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Eva Blanch presenta, “Corazón amarillo sangre azul”.

Todo lo que no te contaron sobre una de las mujeres más sugerentes y decisivas de la cultura española del siglo XX.

Te compartimos el primer capítulo de “Corazón amarillo sangre azul“, de la autora barcelonesa Eva Blanch

Nos encontramos cerca del Monasterio de Pedralbes, a unos cien metros de la montañeta que limita la ciudad por el noroeste, en una calle residencial y arbolada con nombre de monja. Una reja rosada cubierta de hiedra cierra el jardín que rodea la casa del Hermano. Delante de la puerta, tres mujeres esperan.

—Te he dicho que llames.

La Escritora vocaliza con dificultad. La mujer menuda, de pelo negro, a quien va dirigida la orden se deshace en risas. Se muestra complaciente y nerviosa. Habla con acento dulzón y alarga las vocales (las aes y las oes con especial intensidad).

—Claro, señora, claro. Ahí voy. El timbre resuena con estrépito y un número indecible de perros responde con alborotados ladridos (ladridos que provienen de jardines de otras casas pero que se oyen muy cerca).

La Escritora, la Señora, la anciana de piel marmórea que ha dado la orden de llamar, tiene mal aspecto; se nos muestra aplastada, más derrumbada que sentada, en una silla de ruedas de apariencia maltrecha y ataviada con un vestido camisero mal abotonado. Las dos mujeres que la acompañan son dos sirvientas de indudable origen latinoamericano (¿bolivianas?, ¿peruanas?), cargan con bolsas de plástico de colores chillones y con dos bolsos negros y viejos, uno de marca y abierto, el otro brillante y de piel falsa. Las acompaña, sujeta con una correa metálica demasiado corta, una perra blanca, una labrador de aspecto tan envejecido como la que sólo puede ser su dueña, como la silla rodante que la traslada, como el bolso Loewe, abierto y manchado, que acarrea la mujer boliviana o Asistenta Uno, que siempre sonríe.

El interfono responde a la llamada con unos ruidos extraños, una especie de pitido y varios crujidos.

—Lisa, contesta, di algo —apremia la Asistenta Dos, que sujeta los mangos de la silla de ruedas, frunce el ceño y no sonríe nada.

—¿Hola? —La Asistenta Uno se acerca mucho al pequeño aparato metálico incrustado en la pared—. Está aquí la señora Emma, venimos de visita.

Se escucha un zumbido sordo como respuesta seguido de varios sonidos ininteligibles. La Escritora o Señora Emma tuerce el semblante, vuelve la cabeza y pierde la mirada hacia lo alto de la calle Sor Eulàlia Olzet. No presta atención al pequeño grupo de gente que está bajando hacia ellas, unas diez personas, en actitud visiblemente alegre, que andan enfrascadas en repartirse bocadillos y botellines de agua. El conjunto es visualmente compacto ya que todos visten la misma camiseta color amarillo. Un niño, portador de una gran bandera (cuatro barras rojas, cinco amarillas y una estrella blanca dentro de un triángulo azul), se desmarca del grupo y corre hacia las tres mujeres. Cuando las alcanza, se detiene bruscamente y agita la bandera por encima de sus cabezas. Un hombre grita:

—¡Marta! ¿Què fa el nano?

Y Marta, la que sólo puede ser su mujer y madre del niño, amonesta a su hijo con una petición de lo menos sugerente, una reprimenda que parece haberse transmitido por generaciones de madres catalanas (cabreadas): —¡Oriol!, vine cap aquí que et pegaré!

La primera cita que tuve relacionada con Emma no fue una entrevista. No llegué al piso de Andrés con la intención de hablar de Emma, porque aún no sabía que hablar de Emma iba a ser el objetivo de mi vida durante los dos años siguientes. Aunque sí cuando me fui. Porque, precisamente allí, en el cuarto primera de un piso con parquet barnizado en el salón y los girasoles de Van Gogh colgados en el dormitorio, fue donde tomé la decisión de que iba a ser así. Quedé con Andrés en su casa para acostarme con él por segunda vez y seguir suspendida en ese estado irreal en el que me encontraba y del que no quería despertar. Andrés me recibió y me desvistió con la brutalidad que yo esperaba, sin saludarme, sin preguntarme cómo estaba, cerrando la puerta con mi cuerpo al aplastarme con el suyo, con esa determinación que me había gustado desde el primer momento en que lo escuché hablar. Me arrastró por el largo pasillo iluminado con halógenas empotradas en el falso techo, sin despegar su cara de la mía, frenético, con prisas, sin decir nada, sin susurrarme al oído lo que, poco a poco, segundo a segundo, fui necesitando escuchar. En su habitación vi colgada la americana que siempre usaba en el hospital y me di cuenta de que lo prefería vestido del médico con autoridad que conocí —aunque la americana me disgustara sobremanera— que informal, con ese polo rosa salmón que se le había ocurrido ponerse para recibirme. Me tumbó en su cama, que estaba deshecha, era domingo y vivía solo, y cerré los ojos para abandonarme a sus besos y a sus grandes manos, diciéndome a mí misma que sólo en ese abandono la pesadilla se alejaba, que sólo en el frenesí de su deseo el horror no volvería. Pero mi cabeza no callaba y le pedí a Andrés que me hablara, necesitaba agarrarme a esa entereza que siempre me había mostrado, para tranquilizarme, para creerme que todo iba a salir bien. Pero Andrés, un Andrés sudado y fuera de sí, soltó lo que la polla le mandó decir y empezó a enrollarse con lo de los cuadros, que iba a comprar uno, un cuadro donde saliera yo desnuda o a punto de estarlo, y que lo colgaría allí mismo, cerca de su cama, en esa habitación. Yo le tapé la boca, le miré con rabia, le dije que no con la cabeza, le mordí dos dedos de la mano y dejé que me embistiera con más fuerza aún. El placer pudo conmigo. Él se corrió unos segundos más tarde.

—Mejor que no toques el Van Gogh este que tienes aquí colgado —le solté, irónica, con mala leche, cuando apenas habíamos recuperado el pulso—. Es un estilo que te pega más.

—Chica, me has hecho daño —atinó a decir. Andrés era robusto y se incorporó con lentitud. Hizo una mueca de dolor. Me enseñó el índice y el pulgar para que viera, blanca y clara, la marca de mi dentadura.

—Te lo merecías —le reproché, de malhumor, tirando de la sábana para cubrirme.

Me miró en silencio. Se levantó. Fue al baño a refrescarse, se lavó la cara, el torso. Cuando volvió, se secaba con una toalla y me preguntó:

—¿Algo va mal?

Contesté a la defensiva:

—¿Hay algo que vaya bien?

—Vaya, chica. Yo me lo acabo de pasar bomba. Cerré los ojos y me entró la risa.

—No me llames chica.

—Bueno, bueno, cómo estamos… Pensaba que esto era el principio de un gran romance. Pero veo que no.

No supe si seguir riendo o ponerme a llorar. Andrés se tumbó a mi lado y me sacudió cariñosamente el hombro.

—Hey, ahora que todo ha terminado tienes que empezar a pasártelo bien…

—Ya. Bueno. Por qué será que a mí no me parece que todo haya terminado.

—Porque sales de un pollo para meterte en otro… Yo no sé si éste era el mejor momento para separarte, chica…

Se me humedecieron los ojos. Él se acercó un poco y siguió hablando: —Te dije que fueras con cuidado, te dije que si no vigilabas te arrastraría con ella. Te avisé.

—¿Tú crees que me ha arrastrado?

—Por ahora ya se ha cargado tu matrimonio…

Nos miramos, callados. Él parecía meditar la respuesta que acababa de soltarme, quizá para matizarla. Yo no quería profundizar en el asunto y, ansiosa por escuchar un sí por respuesta, le pregunté:

—Andrés, hicimos bien, ¿verdad?

—¿Cómo?

—Hicimos lo que teníamos que hacer, ¿verdad?, tú y yo…

—Por supuesto. Yo siempre hago lo que tengo que hacer.

Resoplé divertida.

—Cómo eres…

—Así te quiero ver…, sonriendo, que es como estás más guapa. Tú lo que tienes que hacer es dejar de mirar atrás y empezar a mirar hacia delante. Eso está más claro que el agua. Tienes que hacer planes y empezar a solucionar tu vida.

Cerré los ojos. Él insistió:

—A ver, preciosa. Piensa una cosa que te haga ilusión hacer. Una. Seguro que la encuentras.

Permanecí callada.

—Te voy a preparar un café. —Andrés se levantó de sopetón—. Cuando vuelva, quiero que me des una idea. Un plan de ataque para la nueva vida que vas a empezar a tener en cuanto salgas de aquí.

Se puso unos bermudas con pinzas, unas chancletas de piscina y salió de la habitación arrastrando los pies. Le oí silbar y trastear en su cocina con barra americana. Se me hizo muy raro. Parecía feliz. Cuando volvió yo ya tenía la idea, el plan de ataque, o como quisiera llamarlo él. Andrés me había vuelto a echar una mano, aunque no iba a ser en la dirección que él esperaba. Colocó una bandeja blanca de plástico, con patas, en la cama. El café olía muy bien.

—Yo lo hago de verdad —dijo, orgulloso—. Nada de esas mariconadas en forma de capsulas que tomáis la gente sofisticada. Café italiano auténtico. A ver esos planes. ¿Qué idea tienes? ¿Quieres azúcar?

Le miré con un cariño que hasta ese momento no había sentido por él. Le agradecía inmensamente todo lo que me había ayudado. Pero eso acababa de terminar. En ese preciso instante. Me asaltaron unas terribles ganas de beberme el café, vestirme y largarme de allí.

—Dos cucharadas —le pedí—. Tengo una idea, sí. Sonrió.

—Bien. Suéltala.

Y yo se la solté:

—Contarlo.

Fue un impulso. Una revelación. La única posibilidad de encontrar un alivio a todo el horror que se había instalado en mi cabeza. Emma me había arrastrado desde el minuto cero, sí. Pero lo seguía haciendo. Y yo, tampoco ahora, iba a ser capaz de impedírselo. No me quedaba más remedio que seguir mirando atrás, mucho más atrás, para seguir pegada a ella hasta encontrar un final.

La cuchara de azúcar se quedó suspendida en el aire. Aprecié el ligero temblor de sus pupilas. Andrés estaba desconcertado. Pero no le duró nada, apenas un breve instante. Su trabajo diario consistía en bregar con las reacciones más incomprensibles, estúpidas, salvajes, de la especie humana.

—¿Contarlo? —Andrés vertió la segunda cucharada en mi taza y añadió—: Tú sabrás dónde te metes, chica. Sorbió su café y yo enarqué las cejas. Por supuesto, no lo sabía”.

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Todo lo que no te contaron sobre una de las mujeres más sugerentes y decisivas de la cultura española del siglo XX.