“Nemo”: una novela sobre el ser y la nada, del escritor Gonzalo Hidalgo Bayal

Primer capítulo.

 

“Llevo años acudiendo a la estación y siempre al llegar me invade una extraña inquietud, mezcla anómala de agobio y de tristeza, como si se tratara de un ámbito secreto o de una dimensión furtiva, inaccesible para el hombre. También llegué ahora demasiado pronto (algunas impaciencias no se corrigen nunca, más aún si se les añaden curiosidad e intriga) y, siguiendo la costumbre, aparqué a la sombra de los vagones viejos. El sol de octubre a media tarde es tan ameno como pernicioso: agrada su mansedumbre, la tenue y apacible suavidad de su declive, pero deja después secuelas, anticipos de fiebre, sahumerios antibióticos, todas las incomodidades menores, pero obstinadas, de las patologías de otoño. Me quedé al pronto en la camioneta oyendo en la radio la música de mi juventud, pero siguió luego un programa de discusión trivial e inculpaciones éticas, me cansé de la algarabía y lo apagué. Silencio. Todo silencio. Sólo el son monótono y perenne que subraya con levedad imperceptible el murmullo de la tierra, la vegetación sombría, los raíles con herrumbre, las traviesas carcomidas, el fulgor verdinegro del basalto. El recóndito rumor de las raíces, como dijo una tarde el Fiat, un murmullo de secretas cicatrices. Miré el reloj y lo volví a mirar: cada minuto, cada dos minutos. El tiempo no corre, vuela, se dice a menudo, sobre todo cuando se recuerda el ayer remoto, parece que fue ayer, también se dice, pero nadie ha dejado de experimentar alguna vez la desazón del tiempo detenido, la impaciencia que provoca la lentitud de las agujas cuando se espera, más aún tal vez si se espera con punto fijo, las seis menos diez, por ejemplo, que es cuando tiene prevista su llegada el tren (diecisiete cuarenta y nueve, hora ferroviaria). El silencio estremece, me dije al cabo de un rato, confundiendo tal vez silencio y tiempo muerto, y a punto estuve de volver a encender la radio y dejarme llevar por el sinsentido locuaz del griterío. Pero resistí. Multiplicación del ruido y reverberación de la ira, pensé, paradoja y hastío de la voz vacía. Así que me sobrepuse a las tentaciones de la inercia y preferí bajar de la camioneta, dar dos o tres vueltas alrededor, comprobar el cierre de las puertas, explorar los vagones abandonados, trazar panorá- micas cardinales del horizonte y cavilar, en fin, sobre las tristezas del crepúsculo, la seducción de las ruinas y las circunstancias del viajero. Caminé luego por el andén en una y otra dirección, y, como ese vaivén es demasiado estricto y altera los nervios, precisamente por su propia reducida dimensión, como si fuera un paseo enjaulado, fui aventurándome cada vez un poco más por el sendero paralelo a las vías, yendo y volviendo, poniendo límites cada vez un poco (muy poco) más lejanos, ampliando regularmente el perímetro de una circunferencia de la que yo recorría sólo el diámetro. A las seis menos veinte llegó un coche. Bajó una pareja, primero la mujer, luego el hombre, el conductor. Matrimonio, pensé, cuarenta y tantos años. No los conozco. No nos conocemos. Coincidieron nuestras miradas un instante. La mujer desvió los ojos enseguida. El hombre miraba sin ver, o como si no me viera, con ojos ciegos. Buenas tardes, iba yo a decir, pero callé. Durante unos minutos seguimos los tres en el andén, de pie, a escasa distancia y en silencio. Tampoco ellos hablaban entre sí, ni se miraban, perdidos los ojos en el vacío o en la inminencia ferroviaria. No sólo mi pasajero calla, pienso: el mundo calla. Muchas serán, sin duda, las razones del silencio. Diagnóstico: matrimonio que ya lo ha dicho todo, que solamente está, al que le basta con estar, mansamente asentado en el hábito de la mutua y muda permanencia. Rápidamente inventé la trama de su gesta como una proyección apresurada y sorda, nostalgia gris del blanco y negro, pero no tuve tiempo para figurarme el desenlace porque se impuso de pronto desde lejos el fragor del tren, su estrépito creciente, y los tres nos concentramos en tan magno espectáculo. Desaparecerán los trenes, pero su fascinación resultará siempre interminable. Bajó una muchacha y el matrimonio se precipitó hacia ella: besos, abrazos y soprano alborozo. La hija, pensé. Alguien ayudó desde dentro con el equipaje. Me alejé para abarcar las puertas de todos los vagones, una maniobra inútil, porque no bajó nadie más. Intenté adivinar a través de las ventanillas el nerviosismo, los apremios, el azoramiento de algún rezagado, pero sólo pude comprobar que el tren iba vacío, casi vacío, apenas tres o cuatro viajeros adormilados, en mangas de camisa, solitarios y aburridos, siluetas difusas a carboncillo. Vi también cómo arrancaba el coche del matrimonio y cómo, cuando iba marcha atrás, el hombre me miró sorprendido, los ojos muy abiertos, como si me viera por primera vez o como si le extrañara ver a alguien más en la estación. El hombre siempre será desconocido. Los hombres en general, quiero decir, no el hombre que retrocedía y me miraba: el hombre se desconoce, los hombres se desconocen. Ser, vivir, desconocer. Seguí de pie en el andén, indeciso y confuso. Vi cómo el tren reemprendía la marcha, lo vi alejarse y todavía me quedé unos minutos, completamente idiota, como si el pasajero que no había bajado de aquel tren pudiera aún aparecer, surgir del fondo de la tierra. Confuso, sin saber muy bien qué hacer, estuve un rato preguntándome qué podía haber ocurrido, a qué error podía deberse la ausencia del pasajero, pero no dependían de mi entendimiento las respuestas y monté en la camioneta. Hice el camino de regreso de noche, desconcertado y furioso. La camioneta, la camioneta, gritaron al verme los muchachos. ¿Qué ha pasado?, me preguntaban todos al verme llegar solo. No ha venido, respondí. Insistían. Tanta es la curiosidad que despierta el huésped. Yo también insistía. Que no ha venido, y subrayé, nadie ha venido. Nadie ha bajado del tren, añadí. El viejo insinuó un gesto y, acostumbrados como estamos a senectas, levantamos los ojos a la espera de una intervención sagaz, de un dictamen sapiencial, pero (no sé si burlón) pronunció tan sólo dos palabras, sin completar pensamiento alguno, apenas la mínima declinación de toda ausencia. Nemo, neminis, dijo. Una y otra vez me preguntaron qué podía haber pasado. Estaba claro, sin embargo, que no era a mí a quien preguntaban, que se trataba de una pregunta ociosa, yo sólo soy el único testigo del vacío de la estación. Y es al viejo, de hecho, fijo en su idea, al que le corresponde la respuesta de su frágil letanía. Nemo, neminis, dice. La ausencia, pues, antecede al silencio.

Sin descanso ni fatiga nos preguntamos por el paradero del hombre, cien veces he tenido que contar el viaje a la estación (lo hago ya con tanta propiedad retórica que empiezo a dudar de mis palabras, a temer que la relación haya suplantado al viaje mismo y adulterado las circunstancias objetivas), cien veces he descrito al hombre y a la mujer con los que coincidí en el andén y a la muchacha, la única persona, insisto, que bajó del tren, cien veces me han obligado a recordar la fisonomía de los viajeros a los que pude entrever en el interior de los vagones y a plantearme, desde la imprecisa fragilidad de la memoria, si no sería tal vez alguno de ellos nuestro hombre, si no cabría la mala fortuna de que se hubiera pasado de estación o bajado antes de tiempo, pero no conseguimos aclarar nada, porque las conjeturas no conducen nunca a la certeza, son devaneos de la conversación, recursos de la curiosidad, malabarismos del ocio o del aburrimiento. En realidad, desde que se acordaron los términos del hospedaje y se resolvieron con buen fin los trámites secundarios (alojarse en la casona, ser atendido por el ama, no perturbar los hábitos del huésped, respetar rigurosamente su silencio, etcétera), hace ahora ya casi tres meses, no habíamos vuelto a saber nada hasta el lunes, cuando llegó el telegrama que anunciaba el día y la hora. Jueves tren diecisiete cuarenta y nueve. Pero lo cierto es que nuestro hombre no bajó del tren el jueves a las diecisiete cuarenta y nueve, que no sabemos por qué y que no ha habido explicaciones posteriores: cambio de fecha, confusión de andenes, destino equivocado, desventura ferroviaria. Tampoco debemos (ni, por tanto, podemos) dirigirnos a nadie para recabar noticia de los hechos, noticia que, por otra parte, en cualquier caso, cláusulas aparte (forma también parte del trato: abstenernos de toda indagación, no interferir con averiguaciones en el carácter de la determinación ni en sus raíces), nunca nos atreveríamos a pedir: somos pulcros, discretos y sensatos. Pulcros y sepulcros, bromean los gemelos, entregados a las consonancias que aprendieron del Fiat, no siempre, por ventura, desventuradas. En confianza, cuando hablamos entre nosotros, nos dejamos arrastrar por la imaginación, inventamos aproximaciones a los acontecimientos, somos propensos a la fantasía y a las combinaciones del azar, pero no deja de ser una distracción cotidiana, apenas una diversión lingüística. Por eso no tenemos mayores referencias sobre el hombre. Ni sabemos, por ejemplo, por qué viene, si es que al final viene, ni a qué, ni cuánto tiempo se quedará, si es que viene y si se queda. A descansar, dijeron, a olvidarse. Otros vinieron antes y otros vendrán después, todos siempre con idéntico propósito: descansar, perderse, desaparecer. Tal vez corra la voz, tal vez con el tiempo se haya ido fraguando, como alabanza de aldea, la leyenda del lugar: un sitio, dirán, inconcebible, un diminuto y apacible paraíso. Cerrado para muchos, añadirán, abierto para pocos. Es un error. Y si no es un error es una argucia de la naturaleza o una artimaña de la providencia. Los jardines están siempre cerrados, son clausura. Quien vive en el jardín es jardinero y el jardín es su oficio, no su paraíso. El jardín es una aspiración, no es un destino: se desea entrar, pero es mejor verlo desde fuera, incluso a distancia, desde lejos, porque en el momento en que se accede al jardín su condición se desvanece. Los jardines son sólo fantasías visuales y crueles. El pecado original no es comer la fruta prohibida, sino querer permanecer en el jardín sin convertirse en jardinero. Por eso la resolución común de nuestros visitantes, descanso, quietud, sosiego y soledades, también es un engaño, un empeño imposible. El descanso es renuncia y dimisión, sobre todo cuando se trata de la forma de descanso que buscan y que algunos creen encontrar aquí, el descanso de un cansancio civil, de un cansancio interior, de un cansancio moral. La vida, a fin de cuentas, es cansancio: cansancio, distorsión y sufrimiento.

Todas las conversaciones giran en estos días vacíos sobre la única información crucial que nos proporcionaron: que el hombre no habla. Le hablaréis, avisaron, oirá, escuchará, atenderá tal vez, entenderá sin duda, porque es inteligente, pero no pronunciará palabra. Sólo eso: que ha decidido no pronunciar palabra alguna nunca más. No es sordo, dijeron, no es mudo, pero no habla, no hablará. De ahí que respetar su silencio sea la cláusula más extraña y subrayada del acuerdo de hospedaje. Se puso, además, especial énfasis en la palabra silencio (que no es mutismo, se puntualizó, tampoco afasia: es disposición de la voluntad, no carencia del entendimiento) y se pormenorizaron las dimensiones del respeto: admitir que su única ocupación entre nosotros no sería otra que el silencio, abstenerse de cualquier indicio de pretensión que tienda a perturbar su voluntad, renunciar a cualquier procedimiento que pudiera percibirse como acción de fuerza contra sus propósitos, salvaguardar hasta el fin todos y cada uno de los pormenores de su condición anónima, etcétera. Así las cosas, se nos va el tiempo en preguntas y divagaciones: a qué se deberá  tan insólita conducta, si vendrá o habrá cancelado el destierro (porque pasan los días, no hay noticias y la falta de noticias nos aturde) y, en el caso de que termine al fin viniendo, a qué obedecerá la elección de este rincón del mundo, pues, si, por una parte, ha de ser precisamente su conducta la razón de mayor peso para elegir este retiro, porque ésta es tierra de silencio y desvarío (la historia lo documenta, la leyenda lo confirma), por otra, nos intriga tan severa determinación, nos desconcierta y, en definitiva, multiplica nuestras figuraciones, el ocio presuroso y desbocado de la imaginación y de la fantasía.

 No carecemos, sin embargo, de réplica o reverso a tamaño despropósito. Contamos, de hecho, con un verdadero paradigma, el modelo perfecto, podría asegurarse, hasta el punto de que algunos dicen en voz alta (y aunque lo digan en broma algo de ello creen en el fondo de su pensamiento, convencidos de que la ley natural genera sus propias compensaciones) que es precisamente por eso por lo que vendría a caer entre nosotros el huésped silencioso, no porque éste sea un lugar paradisiaco y apto para sus males o su locura o sus obsesiones, ni para seguir la senda que recorrieron y aún recorren nuestros modelos de tribulación y soledad, sino porque aquí tenemos desde hace años (hay quien dice que desde siempre, pero yo sé que no es cierto) el prototipo universal de hablante solitario, nuestro insobornable papagallo. Ni calla ni escucha: he ahí su lema. En el principio fue el verbo, después la verborrea, le dijo el viejo en cierta ocasión, hace mucho tiempo, no sé si senecta incisiva y legítima o malevolencia ad hoc y ad hominem. En cualquier caso, no sólo no surtió efecto la advertencia, sino que acentuó la dedicación. Y ha sido precisamente el papagallo, nuestro pobre parlanchín, tan pobre y tan infeliz que se alegra cuando le llaman loro y se enfada y se disgusta cuando le llaman papagayo o papagallo (andan a la greña en este punto la fonética y la ortografía), quien más entusiasmo y curiosidad ha demostrado desde que se propagaron las cualidades del hombre. Me va a oír, dicen que dijo cuando supo del atributo silencioso de nuestro huésped, lo que no sería nada extraño porque no hacemos otra cosa que oírle y oírle y nada mejor, en sus circunstancias, que disponer de un oyente sumiso y pasivo, sin réplicas ni interferencias. Ya lo intentó hace tres años con el Fiat, pero, según cuenta, no pudo soportar por mucho tiempo ni su palabra ni su voz desventurada ni su intenso viacrucis. Corría hacia él cuando lo veía a lo lejos, lo alcanzaba y se ponía a su altura, oía el saludo (papagayo, le decía, que ésa era su profesión y su palabra) y le seguía como un perrillo faldero, acezante y locuaz, hasta que la tristeza de la palabra papagayo se impuso a su propia condición de papagallo. No le sirvió, no obstante, de escarmiento, ni de terapia. El pobre parlanchín habla siempre y en todo momento, no calla nunca, y de ahí le viene el nombre, de ahí la palabra. Hubo una vez en la bodega una memorable discusión (yo era entonces un niño y había ido a buscar a mi padre, lo recuerdo como si fuera ahora mismo) cuando, con intención de insultarlo, el bodeguero le llamó papagayo (o papagallo, que esto nunca lo supimos los muchachos bien entonces, nos quedamos sólo con el eco en gallo) y, efectivamente, el aludido lo tomó como un insulto y disparó la retahíla de su incontinencia verbal contra la injuria. Fue entonces, en el fragor de la discusión, cuando el viejo salió, según creí, en defensa del pobre parlanchín y dijo que desde luego no se lo podía equiparar con un papagayo, porque los papagayos son rechonchos, dijo, y el pobrecito hablador es delgado, que en todo caso le convendría, dijo, el nombre de perico o periquito o, cuando menos, loro. Equilicuá, aprobó con entusiasmo el pobre parlanchín, equilicuá, repitió cargado de razón, cuando menos, loro. Y así fue como, a su pesar, adoptó sin enojo el mote loro (o cuando menos, loro) y desaprobó para siempre el mote papagayo (o papagallo), y así fue, también, como le sobrevinieron ambos motes, uno admitido y otro nefando, uno para llamar y otro para designar, ofender, mortificar. Como, por lo demás, era asiduo de la bodega (lo sigue siendo: la bodega es aquí nuestro casino, nuestro club, nuestro ateneo, que no da para más nuestra hidalguía), apenas bebía un poco de vino se disparaba su locuacidad y no era infrecuente, sobre todo los domingos, verlo atravesar el anillo a mediodía, cargado de pitarra y continuando a solas la conversación que no le habían dejado terminar en la bodega. Era entonces cuando los ni- ños, entre divertidos y asustados, le seguíamos a cierta distancia, de su casa a la bodega y de la bodega a su casa, y le acosábamos al grito desacordado e infantil de quiquiriquí, quiquiriquí (por gallo), lo que desquiciaba su buen ánimo y despertaba en él, como arrastrado por un torbellino o una tolvanera, un grotesco frenesí de flauta y rabia. Naturalmente, la vehemencia de sus palabras no tenía otro efecto que hacernos esperar con mayor ansiedad la siguiente ocasión en que pudiéramos entonarle, a resguardo de su torpe cólera, un nuevo y cada vez más disparatado quiquiriquí, quiquiriquí. También le afectaba el viento solano, de modo que, cuando la veleta señalaba a levante (la veleta además es un gallo altanero), se redoblaban y multiplicaban los quiquiriquíes. Alguna vez me riñó mi madre por participar en burlas tan crueles contra un ser inofensivo, no veis que es sólo un pobre parlanchín, me dijo (por eso en mi pensamiento nunca le llamo loro ni papagayo o papagallo, como le llama toda la gente, ni cuando menos loro, como le llaman a menudo los gemelos, sino pobre parlanchín), pero no podía yo apartarme de los hábitos de la chiquillería. Sin embargo, como entonces el pobre parlanchín no hablaba solo, sino que perseguía con su perorata a los parroquianos de la bodega, a quienes encontraba en la calle o a quienes buscaba a propósito (el carpintero, el herrero, el zapatero remendón o el viejo) para ejercitar su verbo, no he podido dejar de sentirme culpable, con mi participación en el quiquiriquí, quiquiriquí, cuando al cabo de algún tiempo empezó a hablar sin necesidad de interlocutor, cuando empezamos a verlo por la calle hablando solo con el mismo fervor, la misma euforia y el mismo entusiasmo con que hablaba en la bodega, en la herrería, en la carpintería o en la zapatería. Yo creo que no está loco, sino que ha descubierto (tal vez poco a poco, a base de superar obstáculos y de recibir negativas y de propiciar quiquiriquíes) el placer del puro hablar, la satisfacción de oír su propia voz divagando sobre el tiempo, la lluvia, el solano, el vino de la bodega, las apuestas de los cazadores o los desvaríos del reloj de la torre, sin necesidad de dirigirse a nadie, siendo él mismo hablante y oyente, pero sin desdoblarse, el hablante siempre hablante y el oyente siempre oyente, sin necesidad de intercambiarse y sin necesidad de respuestas u objeciones, el puro y extenso e inagotable prodigio de hablar y hablar sin freno. Monólogo exterior, dictaminó el viejo. Cómo, pues, no va a estar en ascuas ante el anuncio de la llegada del forastero si para él supone la promesa de la más alta dicha, la encarnación del oyente ideal. No obstante, cada vez que oigo venir su voz picotera y monocorde (porque no grita a los cuatro vientos, mantiene el tono serio y formal y comedido de una conversación en la penumbra: no es locura, sino necesidad) lamento haber formado parte de la pandilla de arrapiezos que confundió a los papagayos con el amo del corral y el rey del gallinero.

 Me entregué hace tiempo, por afición y por los azares del destino, al aprendizaje de un oficio que los años y las circunstancias han ido deteriorando, casi, en verdad, hasta el agotamiento, porque, aunque se escribe mucho, ya no hay mucho sobre lo que escribir. Me refiero al oficio de escribano. Antaño, el escribano, lo que era entonces en estas tierras un escribano (el escribano oficial, alguien sin más tiempo, ni tarea, ni oficio, ni religión, ni hábito, ni costumbre que escribir y escribir), era el autor de todas las escribanías, el calígrafo al que acudían unos y otros no sólo para dictarle cartas de amor o de salud o de acontecimientos, sino también, y quizás sobre todo, reflexiones, pensamientos del día, memorias, recuerdos, confesiones, preocupaciones, recuentos de la propia biografía o, en el caso de que no hubiera nada relevante y para no perder el turno, rememoración de hechos pasados, viejas historias, haza- ñas remotas, leyendas improbables, romances sangrientos, memoria vieja de la vieja memoria oral. Cuentan que hace años (yo no llegué a conocer estas rutinas), cada día o cada noche, por riguroso turno, acudían al gabinete del escribano los vecinos, se sentaban frente a él, escribe, escribano, le decían, y hablaban con más o menos torpeza de lo que les apremiaba, daban cuenta de sus días y sus peripecias, emitían sus pensamientos en voz alta, desmenuzaban el rosario de sus desventuras y el escribano se limitaba a escribir. Así, cada día se establecía una suerte de crónica colectiva (aunque parcial), una especie de declaración común que el escribano sencillamente transcribía, adornaba, unificaba. Nadie sabe bien qué ocurrió después. El exceso de información, de declaraciones, de confesiones, siempre genera confusión. Se dice que hubo quien empezó a cansarse de algunas de las normas tradicionales (particularmente las que limitaban las declaraciones a episodios que sobrepasaran los límites del sujeto, o las que preferían las declaraciones que invadieran con vigor no sólo tangencial, sino secante, el común territorio) y prefirió referir en la bodega sus andanzas, para que todos fueran testigos de sus palabras, y prescindir de la mediación del escribano. Se habla también de las manipulaciones que llevaron a cabo los últimos escribanos en los testimonios de sus visitantes, manipulaciones primero singulares, pequeñas, pero, con el paso del tiempo, grandes, colectivas, convirtiendo las palabras ajenas en una forma de contrabando, en una invención propia, de modo que ya daba igual qué contara o confesara cada cual, porque, en nombre de una presunta unidad de escritura, de un estilo uniforme, de una voz unánime, sería la imaginación del escribano la que quedaría como única memoria para la posteridad. Y se habla sobre todo de un rebelde (concretamente, un cazador) que, advirtiendo la impostura, denunció como una forma caduca de religión la tiranía caligráfica y retórica del escribano de turno, acudió un anochecer al gabinete e impuso al dictado su resumen del día, de la caza y del bosque, palabra por palabra, con puntos y comas, literalmente (escribe coma escribano coma lo que vengo a decirte punto escríbelo palabra por palabra coma sin omitir una tilde coma ni una coma punto etcétera), y, tras la parodia, decidió escribir por su cuenta sus experiencias en el bosque, la gesta de cada día, su propia crónica de los hechos. Cundió, no obstante, el ejemplo del cazador, y así empezó precisamente la declinación del oficio de escribano y así empezaron a coexistir una escritura oficial y una escritura particular. Como somos amantes de la tradición, durante mucho tiempo siguió acudiendo gente al amparo del escribano, pero la práctica terminó desapareciendo, porque cada vez hubo más escritura particular y cada vez más la escritura particular pasó a ser la buena y verdadera y la escritura oficial la torcida y apócrifa. De hecho, ahora escribimos todos, o casi todos, y todos tenemos, o casi todos, lo que nos corresponde: puño y letra. La sustancia del relato se alejó definitivamente del cifrado oficio del escribano. Hay quienes prefieren la exhibición pública de sus hazañas antes que la confesión discreta ante el escribano (como el bodeguero, por ejemplo, que ni escribe ni lee) y hay quienes, quizás como consecuencia negativa ante el cariz de la común vanidad, decidieron convertirse en escribanos de sí mismos e incluso (como el Fiat) negarse por pudor a toda revelación de pesadumbres y viacrucis. Tal vez ésa fuera la última lección del último escribano, que nos enseñó a no tener que recurrir nunca más a un escribano que al final nos defraudara. Fue así, en cualquier caso, por rebeldía, por impudicia o por decoro, como cesaron los hábitos de la escribanía tradicional, y fue entonces, al cesar tales hábitos, cuando se corrompieron las costumbres, cuando lo público se hizo secreto y lo secreto se hizo público, cuando el bien  y el mal comunes, antes compartidos, se escondieron en cuadernos de alcoba (es un decir) o se desvanecieron en las fronteras del silencio. Cesaron las confidencias, se quebró la confianza, nos hundimos todos en las celdas de nuestra propia, irreductible e incomunicable soledad. Todo se rompe, en efecto, y se corrompe. Pero no puede decirse que el último escribano hubiera roto y corrompido (o roído y corroído) su función. Era su destino. Pues es lo cierto, en cualquier caso, que en los últimos tiempos la función del escribano no sólo se diluyó considerablemente, sino que desapareció, caducó, se extinguió en sí misma, y quedó apenas un rescoldo de la vieja figura: este pobre hombre que no se resignaba a su negación y pretendía sostener él solo la antigua gloria de su ejercicio, la nobleza de sus atribuciones. La gente estaba acostumbrada a verle detrás de la ventana, en la penumbra de su gabinete, agachado sobre el escritorio, día tras día encorvado sobre papeles y papeles, dando siempre rienda suelta a sus escritos y sus caligrafías, al inacabable repertorio de nuestras pesadumbres. Hasta que todo acabó definitivamente con su muerte y no hubo más escribano ni más escribanía. Desapareció, pues, la función del escribano y sin escribano hemos sobrevivido. De modo que ahora podemos decir que todo pertenece al pasado, al pasado pertenece el petirrojo, al pasado pertenece el santo predicador, al pasado pertenece el gran cazador y al pasado pertenece también el escribano, y ya no hay nada que contar, y estamos llenos de lagunas intermedias en la memoria. Por mi parte, diré que no soy escribano. Me llaman escribano (aquí los nombres perduran aunque cese la función o se recuperan si surgen nuevas atribuciones) porque vivo en la casa del antiguo escribano, pero no soy escribano. Yo me dedico desde hace años (en concreto, desde que el Fiat se hizo vinolento y perdió el temple) a conducir la camioneta de postas por nuestras carreteras comarcales, a tareas de reparto, y, por afición, por ocio, por monotonías, me entretengo encomendando a la imaginación la invención de la historia, los recovecos del pensamiento, los enigmas de la voluntad. Por eso está llena ahora de complicaciones la recuperación del oficio con sus atributos primitivos, porque la escribanía se ha contaminado con entelequias, porque no son fiables los testimonios del bien y del mal (pues tal vez ni siquiera se produzcan testimonios del mal y los del bien tal vez sean imposturas), porque todos hemos aprendido a fingir y nos hemos convertido hacia dentro en incógnitas y hacia fuera en ficciones. No olvidaré nunca a este propósito la senecta que pronunció en cierta ocasión el viejo en la bodega cuando el bodeguero vigente, locuaz sin fin, impúdico irredento, se explayó en los pormenores de un episodio tan tedioso como interminable. Es verdad que el bodeguero, no sé si por oficio, por condición o por carácter, pertenece a la categoría de personas que hablan siempre y sólo de sí mismos, para quienes la más insignificante muesca de su biografía merece ser propagada una y otra vez, con curvas y ondulaciones sin fin. Fue entonces, ante el relato de uno de esos episodios insulsos del bodeguero (en concreto, una aventura escabrosa de cuartel), cuando el viejo articuló la senecta. Que todo lo que ocurre ocurra, dijo, no es bastante razón para contarlo. Como sus palabras no tuvieron consecuencias y el bodeguero siguió empeñado en el desglose minucioso de su insustancial anecdotario con una sinrazón narrativa a toda prueba, el viejo descendió hasta nosotros con variaciones senectarias recurrentes. Aborreced la verborrea, dijo incluyendo a la audiencia en la exhortación con un gesto circular. Pero fue en vano y bien seguro estoy de que el bodeguero, que no atiende a razones, que siempre convierte de hecho el verbo en verborrea, tampoco hubiera atendido a intempestivas por muy directas e imperiosas que hubieran sido. No hubo forma de que el bodeguero se aviniera a la prudencia narrativa. O mejor dicho, sí la hubo, más tarde, pero no a causa de las ironías del viejo, sino a raíz del incidente en que, escopeta en mano, humilló al Fiat, del que se arrepentirá mientras de él guarde memoria y que, tal vez como penitencia, le llevó a dar por terminadas sus bodeguerías. Acuden estos lances ahora a mi memoria a raíz de la conversación que sobre el oficio de escribano tuvo lugar ayer en la bodega. Podrías ser escribano de verdad, dijo el viejo, al fin y al cabo ya eres escribano de nombre y de aposento y serás el primero que trate con el forastero, si es que viene. Así, añadió, estaríamos al tanto de los hechos. Pensé que era broma, meras derivaciones de la charla, pero unos y otros celebraron la ocurrencia con tan juiciosos argumentos que poco a poco fue adquiriendo seriedad. Ser escribano, dijeron, me convertiría en contrafigura del forastero, porque, si son ciertas las instrucciones, él guardará siempre silencio y yo tendría que dar cuenta de ese silencio. No se hable más, dijeron, te nombramos escribano. Tendrás que tomar nota minuciosa de los acontecimientos, de la conducta del forastero, de nuestro comportamiento con él, de todo lo que le ataña y lo que a su alrededor ocurra. Tendrás que atenerte a las obligaciones retóricas del oficio: prescindir de los nombres, usar un yo plural, que cada yo sea un nosotros y que yo nunca sea yo. Tal es la máxima esencial del escribano, dice el viejo, que yo nunca seas tú y tú nunca sea yo. Tendrás que cumplir la tarea con eficacia y con verdad, procurando distinguir entre las voces y los ecos, entre los hechos y los dichos, y separando asimismo los deslices del sujeto de las verdades acordadas. Todos seremos, por tanto, nombres comunes, seres provisionales. Y cuando llegue el forastero, si al final llega, te encontrará dispuesto: tienes papel y pluma, el escritorio siempre ha estado listo, a tu izquierda se abre la ventana desde la que puedes oír las palabras de quienes pasan, ver el llano a lo lejos, el anillo debajo, la casona al frente, la bodega al fondo y el vaivén discontinuo del camino del cruce. En caso contrario, dicen, el oficio terminará desapareciendo y no habrá ya escritura ni escribanía que tenga algún sentido.

 Entre las distintas ocurrencias que surgen, a veces en el llano, a veces en el anillo, pero más a menudo en la bodega (va avanzando el otoño inexorable, y en el otoño nos abruma el tedio de lo efímero), sobre el porqué de la elección de estas tierras para tan vehemente ejercicio de silencio, la que cuenta con más partidarios considera que no ha sido escasa nuestra aportación a tan abrupto aprendizaje, a tan oscura o bruna artesanía. Y es cierto, en efecto, que, por afición, por inclinación o, sobre todo, por las inclemencias del destino (no hay por qué insistir en la naturaleza maligna de este valle de lágrimas, si bien conviene tener en cuenta que las lágrimas se reparten con una ferocidad tan severa como caprichosa, tan atroz como extravagante), contamos en nuestra pequeña historia con varios heterodoxos que, sin embargo, no creo que hayan alcanzado ninguna fama exterior, la gloria tácita de los anales, ni servido, por tanto, de inspiración o de atracción para nuestro anónimo y tal vez esquivo y elusivo huésped. Por lo demás, ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en el número ni en la identidad de nuestros heterodoxos ni en las circunstancias que les llevaron a tan áspera resolución. Cierto es que en el recuento han aparecido los casos más notorios, como el petirrojo, que pertenece por derecho propio a la leyenda y que tal vez tenga el dudoso honor de ser quien más lágrimas ha derramado en este lastimero valle, o como el cazador grajo, que sufrió lo indecible por azares de caza y se desvaneció en la bruma del bosque del mismo modo que se desvanece la luz en las tinieblas, esto es, sin saber cómo, pero, a medida que han ido surgiendo otros nombres, el carpintero, el infeliz predicador o incluso el Fiat (sobre el que tal vez se abatieran y tal vez se sigan abatiendo todas las desdichas), no se ha podido determinar de modo unánime si forman parte o no de tal peculiaridad lingüística y, tras mucho discutir con acaloramiento méritos y deméritos, al final, como solución de urgencia, ante la dificultad de acuerdo, y a la espera de nuestro hombre, he decidido elaborar, como tarea propia de este oficio provisorio, una crónica verídica, ecuánime y completa de nuestros heterodoxos, quienes, por razones morales o secretas, se acogieron con valentía a la intemperie del silencio, tarea, por cierto, que asumo con un énfasis impropio. Cuento, además, con la cuantiosa documentación manuscrita de los antiguos escribanos, los rigurosos cartapacios que formaban parte del mobiliario de la casa y que ahora reposan en los abatidos anaqueles del desván. Empiezo, pues, con el inventario”.

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Una novela sobre el ser y la nada que el lenguaje impone.

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