No habrá quien nos guíe, de Lisa Owen

Tadeo despertó con la sensación de estar en el lugar equivocado. Llevaba varios días levantándose con esa extrañeza ante lo que lo rodeaba. Miró a Aurora envuelta en las cobijas. Tenían una historia juntos, certificados, propiedades en común, un hijo, pero desconocía quién era esa mujer, como si la viera por primera vez. Observó los marcos de aluminio de las ventanas, admirado por la ligereza de su estructura. Qué extraño mundo era su habitación. La puerta, el buró, la cama, la mujer, el ruido de la ciudad alrededor. Náuseas. Eso era, sentía náuseas.

En el cruce de Cuauhtémoc y Río Churubusco el tráfico siempre se atascaba. Tadeo aprovechó para abrir l a guantera y sacar un casete. Lo metió en el aparato sobre el tablero. “Yo que fui tormenta, yo que fui tornado”. Le gustaba la música romántica por las mañanas, escuchar los aullidos de un hombre describiendo su dolor como volcán en erupción mientras maniobraba el auto para avanzar entre la torpeza de los demás conductores. Allí vamos, pensaba, como borregos al trabajo. Pinche ciudad de mierda. Mierda todo. Tal vez debiera buscarse una amante.

Entonces apareció desde otra fila de autos el voceador con su ojo muerto y el encabezado a ocho columnas: EXPLOTA GASERA EN SAN FELIPE TLALTENCO. El tuerto desapareció hacia la siguiente fila de autos  voceando “tragedia, tragedia” mientras en el radio se escuchaba “porque tú volaste de mi lado”. Fue como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. Venía del pasado, de la constructora. San Felipe Tlaltenco, sí. La gasera.

Se estacionó junto a una tienda de abarrotes y bajó a comprar cigarros. Sobre una mesita junto a los estantes de latas estaba encendido un televisor. Imágenes en blanco y negro. Escombros de una casa y un niño llorando desnudo. Bomberos con mangueras que arrojaban agua sobre una nube de humo. Una locutora decía algo pero Tadeo no lograba escuchar más que un zumbido cerca de su cerebro. Tardó en entender la pregunta que le hacía la mujer de la tienda y pidió cigarros. Cerró los ojos. Una explosión oscura hacia la tierra sacudió su equilibrio y tuvo que sujetarse al mostrador. “Así que esto es, tan bien que íbamos”. Como si un reloj llevara toda su vida contando el tiempo para que sonara la alarma a esa hora. Salió a refugiarse al asiento de su auto.

Fragmento de No habrá quien nos guíe, de Lisa Owen.

Lisa-Owen

No habrá quien nos guíe, de Lisa Owen, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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