“Las Crónicas de Fortuna: El Secreto del Trapecisita” el primer libro de la saga de Javier Ruescas

“CAPÍTULO 1

UN TRUCO INESPERADO

El reloj de la plaza marcó las doce del mediodía y el tañido de las campanas resonó por la ciudad de piedra y pizarra. Había llegado el momento.

Kyle miró a su espalda y le hizo un gesto a Lavelle. Ella, que sostenía en alto una sábana extendida frente a la fachada de la antigua juguetería, asintió con la seriedad que requería el momento para confirmar que estaba lista.

El joven no aguardó más: se quitó la boina e hizo una elocuente reverencia.

—¡Damas y caballeros, presten atención! —exclamó con entusiasmo—. Están a punto de disfrutar de un espectáculo sin precedentes. ¡Las calles de Cadalso tienen el gusto de ofrecerles el mejor número de magia que verán nunca!

Mientras hablaba, el chico agitaba las manos como si tratara de teñir el aire a base de pinceladas. Los transeúntes: niños distraídos, hombres de gesto hosco y mujeres con prisa, se detuvieron unos instantes y olvidaron sus quehaceres, tentados por las palabras de aquel chico de mirada brillante y cabello alborotado.

—Cuentan que fue criado por lóbanos —proseguía el dis-curso que tantas veces había ensayado— y que ha resucitado en más de cien cuerpos distintos. Aunque normalmente actúa para la realeza, hoy lo hará frente a ustedes, ¡aquí!, en las calles de la hermosa ciudad de Cadalso. No se dejen engañar por su esmirriado aspecto; en su interior reside el alma del mago más poderoso que haya existido jamás. Él es… ¡Gun-nir el Hechicero!

Con esas palabras, señaló a su espalda y le dio el aviso a su amiga. La sábana amarillenta voló por los aires con teatralidad y descubrió una mesa coja, un taburete bajo y a un joven de gesto solemne y pelo rubio cubierto por una chistera ajada y un chaleco que le quedaba corto.

—¡Ohhh! —exclamó el presentador para avivar la emoción del momento.

No sirvió de nada. El público alzó las cejas, esbozó sonrisas petulantes y resopló con indiferencia. Alguno incluso llegó a reírse entre dientes, pero eso fue todo.

El supuesto hechicero se puso en pie, indiferente a la respuesta que había generado su aparición, se recolocó el chaleco y avanzó con la cabeza alta hasta situarse delante de la mesa. También los pantalones le quedaban cortos. A continuación, sacó una baraja de cartas del bolsillo y se las pasó de una mano a otra formando un pequeño arco en el aire.

Kyle miró a su alrededor y respiró más tranquilo. Con aquel sencillo truco, Gunnir había logrado, al menos, convencer al público para que se quedara unos minutos más.

—¿Quién será el primero en comprobar su poder? volvió a la carga el joven mientras el mago seguía barajando las cartas con agilidad—. ¿Usted, señora? ¿O usted, caballero? No tengan miedo. No les costará nada…

En los segundos que siguieron nadie abrió la boca, pero el muchacho no se inquietó: siempre sucedía lo mismo.Había que aguantar con paciencia y una amplia sonrisa hasta que alguien se decidiera a participar, sin respirar, sin mover un músculo. Al final, por romper el silencio, alguien aceptaba la invitación.

—¡Yo lo haré! —exclamó una voz grave un instante después.

Kyle, sonriendo con suficiencia, alargó el cuello y señaló al tipo barrigón que había hablado desde el fondo.

—Adelántese, por favor. ¡Démosle un fuerte aplauso!

Eran ya más de una docena los que se apiñaban, curiosos, en el estrecho callejón. Zapatos brillantes, zapatillas de tela y pies descalzos chapoteaban en los oscuros charcos que la tor-menta de la noche había dejado en el adoquinado.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó el chico.

—Edgard Darrell. De la floristería Dandi e Hijos —añadió con un guiño rápido al público y una breve inclinación. A continuación, sacó un pañuelo de su pulcra chaqueta marrón y se lo pasó por la frente sudorosa. Llevaba, además, una corbata a juego que seguía la perfecta curvatura de su enorme barriga. Kyle no pudo evitar imaginarse al hombre desayunando aquella mañana uno de los boliches de piedra que decoraban las murallas de la ciudad.

Gunnir carraspeó para recuperar la atención del público y avanzó unos pasos hasta colocarse frente al caballero.

—Escoja una carta —dijo poniendo la voz tan grave como le fue posible, que no fue mucho, y extendió la baraja. Edgard Darrel hizo lo que le pedían, estudió con detenimiento el naipe elegido y después lo pegó contra su pecho para que nadie más pudiera verlo.

—Ahora, señor Darrell —prosiguió Gunnir—, vuelva a dejarla dentro del mazo, donde quiera. Yo no miraré.

Chasqueó los dedos y Lavelle, que hasta ese momento había permanecido en una esquina sin moverse, se situó a la espalda de Gunnir y le colocó un pañuelo negro alrededor de los ojos.

Una vez la carta estuvo metida en el montón, el chico mago comenzó a barajar a toda velocidad. Los naipes volaban de una mano a otra cambiando de taco, mezclándose y girando como si estuvieran vivos. Pasados unos segundos, Gunnir se quitó la banda de los ojos y regresó a la mesa coja. Después, extendió con un ágil movimiento todo el mazo sobre la superficie.

El público se arremolinó a su alrededor sumamente interesado.

El muchacho se llevó los dedos a la frente y cerró los ojos, concentrado, como si estuviera escuchando una melodía compuesta sólo para sus oídos.

—Se está comunicando con los espíritus para que le susurren la respuesta —explicó Kyle a la audiencia en voz baja—. Se requiere un gran poder para ver con los ojos tapados…

Mientras hablaba, aprovechó para estudiar con algo más de detenimiento a su audiencia. Aunque se había colado algún chiquillo harapiento, parecía que esa vez habían logrado reunir a un considerable grupo de hombres y mujeres cuyas ropas indicaban una posición elevada. Si no surgía ningún imprevisto deberían poder sacarse un buen puñado de monedas antes de continuar hasta la siguiente parada, en la otra parte de la ciudad.

Al cabo, Gunnir alzó la mirada y separó las manos de la cabeza, como si hubiera tenido una revelación. Dio la vuelta a todas las cartas y dejó a la vista sus desgastadas ilustraciones.

—Los espíritus mueven mis manos —dijo, agitando los dedos sobre los naipes con dramatismo. Y cuando se volvió hacia el señor Darrell, añadió—: Ellos saben cuál es su carta.

Los brazos comenzaron a temblarle mientras bajaba las manos y acariciaba la baraja con las yemas de los dedos. Según pasaban los segundos, más fuertes se volvían los espasmos, más se agitaban sus extremidades, más energía parecía atravesarle el cuerpo… hasta detenerse sobre una carta, que levantó despacio. El público contuvo el aliento.

—Es esta —dijo con seguridad, mostrando un cinco de picas.

El caballero miró a ambos lados, se pasó el pañuelo por la frente una vez más y asintió, atónito. —L… lo es —masculló. A continuación, en voz más alta, repitió—: ¡Lo es!

— ¡Un fuerte aplauso para Gunnir el mago! —apremió Kyle. El público aplaudió encantado mientras Gunnir se quitaba la chistera y hacía varias reverencias.”

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