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Complejidad, pasión, asesinatos en serie; un relato detectivesco de Sue Grafton: “X de rayos X”

Una mujer adinerada contrata a la investigadora privada Kinsey Millhone para que actúe de intermediaria y haga llegar a otra persona, casualmente un preso recién puesto en libertad, cierta cantidad de dinero. Sin embargo, cuando ya ha cumplido el encargo, e incluso ya ha cobrado por él, Kinsey empieza a descubrir que, tal vez, nada es lo que parecía. No bien empieza a investigar más sobre la misteriosa mujer, debe atender otro asunto: la viuda de Pete Wolinsky, el detective protagonista de “W de whisky,” le pide ayuda con cierto papeleo burocrático; entre los documentos, Kinsey encuentra un listado de números aparentemente incomprensibles, y de inmediato querrá lanzarse a descifrarlos. Todo ello, además del robo de un cuadro perpetrado décadas atrás, acabará poniéndola en el punto de mira de alguien peligroso. Alguien siniestro. Alguien letal, que no deja rastro de sus crímenes. En su nuevo caso, Kinsey Millhone juega a múltiples bandas, ignorando hasta qué punto está metiéndose ingenuamente en la boca del lobo.

“X de rayos X” (Tusquets), escrita por la popular Sue Grafton, se revela como una novela de detectives, la cual narra con maestría un caso complejo y apasionante en torno a un asesino en serie.

Aquí te dejamos un extracto de su primer capítulo:

“1

Mi vida profesional se encontraba en el mismo estado, cosa que siempre es preocupante cuando tu sustento económico depende únicamente de ti. Trabajar por cuenta propia tiene sus pros y sus contras. La parte buena es la libertad. Puedes ir a trabajar cuando te plazca, volver a casa cuando te apetezca y vestir como se te antoje. Si aún te quedan facturas por pagar, puedes aceptar un nuevo trabajo o rechazarlo. Tú decides. La parte mala es la incertidumbre: unas veces estás hasta el cuello de trabajo, mientras que otras no te llega ni un encargo, situación que no todo el mundo es capaz de sobrellevar.

Me llamo Kinsey Millhone. Soy investigadora privada y propietaria de la agencia Investigaciones Millhone. Soy mujer, tengo treinta y ocho años, me he divorciado dos veces y no tengo hijos. Y así pienso seguir mediante el uso escrupuloso de las píldoras anticonceptivas. Pese a la escasez de nuevos clientes tenía una porrada de dinero en el banco, por lo que podía permitirme estar de brazos cruzados hasta que volvieran a encargarme algún caso. Mi cuenta corriente había engordado gracias a la cantidad inesperada de dinero que me cayó del cielo hacía unos seis meses. Invertí casi todo el dinero en fondos, y metí lo que sobraba en un depósito que consideraba <<intocable>>. Al enterarse de mi golpe de suerte, mis amigos pensaron que estaba loca de atar. <<Olvídate del trabajo. ¿Por qué no viajas y disfrutas de la vida?>>

No me tomé en serio la pregunta. A mi edad, la jubilación está más que descartada, e incluso un periodo de inactividad temporal me habría sacado de quicio. Es cierto, podría haber cubierto mis gastos durante meses y aún me quedaría dinero suficiente para hacer un lujoso viaje al extranjero, de no ser por los siguientes impedimentos:

  1. Soy una tacaña de mucho cuidado.
  2. No tengo pasaporte, porque nunca lo he necesitado. Aunque fui a México hace varios años, en aquella época para cruzar la frontera bastaba con mostrar algún documento que acreditara la nacionalidad estadounidense”

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Un caso complejo y apasionante en torno a un asesino en serie.

La complejidad y diversión de “Un padre extranjero”: Eduardo Berti

Dos padres y la relación silenciosa, casi ausente, con sus respectivos hijos: varones y únicos. Dos familias que intentan comprender el misterio del padre extranjero. Inmigrantes que deciden reinventarse lejos de la tierra natal, donde deben aprender otra lengua. Escritores que leen la obra de otros y, a partir de ella, buscan desentrañar algún misterio de sus propias vidas. Secretos guardados bajo llave y difíciles de compartir.

La ficción y el relato autorreferencial son los pilares de esta historia que se bifurca, de esta novela que parece combinar resultado final con making of y que reinventa —en clave ingeniosamente literaria— la tradición de la «novela del padre».

Nada es casual ni arbitrario en “Un padre extranjero”, de Eduardo Berti: la trama —emotiva, divertida, compleja— muestra una combinación perfecta de detalles; la escritura se desliza con una exquisitez que el lector agradece.

Te compartimos un pequeño fragmento de su primer capítulo ‘Cementerio Club, 1’:

“Horas antes del entierro de mi madre, la tarde en que la velaban, mi padre mandó a que dejasen sin abrir el ataúd, cuando lo usual habría sido que se exhibiera el cadáver, y sin pedir permiso a nadie enchufó un reproductor de música en un rincón e hizo sonar en la sala, a un volumen considerable, pero más bien respetuoso, una triste música compuesta por Gustav Mahler, música que siguió escuchando como en una especie de gimnasia autoflageladora durante los primeros meses de viudez, en los cuales se consagró a beber más de la cuenta y a batir récords de insomnio que ni siquiera los sedantes más aguerridos podían paliar.

En el entierro, por la tarde, después del velorio matutino, mi padre no quiso saber nada con que abriera la boca un sacerdote presente y sonriente en el cementerio, a pesar de que la «oferta» incluía su corto sermón junto con los servicios del sepulturero y otras inercias de rigor. Todo aquello sucedía en un cementerio privado de las afueras de Buenos Aires: una especie de campo de golf con tumbas; una especie de jardín con árboles muy vistosos y lápidas poco menos que invisibles en el suelo. Vaya ironía: en los últimos doce años mi madre había trabajado vendiendo tumbas (»parcelas», según la jerga que le hacían repetir) de este mismo cementerio”

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Nada es casual ni arbitrario en Un padre extranjero, de Eduardo Berti: la trama —emotiva, divertida, compleja— muestra una combinación perfecta de detalles. La escritura se desliza con una exquisitez que el lector agradece.

Monterrey, una historia fundacional como jamás se había contado

Poesía y relato se funden para recrear el origen de una de las ciudades más importantes y representativas de México

Comprender la historia de Monterrey es entender las razones que han llevado a sus habitantes a ser etiquetados como hombres y mujeres de espíritu indomable, que no se arredran ni ante las condiciones naturales -orográficas y climatológicas extremas-, ni ante los retos que les impone ser considerados luchadores incansables, siempre a la vanguardia, siempre productivos, siempre aportando riqueza al país.

En esta obra, Felipe Montes se concentra en el hoy famoso “Barrio Antiguo”, gracias a su sorprendente remodelación y a su paseo turístico que deja atónitos a propios y extraños, pero que antes era conocido como Barrio de Catedral, cuna y origen de la que quizá es la ciudad mexicana más industriosa o, por lo menos, la más emblemática.

“Barrio de Catedral”, publicada por Tusquets Editores, es una novela redactada de manera sorprendente, en una mezcla de poema-relato o relato-poema, que en cinco capítulos abarca desde la fundación de Monterrey, por Diego de Montemayor, hasta una etapa cercana afectada por una devastación de origen natural.

El escenario de todas las acciones es justamente el Barrio de Catedral, protagonista del pasado indígena, de la llegada de las famosas 40 familias fundadoras y de la expansión de una ciudad que sorprende por la majestuosidad de la cadena montañosa que la rodea y que recuerda que, pese a los avances propios de la modernidad, el espíritu de lucha y supervivencia de los regiomontanos permanece inalterable.

De ahí la importancia de preservar el corazón fundacional de La Sultana del Norte, porque su famoso Barrio de Catedral es la piedra angular en la que se sostiene la esencia de su sociedad y, si este fuera afectado, dañado, demolido, cambiaría para siempre la vida de los regiomontanos, y la de los propios mexicanos; ya que -cual moderno Coliseo Romano-, si este cae, terminará la humanidad como hasta ahora es conocida.

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Barrio de Catedral nos muestra a un autor capaz de mezclar relato y poesía a fin de  mejor preguntarse por los seres que habitan esa gran urbe.

Insanos recuerdos de la Edad Media del manual de literatura para caníbales I; las “Señales de humo” de Rafael Reig

Martín es un catedrático recluido en un sanatorio mental. Desde allí recuerda que empezó a realizar auténticos viajes en el tiempo desde que, muy joven, intentó suicidarse. Ahora ya no los controla a voluntad y, sin proponérselo, aparece en una ciudad medieval oyendo cómo cantan las jarchas mozárabes un grupo de brujas, o cómo los juglares escenifican el Cantar de Mío Cid, o cómo el arcipreste de Hita le desvela su libro repleto de anécdotas en verso.

Desde la Edad Media hasta el Siglo de Oro, desde Berceo hasta Cervantes, desde La Celestina hasta Lope de Vega, nunca antes se nos había explicado la literatura española con tanta originalidad y humor, con tanta erudición como placer.

Una divertida y original historia de la literatura española desde la Edad Media hasta el Quijote, esto y más es “Señales de humo; Manual de literatura para caníbales I”, novela escrita por Rafael Reig; aquí te compartimos un pequeño fragmento de su primer capítulo, el cual se titula ‘Una mano en la pared’:

“Una mano en la pared

(1)

En el nombre de la Santa Trenidat, Padre, Fijo, e Spíritu Santo, tres personas e un solo Dios verdadero, sin el cual cosa nin puede ser bien fecha, ni bien dicha, comencada, mediada, nin finida; eso iba diciendo en mi interior, y supe de inmediato que estaba en el año 1453, en el reinado del muy prepotente don Juan el segundo, y era el 28 de mayo. Llevábamos demasiadas horas doblando el lomo y removiendo tierra con la azada. Sabía que mi compañero, Marcos Gómez, era sanguíneo, que es una de las cuatro complisiones de los hombres, según sus cualidades e la constelación de sus planetas, siendo yo en cambio malenconioso e por ende triste, pensativo e muy dado a hablar en susurros.

A Marcos le correspondía el aire, húmido e caliente, e por ende de toda alegría es amigo e ríe de grado, e toma plazer con toda cosa y en el su coracón reyna la piedad; a mí, en cambio, diéronme los astros el cuarto elemento, la tierra, fría e seca, e que hace por lo mismo a los malencónicos dar tantas veces de la cabeza a la pared y así vivimos tan sin tiento nin mesura”

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Una divertida y original historia de la literatura española desde la Edad Media hasta el Quijote.

Haruki Murakami sabe que ha llegado la hora de subirse al tren; “Los años de peregrinación del chico sin color”

Cuando Tsukuru Tazaki era adolescente, le gustaba sentarse en las estaciones a ver pasar los trenes. Ahora, con treinta y seis años, es un ingeniero que diseña y construye estaciones de tren, pero en el fondo no ha dejado de ver pasar los trenes. Lleva una vida holgada, tranquila, tal vez demasiado solitaria. Cuando conoce a Sara, algo se remueve en lo más profundo de su ser. Y revive, en particular, un episodio de su juventud: dieciséis años atrás, cuando iba a la universidad, el que había sido su grupo de amigos desde la adolescencia cortó, sin dar explicaciones, toda relación con él. Así empezó la peor época de su vida, hasta el punto de que acarició la idea del suicidio. ¿Ha acabado esa época? ¿Es posible que aquello le marcara más de lo que él cree? Tsukuru decide entonces ir en busca de cada uno de los miembros del grupo para averiguar la verdad. Con la pieza de Liszt titulada Los años de peregrinación como leit-motif, comenzará esa búsqueda, que le llevará a lugares tan dispares como la ciudad de Nagoya o Finlandia, o tan recónditos como algunos sentimientos. Decididamente, a Tsukuru le ha llegado la hora de subirse a un tren.

“Los años de peregrinación del chico sin color” es una entrañable novela escrita por Haruki Murakami que trata sobre la amistad, el amor y la soledad de aquellos que todavía no han encontrado su lugar en el mundo.

Lee a continuación un pequeño fragmento de sus páginas iniciales:

“1

Desde el mes de julio del segundo curso de carrera hasta enero del año siguiente, Tsukuru Tazaki vivió pensando en morir. Entretanto, cumplió veinte años, pero esa muesca en el tiempo no significó nada para él. Durante esos meses, la idea de acabar con su vida le parecía de lo más natural y legítima. Todavía ahora, mucho tiempo después, ignoraba la razón por la que no había dado ese último paso, a pesar de que, en aquel entonces, franquear el umbral que separaba la vida de la muerte le habría resultado más fácil que tragarse un huevo crudo.

Si Tsukuru no llegó a consumar el suicidio fue quizá porque su fijación con la muerte era tan pura e intensa que el modo en que podría suicidarse no se asociaba en su mente a una imagen concreta. En su caso, la concreción era más bien un aspecto secundario. De haber tenido a su alcance una puerta que condujese a la muerte, la habría abierto sin titubear, sin pensárselo dos veces, como una prolongación de su día a día, por así decirlo. Pero, por fortuna o por desgracia, no encontró a mano esa puerta.

Ahora, Tsukuru Tazaki se decía a menudo que tal vez hubiera sido mejor haber muerto entonces. Así, este mundo habría dejado de existir. La idea le seducía: este mundo no existiría y lo que él tenía por realidad ya no sería real. Del mismo modo que para este mundo él ya no existiría, el mundo tampoco existiría para él.

Y sin embargo, al mismo tiempo, no comprendía por qué, en aquella época, había estado tan cerca de la muerte. Y aunque hubiera habido una razón concreta, ¿cómo era posible que ese anhelo por morir hubiese adquirido tanta fuerza como para adueñarse de él y engullirlo? Engullirlo, sí, ésa era la palabra. Al igual que el personaje bíblico que sobrevivió en el vientre de una ballena gigante, Tsukuru cayó en las entrañas de la muerte y pasó aquellos días interminables en una oscura y turbia cavidad”.

Disfruta también su Book trailer:

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Una entrañable novela sobre la amistad, el amor y la soledad de aquellos que todavía no han encontrado su lugar en el mundo.

El lado oscuro del ser humano mostrado a través del absurdo; “El arrancacorazones” de Boris Vian

Los inolvidables personajes de Joël y Citroën fueron creados por Boris Vian a la medida del estremecedor delirio al que él cree que suelen conducir por un lado la dominación materna y, por el otro, el inevitable conflicto entre la vida autónoma, secreta de la infancia y la tiranía de la familia y la presión social. También se sirve del siniestro Jacquemort, un psicoanalista en busca de pacientes, para satirizar tanto el enloquecido mundo de los llamados cuerdos como el psicoanálisis y el comportamiento existencialista, tan en boga en aquellos años. Es precisamente en el ciclo de novelas escritas entre 1947 y 1953, al que pertenece “El arrancacorazones”, en el que Vian parece haberse asentado en un universo que le es finalmente propio, en un mundo de fábula poética cargada de fantasía, pero también de tensión y violencia, en la que la experiencia de los niños desafía los valores de los adultos.

Esta novela del clásico Boris Vian es una mezcla de realidad, sueño y delirio donde el absurdo se abre paso para mostrar el lado oscuro del ser humano.

Aquí te compartimos un extracto de su ‘Primera parte’:

“1

El camino seguía el borde del acantilado. A ambos lados crecían calaminas en flor y liosas ya marchitas, con los pétalos ennegrecidos esparcidos por el suelo. Unos insectos puntiagudos habían perforado la tierra con millares de pequeños agujeros; bajo los pies, era como una esponja muerta de frío.

Jacquemort avanzaba sin prisas, contemplando cómo el corazón rojo oscuro de las calaminas latía bajo la luz del sol. A cada pálpito se elevaba una nube de polen, que volvía a caer enseguida sobre las hojas agitadas por un lento temblor. Las abejas, distraídas, se tomaban un descanso.

Del pie del acantilado se elevaba el rumor ronco y suave de las olas. Jacquemort se detuvo y se inclinó sobre el estrecho reborde que lo separaba del vacío. Abajo, al fondo del abismo, todo estaba muy lejos, y en los huecos de las rocas la espuma temblaba como gelatina en verano. Olía a algas calcinadas. Presa de vértigo, Jacquemort se arrodilló en la hierba terrosa del estío, apoyó en el suelo sus dos manos extendidas y, al hacer este gesto, se encontró con cagarrutas de cabra de contornos extrañamente irregulares, lo que le permitió llegar a la conclusión de que entre estos animales se encontraba un
cabrón de Sodoma, especie que hasta el momento había creído extinguida.

Ahora ya no tenía tanto miedo, y se atrevió a inclinarse de nuevo sobre el acantilado. Los enormes paredones de roca roja se hundían verticalmente en el agua poco profunda y resurgían casi de inmediato para formar el acantilado rojo en cuya cresta Jacquemort, de rodillas, se asomaba.

Arrecifes negros, lubricados por la resaca y coronados de un anillo de vapor, emergían aquí y allí. El sol corroía la superficie del mar y la ensuciaba con pintadas obscenas.

Jacquemort se incorporó, reemprendió la marcha. Había una curva en el camino. A la izquierda vio helechos ya teñidos de orín y brezos en flor. Sobre las rocas desnudas brillaban los cristales de sal que depositaba la marea. El terreno, hacia el interior, se elevaba en una escarpada pendiente. El camino contorneaba enormes masas
de granito negro, y lo jalonaban de vez en cuando nuevas cagarrutas de cabra. De cabra, ni una. Los aduaneros las mataban, por las cagarrutas.

Apresuró el paso, y de pronto se encontró en la sombra, puesto que los rayos del sol ya no alcanzaban a seguirlo. Aliviado por el frescor, aceleró aún más la marcha. Y las flores de calamina pasaban ante sus ojos como una cinta de fuego continuo.

Se dio cuenta, a la vista de ciertos indicios, de que se estaba acercando, y tuvo buen cuidado en alisarse la barba roja y puntiaguda. Tras lo cual reemprendió alegremente el camino. Por un instante, pudo ver la casa entera, entre dos pilones de granito, tallados por la erosión en forma de pirulí, que parecían pilares de una gigantesca poterna. Pero volvió a perderla de vista al primer recodo. Estaba situada bastante lejos del acantilado, muy en alto. Y luego, cuando hubo pasado entre los dos bloques sombríos, se le descubrió otra vez por completo, muy blanca, rodeada de árboles insólitos. Del portón arrancaba una línea blanquecina que serpenteaba perezosamente ladera abajo y al final desembocaba en el camino. Jacquemort se encaminó en esa dirección. Ya a punto de coronar la cuesta, echó a correr a escuchar los gritos.

Desde el pórtico abierto de par en par a la escalera, una mano previsora había tendido una cinta de seda roja. La cinta subía por la escalera y terminaba en la habitación. Jacquemort la siguió. La madre descansaba en su cama, presa de los ciento trece dolores del parto. Jacquemort soltó su maletín de cuero, se subió las mangas y se enjabonó las manos en una pileta de lava en bruto”.

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Es una mezcla de realidad, sueño y delirio donde el absurdo se abre paso para mostrar, el lado oscuro del ser humano.

Cristina Rivera Garza y sus asesinatos poéticos en pleno sexo: “La muerte me da”

Una mujer que se hace llamar Cristina Rivera Garza descubre el cadáver de un joven, acompañado de unos versos de la poeta Alejandra Pizarnik. Cuando la mujer notifica su hallazgo a la policía se ve obligada a explicar qué podrían significar tales versos. Y a medida que aparecen más jóvenes asesinados en las mismas condiciones, la Periodista de Nota Roja y la infatigable Detective del Departamento de Investigación de Homicidios se obsesionan también por resolver un caso que cuestiona la violencia a la mexicana, la manera habitual de contarla a través de la novela negra y aquello que entendemos por realidad.

“La muerte me da (en pleno sexo)”, una novela negra a la mexicana con venas poéticas interpuestas en su historia escrita por Cristina Rivera Garza, es un magnífico thriller literario, un laberinto hecho de sorpresas donde la única vía para llegar a la verdad es el asombro constante.

Disfruta la lectura de este extracto, el cual forma parte de su capítulo I.1 ‘Los hombres castrados; Lo que creí decir’:

“Los hombres castrados (I)

Lo que creí decir

1

–Pero si es un cuerpo –farfullé para nadie o para alguien dentro de mí o para nada. Al inicio no reconocí las palabras. Dije algo. Y eso que dije o creí decir era para nadie o para nada o era para mí que me escuchaba desde lejos, desde ese lugar interno y hondo a donde no llegaban nunca el aire o la luz; ahí donde se iniciaba, hostil y avorazado, el murmullo, el atropellado aliento sin voz. Un pasadizo. Un bosque. Lo dije después del azoro; después de la incredulidad. Lo dije cuando el ojo pudo descansar. Luego de ese largo rato que me tomó volverlo forma (algo visible) (algo enunciable). No lo dije: salió de mi boca. La voz baja. El tono del espanto o de la intimidad.

—Sí, es un cuerpo -debí decir y, en el acto, cerré los ojos. Luego, casi de inmediato, los abrí otra vez. Debí decirlo. No sé por qué. Para qué. Pero levanté los párpados y, como estaba expuesta, caí. Pocas veces las rodillas. Las rodillas cedieron al peso del cuerpo y el vaho
de la respiración entrecortada me nubló la vista. Trémula. Hay hojas trémulas y cuerpos. Pocas veces el tronar de los huesos. Cric. Sobre el pavimento, a un lado del charco de sangre, ahí. Crac. Las piernas dobladas, los empeines al revés, las palmas de las manos. El pavimento se conforma de rocas pequeñísimas.

—Es un cuerpo —dije o debí decir, balbucir apenas, para nadie o para mí que no podía creerlo, que me negaba a creer, que nunca creí. Los ojos abiertos, desmesuradamente. El llanto. Pocas veces el llanto. Esa invocación. Ese crudo rezo. Lo estaba observando. No había escapatoria o cura. No tenía nada adentro y, alrededor de mí, sólo estaba el cuerpo. Lo que creí decir. Una colección de ángulos imposibles. Una piel, la piel. Cosa sobre el asfalto. Rodilla. Hombro. Nariz. Algo roto. Algo desarticulado. Oreja. Pie. Sexo. Cosa roja y abierta. Un contexto. Un punto de ebullición. Algo deshecho.

—Un cuerpo –creí decir o farfullar apenas para nadie o para mí que me volvía bosque o pasadizo, orificio de entrada. Negrura. Creí que dije. Pocas veces los labios que se niegan a cerrarse. La vergüenza. Su último minuto. Su última imagen. Su última frase completa. La nostalgia por todo eso. Pocas veces. Quedarse quieta.

Cuando volví a decir lo que creí que dije, cuando dije para mí, que era la única que me escuchaba desde ese lugar interno y lejano donde se generaba y se consumía el aire o la luz, fue ya demasiado tarde: había hecho las llamadas correspondientes y, como yo lo había encontrado, me había convertido ya en la Informante”.

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Un magnífico thriller literario, un laberinto hecho de sorpresas donde la única vía para llegar a la verdad es el asombro constante.

La superioridad de los Ilyrios aún controla el “Imperio”; regresan las crónicas de los invasores de John Connolly y Jennifer Ridyard

Aunque la reconquista de la Tierra parece perdida, la Resistencia sigue luchando contra los Ilyrios, una raza alienígena que posee una tecnología y fuerza militar muy superiores. Paul Kerr, uno de los jovencísimos protagonistas de la trepidante aventura que empezó en el volumen “Conquista”, está ahora no sólo muy lejos de su casa, capturado por los Ilyrios, sino también de su amada Syl Hellais, la primera Ilyria nacida en la Tierra. Porque ambos han sido condenados al exilio. Sin embargo, la invasión de la Tierra no es lo que parece a simple vista. Y es que hay otra especie, la de los Otros, y los Ilyrios matarían por mantener su existencia en secreto. Syl y Paul, separados por distancias insalvables, harán lo imposible por revelar a todos la horrible verdad que se esconde tras el Imperio. Pero antes tendrán que sobrevivir y superar muchas pruebas si quieren volver a reunirse.

Esto que acabas de leer fue una pequeña sinopsis del segundo volumen de la saga literaria ‘Las crónicas de los invasores’, el cual lleva por título “Imperio; las crónicas de los invasores II”, escrito por John Connolly y Jennifer Ridyard; a continuación, te compartimos un fragmento de ‘Separados’, su capítulo inicial.

“Separados

Las depredadoras daban vueltas a su alrededor y se turnaban para gruñirle, unas con mayor ferocidad que otras, pero todas resueltas a llevarse su pedazo de carne.

—-Estúpida andrajosa.

—-Y es que nunca aprende.

-——Es demasiado estúpida para aprender.

-—-¿Qué haces aquí?

—-Éste no es tu territorio.

—¿Por qué existes siquiera?

—-Elda… Si hasta tu nombre es feo.

—iMírate!

——No puede. Rehuye los espejos. Le da miedo que se resquebrajen al reflejarla.

Y entonces la líder, la joven alfa, se acercó para morder. La jauría se separó, haciéndole sitio; con la cara inclinada hacia ella, la admiraban, mientras sus ojos reflejaban el fulgor que desprendía.

La líder era Tanit, la joven y hermosa Tanit: cruel, y algo todavía peor que cruel.

—-No, no es eso —dijo Tanit—. No se acerca a los espejos porque no hay nada que ver. Es tan insignificante que apenas si existe.

Era esa forma de hablar, las palabras vomitadas descuidadamente, coma si el objeto de su desdén ni siquiera mereciera el esfuerzo que requería aplastarlo. Bajó la mirada hacia Elda —Tanit era alta, incluso para una ilyria; en eso radicaba parte de su poder—, extendió una mano y la dejó deslizarse por la melena oscura de esta Novicia inferior, cuyos mechones se enredaron entre sus dedos.

–Nada –dijo Tanit—. No siento nada.

Su víctima mantenía la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo; así era mejor, más fácil: quizá Tanit y las demás se aburrirían y se marcharían en busca de otra presa a la que atormentar.

Pero no, esta vez no funcionó. Elda sintió un hormigueo en la piel. Empezó por las mejillas, luego se propagó lentamente a la nariz, la frente, las orejas y el cuello. La calidez se transformó en calor; el calor, en un dolor abrasador. Lo que estaba haciéndole Tanit iba contra las normas, pero Tanit y sus secuaces se saltaban todas las normas; después de todo, para ellas esto no era más que un ejercicio práctico. Eran como niñas perturbadas a las que se anima a torturar insectos y roedores para que no titubeen cuando se les ordene infligir dolor a los de su propia especie.

Y no tenían miedo de que las descubrieran. Estaban en la Marca, la antigua guarida de la Hermandad de Nairene, y no faltaban los espacios en los que las fuertes podían abusar de las débiles.

La quemazón se volvió más intensa. Elda sintió que se iban formando ampollas, que la piel se le levantaba y burbujeaba. Se cubrió la cara con la mano en un vano intento de protegerse, pero la palma también se le empezó a ampollar al instante y la apartó, aterrada. Se derrumbó en el suelo. Intentó no gritar, resuelta a no concederles esa satisfacción, pero apenas podía soportar el dolor. Abrió la boca, pero fue la voz de otra la que habló:

—iDejadla en paz!

Tanit perdió la concentración. Al instante empezó a disminuir el dolor de Elda. No Ie quedarían cicatrices. Ya era algo.

La Novicia alzó la mirada. Syl Hellais se abrió paso entre la jauría: un codo bien metido aquí, una rodilla allí. Algunas se resistían, pero sólo pasivamente. Crecieron los murmullos y la confusión, pero Tanit se limitó a mirar y a reírse mientras cruzaba los brazos delante del pecho, como si se pusiera cómoda para ver qué pretendía hacer Syl”.

Imperio John Connolly (1)

 

 

Tijuana neón y sus sabaditos en la noche: “Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite

Tijuana es el centro del mundo cada sabadito por la noche, con su desfile de cantinas, farmacias, hoteles, prostíbulos y restaurantes dispuestos a lo largo de la línea. La única manera de registrar semejante intensidad son estos magistrales relatos cortos de un escritor capaz de mostrar tanto el desencuentro entre México y Estados Unidos como las vidas, amores y altas pasiones de quienes habitan cada una de estas historias binacionales, en las que no escasean policías sin interés en distinguir culpables de inocentes. Si cruzar la frontera es un reto, narrarla es un arte mayor: uno en el que es necesario abordar la aduana más transitada de la Tierra como si fuera el mayor laboratorio existencial de este planeta.

“Estrella de la calle sexta”, de Luis Humberto Crosthwaite, son una serie de relatos urbano-fronterizos contemplados como una imagen de lo que sucede entre dos países vecinos: México y Estados Unidos.

Te presentamos un pequeño extracto de su primer capítulo titulado ‘Sabaditos en la noche’:

“Sabaditos en la noche

Hey, hey, aquí nomás mirando pasar a las beibis. Todos los sábados me encuentras sentadito en esta esquina, tripeando, agarrando mi cura. ¿Ya viste aquella morra? Por eso estoy aquí, mirando mirando. Qué quieres que haga. Toda la semana en el trabajo, aguantando al pinche gringo, its tu mach. Éste es mi único desahogo. Para qué quiero otra cosa. Tuve muchas ondas en mi vida, tuve mi esposa, tuve mi hija, tuve mi casonona y mi carrotote. Eso ya pasó, carnal, ya es pretérito. Cómo te diré. No sé
si me explico: yo no soy como cualquier imbécil que se la pasa guachando a las beibis, nel, soy un imbécil especial, al tiro. ¿Me entiendes? Ya recorrí
el mundo, ya nadie me cuenta lo que es bueno y lo que es malo. Yo escogí los caminos y escogí también que mis sábados pasen en esta esquina.

Cuando me canso, entro a un bar, me echo unas cervezas y ya estuvo, laik brand niu. De vez en cuando pasa una beibi que le gusta que yo la esté mirando, una de ésas que aguanta que le diga cosas locas y después no se enoja. Las detecto como florecitas campiranas y voy tras ellas para arrancarlas del suelo y oler sus raíces.

Primero camino de lejos, así, tanteando tanteando, le doy muchísimas oportunidades de que me vea, de que me barra con la mirada, saque sus conclusiones y se decida. En sus ojitos se nota la conclusión. Ahí voy acercándome, despacio, casi la toco con el brazo cuando le digo «Guasumara, beibi, du yu fil laik ay du?» La morra responde «Yo no te conozco, sácate, viejo cochino». «Uyuyuy», le digo, «se me hace que me confundí», y como que me voy, ¿ves?, meto las manos en los bolsillos y de reversa. La beibi puede ser muy orgullosa y de regreso me voy hasta mi esquina, ni modo, buenas noches; pero muchas alcanzan a decirme «Ya me acordé de ti, ¿no eres el tío del Creizi?»

—Órale, pensé que no te ibas acordar, mija.
—Simón, ya sé. ¿Qué andas haciendo por aquí?
–Tripiando tripiando. ¿Y tú?

–Estoy esperando a una prima, la Priscila.
–Órale, simón. Creo que la vi por allá, no sabía que la buscabas, si no le hubiera dicho que aquí mero.

–¿Por dónde la viste?

–Si quieres te digo dónde.

–Sobres.

Y le caminamos para allá, para acá, para acuyá, entramos a un barecito oscuro en la Calle Cuarta, nos echamos un pisto, dos pistos. Ella empieza con una cocacola, tarde o temprano le sigue con una cuba y al final ya estamos tequileando. La mentada prima ni sus luces y la verdad es que yo creo que no tiene ninguna prima Priscila. Yo tampoco tengo sobrinos así que es un buen contrato éste que firmamos: el uno para el otro, meid for ich óder, ¿no crees?”.

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Estrella de la calle sexta es una imagen de lo que sucede entre dos países vecino: México y Estados Unidos.

Relato y poesía en el origen del antiguo Monterrey: “Barrio de Catedral”, de Felipe Montes

Tomando como centro del mundo el barrio antiguo de Monterrey, Felipe Montes cuenta en su libro “Barrio de Catedral” la fundación de una ciudad mexicana edificada entre montañas, enfrentada a las inclemencias del tiempo y al asedio de guerreros indios o sanguinarios criminales, y le da un giro inusual: incluye el papel que ángeles y demonios han tenido en algunos momentos clave de la historia de esta región, haciendo uso de una prosa inconfundible en la que mezcla magistralmente el relato y la poesía, abordando lo terrestre y majestuoso a la vez.

Aquí te dejamos un extracto de su primer capítulo:

“Diego

Aquellas Nubes arrastran sus panzas contra Las Mandíbulas
De Roca. Sus láminas de hueso se intrincan, se cortan, Les
rellenan con Su Agua a Estos Cañones Las Gargantas.

Se vierte Su Llovizna sobre ese techo de cenizas del Saltillo.

Metidos entre estos muros claros, don Diego, su hija Estefanía, y los hijos de ella, Miguel y Diego, miran al suelo.

Diego se mesa las barbas. Una mosca.

Estefanía cabecea.

Se miran.

Y, desde las vigas de encino, dos demonios los contemplan;
se sujetan con sus garras, cuelgan sus ojos de piedra.

Y Aquella Agua Se espesa entre Las Montañas, y Su Goteo Se cuela por las fisuras de este techo, por el marco de esta ventana.

Los Montemayor duermen.

Bajos las camas se abrazan dos ángeles; se acarician sus
cabellos de hielo.

Los zancudos acumulan sus pedregales sobre las sábanas;
acarician narices y orejas de saltillenses bajo las goteras. Afuera,
unas piedras se golpean sobre tiernos arroyos que brotan entre
otras piedras.

Las Nubes Se quiebran.

Los Charcos elevan Sus Plumas que Se pegan en las saltillenses pieles. Encima, condensan sus esquirlas entre las cabezas.

Plateados bajo el macizo torrente de luz, don Diego, Estefanía, Miguel y Diego, se miran.

Se levanta don Diego; seis moscas despegan del terso pus de
sus muñones. Se rasca.

Sale.

Estefanía lo mira. Baja la cabeza.

Don Diego camina entre aquellos nogales.

Ahí va Diego, solo, sobre Esas Piedras.

Ante la Piedra del Diablo, Diego pone su mano en la empuñadura de su espada.

Y avanza.

Avanza.

Ahí están Manuel de Mederos, Juan Pérez de los Ríos y Diego
Díaz de Berlanga, con otros.

¿A dónde vas, Diego?

Y los hombres lo siguen.

Y llegan al maizal, y caminan entre las altas mazorcas que azotan sus granos contra El Aire.

Miguel sale; anda entre las casas; trepa bardas de piedra, brinca. Mira al suelo.

Miguel: diluyen tus ojos de miel las Nubes arriba de ti.

Niño solo, don Miguel, Pardos Cabellos Que El Viento Levanta; ¿dónde está Tu Padre? ¿Yace en esos prados del Saltillo
con Tu Abuela?

Tu piel de cuarzo, niño cristalino, se vierte, bajo la Oscuridad, sobre la hierba.

Miguel corre sobre el pasto; un tronco hueco, con hongos
en su corteza, se le atraviesa.

Miguel brinca.

Sube al árbol, le sopla a una telaraña. Patas que se abren,
rocío que se suelta.

Esas Nubes que Se Fugan te acarician la nuca, Miguel”.

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Barrio de Catedral nos muestra a un autor capaz de mezclar relato y poesía a fin de  mejor preguntarse por los seres que habitan esa gran urbe.