“Enders”, la novela futurista de la escritora Lissa price

Te presentamos el primer capítulo de Enders, secuela de Starters, escrita por Lissa Price.

Capítulo uno.

Me llevé la mano a la nuca y juro que pude sentir el chip debajo de mi piel. En realidad no pude, por su puesto; estaba enterrado profundamente debajo de la placa metálica que lo bloqueaba. Sólo era la cicatriz alrededor, dura e implacable.

Traté de no tocarla. Pero se había vuelto una obsesión hacerlo, como una espina en una palma o un padrastro en un pulgar. Me perseguía todo el tiempo, incluso aquí, mientras hacía sandwiches en la cocina: la cocina de Helena.

Aunque estaba ya muerta y me había heredado la mansión, no dejaba de recordar a diario que esta cocina había sido suya. Cada elección desde los mosaicos de color verde mar hasta la elaborada isla en el centro de esta cocina de gourmet, había sido suya. Hasta su ama de llaves, Eugenia, estaba aquí.

Sí, también había sido de Helena el poco plan de tener al Viejo usando mi cuerpo para asesinar al senador Harrison. Pero yo tuve la culpa de ofrecerme como voluntaria para se donante de cuerpo, para empezar. En ese entonces yo estaba desesperada por salvar a mi hermanito, Tyler. Ahora no podía volver el tiempo atrás, como tampoco me podía deshacer de este horrible chip pegado a mi cabeza. Odiaba esa cosa. Era como un teléfono al que el Viejo podía llamar en cualquier momento, un teléfono que yo tenía que contestar y que no podía desconectar nunca.

Era la línea directa del Viejo conmigo, Callie Woodlan.

Dos días atrás lo había escuchado por última vez, mientras miraba cómo demolían sus preciosos Destinos de Plenitud. Había sonado como la voz de mi padre muerto y hasta había usado sus palabras clave: cuando los halcones gritan, es hora de volar. Yo pensaba en eso desde entonces. Pero mientras estaba parada ante la cubierta de la cocina , extendiendo lo que quedaba de la mantequilla de cacahuate sobre pan integral, decidí que el Viejo estaba jugándome una broma. Cruel, pero no era de sorprender viniendo de ese monstruo.

-¿Terminaste? -preguntó Eugenia.

Su voz crepitante de ender me sacó de mis pensamientos. No la escuche entrar. ¿Cuanto llevaba mirando? Me di vuelta para ver el ceño fruncido en su rostro arrugado. Si ésta fuera de mi vida de cuento de hadas, en este castillo ella sería la madrastra horrible.

-con eso es suficiente. Estás vaciando toda mi despensa  -dijo.

No era cierto. Había hecho varias docenas de sándwiches, pero nuestra despensa podría alimentarnos durante un mes. Coloqué el último en la máquina que envolvía automáticamente, y la delgada envoltura vegana cubrió el pan instantáneamente con un zumbido agudo.

-listo – eché los sándwiches en una bolsa gruesa de lona.

Eugenia ni siquiera esperó a que me fuera para empezar a limpiar la cubierta. Obviamente había arruinado su día.

-No podemos alimentar a todo el mundo  -dijo, restregando manchas invisibles.

-Por supuesto que no  -cerré la bolsa de lona y la colgué sobre mi hombro-. Sólo a unos cuantos starters hambrientos.

Mientras dejaba la bolsa en la cajuela del auto deportivo azul,  no pude apartar de mi mente la mirada de desaprobación de Eugenia. Se pensaría que ella debía ser más agradable, sabiendo que mi madre y mi padre estaban muertos. Pero de alguna manera estaba resentida por la muerte de Helena. No fue mi culpa. En realidad, Helena casi había hecho que me mataran. Cerré de un golpe la cajuela. Eugenia solo se había quedado porque adoraba a Tyler. Eso esta bien; yo no tenía que darle cuentas. Ella no era mi guardiana.

Me llevé la mano a la nuca y distraídamente rasguñé la cicatriz de mi chip antes de que me diera cuenta y me detuviera. Cuando miré mis dedos, mis uñas estaban manchadas de sangre. Hice una mueca.

Saqué un pañuelo desechable de mi bolsa y las limpié lo mejor que pude. Luego salí por la puerta del garaje que llevaba al jardín. Piedras cubiertas de musgo, húmedas por el rocío de la mañana, conducían a la casita para invitados cubierta de rosas. El lugar estaba silencioso, no había ningún movimiento detrás de las ventanas.Toqué en la puerta labrada para ver si él había regresado, pero no hubo respuesta.

La manija dio vuelta con un chirrido. Me asome al interior.

-¿Michael?

Yo no había estado en su casita desde que todos nos mudamos a la mansión. El lugar había adquirido el aroma de Michael, una mezcla de pinturas de artista y madera recién cortada. Hasta cuando ocupábamos edificios ilegalmente él siempre se las arreglaba para oler bien.

Pero lo que realmente caracterizaba el lugar como suyo eran su maravillosos dibujos, que cubrían las paredes. El primero mostraba pequeños starters con ojos hambrientos, hechizados. Vestían capas de harapos, cubrían sus cuerpos con botellas de agua y sujetaban linternas en sus muñecas con unas bandas.

En la siguiente imagen, tres starters peleaban por una manzana. Una estaba tendida en el suelo, herida. Así era mi vida hacía unos cuantos meses. Pero resultaba aún más difícil mirar el siguiente dibujo.

Mi amiga Sara. Una starter que yo esperaba rescatar. le conté a Michael sobre ella y el tiempo que pasamos juntas en la Institución 37, el lugar de pesadilla donde los policías me habían encerrado con otros starters sin reclamar. El boceto mostraba a Sara después de que logró que los guardias apartaran su atención de mí y terminó como blanco de los disparos de los tásers, colgando del alambre de púas mientras moría.

Michael no la había conocido, pero como la mayoría de los starters callejeros, estaba familiarizado con la desesperación y la valentía. Él plasmó el sacrificio voluntario en sus ojos.

El dibujo se nubló en mi vista. Nunca encontraría una amiga tan leal aunque viviera un millón de años. Ella me dio todo y yo la decepcioné.

Fue mi culpa.

Alguien entró en la cabaña. Me di vuelta para ver entrar a Tyler.

-¡Cara de chango! -gritó.

Rápidamente me limpié los ojos. Él se acercó corriendo y pasó sus brazos alrededor mis piernas. Michael estaba detrás de él, de pie en la puerta, sonriendo. Luego cerró la puerta y dejó en el piso su bolsa de viaje.

-Regresaste -miré a Michael.

Aparto de su cara su rubio pelo enmarañado y observó sorprendido la preocupación de mi voz.

Tyler se apartó.

-Michael me trajo esto.

Agitó un camioncito de juguete y lo deslizó sobre el sofa.

-¿Dónde has estado? -pregunté. Michael había estado fuera de mi vista desde que demolieron Plenitud.

Él se encogió de hombros.

-Sólo necesitaba algo de espacio.

Yo sabía que no diría nada mientras Tyler estuviera allí. Sabía que me vio tomada de la mano de Blake, el nieto del senador Harrison. Dos marionetas del viejo.

-Mira, lo que viste no significó nada  -dije en voz baja-. Y tú, tú y Florina…

-Eso terminó.

Nos miramos uno al otro. Tyler todavía estaba jugando, haciendo sonidos de auto, pero por supuesto que podía escucharnos. Yo traté de pensar en qué decir para explicar mis sentimientos, pero honestamente no sabía cuáles eran mis sentimientos. El Viejo, Blake, Michael… todo estaba tan revuelto.

En mi teléfono sonó un recordatorio: tres zings no leídos.

-¿Alguien se esta muriendo por ponerse en contacto contigo? -preguntó Michael.

Todos los zings eran de Blake. Había tratado de ponerse en contacto conmigo desde el día en que lo vi en la destrucción de Plenitud.

-Es él ¿verdad? -inquirió Michael.

Metí el teléfono en mi bolsillo, incliné la cabeza y le lancé una mirada que quería decir <<no me presiones>>

Tyler pasaba la vista de Michael a mi.

-Vamos a ir al centro comercial .respondió Tyler-. Para que me compren zapatos.

-¿Sin preguntarme antes? -me aferré a la bolsa que llevaba en el hombro y me quede mirando a Michael.

-Él me rogó -dijo Michael-. Y sus favoritos le quedan ya muy chicos. -Está creciendo demasiado rápido. Mejor hay que comprarle dos números más grandes.

Todos estábamos contentos de ver a Tyler sano después de un año de vivir ilegalmente en edificios fríos.

-Ven con nosotros -dijo Tyler.

-Me encantaría, pero tengo que salir.

-¿A dónde vas? -preguntó Michael.

-A nuestro viejo vecindario. A alimentar a los starters.

-¿Quieres que te ayude? -pregunto Michael.

-¿Por qué? ¿crees que no puedo hacerlo sola? -contesté.

En cuanto las pronuncié, sentí deseos de tragarme mis palabras. Michael parecía tan lastimado. La boca de Tyler se abrió mucho en un momento tipo <<oh, oh,>>.

-Lo siento -contesté a Michael-. Gracias por ofrecerte. De veras. Pero creo que puedo manejarlo sola. Ustedes deben ir al centro comercial.

-Te podrías reunir con nosotros para almorzar -agregó Tyler-. Después de que me compre mis zapatos.

Tomo de la mano a Michael y me mostró su mejor cara de <<por favor, por favor>>. Éramos lo más cercano que tenía a uno padres, y estaba haciendo todo lo que podía para unirnos. Lo que yo en realidad quería era que nuestros padres reaparecieran mágicamente, tener de nuevo nuestra familia. Pero debía conformarme con satisfacer la pequeña solicitud de mi hermano.

Acomodé la bolsa de lona en mi hombro mientras empujaba la puerta lateral del edificio de oficinas abandonado que había sido la casa de Michael y Tyler (y Florina) cuando yo me estaba alquilando. Entré en el vestíbulo y vi el escritorio de la recepción vacío como siempre. Nunca lo hubiera admitido Michael, pero mi corazón latía con más fuerza.

Más rápido. Contuve el aliento para escuchar cualquier signo de peligro. Estaba familiarizada con el lugar, pero las cosas cambian. ¿Quién sabía qué starters vivían aquí ahora?

Me acerqué al escritorio de la recepción para asegurarme de que nadie estuviera escondido, listo para atacar. No había nadie. Coloqué mi bolsa de lona en  el mostrador, la abrí y saqué una toalla. Mientras limpiaba el mostrador, escuché pasos detrás de mí. Antes de que me diera cuenta de lo que sucedía, alguien se lanzó precipitadamente y tomó toda la bolsa.

-¡Hey! -grité

Una starter pequeña y regordeta corrió a la salida, abrazada a mi bolsa. Varios sándwiches se salieron y cayeron al suelo.

-Se supone que son para todos, ¡pequeña tonta! -grité .

Salió rápidamente por la puerta. Nunca la atraparía.

Rodeé de prisa el escritorio y  me agaché para levantar la comida que se había caído. Tenía mi mano en un sándwich cuando alguien puso un pie sobre ella.

-Apártate -era una starter, tal vez un año más grande que yo.

Sostenía una tabla como bate, preparada para golpear. Los clavos oxidados en el extremo de la tabla me convencieron de no luchar. Asentí. Quitó su pie de mi mano y yo la aparté.

-Tomaló -dije, moviendo la cabeza en dirección del sándwich aplastado.

Ella tomó ese y los otros dos que estaban en el piso. Lo mordió sin quitarle la envoltura y empezó a comer, haciendo sonidos salvajes. Delgada, con pelo corto, sucio, probablemente alguna vez había sido tan sólo una chica de clase media. Como yo.

Yo había sentido esa misma hambre antes, pero nadie había venido a mi edificio a alimentarme. Y ahora sabía por qué.

Ella tragó.

-Tú -se acercó más a mí y tocó mi pelo-. Tan limpia -luego examinó mi cara-. Perfecta. Tú eres una metal, ¿o no?

-¿Una qué?

-Tú sabes, una metal. Una de esas personas del banco de cuerpos.

Tú tienes un chip en tu cabeza -dio otra mordida al sándwich, quitando esta vez la envoltura-. ¿Cómo se siente? -me rodeó para mirar mi nuca.

Yo llevaba las ropas más sencillas que había encontrado en el clóset de la nieta de Helena. Pero no podía disfrazar mi piel ahora sin defectos, mi cabello brillante y mis facciones perfectas. Era demasiado obvio para el mundo que me había convertido en una especie de esclava con chip.

-Como si alguien fuera mi dueño.

El brillante centro comercial era completamente diferente de la vida difícil de quienes tenían que ocupar edificios ilegalmente. Guardias ender vigilaban de pie afuera de las tiendas, examinando con miradas aceradas a cada starter que pasaba. Un guardia espiaba algunos chicos desaliñados que anunciaban su estatus de no reclamados con sus caras sucias y sus jeans manchados. Hizo una seña a la seguridad del centro comercial y escoltaron bruscamente a los muchachos a la salida.

Éste había sido un centro comercial de avanzada aun antes de que las guerras de las Esporas ensancharan la brecha entre los ricos y los pobres. Aunque no todos los enders eran ricos y no todos los starters eran pobres, a menudo así parecía. Pero allí pasé junto a muchos starters atractivos, que brillaban con sus tops y sus jeans de ilusión, que cambiaban de color cuando se movían. Eran como aves exóticas, incluso los chicos, que llevaban lentes de pantalla holográfica, capas de bufandas, gorras con delgados paneles solares para cargar baterías.

Quienes tenían chips para controlar la temperatura en sus chamarras metálicas y brillantes los mantenían encendidos. Otros usaban dobladoras automáticas para comprimir sus suéteres y abrigos de modo que pudieran meterlos en una cartera. La gente decía que se vestían de esa manera para distinguirse de los starters callejeros. Yo tenía un clóset lleno de vestidos como los de ellos, heredados de la nieta de Helena.

Pero ése no era mi estilo.

Estos eran los starters reclamados que vivían en mansiones como la mía. No siempre podía distinguirlos de la gente como yo, a la que habían sometido a cambios de imagen en el banco de cuerpos. <<Metals>>, había dicho esa chica. Los starters de este centro comercial eran hermosos porque podían permitírselo. Tenían los mejores dermatólogos, odontólogos y estilistas enders y todas las cremas y los productos de belleza que sus abuelos podían comprar. Las guerras de las Esporas apenas habían hecho una leve mella en sus hábitos de consumo.

Me detuve. Allí estaba yo, juzgándolos, pero también habían perdido a sus padres. Tal vez sus abuelos no eran agradables con ellos, sino fríos y resentidos, y tenían que ver todos los días caras que les recordaban a sus hijos e hijas perdidos.

Las guerras de las Esporas nos habían cambiado a todos.

Me rasqué la nuca y miré alrededor, esperando ver una zapatería. Se suponía que debía encontrarme con Michael y Tyler en la zona de comida, pero como mi misión de alimentar a los indigentes había fracasado, llegué temprano. Tragué saliva al pensar en ello. Michael tenía razón: no debí ir sola. Debí recordar lo que había aprendido en las calles: nunca quitar la mano de tu bolsa. Nunca dar la espalda a una entrada. Siempre estar lista para pelear. Todo ese trabajo y sólo había alimentado a dos starters, que huyeron sin darme las gracias siquiera.

Dirigí mi atención al directorio desplegado en la pantalla holográfica en medio del centro comercial.

-Zapatos -dije al microfono invisible.

La pantalla extrajo la zapatería del mapa y proyectó un holo en el aire. Era la única zapatería deportiva en el centro comercial. Conociendo a Tyler, estaría probándose todos los pares que había allí. Necesitaba ir a rescatar a Michael.

Al dirigirme a la zapatería me crucé con una abuela ender que iba recargada en el brazo de una bonita starter, probablemente su nieta.

Es muy atractiva.

Me detuve.

Era esa voz artificial, electrónica, en mi cabeza, e hizo que apretara los dientes.

El Viejo.

Hola Callie. ¿Me extrañas?

-No. Ni tantito -me esforcé para hacer que mi voz sonara normal-. Fuera de mi vista, fuera de mi mente.

Inteligente.

Entonces recordé que él podía ver a través de mis ojos. Puse las manos a mis espaldas para que no viera que me temblaban.

No te creo nada. Estoy seguro de que pensaste en mí todos los días. Cada hora, cada minuto.

-Crees que no hay nada más que tú, ¿verdad? -realmente quería gritarle, pero los guardias pensarían que estaba loca.

Observé a los guardias. ¿Me estaban mirando porque hablaba conmigo misma? No, podía estar hablando con un auricular. Tal vez habían detectado mi nerviosismo. De todos modos, no podían hacer nada para ayudarme.

-¿Qué quieres?

Quiero que me pongas toda tu atención. Y tú querrás ponérmela.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Mira a tu izquierda y dime lo que ves.

-Tiendas.

Sigue mirando.

Volteé a la izquierda.

-Sólo… una tienda de chocolates, una joyería, una tienda cerrada.

No te etas esforzando para ver. ¿Qué más?

Di unos cuantos pasos.

-Compradores. Enders, algunos con sus nietos, algunos starters…

Sí, starters. Sigue mirando.

Mis ojos recorrieron el área. ¿Quería que distinguiera a un starter en particular?

-¿Estamos jugando a frío y caliente?

Más a caliente y caliente. Sólo que pronto verás que no es un juego.

Me detuve en medio del centro comercial de manera que starters y enders tenían que rodearme. Él quería que viera a un starter. Había muchos de ellos… Pero ¿cuál? Entonces vi a una chica con pelo largo y rojo.

La conocía.

Reece.

Ella fue la donante de mi guardiana, Lauren, alquiló para buscar a su nieto. Recordaba a Reece como una amiga, pero por supuesto que era en realidad Lauren. La auténtica Reece no me reconocería. Pero yo le podía contar muchas cosas.

-Reece -le grité.

Ella se veía tan bonita como siempre, con un vestido corto estampado y zapatillas plateadas con tacones pequeños. Esquivé a los compradores para acercarme a ella. Estaba a unos tres metros delante de mí cuando se detuvo y se dio la vuelta.

-Soy Callie -dije mientras los compradores pasaban entre nosotros-.

Tú no me conoces. Pero yo sí te conozco.

Ella me lanzó la más extraña de las miradas, una expresión que nunca le había visto. Las comisuras de su boca se elevaron en una media sonrisa, pero no fue un movimiento fluido. Era más … mecánico. Algo estaba mal.

Ella se dio vuelta rápidamente y se alejó caminando.

-Espera -le grité.

Pero siguió avanzando. Un ender caminaba detrás de ella. No lo hubiera notado, pero tenía un gran tatuaje plateado a un lado del cuello. La cabeza de algún animal. Apenas podía distinguirlo. Tal vez un leopardo.

-Era Reece. ¿no? ¿Tú querías que la viera?

Siempre puedo contar contigo, Callie.

¿Reece sabía que el ender con el leopardo tatuado la estaba siguiendo? Yo no estaba segura. Ella entró de prisa en una tienda. Él entro en la siguiente y fingió interés en las gargantillas de perlas del escaparate.

Di un paso hacía la tienda.

No. Déjala sola.

Ella salió momentos después y el hombre con el leopardo tatuado volvió a seguirla. Yo seguí caminando, manteniéndome detrás, observándolos a los dos.

-Ella está en peligro -le repliqué al Viejo.

Ya verás.

Una horrible sensación de pavor me inundó.

-¿Hay alguien dentro de ella?

El banco de cuerpos había sido destruido. Pero ahora el Viejo tenía acceso a mí. También podía tener a alguien dentro del cuerpo de Reece.

La idea estaba formando nudos en mi estómago. Su voz electrónica. El tatuaje de leopardo. El cuerpo de Reece siendo usado.

Adelante, más allá de Reece, vi la zapatería. Tyler y Michael apenas estaban entrando.

-¡Michael! -grité a lo ancho del centro comercial, esperando que pudiera escucharme a pesar de los compradores y la música. estaba a unas seis o siete tiendas de distancia. Se detuvo y miró alrededor, pero no me vio. Entro.

Sin embargo Reece sí debió escuchar, porque se dio vuelta y me vio. Yo no tenía intención de que eso pasara. Eso le dio al hombre tatuado la oportunidad de acercársele. Le dijo algo al oído, y ella negó con la cabeza con un movimiento poco natural. Él le tocó el brazo y ella (o quien estuviera dentro de ella) se apartó,

-¿Qué esta pasando? -yo estaba congelada allí, luchando por resolver ese rompecabezas oscuro-. Dime.

El hecho de que hayas destruido Plenitud no significa que me destruiste a mí.

No era mi única instalación. Todavía puedo acceder a cualquier chip.

Reece se apartó del hombre y corrió hacia la zapatería.

Y puedo convertirla en un arma.

-No -le respondí a él, a mí misma, a cualquiera que estuviera cerca.

El tiempo se detuvo mientras yo contenía el aliento. Todo sucedió muy rápido. La multitud que me rodeaba se volvió una mancha borrosa, congelada, cuando empecé a correr hacia la zapatería. Se sentía como correr en el agua, no me podía mover con la rapidez suficiente.

Estaba a dos puertas de distancia cuando, como una bala, un starter de pelo oscuro que llevaba una chamarra metálica holográfica se acercó a mí. Solo percibí un destello de su rostro -quijada fuerte, ojos penetrantes-. Se lanzó contra mí, rodeó mi cuerpo con sus brazos y me arrastró hacia atrás lo más rápido que pudo.

Antes de que yo pudiera reaccionar hubo una horrible explosión que partía el corazón. Venía de donde estaba Reece. Como si navegáramos en el aire, sólo pude ver un destello blanco y cegador.

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Un pensamiento sobre ““Enders”, la novela futurista de la escritora Lissa price”

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