«La Novela de mi Vida» de Leonardo Padura

«¿Porqué no acabo de despertar de mi sueño?

¡Oh!, ¿cuándo acabará la novela de mi vida para que empiece su realidad?

J.M.H., 17 de junio de 1824

–Ponme un café doble, mi hermano.

Tantas veces su mente repitió aquella frase, durante dieciocho años, que las palabras habían gastado su valor de uso en la memoria y en el paladar, para sonar vacías, como una consigna dicha en un idioma incomprensible. Porque, a pesar del olvido, intentó imponerse como mejor alternativa, Fernando Terry sufrió demasiadas veces aquellas imprevisibles rebeliones de su conciencia y con una asiduidad ingobernable dedicó algún pensamiento a lo que hubiera querido sentir en el preciso instante en que, luego de beber un café doble frente al cabaret Las Vegas, encendería un cigarro para cruzar la calle Infanta y bajar por Veinticinco, dispuesto a reencontrarse con lo mejor  y lo peor de su pasado. De la melancolía al odio, de la alegría a la indiferencia, del rencor al alivio, en sus viajes imaginarios Fernando había jugado con todas las cartas de las nostalgia, si presentir que en la manga oscura, agazapada, podía quedársele aquella tristeza agresiva que se le había clavado en el alma, con una interrogación: ¿Tenías que volver?

Al principio de su exilio, en los meses de incertidumbre vividos bajo una carpa asfixiante en los jardines del Orange Bowl de Miami, sin saber aún si obtendría la residencia norteamericana, Fernando había comenzado a pensar en un retorno breve pero necesario, que le ayudara a restañar las heridas todavía sangrantes provocadas por una traición demoledora, fuera del tiempo y en otro espacio. Después, con el paso de los años y las persistencia de la barrera de leyes y disposiciones que dificultaban cualquier regreso, había tratado de creer que el olvido era posible, que incluso podía resultar el mejor de los remedios, y poco a poco empezó a sentir su beneficio alivio, y la ansiedad por volver se fue diluyendo, hasta convertirse en una angustia adormecida, que arteramente subía a flote ciertas noches insobornables, cuando en la soledad de su ático madrileño su cerebro insistía en evocar algún instante de sus treinta años vividos en la isla.

Pero desde que le llegara la carta de Álvaro con la noticia más inquietante y que ya no esperaba recibir, la necesidad del regreso  dejó de ser una pesadilla furtiva, y Fernando se sintió compulsado a abrir otra  vez  el baúl de los más peligrosos recuerdos. Entonces se dedicó a leer, por primera vez desde que saliera de Cuba, los viejos papeles de su malograda tesis doctoral sobre la poesía y la ética de José María Heredia, mientras su mente insistía en trazar cada uno de los pasos que lo conducirían hacia la casa de Álvaro, para enfrentar aquellas escaletas siempre oscuras y fatigosas, y caer  de golpe en vórtice mismo de su pasado. En sus recorridos imaginarios solía alterar el orden, el ritmo, la intención d sus acciones y  pensamientos, pero el inicio inmutable debía ocurrir ante el mostrador de Las Vegas, donde codo a codo güero apresurado y los vagabundos de rigor, bebería el café leve y dulzón que solían colar en la vieja cafetería que ahora, con ardor infinito  descubrió que ya sólo existía en su persistente memoria y en alguna literatura de la noche habanera: la cafetería de Las Vegas y su invencible mostrador de caoba pulida se habían esfumado, como tantas otras cosas de la vida.»

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Una evocación vivísima del Romanticismo en el Caribe de la época colonial, pero por encima de todo una lectura de la historia de Cuba, un viaje al origen de su conciencia nacional a través de la vida de su primer gran poeta.

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