La hija del padrino: una insólita historia de amor, sanación y redención

Tuve una niñez dividida. Una mitad transcurrió mientras crecía en casa con mi madre y mis hermanos en el suburbio tranquilo y arbolado de Old Tappan, Nueva Jersey. Nuestro hogar era espacioso, lleno de recovecos y tenía una alberca en el jardín trasero, junto con un majestuoso sauce llorón de largas ramas colgantes que se agitaban de un lado al otro con el viento.

La otra mitad de mi vida pasó en el lado contrario del río Hudson, en el oscuro departamento del primer piso que pertenecía a mi abuela y a mi padre, y que estaba en Manhattan. Allí saltaba por encima de los ratones muertos y esquivaba las cucarachas que subían desde el sótano y entraban a la cálida cocina de mi abuela, quien se colocaba siempre en su lugar junto a la estufa. Mi padre se quedaba sentado en silencio en la otra habitación, donde había hombres enormes de apodos graciosos a los que daba todo tipo de órdenes. 

Barajar estos dos mundos era como tener una doble personalidad: niña suburbana de Jersey y niña callejera de Manhattan. Y no estoy segura de haber sentido que perteneciera a ninguno de ambos márgenes del Hudson.

Desde que tenía dos años de edad la casa de Old Tappan fue nuestro hogar principal como familia. Nuestra casa estaba en un típico vecindario de Nueva Jersey que, a inicios de los años setenta, seguía ofreciendo la ilusión de seguridad e inocencia.

Mis amigos y yo pedaleábamos en nuestras bicicletas de montaña después de salir de la escuela, teniendo el tipo de aventuras que nos dejaban llenos de raspones mientras recorríamos los atajos sinuosos que se ocultaban detrás de las filas de casas. Los senderos nos conducían a la granja Stone Pointe de Sunden, que estaba a una cuadra de distancia, y allí estacionábamos nuestras bicis y sacábamos monedas de veinticinco centavos de nuestros bolsillos para cargarnos de dulces y caramelos de todo tipo. Nos sentábamos en nuestras bicis al frente de la tienda y nos atiborrábamos de dulces bajo los rayos del sol, hasta que escuchábamos el chirriar de las puertas mosquitero y a nuestras madres que salían para gritarnos: “¡A cenarrrr!”. Nuestra área estaba poblada principalmente por católicos de origen italiano y judíos, con un toquecido de irlandés por no dejar. Así que, al llegar la hora de la cena, nos desperdigábamos a nuestras casas para atestarnos de latkes y lasañas.

He dicho que mi barrio ofrecía la ilusión de seguridad e inocencia porque, incluso cuando era niña -especialmente cuando era niña-, percibía la violencia que reptaba debajo de esa superficie soleada y feliz.

Extracto de La hija del padrino, de Rita Gigante y Natasha Stoynoff.

La hija del padrino portada

La hija del padrino, de Rita Gigante y Natasha Stoynoff, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Planeta.

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