‘La falsa pista’, una novela de Henning Mankell sobre un brutal asesino en serie

Poco antes del alba, Pedro Santana se despertó por el humo que había empezado a despedir el candil de petróleo. Al abrir los ojos, no sabía dónde se encontraba. Había sido arrebatado de un sueño que no quería dejar escapar. Se trataba de un viaje por un extraño paisaje rocoso en el que el aire era ligero, y tenía la sensación de que todos sus recuerdos estaban a punto de desvanecerse. El candil humeante había penetrado en su conciencia como un olor lejano a ceniza volcánica. Pero de pronto algo más había hecho su aparición: el jadeo de una persona que sufría. Y entonces el sueño se había interrumpido, obligándolo a volver a la habitación oscura en la que ya llevaba seis días y seis noches sin dormir más que unos minutos a ratos.

El candil se había apagado. A su alrededor reinaba la oscuridad. Estaba sentado, inmóvil. La noche era muy cálida. El sudor era pegajoso bajo su camisa. Se dio cuenta de que olía mal. Hacía mucho tiempo que no tenía fuerzas para lavarse. Luego volvió a oír el jadeo. Se levantó cuidadosamente del suelo de tierra y buscó a tientas el bidón de plástico de petróleo que sabía que estaba junto a la puerta. Debía de haber llovido mientras dormía, pensó al buscar el camino en la oscuridad. El suelo estaba húmedo bajo sus pies. En la lejanía oyó cantar un gallo. Sabía que era el gallo de Ramírez. De todos los gallos del pueblo era siempre el primero en cantar antes del alba. Ese gallo era como una persona impaciente, una persona de las que vivían en la ciudad, de las que siempre estaban tan atareadas que nunca tenían tiempo de ocuparse de otra cosa que no fuera su propia prisa. No era como aquí, en el pueblo, donde todo transcurría tan lentamente como la propia vida. ¿Por qué tenían que correr las personas cuando las plantas de las que se alimentaban crecían tan despacio?

Tocó con una mano el bidón del petróleo. Sacó el trozo de tela que taponaba la abertura y se volvió. Los jadeos que le rodeaban en la oscuridad se hacían cada vez mas irregulares. Encontró el candil, quitó el tapón y vertió el petróleo con cuidado. Al mismo tiempo intentó recordar dónde había puesto las cerillas. La caja estaba casi vacía, eso sí que lo recordaba. Pero aún debían de quedar dos o tres. Dejó el bidón de plástico y buscó por el suelo. Casi enseguida su mano topó con la caja de cerillas. Encendió una, levantó la pantalla
y vio cómo la mecha empezaba a arder.

Luego se dio la vuelta. Lo hizo con gran angustia, ya que no quería ver lo que le esperaba. La mujer que yacía en la cama junto a la pared estaba a punto de morir. Ahora sabía que era cierto, si bien durante mucho tiempo había intentado convencerse de que la crisis pronto pasaría. Su último intento de escapar fue en el sueño. Ahora ya no le quedaban posibilidades de huir. Una persona nunca podía eludir la muerte. Ni la de uno mismo, ni la que le aguardaba a un ser querido.

Se puso de cuclillas junto a la cama. El candil de petróleo proyectaba sombras temblorosas sobre las paredes. Miró su rostro. Todavía era joven. A pesar de tener la cara pálida y hundida, aún era hermosa. «Lo último que abandona a mi esposa es su belleza», pensó, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Le tocó la frente. La fiebre había subido de nuevo.

Echó una mirada por la ventana rota, que estaba cubierta con un trozo de cartón. Aún no había amanecido. El gallo de Ramírez era todavía el único que cantaba. «Que se haga de día», pensó. «Se morirá durante la noche. No de día. Que tenga fuerzas para respirar hasta el alba. Entonces no me dejará solo.»

De repente abrió los ojos. Le tomó la mano e intentó sonreír.

—¿Dónde está la niña? —preguntó con una voz tan débil que apenas pudo entender sus palabras.

—Está durmiendo en casa de mi hermana y su familia —contestó—. Es mejor así.

Su respuesta pareció tranquilizarla.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

—Muchas horas.

—¿Has estado aquí todo el tiempo? Tienes que descansar. Dentro de unos días ya no tendré que estar echada.

—He dormido —contestó él—. Pronto estarás bien otra vez.

Se preguntó si ella se daba cuenta de que mentía. Se preguntó si sabía que nunca más se levantaría de la cama. ¿Estaban mintiéndose los dos en su desesperación, para hacer más llevadero lo inevitable?

—Estoy muy cansada —dijo.

—Tienes que dormir para ponerte bien —añadió volviendo la cabeza para que no viera lo que le costaba dominarse.

Poco después, la primera luz del alba penetró en la casa. Ella estaba de nuevo inconsciente. Él permaneció sentado en el suelo junto a su cama. Estaba tan cansado que ya no podía tratar de ordenar sus pensamientos. Se movían libremente en su cabeza sin que él pudiera controlarlos.

Extracto de La falsa pista, un nuevo caso del detective Kurt Wallander, escrito por Henning Mankell.

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La falsa pista, de Henning Mankell, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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Un inquietante caso en el que la investigación sobre el suicidio de una joven y la aparición de un asesino en serie llevará al inspector Wallander hasta las altas esferas de la política.

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