Política e Internet: ¿enemigos a muerte o amigos con derecho?

Con la desconfianza popular hacia los poderes convencionales que se extiende y se hace más profunda y la estima popular del potencial poder para el pueblo de Internet alzándose hacia el cielo a través de los esfuerzos conjuntos del marketing de Silicon Valley y la poesía al estilo de Hillary Clinton recitada y transmitida a través de miles de despachos académicos, no sorprende que la propaganda progubernamental tenga más oportunidades de ser escuchada y absorbida si llega a sus objetivos a través de Internet. El más astuto de los autoritarios lo sabe muy bien; después de todo, los expertos informáticos están ahí para ser contratados, dispuestos a vender sus servicios al mejor postor. Hugo Chávez está en Twitter y supuestamente alardea de tener medio millón de amigos en Facebook; mientras que en China hay, por lo visto, un verdadero ejército de blogueros subvencionados por el Gobierno (bautizados como “el partido de los cincuenta céntimos”, que es lo que cobran por cada entrada). Morozov recuerda a sus lectores que, como afirma Pat Kane en el Independent del 7 de enero de 2012, “para el joven operario sociotecnológico, el servicio patriótico puede ser una motivación tan grande como el anarquismo bohemio de Assange y sus amigos”. Los hackers de la información también se unirían con entusiasmo y el mismo grado de buena voluntad y sinceridad a una nueva “Internacional de la transparencia” que a las Brigadas Rojas. Internet apoyaría ambas decisiones con idéntica ecuanimidad.

Se trata de una vieja, viejísima historia vuelta a contar: las hachas pueden usarse para talar madera o para cortar cabezas. La decisión no es de las hachas, sino de quienes las usan. Al hacha no le importa lo que elija quien la sostiene. Independientemente de lo afilada que esté, la tecnología en sí misma no “hará avanzar la democracia y los derechos humanos” para nosotros y en lugar de nosotros…

Vuelves a tener razón al negarte a depositar tus esperanzas para la inversión de la actual insensibilización del lenguaje político en las instituciones existentes en la política de los Estados-nación. Y ello por razones que hemos debatido siquiera someramente: la avanzada separación que tiene como objetivo el divorcio entre el poder (la capacidad de hacer cosas) y la política (la capacidad de decidir lo que hay que hacer), y la resultante incapacidad, absurda, degradante y manifiesta de la política de los Estados-nación para cumplir con su cometido. Pocas personas esperan la salvación desde las altas esferas; las promesas de los ministros se reciben, como mucho, con incredulidad salpicada de ironía. El montón de esperanzas frustradas crece día a día. Bajo la luz deslumbrante de las pantallas de televisión se reproduce el espectáculo de hombres y mujeres de estado que anuncian orgullosamente, en el telediario de la noche, los pasos decisivos que acaban de dar -sus medidas para restablecer el control sobre el curso de los acontecimientos y poner fin a otro problema angustioso- solo para esperar nerviosamente a que la Bolsa abra a la mañana siguiente para comprobar si esas medidas tienen la más ínfima oportunidad de aplicarse, y si es así, si esa aplicación tendrá algún efecto tangible.

Extracto de Ceguera moral, un libro de Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis.

Ceguera moral portada

Ceguera moral, de Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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