El laberinto de los espíritus de Carlos Ruiz Zafón.

La espera termina este 25 de noviembre.

Extracto del primer capítulo.

EL LIBRO DE DANIEL

1

Aquella noche soñé que regresaba al Cementerio de los Libros Olvidados. Volvía a tener diez años y despertaba en mi antiguo dormitorio para sentir que la memoria del rostro de mi madre me había abandonado. Y del modo en que se saben las cosas en los sueños, sabía que la culpa era mía y solo mía porque no me­ recía recordarlo y porque no había sido capaz de hacerle justicia.

Al poco entraba mi padre, alertado por mis gritos de an­gustia. Mi padre, que en mi sueño todavía era joven y aún guardaba todas las respuestas del mundo, me abrazaba para consolarme. Luego, cuando las primeras luces pintaban una Barcelona de vapor, salíamos a la calle. Mi padre, por algún motivo que yo no acertaba a comprender, solo me acompaña­ ba hasta el portal. Allí me soltaba la mano y me daba a enten­ der que aquel era un viaje que debía hacer yo solo.

Echaba a caminar, pero recuerdo que me pesaban la ropa, los zapatos y hasta la piel. Cada paso que daba requería más esfuerzo que el anterior. Al llegar a las Ramblas advertía que la ciudad había quedado suspendida en un instante infinito. Las gentes habían detenido el paso y aparecían congeladas como figuras en una vieja fotografía. Una paloma que alzaba el vuelo dibujaba apenas el esbozo borroso de un batir de alas. Briznas de polen flotaban inmóviles en el aire como luz en polvo. El agua de la fuente de Canaletas brillaba en el vacío y parecía un collar de lágrimas de cristal.

Lentamente, como si intentara caminar bajo el agua, con­seguía adentrarme en el conjuro de aquella Barcelona detenida en el tiempo hasta llegar al umbral del Cementerio de los Libros Olvidados. Una vez allí me detenía, exhausto. No acertaba a comprender qué era aquella carga invisible que arrastraba conmigo y que casi no me permitía moverme. Asía el aldabón y llamaba a la puerta, pero nadie acudía a abrirme. Golpeaba una y otra vez el gran portón de madera con los puños. Sin embar­go, el guardián ignoraba mi súplica. Exánime, caía por fin de rodillas. Solo entonces, al contemplar el embrujo que había arrastrado a mi paso, me asaltaba la terrible certeza de que la ciudad y mi destino quedarían por siempre congelados en aquel sortilegio y que nunca podría recordar el rostro de mi madre.

Era entonces, al abandonar toda esperanza, cuando lo des­ cubría. El pedazo de metal estaba oculto en el bolsillo interior de aquella chaqueta de colegial que llevaba mis iniciales bor­dadas en azul. Una llave. Me preguntaba cuánto tiempo lleva­ba allí sin yo saberlo. La llave estaba teñida de herrumbre y era casi tan pesada como mi conciencia. A duras penas lograba alzarla con ambas manos hasta la cerradura. Tenía que empe­ñar hasta el último aliento para conseguir hacerla girar. Cuan­do ya creía que nunca podría hacerlo, el cerrojo cedía y el portón se deslizaba hacia el interior.

Una galería curvada se adentraba en el viejo palacio, pun­teada con un rastro de velas prendidas que dibujaba el camino. Me sumergía en las tinieblas y oía la puerta sellándose a mi es­palda. Reconocía entonces aquel corredor flanqueado por fres­cos de ángeles y criaturas fabulosas que escudriñaban desde la sombra y parecían moverse a mi paso. Recorría el corredor hasta llegar a un arco que se abría a una gran bóveda y me de­tenía en el umbral. El laberinto se alzaba frente a mí en un es­ pejismo infinito. Una espiral de escalinatas, túneles, puentes y arcos tramados en una ciudad eterna construida con todos los libros del mundo ascendía hasta una inmensa cúpula de cristal.

Mi madre esperaba allí, al pie de la estructura. Estaba ten­dida en un sarcófago abierto con las manos cruzadas sobre el pecho, la piel tan pálida como el vestido blanco que enfunda­ba su cuerpo. Tenía los labios sellados y los ojos cerrados. Yacía inerte en el reposo ausente de las almas perdidas. Acercaba mi mano para acariciarle el rostro. Su piel estaba fría como el mármol. Entonces abría los ojos y su mirada embrujada de recuerdos se clavaba en la mía. Cuando desplegaba sus labios oscurecidos y hablaba, el sonido de su voz era tan atronador que me embestía como un tren de carga y me arrancaba del suelo, lanzándome en el aire y dejándome suspendido en una caída sin fin mientras el eco de sus palabras derretía el mundo.

Tienes que contar la verdad, Daniel.

Desperté de golpe en la penumbra del dormitorio, empa­pado en sudor frío, para encontrar el cuerpo de Bea tendido a mi lado. Ella me abrazó y acarició mi rostro.

—¿Otra vez? —murmuró. Asentí y respiré hondo. —Estabas hablando. En sueños. —¿Qué decía?

—No se entendía —mintió Bea.

La miré y me sonrió con lo que me pareció lástima, o tal vez solo fuera paciencia.

—Duérmete otro rato más. Todavía falta una hora y media para que suene el despertador y hoy es martes.

Martes significaba que me tocaba a mí llevar a Julián al colegio. Cerré los ojos y fingí dormirme. Cuando los volví a abrir un par de minutos más tarde encontré el rostro de Bea, observándome.

—¿Qué? —pregunté.

Se inclinó sobre mí y me besó en los labios suavemente. Sabía a canela.

—Yo tampoco tengo sueño —insinuó.

Empecé a desnudarla sin prisa. Estaba por arrancar las sá­banas y tirarlas al suelo cuando oí pasos ligeros tras la puerta del dormitorio. Bea detuvo el avance de mi mano izquierda entre sus muslos y se incorporó apoyándose sobre los codos.

 

—¿Qué pasa, cariño?

El pequeño Julián nos observaba desde la puerta con una sombra de pudor e inquietud.

—Hay alguien en mi habitación —musitó.

Bea exhaló un suspiro y le tendió los brazos. Julián se apre­suró a refugiarse en el abrazo de su madre y yo renuncié a toda esperanza en pecado concebida.

—¿El Príncipe Escarlata? —preguntó Bea.
Julián asintió, compungido.
—Ahora mismo papá va a ir a tu habitación y le va a echar a patadas para que no vuelva nunca más.
Nuestro hijo me lanzó una mirada desesperada. ¿Para qué sirve un padre si no es para misiones heroicas de esta enverga­dura? Le sonreí y le guiñé el ojo.

—A patadas —repetí con el gesto más furioso que pude conjurar.

Julián se permitió un amago de sonrisa. Salté de la cama y recorrí el pasillo hasta su habitación. La estancia me recorda­ba tanto a la que yo había tenido a su edad algún piso más abajo que por un instante me pregunté si no estaría todavía atrapado en el sueño. Me senté a un lado de la cama y encen­dí la lamparilla de noche. Julián vivía rodeado de juguetes, algunos heredados de mí, pero sobre todo de libros. No tardé en encontrar al sospechoso escondido debajo del colchón. Tomé aquel pequeño libro encuadernado en negro y lo abrí por la primera página.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *