Lee un fragmento de ‘Caballo de Fuego: Congo’, de Florencia Bonelli

Eliah Al-Saud abandonó el aeropuerto Charles de Gaulle y corrió hasta el estacionamiento. Saltó dentro de su Aston Martin DB7 Volante y lo puso en marcha. El disco compacto de los Rolling Stones de reanudó, y la batería de Paint it, Black explotó dentro del habitáculo. Las llantas chirriaron sobre el asfalto, y el rugido del motor compitió con las guitarras eléctricas. La ira que comunicaba la letra de Paint it, Black describía su estado de ánimo. I look inside myself and see my heart is black. Él también miraba dentro de sí y veía que su corazón se había vuelto negro. La velocidad del deportivo inglés (en el camino hacia Ruán, casi bordeaba los doscientos kilómetros por hora) atenuaba su furia. En realidad, sólo la sensación de hallarse a más de quince kilómetros de la faz de la Tierra, piloteando un caza, la habría aplacado. O una caricia de Matilde. La suavidad de sus dedos largos de cirujana sobre la mandíbula habría bastado para diluir esa cólera con tonos de desesperación. 

Matilde se había ido. Consultó su Rolex Submariner. Las once y media de la mañana. El vuelo de Sabena ya habría despegado y, en siete horas, aterrizaría en el aeropuerto de Kinshasa, la capital de ese infierno llamado República Democrática del Congo. 

Apretó las manos en el volante al imaginarla sentada junto al doctor Auguste Vanderhoeven, que no perdería oportunidad de tocarla. ¿Se habría inclinado sobre ella para ayudarla con el cinturón de seguridad? ¿Le secaría el sudor cuando Matilde se mareara al despegar el avión? Pisó el acelerador y la aguja del velocímetro superó los doscientos kilómetros por hora. El idiota de Vanderhoeven la había sujetado por el brazo al saludarla en la recepción del Aeropuerto Charles de Gaulle, y él lo había atestiguado en silencio y desde lejos, mientras se refrenaba para no saltar sobre el médico belga y matarlo a golpes. Había decidido marcharse para evitar un escándalo que no lo beneficiaría a los ojos de Matilde. Su imagen estaba por el suelo. Ella lo creía poco menos que un asesino a sueldo. Lo cierto es que no tenía derecho a celarla. Matilde ya no le pertenecía. Ella no deseaba pertenecerle; nunca lo había deseado, y eso le dolía de un modo visceral. Juana Folicuré (nadie conocía a Matilde como Juana) sostenía otra hipótesis; él prefería no cavilar sobre esa posibilidad; no acostumbraba basar su vida en esperanzas. Se ajustaría a los hechos y superaría haberla perdido. No podía ser tan difícil.

Extracto de Caballo de Fuego: Congo, segunda parte de una trilogía de Florencia Bonelli.

Caballo de Fuego Congo baja

Caballo de Fuego: Congo, de Florencia Bonelli, estará disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Planeta, a partir de las primeras semanas de septiembre.

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