“Al Límite”: un libro de Thomas Pynchon

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Es el primer día de la primavera de 2001 y Maxine Tarnow, a la que algunos todavía guardan en la memoria con su apellido de soltera, Loeffler, lleva a sus hijos a la escuela. Sí, es más que posible que ya no estén en edad de necesitar acompañante, y también es posible que Maxine se resista, todavía, a dejarles ir a su aire, además, son sólo un par de manzanas, le pilla de camino al trabajo y le gusta hacerlo, así que ¿qué tiene de malo?

Esta mañana, por las calles, da la impresión de que hasta el último peral de Callery del Upper West Side ha reventado por la noche en racimos de flores blancas. Mientras Maxine mira, la luz del sol se abre paso más allá de los perfiles de los tejados y los depósitos de agua hasta el extremo de la manzana, e incide en un árbol en concreto, que de repente se ilumina.

—¿Mamá? —Ziggy, con su prisa de siempre—, eh, vamos.

—Chicos, no os lo perdáis, ¿habéis visto ese árbol?

Otis se entretiene un suspiro contemplándolo. —Increíble, mamá.

—Mola —coincide Zig. Los chicos siguen adelante. Maxine se demora medio suspiro más mirando el árbol antes de alcanzarlos. En la esquina, por un acto reflejo, realiza un bloqueo baloncestístico, como si quisiera interponerse entre ellos y cualquier conductor cuyo concepto del deporte consista en aparecer por la esquina y arrollarte.

La luz del sol reflejada por las ventanas de los apartamentos que dan al este ha empezado a formar dibujos borrosos sobre las fachadas de los edificios al otro lado de la calle. Autobuses articulados, nuevos en estas rutas, reptan con cautela por las calles transversales de la ciudad como insectos gigantescos. Se levantan persianas de acero, camionetas tempraneras aparcan en doble fila, hombres con mangueras riegan sus parcelas de acera. Personas sin techo duermen en porterías, otros rebuscan en la basura cargando con enormes bolsas de plástico llenas de latas de cerveza y refrescos y se dirigen a los mercados para venderlas, cuadrillas de trabajadores esperan delante de los edificios a que aparezca el capataz. Los que han salido a correr saltan en el bordillo esperando a que cambien los semáforos. Hay policías en las cafeterías enfrentándose a los defectos de los bagels. Niños, padres y canguros, sobre ruedas y a pie, se encaminan en todas las direcciones posibles a las escuelas del vecindario. La mitad de los niños parecen desplazarse en los nuevos patinetes de moda, así que a la lista de peligros a los que estar alerta se le suma una posible emboscada de aluminio rodante.

La Otto Kugelblitz School ocupa tres edificios contiguos de piedra caliza, entre Amsterdam y Columbus, en una calle transversal en la que hasta la fecha no se ha rodado todavía ningún episodio de Ley y orden. La escuela recibe el nombre de uno de los primeros psicoanalistas, expulsado del círculo íntimo de Freud debido a una teoría de la recapitulación que había concebido. A él le parecía obvio que la vida humana se desarrollaba recorriendo los variados trastornos mentales tal como se entendían en su época: el solipsismo de la más tierna infancia, las histerias sexuales de la adolescencia y la primera madurez, la paranoia de la mediana edad, la demencia de la última fase de la vida…, todo conduce a la muerte, que al final resulta ser la «cordura».

«¡No podías haber elegido mejor momento para descubrirlo!» Dicho esto, Freud le tiró la colilla de su puro a Kugelblitz y echó a éste por la puerta del número 19 de la Berggasse, adonde nunca volvió. Kugelblitz se encogió de hombros, emigró a Estados Unidos, se estableció en el Upper West Side y abrió consulta, y no tardó en tejer una red de contactos entre los potentados que, en algún momento doloroso o de crisis, habían recurrido a su ayuda. En las reuniones sociales de postín a las que asistía cada vez con más frecuencia, siempre que los presentaba como «amigos» suyos, todos se reconocían entre ellos como espíritus restaurados.

Fuera lo que fuese lo que el análisis kugelblitziano hacía por sus cerebros, algunos de esos pacientes pasaron la Depresión lo bastante desahogadamente para contribuir con el dinero necesario a la puesta en marcha de la escuela y a que Kugelblitz participase en los beneficios, así como en la creación de un currículo en el que cada curso sería considerado un tipo diferente de enfermedad mental y se abordaría desde esa perspectiva. Básicamente, un manicomio en el que mandaban deberes para casa.

Esta mañana, para variar, Maxine encuentra el descomunal porche de entrada atestado de alumnos, profesores en labores de vaquero, padres y canguros, y hermanos más pequeños en sus cochecitos. El director, Bruce Winterslow, que recibe el equinoccio con un traje blanco y un sombrero panamá, se ocupa de todos los presentes, a cada uno de los cuales conoce por su nombre y de los que hasta ha memorizado un esbozo biográfico, dando palmadas en hombros, amable y atento, charlando o amenazando según se requiera.”

portada_al-limite_thomas-pynchon_201506291748Sinopsis- En la primavera de 2001, poco después de que estalle la burbuja tecnológica, llevándose por delante sueños, ambiciones y fortunas, y antes de los sucesos del 11 de Septiembre, Nueva York vive un periodo de calma expectante. En esa ciudad donde abundan los embaucadores que pretenden hacerse con algún trozo de los restos del pastel, Maxine Tarnow, una atribulada madre trabajadora con un peculiar código ético que traspasa los límites de la legalidad, dirige una pequeña agencia de investigación de delitos económicos y se dedica a perseguir a estafadores de poca monta. Maxine investiga las finanzas de una empresa de seguridad informática y a su turbio consejero, pero las cosas se complican. No tarda en verse metida en líos con un traficante en una lancha motora art déco, un perfumista profesional obsesionado con la loción para el afeitado de Hitler, un esbirro neoliberal con problemas de calzado y sed de redención, «elementos» de la mafia rusa y varios inversores, blogueros, hackers y programadores, algunos de los cuales empiezan a aparecer muertos en extrañas circunstancias.

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Una pieza indispensable de narrativa contemporánea.

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