Proyecto Perséfone: Alianza

Lo primero que Noa Torson notó al despertar fue que tenía los pies fríos. Era raro porque siempre usaba calcetas para dormir. Abrió los ojos e hizo un gesto de dolor en cuanto se quedó deslumbrada. Odiaba dormir en habitaciones con luz brillante; incluso había instalado cortinas con tela blackout en la única ventana de su departamento para que la luz matutina nuna penetrara las tinieblas. A medida que su vista se fue ajustando, trató de comprender lo que la rodeaba. Sentía como si le hubieran inflado varias tallas y rellenado con felpa la cabeza. No tenía idea de cómo llegó hasta ahí… donde quiera que se encontrara.

¿Había vuelto a la correccional? Quizás no. El silencio era demasiado. En la correccional siempre se escuchaba como si estuvieran a medio carnaval: el constante estruendo de las botas de los guardias que resonaban contra los escalones de metal, la agudísima plática forzada, el rechinido de los catres y el ruido metálico de las puertas. Noa había pasado suficiente tiempo allí para identificarlo hasta con los ojos cerrados. Con tan sólo enfocarse en los ecos, podía incluso saber a qué celda la habían arrojado.

Unas voces penetraron el perímetro de su conciencia: por lo que se escuchaba, se trataba de dos personas que hablaban en susurros. Trató de sentarse y entonces el dolor la abatió. Hizo un gesto de impotencia y volvió a caer sobre la cama. Era como si le hubieran cortado el pecho en dos. También le dolía la mano. Volteó la cabeza lentamente.

Tenía un aparato de goteo intravenoso adherido a la muñeca derecha. La manguera llegaba hasta una bolsa que colgaba de un atril de metal. La cama en que yacía estaba helada, al igual que el metal. Era una mesa de operaciones y, sobre ella, había una luz intensa. Entonces, ¿estaba en un hospital? Pero no olía así: a sangre, sudor y vómito, en una batalla contra el hedor del amoníaco.

Levantó la mano izquierda: su brazalete de jade, el que nunca se quitaba, no estaba ahí. Al darse cuenta de ello se disiparon las últimas telarañas de su mente. 

Se levantó con mucho cuidado sobre sus codos y frunció el ceño. Al mirar hacia abajo descubrió que llevaba puesta una bata de tela desechable, pero no tenía estampado el nombre de ningún hospital. Trató de incorporarse. No era la correccional ni tampoco un hospital oficial. Tuvo la impresión de que, fuera cual fuera aquel lugar, ahí sucedían cosas terribles.

Extracto de Proyecto Perséfone: Alianza, de Michelle Gagnon.

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Proyecto Perséfone: Alianza, de Michelle Gagnon, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Destino.

4 pensamientos sobre “Proyecto Perséfone: Alianza”

    1. Qué bueno que te gustó; hay que estar pendientes de nuestras redes sociales para la publicación de la continuación de la trilogía. Saludos, y recuerda: siempre ‘Creemos en los libros’.

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