Lee los primeros párrafos de «Rojo Carmesí» una novela de Carla Baseti

«Rojo Carmesí«, un libro escrito por Carla Baseti, es la novela que dilata las pupilas…

Aquí los primeros párrafos:

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La mujer cuando gime hace una voz distinta. No se la oye en el supermercado, en las tareas de la casa, en las amigas conversaciones, en la oficina, en el parque tapado de gritos ni en la sobremesa de los días. Es una colocación, un jadeo enajenado, un sonido en cadena, un aullido estomacal único. Fuera de su cuerpo nadie le escucha esa voz, sólo su amante lacrado al acostarse entre sus muslos como quien se estira sobre dos asientos de un balcón movedizo. Tal vez la vida de un hombre valga el esfuerzo por la breve recompensa de presenciar este romper de mares. Ahora, que no se descuide la habilidad de ayudarla a escalar hasta besarle los callos a dios; se trabaja para que devuelva su voz. Uno, en cambio, calla, porque los varones no sabemos entonar un lenguaje sutil. Nuestras gargantas abrazan el éxtasis del mismo grueso modo que gritan un gol delante de un televisor como bárbaras aficionadas. En mi caso de rudimentaria sangre, el placer no reside tanto en mi goce como en el de oírlas a ellas gozar. Es casi inconfesable dicha alegría, indescriptible.
Pero, ¿cuándo cómo dónde y de qué manera visitar los enigmas resonantes de una fémina? No hay hembra, por común que se vea, que al ser llenada no cruja su melodía de forma especial, original hasta en el silencio, ni hay la que no atesore alguna belleza. Por el sólo don de poder dar vida, uno las admira y muere por tocarlas. Benditas damas que nos dejan salir de sus entrañas al parirnos para más tarde permitirnos reingresar por idéntico lugar. Vida y goce nos dan, dos circunstancias en que nos obsequian la luz a través de la usina de sus sexos incandescentes. Son más generosas que nosotros. A todas las adoro y las huelo igual que a un racimo de insurgentes orquídeas que germinan en la palma de mi mano echando raíces en mis dedos y elevando mi lujuria hacia un sol de liquidez. Así es para mí. Ni respirar tendría sentido sin el sueño recurrente de amarlas.
Luego están las que cobran por sexo con derecho a tragar comida, aunque a mí no me atraen, soy sincero; ninguna farsa de fingida amante me calienta. Que vivan éstas si quieren, siempre y cuando no me quieran nada. A mí me excitan las putas reprimidas, las gratuitas y oficiosas, las que simulan al revés, las que se hacen que no son y son corcoveando por el júbilo de andar; esas domésticas señoras atadas que cuando se desatan, abren el grifo de sus fantasías y encharcan el mundo.
El macho es otra cosa. La vigilia del depredador apunta a estar justo ahí, en el preciso minuto en que las chicas resultan hembras furtivas y ya no damas. No soy un macho sino un hombre impulsivo de salvaje miel que si bien no suele pedir permiso, sabe pedir perdón. Solicitan permiso los cobardes, y no es mi estilo. Porque en toda mujer resopla una ramera como cepa de un virus dormido que late a la espera de desperezarse las células. La piel bosteza y se marchita cuando no se la riega, se apena. No sólo lo digo yo, también lo comentan ellas con la boca tímida, secreta, leve, con la misma boca que rugen. Es el idioma sensorial de sus largas venas subyugando al acecho, es un ejercicio diario de las hormonas que tumban a las neuronas por un momento cuando se hacen cargo de los poros hasta que el delirio se encauza en los rieles trágicos de la razón recobrando su estatus álgido y hogareño. Pero siempre en el fondo son todas callejeras que fermentan anhelando una gran introducción. Yo les entreveo el hambre en los ojos, las detecto y las calculo y las apreso en mi celda de barrotes óseos que aprietan. Sofocadas, recién allí recuperan el aire.
Jamás me detuve a pensar en que mi madre lo hizo con mi padre para que un poeta naciera. Ella, para mí, no tuvo sexo, no fue hembra ni puta. Sin embargo presiento a veces que al entrar en una mujer, la que sea, retorno al vientre donde viví los mejores meses de mi vida. Cosas raras que uno siente, asuntos que no se entienden y se presagian. ¿Qué carajo tendría que ver mi mamá con el deseo constante de hospedarme en medio de las ingles de cualquiera?
Debí estudiar psicología para saber más de mi propia psiquis. No lo hice, no pisé la universidad porque ninguna te convierte en poeta. Terminé el colegio secundario haciendo eses hasta tomar la decisión de escribir versos y nada más, aunque el nada más nunca sea veraz; para llegar al pan, debe hacerse algo más que poesía. Que vayan a la universidad los que ambicionan ser alguien flameando un diploma, pensé. Yo he sido alguien, y lo he sido sin la menor necesidad de tener. O dicho con otras palabras, para ser, a los seres humanos debería alcanzarnos un corazón que cañonee su plasma y una mente que dispare sus sueños; ese tener sería suficiente tenencia.

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Un pensamiento sobre “Lee los primeros párrafos de «Rojo Carmesí» una novela de Carla Baseti”

  1. Genial! me quedo con esta frase: «Benditas damas que nos dejan salir de sus entrañas al parirnos para más tarde permitirnos reingresar por idéntico lugar.»
    ¡Habrá que leerlo todo!

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