Extracto de “Indio borrado” de Luis Felipe Lomelí

Indio Borrado es una novela de Luis Felipe Lomelí que a grandes rasgos trata un tema que al parecer es inherente a la cultura humana, la violencia. La historia es sobre el Güero, un personaje que nació en un mundo inmerso en el caos. Desde su entorno lejano hasta su núcleo familiar, todas las personas y sus acciones parecen estar en su contra. El Güero está harto del mundo de miseria que le ha tocado vivir, por lo que debe de explorar cuál es su lugar en la sociedad junto a sus únicos verdaderos acompañantes, la ira y el resentimiento de una vida llena de discriminación y violencia.

Aquí les dejamos un extracto de Indio borrado:

Puede olerlo. Sabe que está ahí porque puede olerlo y su aroma llena la noche, la ahoga. El Güero no podría decir a qué huele su padre pero sabe que es el olor de su padre. El único. Y siente como si le dieran con un tubo en la base de la nuca y le fueran apretando los brazos con alambre, cada vez más fuerte, haciéndole saltar las venas, hundiéndose en la piel quemada por el sol luego de dos semanas de jale en la obra para recibir el primer sueldo de su vida. A los trece años. Y se lo ganó. Aguantó la primera semana en blanco y también la segunda, porque el sábado pasado el maestro José Isabel le salió con la misma cantaleta: que estaba a prueba. Nomás para ver si el Güero se hartaba y se pintaba de colores. Pero no. Por eso este lunes le dio la sorpresa y el Güero corrió a la azotea del edificio en construcción, con el mazo y el cincel en las manos ampolladas, para ver la ciudad que sería suya.

Tomó el autobús de vuelta a casa contento, pensando en lo que haría con el dinero como si se le hubieran borrado de repente todas la pecas de la infancia: comprarse un celular, cortarse el cabello como los grandes, o ir haciéndose de material para construir otro cuarto, ahí.

Ahí donde no debería estar su padre.

Donde nunca está.

El muy cabrón ha de haber estacionado su ecotaxi en la colonia de al lado para evitar que la racilla le hiciera maldades, en el barrio fresa de AltaVista. Por eso no lo vi, piensa. Y respira. Cierra los puños sin darse cuenta. La televisión centellea en la barda de la sala como el reflejo de la una lumbre. Pero no se oye. El Güero oye nada. Tal vez su hermana esté viéndola en silencio. Sin querer hacer ruido o queriendo escuchar los ruidos de su padre en la recámara. El Güero duda. No se anima avanzar ni a asomarse entre la cortina de flores para ver si es su hermana la que está mirando la tele. Cierra más los puños. Encaja las unas sobre las ampollas reventadas y golpea el rollito de billetes sobre la tela del pantalón. Debería entrar. Está parado a la mitad de la calle y ése no es lugar seguro: los Calcos ya están pisteando cerro arriba. Debería entrar y decirle a su padre que se regrese por donde vino. Debería entrar y decirle a su madre usté cállese, con usted no esta hablando, porque su madre se metería entre ambos. Decirle: Aquí ya hay un hombre. Y quedarse recio. Recibir el primero y quedarse recio. El Güero hace cuentas. Da un paso hacia la acera. El resplandor de la televisión reclama su incendio en el muro. Arden las flores de la cortina amarilla. Arde el olor de su padre en un desparramadero de dísel, de aceite carburado. El Güero da otro paso y el olor de su padre le taponea la trompa, le quema los ojos, le quema los ojos. Lo ciega. El olor de su padre arde en los muros de su casa, levanta llamaradas, prende la acera y la calle, rojo se pone el alambre recocido que ahorca sus brazos. El Güero se atraganta, rapsa sus uñas sobre la trinchera de estrellas que arde en cada mano- Y se atraganta, chingado.

Chingada madre.

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