El paso de William Burroughs por México, y el asesinato accidental de su esposa

El hombre que desciende del vagón en la estación Buenavista de la Ciudad de México llama la atención precisamente por ser tan ordinario: zapatos negros, pantalón caqui arrugado, suéter gris de lana con cuello en V, lentes con montura metálica, la cabeza rematada por un fedora algo gastado y pasado de moda. Así había disfrazado su vida el heredero de la compañía Burroughs, cuyo fundador, su abuelo William Seward Burroughs, inventó la máquina de sumar. Gracias a la disciplina y el arrojo de su antecesor, William tuvo una niñez privilegiada en Saint Louis, la “Puerta del Oeste”, donde disfrutaba de muchas comodidades durante una época en que algunos de sus vecinos habían perdido todo en la Gran Depresión. En 1932, a la edad de dieciocho años y conforme a la tradición familiar, se trasladó a Cambridge, Massachusetts, donde estudió letras inglesas en la Universidad de Harvard. Su inclinación hacia las bellas letras le venía de años atrás; desde muy chico participó en certámenes de poesía y colaboró con las revistas literarias estudiantiles que publicaron sus compañeros de secundaria y preparatoria.

Para sorpresa y júbilo de sus padres, al obtener su grado de licenciatura, William decidió estudiar la carrera de medicina, pero después de un año en Viena, donde cursó el primer semestre en la Universidad Nacional, tuvo que abandonar Austria por el peligro que representaba el ascenso de Adolfo Hitler, quien en marzo de 1936 envadió Renania con más de treinta mil soldados. Burroughs decidió que su mejor opción era volver a Estados Unidos, donde, en 1942, se enlistó en la Oficina de Servicios Estratégicos del ejército estadounidense, pero fue descalificado sin que se sepan los motivos. Ese año, tal vez a causa del desengaño provocado por esta derrota profesional, Bill decidió marcharse a Nueva York, un capricho más del joven heredero facilitado, en parte, por los quinientos dólares que sus padres le enviaban cada mes, en aquel entonces una suma considerable. No obstante, este giro vital se debió no a su deseo de estar en el centro mundial del arte y la cultura, sino a algo más oscuro: su creciente adicción a la heroína, sustancia que había probado por primera vez con algunos de sus compañeros de Harvard y que, según él, le producía un estado de éxtasis que ni el alcohol, aún ingerido en cantidad industriales, lograba provocar, mucho menos la marihuana, que a veces lo dejaba con una especie de vacío interior que también se podría llamar melancolía. Al igual que otros adictos o “yonquis”, como los tildaban en ese entonces, William no se podía explicar ni mucho menos justificar las razones de sus varias adicciones: descendía de una familia respetable que lo había dotado de una educación universitaria y, gracias a su patrimonio, nunca tuvo que hacer nada para subsistir en un mundo hostil donde muchos de sus contemporáneos vivían a salto de mata, tratando de salir del paso que para ellos era la vida misma.

Extracto de Perdidos en la traducción, de Michael K. Schuessler, un libro sobre cinco viajeros ilustres en el México del siglo XX.

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Perdidos en la traducción, de Michael K. Schuessler, está disponible bajo el sello Planeta.

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