‘Cinco mil millones de años de soledad’, de Lee Billings

En la ladera de una colina cerca de Santa Cruz, California, al pie de las secuoyas de la costa, había un rancho en niveles del mismo color que los árboles. A lo largo de la casa, junto a un bosquecillo de cítricos, se encontraban enclavados tres pequeños invernaderos con control climático. Y en el jardín trasero pulcramente podado, se erigía una antena satelital dirigida al cielo. La luz solar se colaba a la sala a través de una ventana de vidrio color cobalto y salpicaba sombras marítimas sobre un hombre mayor que descansaba en un sofá afelpado. Frank Drake se veía azul. Se reclinó, ajustó sus grandes lentes bifocales, cruzó las manos sobre el vientre y evaluó la mala suerte del campo científico de su elección: SETI, acrónimo en inglés para «búsqueda de inteligencia extraterrestre» (search for extraterrestrial intelligence).

«Las cosas se han desacelerado un poco y estamos en mala forma en varios aspectos -murmuró Drake-. Sencillamente no hay dinero en estos tiempos; y además, estamos envejeciendo. Muchos jóvenes llegan y dicen que quieren formar parte del proyecto, pero luego descubren que no hay empleo. Ninguna empresa contrata a gente en busca de mensajes alienígenas. Casi nadie cree que nos puedas beneficiar en algo. Me parece que la falta de interés se debe a que la mayoría de la gente no se da cuenta de lo que una simple detección significaría en verdad. ¿Cuánto valdría descubrir que no estamos solos?». El científico sacudió la cabeza con incredulidad y se sumió aún más en el sofá.

Además de algunas arrugas y kilos adicionales, Drake, de 81 años, apenas se diferenciaba un poco del joven que más de medio siglo antes condujo la primera búsqueda moderna SETI. En 1959 Drake era astrónomo del Observatorio Nacional de Radioastronomía de Green Bank, West Virginia (NRAO, por sus siglas en inglés). En aquel entonces tenía 29 años y era delgado y ansioso, pero ya poseía la ecuánime seguridad en sí mismo y el cabello plateado de un estadista de mayor edad. Un día, en el trabajo, Drake empezó a preguntarse de qué era capaz la antena satelital de 26 metros de ancho que acababan de construir en el observatorio. Realizó algunos cálculos someros en una hoja de papel basándose en la sensibilidad y el poder de transmisión de la antena, y luego quizá los revisó con un regocijo creciente. Los datos de Drake mostraban que si, en un planeta en órbita alrededor de una estrella a tan sólo unos 12 años luz, existiera otra antena idéntica a la de 26 metros de Green Bank, podría transmitir una señal que ésta última sería capaz de recibir. Todo lo que se necesitaba para romper la soledad cósmica de la tierra era que el radiotelescopio receptor fuera dirigido a la zona del cielo adecuada en el momento indicado, y que escuchara la frecuencia radial correcta.

Extracto de Cinco mil millones de años de soledad, de Lee Billings.

Cinco mil millones de años de soledad portada

SINOPSIS: Cuando los científicos empezaron la ambiciosa búsqueda de señales extraterrestres en la década de los sesenta, la carrera por descubrir el espacio estaba en su punto más álgido, financiada por la NASA y sus generosos y entusiastas proyectos. Hoy en día, el alguna vez admirado proyecto de SETI cuenta con solo una fracción del considerable presupuesto que tuvo en sus mejores épocas, así que los astrónomos pasan cada vez más tiempo fijando la mirada más allá de nuestro sistema solar para señalar mundos distantes llamados exoplanetas. Últimamente, no hay un mes en el que no escuchemos en los medios un anuncio acerca de nuevos descubrimientos espaciales.

La detección de exoplanetas es el campo más novedoso y cotizado de la ciencia del espacio, y Lee Billings lo explora con claridad excepcional mientras mira sobre los hombros de los cazadores de planetas más importantes del mundo. Desde la interesante historia de apariciones de cuerpos celestiales en la Antigua Grecia hasta las primeras aproximaciones de Galileo, el autor mezcla la experiencia, el conocimiento y las anécdotas de los astrofísicos, astrónomos y científicos que no pueden dejar de preguntarse si aún en el auge tecnológico y de investigación que vivimos tenemos alguna oportunidad -aunque sea remota- de encontrar vida fuera de nuestro planeta.

Cinco mil millones de años de soledad cuenta la historia de quienes han tratado de responder esa pregunta.

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