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Bernardo Esquinca hace homenaje a ‘El complot mongol’ con este increíble texto

Narrada con un estilo agilísimo, lleno de humor negro y de la violencia sórdida que se escondía tras la moderna fachada del México de los años sesenta, El complot mongol es considerada una de las piezas clave en la narrativa latinoamericana. En junio de 2015 se celebra el primer centenario del nacimiento de su autor, Rafael Bernal, considerado el precursor de la novela negra mexicana.

Por ello, y en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2014, el escritor mexicano Bernardo Esquinca preparó el siguiente texto, mismo que leyó al lado de Paco Ignacio Taibo II y Rogelio Guedea en una retrospectiva realizada con el objetivo de inaugurar el homenaje que, durante 2015, recibirán Bernal y su gran obra.

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ENCUENTRO EN LA ÓPERA

Por Bernardo Esquinca

Bienvenido, patrón. Esta es la cantina la Ópera. Pásele. ¿Gusta sentarse en este reservado? Desde aquí puede ver el balazo que echó Pancho Villa en el techo. El mismísimo Pancho Villa. Aunque, si le digo la verdad, se me hace que eso es puro cuento. Un cuento para turistas. ¡Pinches turistas! Vienen a esta cantina como si acudieran a un museo. Toman fotos y no dejan propina. Todos conocen a este lugar como la cantina en la que echó tiros el Centauro del Norte, pero pocos saben que se llama así porque después de las funciones en Bellas Artes, los músicos y cantantes se veían a echar trago acá…

¿Quién dice? ¿Filiberto García? ¡Claro que lo conocí! Aquí siempre estaba junto con el Licenciado, un abogado borrachín defensor de la gente chueca. Le invitaba sus tequilas. Filiberto, además de generoso, era cervecero, y le gustaban los tacos de sesos. ¿Qué le puedo decir, patrón? Ya no hay hombres como él. Un pistolero de los de antes. Hace cuarenta años, yo era un jovenzuelo, como usted. Me apantalló, con su sombrero tejano y su gabardina. Entonces no lo sabía, pero ahora lo comprendo: Filiberto era un hombre atrapado entre dos épocas. El rescoldo de un mundo desaparecido: el México de la Revolución, el México rural, gobernado por caciques y caudillos. Filiberto no encajaba en el México moderno, dirigido por burócratas, gente educada en el extranjero, que no quería mancharse las manos. Por eso, aunque Filiberto ya no encajaba, seguía siendo necesario. Un mal necesario, diría yo. Él les fabricaba los muertos. No le temblaba la mano. En Tampico, en Parral, en la Huasteca, en Mazatlán, en San Andrés Tuxtla. Donde se le requiriera. Y era un cabrón; después de matar, acostumbraba violar a la mujer del muerto.

Pero eso fue antes de que yo lo conociera. Cuando entré a trabajar aquí, a finales de los sesenta, él ya estaba muy blandito. Él mismo decía que se había vuelto maricón, porque se enamoró de una mujer. Una chinita que conoció en una tienda de la calle de Dolores. Creo que se llamaba Marta. Sí: ella se llamaba Marta. Carajo, sonó a canción de Napoleón. ¿Qué va a saber usted de esos cantantes viejos, patrón? Ustedes los chavos ahora sólo escuchan a adolescentes que parecen mujercitas. Cuando veo a mi nieta pegada al internet, le pregunto: ¿ese es el tal Bieber o la fulana Spears? Son igualitos…

Pero ya me estoy desviando. Le decía que Filiberto García creía que se había vuelto maricón porque se enamoro de Martita. Un cromo de mujer. Y estaba obsesionado con ella, porque además, nunca se le había hecho con una china. Eso decía. ¿Usted cree? Tuvo decenas de mujeres, voluntarias e involuntarias, pero jamás una chinita. Fue justo cuando Filiberto le andaba haciendo a la intriga internacional. Él solito deshizo un complot que provenía de la Mongolia Exterior. No me vea con esa cara, patrón. Alguna vez existió un sitio llamado así. ¿Parece de película, no? Ahora las intrigas internacionales en las que se involucra nuestro país tienen que ver con China y maquillistas que viajan de colados. ¡Pinches colados!

El caso es que el plan era asesinar al presidente de los Estados Unidos durante una visita a México. Todo se estaba gestando en el Barrio Chino, en los fumaderos de opio de la calle de Dolores. ¡Piches chinos abusones! Nomás sonríen y se hacen los mustios, como que no entienden nada, pero le dan a uno gato por liebre. El caso es que Filiberto García salvó la paz mundial, pero andaba tan ocupado que descuidó a Martita, y se quedó sin torta. Ese es el destino de los héroes: no lo pueden tener todo. Los héroes de verdad, digo. Porque James Bond es el único que desactiva bombas nucleares con una mano, mientras con la otra desabrocha sostenes. ¡Pinche Hollywood! Aquí justo vino a tristear Filiberto cuando todo terminó. Estaba sentado en esta misma mesa, con la misma cara de pendejo que usted, meditabundo, como si hubiera perdido al amor de su vida…

Y a todo esto, ¿por qué me hace tantas preguntas? ¡Pinche patrón preguntón!

¿Dice que usted es escritor? Ya veo… Mmmta, ya me la pelé con la propina. Yo he leído mis libritos, no crea que soy un ignorante. Leí la Ley de Tránsito, para aprobar el examen de manejo; la Sección Amarilla, el Manual del Buen Mesero, y un libro de Yordi Rosado. ¿Ya ve, patrón? ¡He leído más libros que el presidente y su mujer juntos! Bueno, la verdad es que el de Yordi Rosado no lo leí yo, se lo di a mi nieta, pero lo tiró a la basura, la muy canija. Me dijo que prefiere los libros de un tal Taibo, y un tal Elmer…

Pues ya le digo, patrón, por andar haciéndole al salvador de la patria, Filiberto García se quedó solo. Nunca le volví a conocer otra mujer. Yo creo que sí se enamoró en verdad de Martita, y como sabemos, esa es la perdición de los hombres. Enamorarse. Pero no puedo culparlo. Yo también me hubiera obsesionado, arriesgándolo todo. Martita era un cromazo. Y, a fin de cuentas, a mí tampoco se me ha hecho nunca con una china.

Aquí le dejo su serpiente bien elástica, patrón. Ya me voy a trabajar, que el jefe me está viendo con cara de chino. Ahí le encargo la propina, no sea codo. ¡Pinches escritores metiches!

complot mongol portada

El complot mongol, de Rafael Bernal, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Joaquín Mortiz.