‘Las poseídas’, una novela sobre los demonios de la juventud, escrita por Betina González

—Me voy a matar.

Felisa me miró a los ojos y, como todo el mundo, no vio nada en ellos. No éramos amigas. No entendí por qué me hacía cómplice de su plan, si es que de verdad tenía uno. Opté por el humor.

—Esperá unas semanas porque si no nadie se va a enterar. Para dramas, alcanza con el de la hermana Silvia.

Quise sonar graciosa, pero las palabras pesaron en el aire del baño, se enroscaron en el humo de nuestros cigarrillos y dieron de lleno en los ojos de Felisa, que se hicieron más chicos: dos dardos negros, de realeza ofendida.

—No me creés.

—Todas nos queremos matar en algún momento.

—Todas.

No fue una pregunta ni afirmación. Pero me hizo sentir idiota. Yo nunca había pensado seriamente en matarme; mi teatro de sufrimiento semanal no iba más allá de un cuarto cerrado para llorar con música «dark» a todo volumen. Cuando estaba por confesarlo, Felisa aplastó el cigarrillo contra la pared, bajó las piernas, que en el camino rozaron las mías (las suyas estaban ásperas de tanto afeitado al ras), y se levantó de golpe.

—Ya vas a ver. —Se acomodó la túnica (así le llamábamos al uniforme azul de tres tablas con el que teníamos que disimular nuestro desarreglo hormonal) jugando con el cinturón hasta que el ruedo apenas le tapó el culo. Por la ventana, llegaban los gritos del recreo. Las carreras de las más chicas. El rebote de una pelota. Risas. El ruido desorientado y gris que hacíamos todas juntas.

Felisa estaba ahora parada frente al espejo. Le dedicó sólo unos segundos a su cara. Lo suficiente para recargar de negro sus pestañas. Tal vez eso le valdría una amonestación o una visita a la rectoría. En esa época las escuelas todavía se especializaban en la contabilidad punitiva, notas pacientes en una libreta que te acercaban cada vez más al borde de la expulsión. Nadie sabía bien qué había del otro lado. Allí empezaba un mundo de días llenos, cada uno igual a sí mismo, salvaje en su acelerado acontecer, tan diferente del mundo suspendido del colegio, de esas cinco o seis horas diarias de inútil familiaridad. Pensarlo mareaba. A pesar de todas nuestras quejas de la escuela, sabíamos que del otro lado sólo existía la vida en caída libre. Un mundo de chicas guarras, drogadictas o madres solteras, putas o esquizofrénicas que se habían vuelto legendarias y circulaban desde ese otro lado como fantasmas seductores. Yo prefería las seis horas diarias de vida retardada, preparatoria. «La semilla contiene ya el secreto de la flor», habría dicho la madre Imelda.

Una cosa era segura: a mí no me interesaba estallar antes de tiempo en maravillosa mujercita. No tenía cuerpo. No tenía alma. Lo único que me importaba era la vida de la mente y sus preciosos acontecimientos. Vivía en ese mundo de palabras afiladas, de libros viejos que (yo creía) me contagiaban su antigüedad y su hermetismo, le daban un aire trágico, una aureola de clara justificación a mis desastres de peluquería, a la vulgaridad de mi familia y a la ropa comprada en tiendas de segunda. Las expulsadas no me parecían ni especiales ni legendarias: para mí no había nada más estúpido que esa aceleración hacia el misterio del cuerpo y sus opacidades que con tanta facilidad se revelaban, si una era inteligente. 

Extracto de Las poseídas, de Betina González.

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Las poseídas, de Betina González, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Betina González

Una sorprendente trama que combina géneros y elementos diversos, contada con una escritura envolvente y original, de altísima calidad literaria.

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