Eugenio Aguirre

Por Vicente Quirarte

Eugenio Aguirre sabe hacer de las ficciones realidades. Por su permanente búsqueda de la verdad y su habilidad para encontrarla, le creo absolutamente todo. Afirma que nos conocimos a través del gran Luis Mario Schneider, cuando desde su cuartel general de Editorial Oasis emprendía una nueva aventura editorial: Los Libros del Fakir, donde convivimos escritores bisoños y autores consagrados. En esa colección yo publiqué precariamente tres cuentos bajo el título Plenilunio de la muñeca. Eugenio ya era un narrador desbordante y experimentado que había dado a la luz Gonzalo Guerrero, una novela de su juventud que nació clásica y donde manifiesta su habilidad y vocación para entretejer los lenguajes de Clío y los de Caliope. Yo era, como lo sigo siendo hasta la fecha, un escritor que sufría por destilar una línea. Él ya era capaz de crear libros donde la imaginación y la Historia logran afortunadas nupcias.

El primer y más vívido recuerdo que de él conservo es en su oficina de la Dirección General de Publicaciones, donde trabajaba hombro con hombro con Guillermo Samperio, quien ya despegaba como el gran escritor de mi generación. De Eugenio recuerdo su figura esbelta y elegante a la que se ha mantenido fiel a través de los años, su buen vestir, su inseparable cigarrillo rubio –en aquellos tiempos no tan lejanos la Santa Inquisición de nuestro tiempo permitía fumar en espacio públicos- pero sobre todo recuerdo su afabilidad, la importancia que concedía a cada una de las palabras y necedades que seguramente le contaba.

De otros proyectos editoriales nos ha hecho partícipes y cómplices. La aventura de ya LEISSSTE, libros de gran tiraje y excelente diseño, cuyo papel de bajo costo era compensado por una tipografía amigable y amplios y elegantes márgenes. En otra ocasión coincidimos en un libro publicado por Selecciones del Reader´s Digest, Relatos de brujas, vampiros y hombres lobo, donde él tuvo a su cargo la presentación, selección y comentarios a los cuentos de licántropos y donde incluso incluyó un texto propio, “Mordida fatal en Yugoeslavia”, lo que da muestra de su versatilidad en todos los géneros narrativos que practica.
Así nos hemos seguido viendo a través de los años, afianzando nuestra fraternidad por alegrías y dolores comunes: el regalo que me hizo de Arturo, un gato rubio como él, pero nunca tan amigable como él. El ejemplar y caballeroso sentido del humor que manifiesta ante las grandes desgracias personales y las nuestras, las cuales tiene la sabiduría y generosidad para convertir en nimiedades. Su renovada cercanía en la banda de hermanos fundada y capitaneada por José Rogelio Álvarez, a cuya muerte nos seguimos reuniendo mensualmente, siempre en una casa distinta. Septiembre, mes de la patria, es el que corresponde a Eugenio. Nos sirve, naturalmente, los chiles en nogada ofrecidos por primera ocasión al general Agustín de Iturbide por “unas damas muy godibles”, al decir de don Artemio del Valle Arizpe.

Es precisamente del periodo de la Independencia donde me voy a centrar en esta fiesta en que celebramos el más de medio centenar de libros de Eugenio Aguirre. Particularmente voy a hablar de Victoria, novela sobre el primer presidente de México. En primer lugar, porque es su novela que más me gusta; en segundo, porque en los agradecimientos me hace el honor de incluirme como uno de quienes lo impulsaron a concluir las 600 páginas que lo integran. Lo evoco a la entrada del edificio de la Sociedad General de Escritores de México, sonriente como siempre, y en la úlltima etapa de labor constructiva de la novela donde puso tanto de sí: ese momento en que la corrección final nos obliga a escribir el libro nuevamente y el escritor se aproxima si no a la felicidad sí a la plenitud, al lograr un atisbo al absoluto.
Cuando Jorge Ibargüengoitia publicó Los pasos de López sentó un precedente notable para interpretar la guerra de Independencia y sus actores. La primera aparición de Hidalgo en la novela lo muestra montado a caballo y con una vara para espantar perros, es decir, humano e inmediato, sin el aura hagiográfica de la cual es revestido en sucesivas representaciones plásticas y narrativas de varias generaciones. De la misma forma, el Guadalupe Victoria novelado por Eugenio aparece como un personaje de carne y hueso inserto en la Historia que le tocó vivir y modificar. El hilo narrativo es proporcionado por el propio caudillo, que en sus últimos días utiliza al doctor Florencio Cummins como receptor del monólogo dramático en que ofrece los fragmentos de su vida, hábilmente trenzados con la voz del narrador que nos ilustra sobre la actuación militar del guerrillero y su participación política en el convulso México posterior a la consumación de la Independencia en 1821.
El primer capítulo es tan hilarante como fiel a la verdad histórica. Un batallón de invasores estadounidenses llega a la fortaleza de Perote y bebe, sin saberlo, los restos mortales de Guadalupe Victoria, conservados en alcohol. El resultado es que mueren envenenados. La metáfora es impecable: aún muerto, el primer presidente de México continúa matando enemigos, de la misma forma en que después de muerto el poeta Amado Nervo se convirtió en el mejor embajador de México, cando navíos de varias nacionalidades escoltaron sus restos desde Montevideo hasta el puerto de Veracruz.

Eugenio Aguirre es leal a la historia, pero irreverente, carnavalesco y fiel a sus habilidades y obligaciones de narrador, se trate de villanos como Bernabé Jurado o benefactores de la humanidad como Joaquín de la Cantolla y Rico. Como otro gran Eugenio, el francés Eugene Sue, sabe que el escritor se enfrenta con misterios, y que su labor es desentrañarlos y hacerlos accesibles a sus lectores. Lo que logra con Guadalupe Victoria es lo mismo que Reynaldo Arenas persigue en el proemio a su novela El mundo alucinante, cuyo personaje es fray Servando Tersa de Mier: “No aparecerás en este libro mío (y tuyo) como un hombre inmaculado, con los estandartes característicos de la pureza evangélica, ni como el héroe intachable que seria incapaz de equivocarse, de sentir alguna vez deseos de morirse.”
Desde hace unos años llamo a Eugenio Aguirre, mi padrino, con plena convicción y absoluto convencimiento. Me complace decirlo públicamente en una ocasión tan señalada. Lo hago porque tengo muy presente el día que yo caminaba por la avenida Insurgentes cuando recibí una llamada telefónica suya donde me rogaba que me pusiera en contacto con Carmina Rufrancos, editora de Planeta y que, naturalmente, hoy nos honra con su presencia. Cuando nos entrevistamos, le dije a Carmina que desde tiempo atrás estaba escribiendo una novela sobre los mexicanos que entre 1864 y 1867 vivieron en la ciudad de Nueva York, donde continuaron su respectiva resistencia. Le gustó la idea y me preguntó, con su carita de ángel y su exigencia de editora profesional cuándo le entregaba el original.

Le comenté a Eugenio el resultado de la entrevista y el reto enorme que para mí significaba escribir una novela. Con naturalidad espontánea me respondió: “Escribe una novela corta, de unas 300 páginas”. Decirle eso a alguien que cuando logra una línea se siente un Balzac, equivalía a no terminar nunca el libro, Finalmente, pude entregar a Carmina y a mi gentil y puntual editora, Ángela Olmedo, las doscientas quince cuartillas que terminaron por integrar La isla tiene forma de ballena, aparecida los últimos días de 2015. Sin el estímulo de Eugenio jamás hubiera terminado ese trabajo, conjura a la cual también se alió mi esposa, Patricia Compeán, cuando fiel a las condiciones en las que de acuerdo con la leyenda Francisco González Bocanegra escribió los versos de nuestro himno nacional, me encerró literalmente para que terminara el esquema general de la obra.

Eugenio Aguirre tiene una teoría muy interesante y atractiva sobre la diferencia entre los métodos de trabajo del narrador y del poeta, específicamente del poeta que decide escribir una narración. Mientras este está preocupado por cada una de las líneas y porque cada palabra dé todo de si, al narrador esta más atento al flujo de la historia, lo narrado. Desde mi punto de vista, en varias novelas de Eugenio, y particularmente en Victoria, se da este feliz maridaje.
En la década de los ochenta, yo vivía en la Colonia Roma, en el edificio de ladrillo rojo conocido como Casa de las Brujas. En el cuarto piso estaba el departamento de Sergio Pitol. Al cruzar el patio y subir las escaleras, escuchaba su incesante tecleo en la máquina de escribir. Siempre que dudo de la inspiración, pienso en ese ejemplo de cómo la escritura –sobre todo de una novela- es un trabajo que demanda entrega, disciplina y esfuerzo. Cuando pongo en duda esta idea, pienso en Eugenio Aguirre y lo imagino en su puesto de combate, con su fiel Camel al lado y encontrando la vida de sus personajes, pues es la única forma de dársela de manera auténtica, verosímil y permanente. De ahí la precisión de la frase del historiador Edmundo O´Gorman que sirve de epígrafe a la novela Victoria: “No hay que renunciar nunca a la aspiración de fabricar verdades”.

Hoy celebramos el más de medio centenar de libros de Eugenio Aguirre Su ejemplo es doble. Cuando la esterilidad me agobia, pienso en la escritura de Eugenio, fruto por supuesto de su talento pero también de su tenacidad y su disciplina. Daniel Stashower subtitula su biografía de Arthur Conan Doyle, teller of tales. Conan Doyle fue un autor tan fecundo como versátil. Para él, Sherlock Holmes era la menos importante de las creaciones salidas de su pluma. Como una pregunta en este homenaje, me permito invitar a Eugenio a que nos comparta sus preferencias personales de sus obras y sus personajes.
El tiempo de la lectura es de aprendizaje y por eso aspira y logra en ocasiones acercarse a la eternidad y la salvación. Como lector y amigo de Eugenio Aguirre, le agradezco las numerosas horas de escritura solitaria y por tanto de lectura colectiva, su ejemplo constante de amor a la vida y amor al trabajo.

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