Relato y poesía en el origen del antiguo Monterrey: “Barrio de Catedral”, de Felipe Montes

Tomando como centro del mundo el barrio antiguo de Monterrey, Felipe Montes cuenta en su libro “Barrio de Catedral” la fundación de una ciudad mexicana edificada entre montañas, enfrentada a las inclemencias del tiempo y al asedio de guerreros indios o sanguinarios criminales, y le da un giro inusual: incluye el papel que ángeles y demonios han tenido en algunos momentos clave de la historia de esta región, haciendo uso de una prosa inconfundible en la que mezcla magistralmente el relato y la poesía, abordando lo terrestre y majestuoso a la vez.

Aquí te dejamos un extracto de su primer capítulo:

“Diego

Aquellas Nubes arrastran sus panzas contra Las Mandíbulas
De Roca. Sus láminas de hueso se intrincan, se cortan, Les
rellenan con Su Agua a Estos Cañones Las Gargantas.

Se vierte Su Llovizna sobre ese techo de cenizas del Saltillo.

Metidos entre estos muros claros, don Diego, su hija Estefanía, y los hijos de ella, Miguel y Diego, miran al suelo.

Diego se mesa las barbas. Una mosca.

Estefanía cabecea.

Se miran.

Y, desde las vigas de encino, dos demonios los contemplan;
se sujetan con sus garras, cuelgan sus ojos de piedra.

Y Aquella Agua Se espesa entre Las Montañas, y Su Goteo Se cuela por las fisuras de este techo, por el marco de esta ventana.

Los Montemayor duermen.

Bajos las camas se abrazan dos ángeles; se acarician sus
cabellos de hielo.

Los zancudos acumulan sus pedregales sobre las sábanas;
acarician narices y orejas de saltillenses bajo las goteras. Afuera,
unas piedras se golpean sobre tiernos arroyos que brotan entre
otras piedras.

Las Nubes Se quiebran.

Los Charcos elevan Sus Plumas que Se pegan en las saltillenses pieles. Encima, condensan sus esquirlas entre las cabezas.

Plateados bajo el macizo torrente de luz, don Diego, Estefanía, Miguel y Diego, se miran.

Se levanta don Diego; seis moscas despegan del terso pus de
sus muñones. Se rasca.

Sale.

Estefanía lo mira. Baja la cabeza.

Don Diego camina entre aquellos nogales.

Ahí va Diego, solo, sobre Esas Piedras.

Ante la Piedra del Diablo, Diego pone su mano en la empuñadura de su espada.

Y avanza.

Avanza.

Ahí están Manuel de Mederos, Juan Pérez de los Ríos y Diego
Díaz de Berlanga, con otros.

¿A dónde vas, Diego?

Y los hombres lo siguen.

Y llegan al maizal, y caminan entre las altas mazorcas que azotan sus granos contra El Aire.

Miguel sale; anda entre las casas; trepa bardas de piedra, brinca. Mira al suelo.

Miguel: diluyen tus ojos de miel las Nubes arriba de ti.

Niño solo, don Miguel, Pardos Cabellos Que El Viento Levanta; ¿dónde está Tu Padre? ¿Yace en esos prados del Saltillo
con Tu Abuela?

Tu piel de cuarzo, niño cristalino, se vierte, bajo la Oscuridad, sobre la hierba.

Miguel corre sobre el pasto; un tronco hueco, con hongos
en su corteza, se le atraviesa.

Miguel brinca.

Sube al árbol, le sopla a una telaraña. Patas que se abren,
rocío que se suelta.

Esas Nubes que Se Fugan te acarician la nuca, Miguel”.

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Barrio de Catedral nos muestra a un autor capaz de mezclar relato y poesía a fin de  mejor preguntarse por los seres que habitan esa gran urbe.

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