‘Los amantes caníbales de Pablo Illanes’

Esa mañana despertó llorando. Estaba en Nueva Jersey. En la casa de su madre.

No lloraba por la tragedia de la que se enteró algunos minutos después, que partiría su vida en dos y lo empujaría a una seguidilla de frustrados intentos de suicidio. Lloraba por el intenso dolor perianal.

El día anterior David Mendoza se había hecho un nuevo piercing, el cuarto, esta vez a medio camino entre la base de los testículos y el ano. Era solo una argolla pequeña, de centímetro y medio de diámetro, perforando estratégicamente la piel sobrante de su escroto, pero a pesar del tamaño se sentía en todo el cuerpo. Hasta en su cabeza.

Antes de la última pelea y de tomar el tren a Nueva Jersey había pensado, un poco ingenuamente, mostrarle el nuevo fetiche a Baltazar y, sin importar las molestias posteriores a la intervención ni la gélida cordialidad con la que se trataban últimamente, tal vez jugar con él durante algunas horas.

Se secó las lágrimas frente al espejo. Su madre golpeó la puerta del dormitorio y le dijo que el desayuno estaba servido. Definitivamente era una manera extraña. Su madre jamás cocinaba. Tampoco estaba sobria a las ocho de la mañana de un jueves. En realidad, su madre casi nunca estaba sobria.

Había preparado tamales de queso y café de grano, jugo de naranja y tortas de jamón. David sonrió ante la mesa puesta en el pequeño comedor de su infancia, y su madre lo miró satisfecha. Se sentaron a desayunar y hablaron de cosas sin importancia, vigilados de cerca por  las fotografías familiares de parientes que casi nunca veían. En eso estaban, David cubriendo los silencios con comida y su madre hablando de recuerdos inventados, cuando interrumpió su celular. Por un segundo pensó no responder y concentrarse en lo que estaba haciendo, compartir un desayuno casero con su madre e intentar parchar la distancia que habían cultivado como una religión desde hacía tantos años. Fue ella la que le dijo que lo hiciera, que contestara, que no se preocupara por ella, que quizás era algo importante, mientras mezclaba su café con un chorrito de whisky. David respondió sin ganas, y lo que vino después, esa llamada telefónica fatídica y todas las que siguieron, el tren de regreso, el subway hasta Manhattan, el viento helado y los peldaños sucios de la estación en la calle 42, las manos de su madre aferradas a las suyas en medio de las hordas de turistas sobre estimuladas por las vistas de Times Square y las miradas de esos mismos turistas preguntándose por qué lloran ese muchacho con esa mujer, es como un sueño; todas esas cosas que vinieron después de la llamada, David Mendoza las recuerda sin un orden cronológico. Como si fueran viñetas tristes e inconexas de una tragedia mayor. 

Extracto de Los amantes caníbales de Pablo Illanes

CANÍBALES

SINOPSIS Baltazar Durán es un célebre escritor chileno que ha muerto en un hotel  de Nueva York, junto a su cadáver hay una autobiografía. Su hermana Susana tiene curiosidad sobre qué hay entre las hojas. Pero sólo David, su viudo es el único que puede leerlas y darse cuenta que el amor de la vida de su difunto marido es Emilio Ovalle el novio de la adolescencia de Susana y el hombre con el que Baltazar pasó la última noche de su vida. ‘Los Amantes Caníbales’ es un retrato del Chile de los años ochenta lleno de sexo, drogas y cine.

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