mi cuarta reunión del día. Y, aunque era un hombre muy atareado, admito que disfrutaba cada segundo de mis labores. Sin embargo, ese día todo fue distinto. Era el día de la junta más importante de mi carrera, que, de haberse llevado a cabo, habría cambiado mi vida por completo. Bueno, al final de cuentas, mi vida sí cambió, pero el cambio se presentó de una manera completamente diferente de como yo imaginaba.

Esa mañana esperaba, impaciente, en mi oficina. A sólo un par de horas para la junta, Ben aún no había hecho acto de presencia. Regularmente era muy puntual y, al igual que yo, a veces hasta le gustaba llegar con tiempo de sobra. No esta vez. No ese día.

Aún recuerdo haber escuchado el alboroto que provenía desde el exterior del edificio. Me asomé por la ventana y presencié lo que parecía una escena tomada de alguna película de acción. Luces azules y rojas se reflejaban por el cristal. Desde mi oficina, en el quinto piso, podía ver cómo el estacionamiento se llenaba de autos de policía, mientras que algunos uniformados, doce o quince, se apresuraban hacia la entrada de nuestro edificio. Parecía una operación perfectamente coordinada. Recuerdo lo que pensé en ese momento: «¡Qué emocionante!».

Como era costumbre, mi mente comenzó a divagar. ¿Qué estaba pasando? ¿Alguna amenaza de bomba? Esa parte de la ciudad era muy tranquila y nunca había pasado algo semejante, al menos nada de que lo yo me hubiese enterado.

¡PUM! En ese momento cayó la puerta de mi oficina.

—¡Doctor McKenna! —Fueron las primeras palabras que escuché—. ¡Doctor Lucas McKenna! —Esta vez, mi nombre completo.

Al voltear la mirada, descubrí al menos media docena de uniformados, todos apuntando su arma hacia mí, mientras gritaban y balbuceaban cosas que yo no podía entender. La situación dejó de ser emocionante.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—¿Es usted el doctor Lucas McKenna? —gritó el primer oficial que entró en mi oficina.

—Ese es mi nombre —contesté orgullosamente, aunque para ese entonces estaba convencido de que no estaban ahí para pedirme un autógrafo.

—Queda usted detenido —contestó el uniformado.

Por primera vez en mi vida escuché esas palabras en vivo y no en un programa de televisión. Después, el oficial, que ahora se encontraba a mi lado, me tomó de la cabeza y, con una fuerza brutal, me empujó hacia el suelo. Mis anteojos se partieron en dos al estrellarse en el piso de concreto.

—¡Lo tenemos! —celebró uno de los oficiales.

Inmediatamente, ese mismo hombre tomó mis manos y las jaló hacia mi espalda. Soy relativamente delgado, así que no le fue difícil. El metal helado de las esposas que colocó sobre mis muñecas me provocó escalofríos. Como pude, volteé a verlo.

—Disculpe, señor policía, me podría explicar de qué se trata todo esto. —

Está usted arrestado, señor —contestó con voz firme, mientras apretaba las esposas.

—Disculpe de nuevo, pero de eso ya me di cuenta. Lo que me gustaría saber es por qué. —Debo confesar que mi gusto por el sarcasmo nunca me ha beneficiado en nada.

—Está usted bajo arresto por el asesinato del doctor Benjamín Price —me contestó.

Todo quedó en silencio. Todo, excepto el eco de las mismas palabras que escuché una y otra vez en mi cabeza: «El asesinato del doctor Benjamín Price».

Benjamín Price, Ben, mi socio, mi amigo: mi hermano. Conocí a Ben cuando estudiábamos en la Universidad de Princeton. Siempre quise pensar que de alguna manera nos detectamos el uno al otro: de la misma manera en que un imán atraería una aguja en un pajar. Fue durante la clase de química avanzada; no muchos estudiantes levantan la mano para opinar en la clase de química avanzada. Pero, esa vez, éramos dos los que buscábamos llamar la atención del profesor. Era como una competencia, una carrera por demostrar quién tenía mayor conocimiento en la materia. Una tras otra, contestábamos las preguntas y opinábamos sobre el tema, como un juego de ajedrez. Incluso, corría el rumor de que los demás estudiantes apostaban entre ellos para ver quién saldría victorioso de los dos. Algunos pensaban que Ben era más inteligente; otros apostaban a mi favor. Al final, resultamos prácticamente a la par y mucho, mucho más capaces que el maestro Bowers. Claro, el catedrático era inteligente, tal vez más de lo normal, pero creo que sobra decir que Ben y yo estábamos en otro nivel.

Fue desde aquel entonces cuando nos convertimos en mejores amigos. Ben y yo teníamos mucho en común: nos gustaban los mismos libros, la misma música, las mismas películas, y éramos parecidos hasta en materias del corazón. ¿A qué me refiero? A que en ese entonces ambos nos enamoramos de la misma chica. Aún recuerdo la primera vez que la miré: cabello largo oscuro, los ojos color miel más hermosos que jamás había visto en mi vida y una sonrisa que podía iluminar el cielo.

Esto intensificó entre Ben y yo lo que ya conocíamos como «la batalla de los cerebros». Claro, esta vez el duelo era por ver quién ganaba el corazón de nuestra amada.

La batalla se prolongó durante años. Dos, para ser exactos. Y debo decir que aquel no fue un duelo romántico habitual, sino mucho más que eso. Pero la rivalidad en cuestiones del corazón nunca interfirió con nuestra amistad o con nuestros proyectos, los cuales incluían cambiar el mundo. Sí, Ben y yo teníamos la idea de que, si combinábamos nuestros cerebros y los enfocábamos en algo productivo, terminaríamos por inventar algo inimaginable y, de esa manera, cambiaríamos el mundo para bien. Así que, al fin de cuentas, aunque fui yo quien salió victorioso y conquistó el corazón de mi amada, Ben terminó siendo el padrino de anillos en mi boda con Kara.

Todo eso era Ben para mí. Así que pueden imaginar lo que sentí mientras me arrastraban por el suelo de la oficina y era acusado de haber asesinado a mi mejor amigo y, ahora, exsocio.

Ben y yo nos hicimos socios varios años atrás, cuando comenzamos nuestro propio laboratorio en el cuarto de triques de mi departamento. Conforme pasó el tiempo, nos convertimos en científicos exitosos, realizando investigaciones para gigantes farmacéuticos y, en algún momento, hasta para el mismo gobierno de los Estados Unidos. Lo teníamos todo, incluyendo una sustanciosa cuenta de banco. Así pasaron los años, hasta que decidimos dejar de trabajar para otras empresas y comenzar a trabajar en nuestros propios proyectos.

Al poco tiempo, Ben y yo convertimos nuestra compañía en una empresa pública. Las acciones no tardaron en venderse y subir de valor a niveles inesperados. Eso nos permitió concentrarnos en algo que ambos habíamos estado investigando durante diez años, si no es que durante más tiempo, pero, debido a la carga de trabajo, no habíamos podido dedicarnos a ello al cien por ciento. Era algo grande y, cuando digo grande, me refiero a algo lo suficientemente grande como para cambiar el mundo. Algo que podría transformar nuestro estilo de vida, y no me refiero sólo al propio, sino al de toda la humanidad. Estábamos orgullosos de la investigación y seguros de que lograríamos un cambio positivo en el planeta.

Me gustaría decirles que tuvimos éxito, pero no fue así. Estuvimos cerca de obtenerlo, pero, al final, la desaparición repentina de mi socio acabó con cualquier probabilidad de alcanzar el éxito. Y porque todo esto sucedió antes de que Ben y yo pudiéramos hacer pública la investigación, nadie más que nosotros sabía del proyecto o de qué tan cerca estuvimos de hacerlo realidad. Por eso, las acusaciones en mi contra me tomaron por sorpresa. Para mí, estas no tenían ningún sentido. ¿Por qué habría yo de querer asesinar a mi mejor amigo?

¡PUM! Cayó el martillo del juez, provocando un estruendoso ruido en la corte. El juicio se llevó a cabo en un cuarto frío y desolado, pobremente iluminado y con un aspecto muy desagradable. Aunque no tenía nada que esconder, el terrible escenario me ponía nervioso.

No voy a entrar en detalles de lo que sucedió durante el juicio por ninguna otra razón más que porque fue extremadamente aburrido. Pasaron las horas y los días mientras los abogados intercambiaban ideas y teorías de cómo pudieron haber sucedido los hechos. La razón principal por la que fui encontrado sospechoso fue por la manera en que Ben desapareció. Ben había asistido a una junta al otro lado del Océano Pacífico y había utilizado el avión privado de la compañía. Debió haber regresado la misma mañana de la junta con los socios, pero el avión nunca llegó a nuestro hangar privado, en Portland, y terminó estrellándose en una montaña, a varias millas de distancia. Lo llamaron sabotaje y, por alguna razón que para mí no tenía sentido, me señalaron como el principal sospechoso.

Al final del día, no hubo ninguna prueba de mi involucramiento en la desaparición de Ben. Y porque vivimos en Estados Unidos, un país en donde se es inocente hasta que se demuestre lo contrario para poder ser procesado penalmente, fui absuelto de todos los cargos en mi contra tan sólo un par de meses después de haber comenzado el juicio. Voy a ser claro y voy a decirlo ahora, para que no quede ninguna duda al respecto: yo no maté ni tuve nada que ver con la desaparición de mi amigo. Al contrario, yo lo apreciaba muchísimo, por lo que la noticia de su muerte me fue devastadora.

No puedo negar que la situación tuvo un alto impacto en mi vida. No importa haber sido encontrado inocente: el simple hecho de haber sido enjuiciado cambia tu vida para siempre. La gente a tu alrededor comienza a verte de manera extraña y desagradable, como si padecieras una enfermedad contagiosa. Automáticamente, y como si fuera regla general, la gente deja de confiar en ti.

¿Cómo me afectó todo esto? Les explico. Los socios del laboratorio decidieron retirar su inversión, argumentando que corrían riesgo si el capital permanecía en la empresa. Traté de buscar nuevos inversionistas, pero, debido a que la noticia del juicio había tenido una difusión nacional, me fue sumamente difícil conseguir cita alguna para exponer mis proyectos con la gente de dinero. Esto provocó que finalmente cerrara mi laboratorio.

Para mi desgracia, la devastadora muerte de mi mejor amigo no fue suficiente, sino que tuve que cancelar la investigación más importante de mi vida. Si hubiera encontrado la manera de continuarla, sin duda alguna lo hubiese hecho, pero, en aquel entonces, ninguna solución me vino a la mente. En ese momento, lo que me atormentaba era la muerte de mi querido amigo y el hecho de saber que, si hubiéramos tenido más tiempo, hubiéramos logrado nuestro objetivo.

Después de varios meses de pensar y planear, hice lo que cualquier genio millonario sin trabajo y con una mala reputación hubiera hecho en mi situación: aceptar un puesto de maestro en el pequeño pueblo de Templeville.

Era el escenario perfecto, un pueblo remoto, a varios kiló- metros de Portland, pero aún dentro del estado de Maine: un lugar en el que la noticia de mi juicio o el hecho de quién era yo pasaban desapercibidos. Inmediatamente acepté la propuesta de ser maestro de ciencias en la escuela primaria. Ese trabajo me permitiría tener acceso a un laboratorio, algo que puede ser muy conveniente cuando eres científico de profesión. Así que empaqué mis maletas y me mudé al pueblo. El director de la escuela se sorprendió al ver mi currículum, el cual de ninguna manera incluía información indeseada o que hiciera referencia a lo acontecido. Nada mal para un exconvicto, ¿verdad? (lo sé: ni siquiera estuve preso ni fui declarado culpable, pero la palabra suena intrigante, ¿no? Exconvicto). Pasaron un par de semanas hasta que terminé de instalarme. El pueblito no estaba tan mal. Si tuviera que describirlo, comenzaría por decir que, al verlo por primera vez, parecía que hubiese viajado en una máquina del tiempo a los años cincuenta. Sus diminutas casas estaban rodeadas de altos pinos; creaban la ilusión de ser una decoración navideña, de fechas decembrinas. El centro del pueblo era precioso, y desde ahí se admiraban las enormes montañas que circundaban a la comunidad.

En el invierno, Templeville quedaba cubierto de nieve y la gente salía a las calles a cantar villancicos y a tomar chocolate caliente. Cuando llegaba el otoño, adquiría tonos amarillos y marrones. El ayuntamiento parecía tener prohibido recolectar las hojas caídas de los árboles, así que se veía prácticamente como una tarjeta postal. Las flores prosperaban maravillosamente durante la primavera y el mejor lugar para admirar la lluvia caer era desde el porche de tu propia casa.

No menos atractivo era el verano: era el tiempo perfecto para salir a nadar al lago, así como la mejor época del año para los granjeros que tenían sus rancherías en los límites de la ciudad. En una simple frase: Templeville era el típico pueblo americano. Sus habitantes aún se reunían en el ayuntamiento, y hasta la gente adulta gritaba «dulce o truco» cuando llegaba la temporada en que todos se disfrazan para asustar al prójimo.

No puedo mentir, al inicio, mi trabajo como maestro de ciencias era muy aburrido. No, «aburrido» no es la palabra que estaba buscando, la palabra es «insoportable». Como todos, había escuchado las historias sobre lo difícil que puede ser la vida de un catedrático, pero, si en verdad quiero ser realista, debo decir que cualquier historia que puedan haber escuchado no es nada comparada con la realidad. Fue entonces cuando cambié mi perspectiva acerca de esos hombres y mujeres que dedican su vida a la docencia; desde ese momento en adelante, para mí, quien dedica su vida a la educación del prójimo es un héroe.

Otra de las razones por las que este cambio fue muy difícil para mí, fue que estaba acostumbrado a trabajar en un lugar donde a diario se manejaban diferentes cepas de toxinas peligrosas o diferentes tipos de vacunas genéticas. Mi trabajo, en aquellos años, era mucho más, cómo puedo decirlo, ¿trascendente? Y aquí, el mayor de mis problemas era conseguir suficientes sapillos para la clase de disección o recaudar fondos para poder comprar equipo nuevo para el laboratorio. Así que, sí, tuve momentos difíciles mientras me acostumbraba a mi nueva vida. Pero todo cambió la tarde que tuve que visitar el pequeño hospital del pueblo para recoger los suministros de la clase del día siguiente. Sí, esa noche, mi vida dio otro giro hacia lo inesperado”.

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Nuevas hazañas y desafíos cambiarán las vidas de estos cinco jóvenes al descubrir los talentos que oculta el cerebro humano.

“Los besos en el pan”: una novela de Almudena Grandes que te hará recordar tu infancia

¿Qué puede llegar a ocurrirles a los vecinos de un barrio cualquiera en estos tiempos difíciles? ¿Cómo resisten, en pleno ojo del huracán, parejas y personas solas, padres e hijos, jóvenes y ancianos, los embates de esta crisis?

Lee el primer capitulo de, “Los besos en el pan”, de Almudena Grandes.

“Estamos en un barrio del centro de Madrid. Su nombre no importa, porque podría ser cualquiera entre unos pocos barrios antiguos, con zonas venerables, otras más bien vetustas. Este no tiene muchos monumentos pero es de los bonitos, porque está vivo.

Mi barrio tiene calles irregulares. Las hay amplias, con árboles frondosos que sombrean los balcones de los pisos bajos, aunque abundan más las estrechas. Estas también tienen árboles, más apretados, más juntos y siempre muy bien podados, para que no acaparen el espacio que escasea hasta en el aire, pero verdes, tiernos en primavera y amables en verano, cuando caminar por la mañana temprano por las aceras recién regadas es un lujo sin precio, un placer gratuito. Las plazas son bastantes, no muy grandes. Cada una tiene su iglesia y su estatua en el centro, figuras de héroes o de santos, y sus bancos, sus columpios, sus vallados para los perros, todos iguales entre sí, producto de alguna contrata municipal sobre cuyo origen es mejor no indagar mucho. A cambio, los callejones, pocos pero preciosos, sobre todo para los enamorados clandestinos y los adolescentes partidarios de no entrar en clase, han resistido heroicamente, año tras año, los planes de exterminio diseñados para ellos en las oficinas de urbanismo del Ayuntamiento. Y ahí siguen, vivos, como el barrio mismo.

Pero lo más valioso de este paisaje son las figuras, sus vecinos, tan dispares y variopintos, tan ordenados o caóticos como las casas que habitan. Muchos de ellos han vivido siempre aquí, en las casas buenas, con conserje, ascensor y portal de mármol, que se alinean en las calles anchas y en algunas estrechas, o en edificios más modestos, con un simple chiscón para el portero al lado de la puerta o ni siquiera eso. En este barrio siempre han convivido los portales de mármol y las paredes de yeso, los ricos y los pobres. Los vecinos antiguos resistieron la desbandada de los años setenta del siglo pasado, cuando se puso de moda huir del centro, soportaron la movida de los ochenta, cuando la caída de los precios congregó a una multitud de nuevos colonos que llegaron cargados de estanterías del Rastro, posters del Che Guevara, y telas hindúes que lo mismo servían para adornar la pared, cubrir la cama o forrar un sofá desvencijado, rescatado por los pelos de la basura, y sobrevivieron al resurgir de los noventa, cuando en el primer ensayo de la burbuja inmobiliaria resultó que lo más cool era volver a vivir en el centro. Después, la realidad empezó a tambalearse al mismo tiempo para todos ellos. Al principio sintieron un temblor, se encontraron sin suelo debajo de los pies y creyeron que era un efecto óptico. No será para tanto, se dijeron, pero fue, y nada cambió en apariencia mientras el asfalto de las calles se resquebrajaba y un vapor ardiente, malsano, infectaba el aire. Nadie vio aquellas grietas, pero todos sintieron que a través de ellas se escapaba la tranquilidad, el bienestar, el futuro. Tampoco reaccionaron todos igual. Quienes renunciaron al combate ya no viven aquí. Los demás siguen luchando contra el dragón con sus propias armas, cada uno a su manera.

Los mayores no tienen tanto miedo.

Ellos recuerdan que, no hace tanto, en las mañanas heladas del invierno las muchachas de servicio no andaban por las calles de Madrid. Las recuerdan siempre corriendo, los brazos cruzados sobre el pecho para intentar retener el calor de una chaqueta de lana, las piernas desnudas, los pies sin calcetines, siempre veloces en sus escuetas zapatillas de lona. Recuerdan también a ciertos hombres oscuros que caminaban despacio, las solapas de la americana levantadas y una maleta de cartón en una mano. Los niños de entonces los mirábamos, nos preguntábamos si no tendrían frío, nos admirábamos de su entereza y nos guardábamos la curiosidad para nosotros mismos.

En los años sesenta del siglo XX, la curiosidad era un vicio peligroso para los niños españoles, que crecimos entre fotografías —a veces enmarcadas sobre una cómoda, a veces enterradas en un cajón— de personas jóvenes y sonrientes a quienes no conocíamos.

—¿Y quién es este?

—Pues… —eran tías o novios, primas o hermanos, abuelos o amigas de la familia, y estaban muertos.

—¿Y cuándo murió?

—¡Uy! —y los adultos empezaban a ponerse nerviosos—. Hace mucho tiempo.

—¿Y cómo, por qué, qué pasó?

—Fue en la guerra, o después de la guerra, pero es una historia tan fea, es muy triste, mejor no hablar de temas desagradables… —ahí, en aquel misterioso conflicto del que nadie se atrevía a hablar aunque escocía en los ojos de los adultos como una herida abierta, infectada por el miedo o por la culpa, terminaban todas las conversaciones—. ¿Qué pasa, que ya has acabado los deberes? Pues vete a jugar, o mejor ve a bañarte, corre, que luego os juntáis todos y se acaba el agua del termo…

Así, los niños de entonces aprendimos a no preguntar, aunque a los españoles de hoy no les gusta recordarlo. Tampoco acordarse de que vivían en un país pobre, aunque eso no era ninguna novedad. Los españoles siempre hemos sido pobres, incluso en la época en que los reyes de España eran los amos del mundo, cuando el oro de América atravesaba la península sin dejar a su paso nada más que el polvo que levantaban las carretas que lo llevaban a Flandes, para pagar las deudas de la Corona. En el Madrid de mediados del siglo XX, donde un abrigo era un lujo que no estaba al alcance de las muchachas de servicio ni de los jornaleros que paseaban por las calles para hacer tiempo, mientras esperaban la hora de subirse al tren que los llevaría muy lejos, a la vendimia francesa o a una fábrica alemana, la pobreza seguía siendo un destino familiar, la única herencia que muchos padres podían legar a sus hijos. Y sin embargo, en ese patrimonio había algo más, una riqueza que los españoles de hoy hemos perdido.

Por eso los mayores tienen menos miedo. Ellos hacen memoria de su juventud y lo recuerdan todo, el frío, los mutilados que pedían limosna por la calle, los silencios, el nerviosismo que se apoderaba de sus padres si se cruzaban por la acera con un policía, y una vieja costumbre ya olvidada, que no supieron o no quisieron transmitir a sus hijos. Cuando se caía un trozo de pan al suelo, los adultos obligaban a los niños a recogerlo y a darle un beso antes de devolverlo a la panera, tanta hambre habían pasado sus familias en aquellos años en los que murieron todas esas personas queridas cuyas historias nadie quiso contarles.

Los niños que aprendimos a besar el pan hacemos memoria de nuestra infancia y recordamos la herencia de un hambre desconocida ya para nosotros, esas tortillas francesas tan asquerosas que hacían nuestras abuelas para no desperdiciar el huevo batido que sobraba de rebozar el pescado. Pero no recordamos la tristeza.

La rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias suficientes como para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían de pie. Porque en España, hasta hace treinta años, los hijos heredaban la pobreza, pero también la dignidad de sus padres, una manera de ser pobres sin sentirse humillados, sin dejar de ser dignos ni de luchar por el futuro. Vivían en un país donde la pobreza no era un motivo para avergonzarse, mucho menos para darse por vencido. Ni siquiera Franco, en los treinta y siete años de feroz dictadura que cosechó la maldita guerra que él mismo empezó, logró evitar que sus enemigos prosperaran en condiciones atroces, que se enamoraran, que tuvieran hijos, que fueran felices. No hace tanto tiempo, en este mismo barrio, la felicidad era también una manera de resistir.

Después, alguien nos dijo que había que olvidar, que el futuro consistía en olvidar todo lo que había ocurrido. Que para construir la democracia era imprescindible mirar hacia delante, hacer como que aquí nunca había pasado nada. Y al olvidar lo malo, los españoles olvidamos también lo bueno. No parecía importante porque, de repente, éramos guapos, éramos modernos, estábamos de moda… ¿Para qué recordar la guerra, el hambre, centenares de miles de muertos, tanta miseria?

Así, renegando de las mujeres sin abrigo, de las maletas de cartón y de los besos en el pan, los vecinos de este barrio, que es distinto pero semejante a muchos otros barrios de cualquier ciudad de España, perdieron los vínculos con su propia tradición, las referencias que ahora podrían ayudarles a superar la nueva pobreza que los ha asaltado por sorpresa, desde el corazón de esa Europa que les iba a hacer tan ricos y les ha arrebatado un tesoro que no puede comprarse con dinero.

Así, los vecinos de este barrio, más que arruinados, se encuentran perdidos, abismados en una confusión paralizante e inerme, desorientados como un niño mimado al que le han quitado sus juguetes y no sabe protestar, reclamar lo que era suyo, denunciar el robo, detener a los ladrones.

Si nuestros abuelos nos vieran, se morirían primero de risa, después de pena. Porque para ellos esto no sería una crisis, sino un leve contratiempo. Pero los españoles, que durante muchos siglos supimos ser pobres con dignidad, nunca habíamos sabido ser dóciles. Nunca, hasta ahora.

Esta es la historia de muchas historias, la historia de un barrio de Madrid que se empeña en resistir, en seguir pareciéndose a sí mismo en la pupila del ojo del huracán, esa crisis que amenazó con volverlo del revés y aún no lo ha conseguido.

En este barrio viven familias completas, parejas con perro y sin perro, con niños, sin ellos, y personas solas, jóvenes, maduras, ancianas, españolas, extranjeras, a veces felices y a veces desgraciadas, casi siempre felices y desgraciadas a ratos. Algunos se han hundido, pero son más quienes resisten por sí mismos y por los demás, y se obstinan en cultivar sus viejos ritos, sus costumbres de antes, para no dejar de ser quienes son, para que sus vecinos puedan seguir llamándoles por su nombre.

La peluquería de Amalia estuvo a punto de cerrar cuando abrieron una manicura china justo enfrente, pero sus  clientas le fueron leales aunque no le quedó más remedio que bajar los precios.

El bar de Pascual sigue abierto, aunque cada día es menos un bar y más una sede, la de los vecinos que pelean por conservar los pisos de alquiler social que el Ayuntamiento vendió a traición a un fondo buitre, la de la Asociación de Mujeres que tuvo que cerrar su local cuando se quedó sin subvenciones, la del AMPA del colegio que ya no abre por las tardes porque le recortaron los fondos para extraescolares… A su dueño no le importa. Pascual es un hombre tranquilo, bienhumorado, que se conforma con exigir que, al menos, uno de cada tres socios de la asociación que sea pida de vez en cuando una cerveza. A los otros dos, si no hay más remedio, les sirve un vaso de agua con una sonrisa en los labios.

Muchas tiendas antiguas han cerrado. Han abierto otras nuevas, casi siempre baratas, aunque no todas son orientales. La churrería, la farmacia, la papelería, el mercado, siguen en el mismo sitio, eso sí, como los puntos cardinales del barrio de antaño, el barrio de ahora. Por lo demás, en septiembre empieza el curso, en diciembre llega la Navidad, en abril brotan las plantas, en verano, el calor, y entretanto pasa la vida.

Vengan conmigo a verla.”

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¿Qué puede llegar a ocurrirles a los vecinos de un barrio cualquiera en estos tiempos difíciles? ¿Cómo resisten, en pleno ojo del huracán, parejas y personas solas, padres e hijos, jóvenes y ancianos, los embates de esta crisis?

Los autores de Planeta en la Feria del Libro de Guatemala

¡La fiesta de los libros llega a Guatemala! Te presentamos las actividades que Grupo Planeta y nuestros autores, han preparado para celebrar la lectura en todo el continente americano.

VIERNES 17 DE JULIO

17:30 horas Presentación del libro Milena o el fémur más bello del mundo (Planeta 2014) en la Sala Elena Poniatowska

En esta novela, ganadora del Premio Planeta 2014, el autor mexicano Jorge Zepeda Patterson (Mazatlán, 1952) utiliza la narrativa para mostrar horrores que de otra manera serían muy difíciles de explicar en sociedades que, de una u otra manera, se han hecho cómplices de las redes de trata al mostrarse complacientes con la prostitución y el sórdido mundo que la rodea, sin pensar en que las mafias del crimen organizado secuestran, abusan y esclavizan a mujeres y niñas –y también hombres- para aprovecharlas en negocios que resultan más redituables que el tráfico de drogas.

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Novela ganadora del Premio Planeta 2014

 

SÁBADO 18 DE JULIO

12:00 horas Presentación del libro Desde mi muro de Benito Taibo (Planeta 2014). Plazoleta Rosario Castellanos

Relatos y anécdotas extraídos del muro de Facebook del autor, quien comparte en palabras el espejo donde se refleja lo cotidiano y lo extraordinario. Así el muro de Benito Taibo, una oportunidad para adentrarse en los pensamientos de este entrañable escritor, a quien cada vez sentirán conocer más, seas o no su amigo en Facebook.

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Colección de minicuentos y anécdotas del escritor más querido y popular de Facebook.

 

DOMINGO 19 DE JULIO

17:00 horas Presentación del libro El Manipulador de David Unger (Planeta, 2015). Sala Luis Cardoza y Aragón

Guillermo Rosensweig, un abogado rico y carismático, es asesinado a sangre fría una apacible tarde de primavera en la que sale a pasear en bicicleta. Sorprendentemente, la víctima sabía a ciencia cierta que iba morir y pocos días antes había grabado un video en el que culpaba de su inminente asesinato nada menos que al presidente de Guatemala. La acusación, viralizada a través de YouTube, pone en peligro la estabilidad del gobierno.

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David Unger

El asesinato uqe puso en jaque a todo un país.
Extraordinario thriller político basado en el polémico caso Rosenberg.

 

JUEVES 23 DE JULIO

17:00 horas presentación del libro Autorretrato de familia con perro de Álvaro Uribe (Tusquets 2014). Sala Elena Poniatowska

El autor ganador del premio Xavier Villaurrutia 2014 por éste libro, hace una descripción de sus hijos, sus nietas, su amiga más íntima, su cirujano plástico, su nuera, sus vecinas y, no menos importante, Canuto, su perro. El lector descubre memorias llenas de nostalgia, diversión, ternura y momentos de reflexión sobre Malú y su singular familia. El personaje principal de esta novela tiene mucho de la madre del autor, quien falleció en el 2008. Fue después de este lamentable hecho que el autor pensó en escribir esta historia: “Su muerte, por más dolorosa que haya sido, fue la condición para que yo pudiera escribir la novela”.

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¿Qué es verdad y qué es mentira?

 

VIERNES 24 DE JULIO

15:00 horas Omar Nieto en el Conversatorio “Intercambios literarios Chiapas-Guatemala” en la Sala Carlos Fuentes

El autor de Las mujeres matan mejor, acompañado por Chary Zumeta, Aída Toledo y Enrique Noriega sostendrá una charla sobre la literatura en Chiapas y Guatemala.

SÁBADO 25 DE JULIO

18:30 horas Conversatorio de la obra de Paco Ignacio Taibo II. Plazoleta Rosario Castellanos

 El reconocido autor Paco Ignacio Taibo II compartirá con los asistentes su camino por la vida de las letras, cómo logró convertirse en un referente de la novela policiáca en México así como uno de los mayores exponentes de la vida de Ernesto “el Che” Guevara.

DOMINGO 26 DE JULIO

18:30 horas Foro sobre novela negra en la Plazoleta Rosario Castellanos

¿Existen diferencias entre la novela negra o policiaca? y ¿Cuáles son las características del género? Estas y otras preguntas podrán responderse en esta mesa donde el reconocido autor Paco Ignacio Taibo II, padre del detective Héctor Belascoarán, hará un análisis y aclarará todas las dudas del público respecto a éste género que cada vez atesora más lectores.