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Cuando el hombre encontró al perro: un libro dedicado al animal que más creemos conocer

Por entre la alta hierba de la estepa avanzan algunos seres humanos; se trata, en realidad, de una pequeña manada de cuerpos desnudos, salvajes. Los más empuñan lanzas con punta de hueso, alguno va armado incluso con arco y flecha. Aunque en lo físico recuerden a los seres humanos de hoy, su comportamiento tiene un algo de animalesco; sus ojos oscuros se mueven, inquietos y miedosos, como los de una alimaña huidiza que se sabe acosada. No son hombres libres, señores de la tierra, sino criaturas débiles para las que en cada matorral se esconde un peligro, una amenaza. 

Todos están visiblemente abatidos. No hace mucho, tribus más fuertes los obligaron a abandonar su primitivo territorio de caza y marchar, a lo largo de la estepa, hacia occidente, hacia una tierra desconocida, donde los depredadores abundan mucho más que en su antiguo territorio. Por si fuera poco, hacía algunas semanas, el veterano y avezado cazador que dirigía el grupo fue muerto por un tigre de dientes como cuchillos. Y el hecho de que, después. la fiera cayera abatida por una lanza era flaco consuelo en la desgracia.

Con todo, la mayor tortura a que se veía sometida la pequeña horda humana provenía de la falta de tiempo para descansar y dormir. En la tierra en que habían vivido hasta entonces (su antigua patria), acostumbraban a dormir, todos juntos, en torno a una hoguera, escoltados, a cierta distancia, por los molestos chacales; pero, al menos, estos animales les servían de centinelas, pues con sus aullidos denunciaban la proximidad de cualquier otra fiera. Sin embargo, se advertía claramente que aquellos seres primitivos no eran conscientes del servicio que los chacales les prestaban; por eso, cuando alguno de estos se acercaba demasiado a la hoguera, lo ahuyentaban a pedradas, nunca a flechazos, pues tal medida hubiera constituido un despilfarro. 

Es de noche, la grey humana podrá dormir tranquila, pues los chacales, que rodean el campamento, son centinelas fieles. A la mañana siguiente, cuando sale el sol, los hombres están repuestos y satisfechos. En lo sucesivo no se arrojarán más piedras contra los chacales.

Extracto de Cuando el hombre encontró al perro, de Konrad Lorenz.

cuando el hombre encontró al perro portada

Cuando el hombre encontró al perro, de Konrad Lorenz, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

Don Miguel Ruiz nos dedica unas palabras en ‘El libro de la sabiduría’

Yo veo el amor como un magnífico espectro de todos los colores del arcoíris. Tenemos cientos de emociones y cada una de ellas es un espectro diferente del amor, que puede situarse dentro de este hermoso espectro. Viendo el amor de esta manera podemos ver cómo fragmentamos el amor para que nuestra mente lo entienda. 

Es fácil ver cómo dividimos el amor en diferentes direcciones fijándonos en las condiciones que le imponemos. Amamos a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros hijos y a nuestra pareja. Amamos canciones, lugares y animales. Todas estas relaciones diferentes son solo una parte de la totalidad de lo que es el amor, pero no lo son todo. Distorsionamos todo lo que percibimos y por esa razón no vemos claramente los diferentes aspectos del amor.

Cuando mezclamos todos los colores del arcoíris el resultado es la luz blanca. Y de la misma forma, cuando se combinan todos los aspectos diferentes del amor, el resultado es la verdad. Lo contiene todo. Entonces, ¿cómo podemos experimentar la plenitud del amor?

No podemos experimentar o entender qué es el amor hasta que descubramos qué no lo es. Yo veo esto como saber la diferencia entre el amor condicional y el incondicional. Las condiciones empiezan a una edad muy temprana. Cuando somos niños queremos ser como los adultos y percibimos de ellos lo que creen del amor. Este es el comienzo de la fragmentación de nuestro entendimiento y experiencia del amor por experiencias tempranas. Somos testigos de todos los dramas que nuestroa padres, amigos o hermanos y hermanas crean acerca del amor. Pero esto no es el amor en el más elevado sentido. Al jugar, los niños pretenden ser adultos y no pueden esperar a crecer para ser como los demás. Yo me recuerdo a mí mismo pretendiendo ser un médico. Los niños tienen una sonrisa muy bonita, pero tan pronto como pretendía ser un médico, mi cara cambiaba enseguida y se volvía muy seria. Por aquel entonces sólo lo pretendía, pero cuando crecí y me convertí en médico, mi cara cambió realmente de esa manera.

Extracto del texto Los colores del amor, de don Miguel Ruiz, el cual está incluido en El libro de la sabiduría, un volumen que reúne las palabras de 22 maestros espirituales.

Si quieres saber más sobre el objetivo de este libro, ve su booktrailer.

El libro de la sabiduría está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Diana.

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