‘Curso urgente de política para gente decente’, un libro de Juan Carlos Monedero

Vivimos un tiempo en el que la gente decente anda perpleja, y los canallas, envalentonados. Aunque parezca mentira, hubo un tiempo, tampoco tan lejano, en el que la gente no se avenía a tratar a los demás como meras mercancías. Los tiempos cambian, la indecencia se convirtió en norma y la decencia fue volviéndose un valor escondido. La regla mató la excepción. La última vez que en nuestro mundo cristiano gente indecente se tiró por la ventana fue durante la crisis de 1929. Luego, como si hubieran desarrollado un gen perspicaz, ricos, tahúres, explotadores, defraudadores, asesinos, traficantes, mafiosos, gobernantes y conniventes jueces y fiscales, asistidos todos por lustrosos despachos de abogados, dejaron de hacerlo. Entonces empezaron a saltar las personas decentes. Hay una relación directamente proporcional entre la adaptación de os canallas y la desadaptación de los humildes. 

Vivimos en una bifurcación de la historia. Asentado cada pie en un trozo de hielo que se separa, no sabemos a cuál saltar. Podemos hacer ensoñaciones, pero no hay ningún indicio que nos diga si no será una gran mentira. Escucho a un compañero, quejoso, decir que él debía haber nacido en la Grecia clásica. Es fácil soñar hacia un pasado hermoseado. Le hubiera tocado, seguro, ser esclavo. Podemos soñar también hacia delante: pronto todo se solventará. ¿Y si no se resuelve? La duda, el shock, el río revuelto que sirve a los pescadores sin escrúpulos. El siglo XX estuvo marcado por la política y amenazado por la economía. Cuando los trabajadores empezaron a asociarse, todo cambió. De ese juntarse vendría la Unión Soviética, el Estado social, la guerra fría, el derecho al trabajo y la píldora anticonceptiva que permitiría que las mujeres se incorporaran a la fábrica. Cayó después la unión soviética, perdida la carrera tecnológica, y el dinero decidió que ya no necesitaba tener miedo. Hemos inaugurado el siglo de la economía, apenas amenazado por la política. 

Regresó la economía y se exilió la política, reducida a meras cuestiones técnicas para transformar los votos en gobiernos. Algunos dijeron que el Estado había muerto. Pero no era verdad. Sólo había cambiado de manos. El jefe de Estado saluda el día de Nochebuena y el Gobierno del Reino de España uno de los anuncios más caros del año -el de Nochevieja o el de Año Nuevo- a pedir a los ciudadanos que jueguen a la lotería. 

Alguno se llevará el dinero de todos. Pensar en términos individuales es la forma más suicida de pensar la política. Por pura estadística, las mayorías serán el combustible de los fogones de las minorías. Sin política somos un ave migrando solitaria sin la referencia de los demás. La política es autoayuda colectiva. El nosotros de nuestro yo. El lenguaje que nos permite hablarnos a nosotros mismos pero que nació para ser diálogo. Eso que primero fue un gesto, una mirada, una mano agitada (“ayúdame”) y que luego fue una palabra que resumía el gesto, la mirada que imploraba, la mano agitada que reclamaba (“¡ayúdame”!). La diferencia entre la autoayuda individual y la colectiva es que la primera presume una claudicación cobarde ante la vida. La valentía es un gran abridor de caminos. 

Cuando menos lo esperamos, tomamos decisiones que nos cambian la vida. “No sabía qué ponerse y decidió ponerse feliz”. Feliz afuera. ¿Dónde si no? Donde estaban los otros. Una mano, sobre otra mano, sobre otra mano. Tanto que parecía imposible de pronto se hace luminoso y sencillo. El tallo de una margarita y la energía  que ordena el mundo; un niño que apenas sabe andar, riéndose, y un anciano que toma las armas porque la dignidad está en peligro; un trozo de hielo marchándose entre los dedos y mil horas de estudio consagradas a entender un asunto complicado; unos ojos que reflejan todas las razas y todas las razas reflejadas en unos ojos; unos zapatos agujereados pero alegres y la voluntad de todo un pueblo de decidir por sí mismo.

La democracia -decía Harry Emerson Fosdick- se basa en la convicción de que en la gente común hay posibilidades fuera de lo común. La gente común, la que hace que funcionen los autobuses, el metro, los desagües y Disneylandia, la que abre los puestos de los mercados, los almacenes, los teatros y los bares, la que obra el milagro de que salga agua cuando abrimos la llave, la que permite que llegue un pedido de la tienda y la que cuenta a los niños dónde están el Ebro y el Orinoco. La que lee el mundo con gafas de peatón y siempre intuye “hasta aquí hemos llegado”. La Política, con mayúsculas, es ese lugar donde los ciudadanos marcan ese “hasta aquí”. La política, con minúsculas, es la gestión cotidiana de esos grandes momentos.

Extracto de Curso urgente de política para gente decente, de Juan Carlos Monedero.

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Curso urgente de política para gente decente, de Juan Carlos Monedero, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Paidós.

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Juan Carlos Monedero es considerado uno de los más brillantes científicos sociales europeos.

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