‘Cuervos’, de John Connolly: la cuenta atrás ha comenzado

Mar gris, cielo gris, pero fuego en el bosque y los árboles en llamas. No hacía calor ni había humo, y aun así la espesura ardía, coronada de tonos rojos, amarillos y anaranjados: un gran y frío incendio que se produce con la llegada del otoño y la resignada caída de la hoja. En el aire se percibía mortalidad, presente en el primer asomo de brisas invernales y en la amenaza de heladas que éstas traían consigo; y los animales se preparaban ya para las inminentes nieves. La búsqueda de sustento había empezado, la necesidad de llenarse el estómago para los tiempos de escasez. Con el hambre, las criaturas más vulnerables asumirían mayores riesgos a fin de alimentarse, y los depredadores estarían al acecho. Las arañas negras permanecían agazapadas en los ángulos de sus telas, sin caer aún en su letargo. Todavía podían capturar algún que otro insecto extraviado, y añadir así otros trofeos a su colección de caparazones vacíos. El pelaje de invierno se espesaba y adquiría una coloración más clara para confundirse mejor con la nieve. Bandadas de gansos surcaban el cielo como refugiados huyendo de un conflicto a punto de estallar, abandonando a aquellos obligados a quedarse y arrostrar lo que estaba por venir.

Los cuervos permanecían inmóviles. Muchos de sus hermanos de regiones más septentrionales habían enfilado rumbo al sur para escapar de lo más crudo del invierno; pero aquéllos no. Aunque enormes, eran estilizados, y en sus ojos brillaba una rara inteligencia. En esa remota carretera, algunas personas se habían fijado ya en ellos, y si pasaban por allí en compañía de alguien, ya fuera a pie o en coche, comentaban la presencia de aquellas aves. Sí, coincidían todos, eran más grandes que los cuervos comunes, y puede que, además, infundieran cierta sensación de malestar, esas criaturas encorvadas, esos observadores pacientes y traicioneros. Se habían posado en lo más hondo del ramaje de un viejo roble, un organismo que se acercaba ya al fin de sus días: cada año se le caían antes las hojas, con lo que en las postrimerías de septiembre ya estaba deshojado, un trozo de madera carbonizada entre las llamas, como si el fuego voraz lo hubiera consumido ya, dejando atrás únicamente los vestigios de nidos abandonados mucho tiempo antes. El roble se hallaba en el linde de un bosquecillo que allí se ceñía a la curvatura de la carretera formando un saliente, cuyo vértice ocupaba ese árbol. Antiguamente crecían en aquel lugar otros como él, pero habían sido talados hacía muchos años por los hombres que construyeron la carretera. Ahora era el único de su especie, y pronto también él desaparecería.

Aun así, los cuervos habían acudido a ese roble, porque a los cuervos les gustan las cosas moribundas.

Las aves de menor tamaño rehuían su compañía y, ocultas entre el follaje de las coníferas, observaban con recelo a esos intrusos cuya presencia silenciaba el bosque que se extendía detrás de ellos. Irradiaban amenaza: su inmovilidad, sus garras cerradas en torno a las ramas, sus picos afilados como cuchillos. No paraban de acechar, vigilantes, a la espera de que empezase la cacería. Los cuervos permanecían tan quietos, ofrecían un aspecto tan estatuario, que podría habérselos confundido con excrecencias contrahechas del propio árbol, protuberancias tumorosas en su corteza. No era normal ver tantos juntos, porque los cuervos no son aves sociales; un par, sí, pero no seis, no de esa manera, no sin comida a la vista.

Sigamos, sigamos. Dejémoslos atrás, pero no sin lanzarles antes un último vistazo de inquietud, ya que su imagen es un recordatorio de lo que se siente cuando a uno le persiguen, rastreado desde el aire mientras los cazadores avanzan implacablemente. Ésa es la función de los cuervos: guiar a los lobos hacia su presa. Luego se quedan una parte de los despojos en pago por su trabajo. Uno desea que cambien de sitio. Uno desea que se marchen. Incluso el cuervo común es capaz de causar desazón, pero aquéllos no eran cuervos comunes. No, aquéllos eran cuervos muy poco comunes. La oscuridad se echaba encima, y ellos todavía esperaban. Cabría pensar que estaban durmiendo de no ser por cómo se reflejaba la luz menguante en la negrura de sus ojos, y cómo éstos capturaban la temprana luna, encerrando su imagen dentro de sí, cada vez que las nubes se abrían.

Un armiño, una hembra, salió del tocón putrefacto en el que habitaba y olfateó el aire. Su pelaje pardo comenzaba a alterarse, desprendiéndose de su coloración oscura hasta que, al final, el mamífero se transformaba en un espectro de sí mismo. Permanecía atenta a aquellas aves desde hacía un tiempo, pero le acuciaba el hambre y estaba impaciente por comer. Su camada se había dispersado y no volvería a criar hasta el año siguiente. Tenía la madriguera forrada de pieles de ratón a modo de aislante, pero en la reducida despensa donde había almacenado el excedente de ratones muertos ya no quedaba nada. Para sobrevivir, un armiño debía comer a diario el cuarenta por ciento de su peso corporal. Eso equivalía a unos cuatro ratones al día, pero dichos animales escaseaban ya en sus itinerarios habituales.

Los cuervos parecían ajenos a la aparición del armiño hembra, pero ésta, astuta como era, nunca arriesgaría su vida basándose sólo en la mera ausencia de movimiento. Se volvió de cara a su madriguera y utilizó la cola rematada en negro a modo de señuelo para ver si aquellas aves caían en la tentación de atacar. Si lo hacían, arremeterían contra la cola, sin alcanzar el cuerpo, y ella se pondría a salvo en el interior del tocón; pero los cuervos no reaccionaron. El armiño arrugó el hocico. De pronto le llegó un sonido y apareció una luz. Unos faros iluminaron a los cuervos, que esta vez sí movieron las cabezas para seguir los haces de luz. El armiño, debatiéndose entre
el miedo y el hambre, dejó elegir a su estómago. Mientras los cuervos estaban distraídos, se adentró en el bosque y pronto se perdió de vista.

El coche avanzó por la tortuosa carretera a una velocidad temeraria, abriéndose en las curvas más de lo que debía porque apenas se veían los vehículos que venían de cara, y un conductor poco familiarizado con ese recorrido podría acabar fácilmente en una colisión frontal o adentrándose en la maleza que bordeaba la carretera. Aquello podría suceder de verdad si fuese una carretera más transitada, pero por allí apenas circulaban forasteros. El pueblo absorbía el impacto de éstos, los disuadían de mayores indagaciones con su manifiesta insulsez y los inducían luego a marcharse, pero esta vez por otro camino, a través del puente en dirección a la Carretera Federal 1, para continuar desde allí hacia el norte, en dirección a la frontera, o hacia el sur, hasta la autopista, rumbo a Augusta y Portland, las grandes ciudades, los lugares que los habitantes de esa península procuraban eludir a toda costa. Así que no había turistas, pero en ocasiones sí que se detenía allí algún forastero en su andadura vital, y al cabo de un tiempo, si cumplía ciertos requisitos, la península le encontraba un hueco, y el forastero pasaba a formar parte de una comunidad que vivía de espaldas a la tierra y resueltamente de cara al mar.

En todo el estado existían muchas comunidades así; atraían a aquellos que deseaban escapar, aquellos que buscaban la protección de la frontera, ya que éste era un estado limítrofe, aún confinado por el bosque y el mar. Algunos elegían el anonimato de las zonas forestales, donde el viento entre los árboles producía un sonido semejante al embate de las olas en la costa, un eco del canto del océano situado al este. Pero aquí, en este lugar, había bosque y mar; las rocas festoneaban la cala, y una estrecha calzada elevada, paralela al puente, proporcionaba una vía de comunicación entre la masa continental y aquellos que habían decidido apartarse de ella; había un pueblo con una única calle importante y dinero suficiente para financiar un pequeño departamento de policía. La península era extensa, y la población vivía dispersa más allá del puñado de edificios en torno a la calle Mayor. Además, por razones administrativas y geográficas olvidadas hacía mucho tiempo, el municipio de Pastor’s Bay se extendía hasta el otro lado de la calzada elevada y hacia el oeste en la propia masa continental. Durante años, Pastor’s Bay estuvo bajo la jurisdicción del sheriff del condado, hasta que el pueblo analizó su presupuesto y decidió que no sólo podía permitirse su propia fuerza policial, sino que de paso se ahorraría dinero, y así nació el Departamento de Policía de Pastor’s Bay.

Pero cuando los lugareños hablaban de Pastor’s Bay, se referían a toda la península, y la policía era su policía. Los foráneos a menudo llamaban a ese territorio «la isla», pese a que no era una isla porque un estrechamiento natural la unía al continente, si bien casi todo el tráfico pasaba por el puente. Dicho estrechamiento tenía anchura suficiente para dar cabida a una carretera de dos carriles aceptable, y la altitud necesaria para que no existiera el riesgo de que la comunidad quedase del todo aislada en condiciones meteorológicas adversas; aun así, a veces las olas se elevaban por encima de la calzada, y una cruz de piedra plantada en el extremo continental de la carretera daba fe de la pasada existencia en este mundo de un tal Maylock Wheeler, a quien se lo llevó el mar en 1997 mientras paseaba a su perro, Kaya. El perro sobrevivió y lo adoptó una pareja del lado continental, ya que Maylock Wheeler era un solterón empedernido. Pero el perro seguía empeñado en regresar a la isla, como les ocurre a menudo a quienes han nacido en lugares así, y al final la pareja renunció a retenerlo. Lo acogió entonces Grover Corneau, que por esas fechas era el jefe de policía. El animal se quedó con Grover hasta que éste se jubiló, y no pasó más de una semana entre la muerte del perro y la del dueño. Una fotografía de los dos colgaba aún en la pared del Departamento de Policía de Pastor’s Bay. Viéndola, Kurt Allan, el sustituto de Grover, se preguntaba si no debería hacerse también con un perro. Pero Allan vivía solo y no estaba acostumbrado a los animales.

Y era precisamente el coche de Allan el que ahora dejaba atrás el viejo roble y se detenía ante la casa al otro lado de la carretera. Dirigió la mir del sol poniente, bisecado por el horizonte. Tenían que llegar más coches. Allan había pedido a los otros que lo siguieran. La mujer los necesitaría. También iban de camino hacia allí inspectores de la Policía Estatal de Maine, en respuesta a la confirmación de la Alerta Amber, y se había comunicado ya automáticamente al Centro Nacional de Información Criminal la desaparición de una niña. En las
horas posteriores se decidiría si era necesario solicitar también la ayuda del FBI.

La casa, una especie de bungalow, estaba bien conservada y recién pintada. Se veía que habían rastrillado las hojas caídas y las habían añadido a la pila de abono orgánico, en el lado de la vivienda resguardado del viento. Para tratarse de una mujer sin un hombre que la ayudara, una mujer que no era de allí, se las había arreglado bien, pensó.

los cuervos observaron a Allan cuando llamó a la puerta, y la puerta se abrió, y se cruzaron unas palabras, y él entró, y no se advirtió el menor movimiento ni sonido en el interior durante un rato. Llegaron otros dos coches. Del primer vehículo se apeó un hombre de edad avanzada con un gastado maletín médico de piel. El otro lo conducía una mujer ya madura que llevaba un abrigo azul, y éste se le quedó enganchado en la puerta del coche al salir apresuradamente hacia la casa. El abrigo se le rompió, pero no se detuvo a examinar los daños cuando consiguió desprenderlo. Tenía asuntos más importantes que atender.

Extracto de Cuervos, un caso más para el detective Charlie Parker, escrito por John Connolly.

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Cuervos, de John Connolly, está disponible en librerías y tiendas en línea bajo el sello Tusquets.

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La cuenta atrás ha empezado, bajo la ávida mirada de los cuervos.

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